El intelectual comunista Atilio
Boron escribió hace unos días: “estuve
hace pocas semanas en San Salvador de Jujuy. Hace unos pocos años caminar por
la plaza céntrica de esa ciudad era hacerlo seguido por un nutrido grupo de
niños descalzos pidiendo algunas monedas. Ahora, durante una semana, no hubo ni
uno solo que reeditara aquella vieja y deprimente costumbre. Es que, a pesar de
las críticas que le fueran dirigidas –clientelística, tal vez dispendiosa,
seguramente ineficiente, etcétera– la política social del kirchnerismo surtió
efecto. Y este no es un dato menor sino una cuestión central. Allí está la base
del ‘voto duro’ cristinista, de ese 36 % que acompañó a Scioli en la primera
vuelta. Pero allí también parece haber estado su límite. Y sólo con eso no se
puede ganar una elección presidencial.”
La observación es tan imbécil que
dudo que un sujeto como Boron no la exprese con malicia. Más allá de que es
cierto que el “voto duro” cristinista proviene de la gente atada a un plan
social o a otras dádivas que otorga el Estado, lo que es ridículo de sostener
es que la mendicidad fue erradicada de Jujuy. Suponer eso significaría que el
jujeño pobre es ahora autosuficiente, y nada más alejado de la realidad.
Si por estos días uno visita la Plaza Belgrano , punto central
de la ciudad de San Salvador de Jujuy, se topará con un escenario terrorífico:
primero sentirá un olor nauseabundo, mezcla del ácido aroma a orina y el fétido
perfume de la materia fecal, sumado al tufo que genera el calor solar sobre los
cuerpos humanos y la basura en descomposición; luego el ruido de las cumbias y
las bachatas sonando desde diversos equipos de audio generará sobre los oídos
una sensación de aturdimiento; y finalmente los ojos se llenarán de indignación
al ver que un espacio público urbano se convirtió en un camping lleno de carpas,
donde hombres con camisetas de fútbol y gorras, mujeres con calzas, remeras de la Tupac Amaru y rodetes, y niños y
niñas semidesnudos tumorean día y noche. Algo así como un cuadro de El
Bosco.
La artífice de esa postal que le
mete la lengua a Boron en donde no pega el sol, es la infame Milagro Sala.
Enemiga acérrima del nuevo gobernador Gerardo Morales, Sala no tiene más opción
que maniobrar con la fuerza que le queda para salvar su pellejo. Es decir, la
excusa oficial para estacionar a ese zoológico humano en la Plaza Belgrano (y en la Avenida 9 de Julio de la Ciudad de Buenos Aires) es
para evitar que las cooperativas que dependen de la Tupac Amaru sean cerradas. Sin
embargo, en un país como el nuestro, es más que obvio que a esa pantalla para
lavar dinero que son los cooperativas las va a terminar absorbiendo el Estado
para no dejar en la indigencia a decenas de miles de compatriotas. El problema
para Sala, por tanto, no es el destino de su gente, es su propio destino.
La estrategia kirchnerista para
resistir al macrismo parece ser alentar el caos. De todos modos eso es algo que
podrán hacer, calculo yo, por no más de seis meses. Luego, si el país no
estalla como ellos quieren, no tendrán más opción que acomodarse en donde
puedan hacerlo. Lo que apunto puede o no pasar, pero es lo que los
kirchneristas observan. Sala, enemistada a nivel personal con Morales, no tiene
donde refugiarse, a diferencia de los pejotistas (que ya empezaron a pactar con quien hiciese falta).
La tragedia de los gendarmes en Salta fue sólo una advertencia. Sala quiso demostrar que lo suyo puede llegar a
niveles insospechados en un país donde la pendejada se la pasó jugando a la Revolución con el porro
de marihuana en una mano y el sueldo de funcionario en la otra. En el entorno
de la Ñusta Ilegítima están pensando seriamente en incrementar la violencia.
Ella misma se propuso ante Carlos Zannini como catalizadora del caos tan temido. No tiene problemas
en usar a uno de sus changos como carne de cañón. Sería el mártir para la causa
antimacrista.
La otra opción que barajan los
tupaqueros es aliarse con Evo Morales. Desde hace bastante que el Rey de la Coca quiere penetrar en territorio argentino, y ahora estaría dispuesto a financiar al ejército de Sala
a cambio de lealtad.
Mientras la Tupac Amaru analiza su futuro,
el ciudadano jujeño y el turista que visita la provincia sufre las
consecuencias del clientelismo “revolucionario”. Algunos han propuesto que se
desaloje a la gente de la plaza con Baygon o algún otro tipo de arma química.
Otros han sugerido que se lleve camiones, se suba a la gente del acampe y se la
abandone en una ruta de Paraguay o Brasil. Sin embargo creo que lo que Jujuy
necesita es agua y jabón, un agua y un jabón moral que limpie la suciedad de la
partidocracia. El jujeño ofendido por la tribu que copó la plaza, y la gente
que tuvo que instalarse bajo el sol para proteger a la lideresa, deben unirse
contra los partidócratas, contra los Sala y los Noro, pero también contra los
Morales, los Haquim, los Fellner y los Jenefes que tan abultadas cuentas
bancarias tienen y exigirles que a la política la hagan con las manos limpias.
Francisco Vergalito
