La basura encima de la alfombra
Como estamos en el mes de enero
–una época del año signada por la escasa actividad política y deportiva–
constatamos que el diario La Gaceta se ve
obligado a “fabricar” temas para llenar sus páginas. En esta oportunidad el
equipo de redacción del famoso matutino tucumano eligió discutir acerca de la
basura.
En rigor no hay una verdadera
discusión acerca de la basura, pues no hay nadie que defienda a la basura, no
hay nadie que esté de acuerdo con la idea de vivir en medio de los desperdicios
de alguien más. Sin embargo, pese a que nadie desee a la basura en Tucumán,
ésta está allí, en las calles, en los baldíos, en las plazas, a la vera de las
rutas.
En el mes de diciembre, después
de la agitación por la sentencia del Caso Marita Verón y tras el pánico por los saqueos, estalló un conflicto sindical entre los recolectores de basura y la
patronal que se resolvió en el lapso de una semana, pero que puso en vilo a la
ciudadanía que temía perder por un tiempo mayor a ese servicio y tener que ver
así a San Miguel de Tucumán convertida en un basural a cielo abierto. No
obstante muchos comentaristas de la versión digital de La Gaceta
señalaron que la capital tucumana ya es, de hecho, una suerte de basural a
cielo abierto, al menos en algunas de sus zonas. De allí que el diario hizo
durante unos 25 días una exhaustiva cobertura de este asunto, con el propósito
de visibilizar la problemática de la basura.
El dedo acusador
La basura, como es evidente, no
llega a los espacios públicos por si sola, por lo que se deduce que hay alguien
que la pone allí. Los periodistas de La Gaceta
trataron de identificar a los responsables de la situación, y rápidamente encontraron
a varios a quien señalar. Los que se llevaron la peor parte son los denominados
“carreros”, que constituyen la evolución
contemporánea de los denominados “cirujas”.
Los carreros son tucumanos que
viven de la basura, casi literalmente. Es decir un carrero es una persona de muy
escasos recursos que recorre la ciudad en carros de madera tirados por un
caballo, levantando alimentos, vestimenta o utensilios que encuentra cuando revisa
las bolsas de basura. Ocasionalmente algunos vecinos les entregan sus residuos
a los carreros para que ellos se deshagan de los mismos, ya que en ciertas áreas
de San Miguel de Tucumán el servicio de recolección municipal de basura es muy
deficiente. El mito dice que los vecinos les pagan unos pesos a los carreros
para que se ocupen de su basura, pero ello no es cierto: ¿quién pagaría por
algo que es gratis? Los carreros suben las bolsas a sus vehículos y las van
revisando a medida que se desplazan por la ciudad, separando aquello que
encuentran aprovechable de aquello que no, y luego arrojan todo lo que
descartan en algún baldío o sitio similar, para recomenzar su tarea al día
siguiente. El motivo por el que hurgan la basura sobre un carro es porque así
se la quitan a un ciruja que no posee uno de esos vehículos y pueden quedarse
ellos con lo mejor de los desperdicios de otros, o sea es una cuestión de
competencia.
Esta realidad aquí descrita es
tremendamente denigrante. Y se vuelve más denigrante aún cuando se acusa a los
carreros de cobrar por ensuciar: como está instalado que se les paga por
molestar al prójimo, entonces se convierten en una suerte de sicarios a los que
es fácil despreciar. Esa es una manera de criminalizar la pobreza, y es lo que La Gaceta
ha estado haciendo muy alegremente (bajo responsabilidad de José Nazaro, el
“cerebro” detrás de la cobertura del problema de la basura, quien hasta no se
privó de ensayar el amarillismo sentimentalista con algunos errores de ortografía incluidos).
Además de los carreros, La Gaceta ha señalado a las autoridades municipales
y a la policía como parte de tan aguda problemática. Empero su rol es más que
secundario a juicio del diario: el Municipio siempre está dispuesto a movilizar
sus camiones y limpiar un basural, pero no puede evitar que éstos se formen
pues no es su tarea hacer ello sino de la policía; y la policía, que sabe perfectamente de la existencia de dos docenas de lugares escogidos por algunos para establecer y restablecer basurales, no tiene personal suficiente como para
vigilar todos aquellos sitios que el Municipio no ha urbanizado positivamente.
Curiosamente desde La Gaceta
no han mencionado a los miembros del programa Argentina Trabaja, los cuales lidian
con la basura a cambio de un subsidio del Estado, pero que en ocasiones lo
hacen con un total descuido, cayendo en prácticas similares a la de los
carreros para deshacerse de los residuos que juntaron.
Del otro lado de la línea, están
ya no los culpables sino las víctimas de la basura. Se trata de un grupo
importante de ciudadanos que, debido a residir en las proximidades de una zona
escogida para constituir un basural, padecen enfermedades respiratorias,
ataques de alimañas y devaluación de las propiedades. En algunos casos, esta
gente ha llegado a vivir situaciones muy angustiantes al intentar hacerles frente a los carreros y recibir respuestas violentas. Pero a los de La Gaceta
les interesa, sobre todo, subrayar que quien más sufre por la basura derramada en la vía pública son los turistas, esos visitantes que llegan a una provincia
con la fama de Tucumán y se encuentran con… la materialización de esa fama.
En la perspectiva del diario
tucumano, la ciudadanía local debería morir de vergüenza ante un turista que
encuentre a la provincia convertida en un chiquero.
Ricos y pobres
Pero desde La Gaceta
no se han limitado a darle un rostro a la problemática de la basura, también
han tratado de explicar el fenómeno. En un artículo bastante peculiar, se lee:
Durante 2006, la provincia puso en marcha la ley antitabaco Nº 7.575 que
prohíbe fumar en lugares públicos cerrados; la ley 7.740, conocida como
"Ley de las 4am", que impuso el cierre de los boliches en ese
horario; y se creó por decreto un registro de taxis y remises con el fin de
regularizar la gran cantidad de autos ilegales que circulaban por la ciudad. El
cumplimiento de estas normativas sigue en vigencia, a pesar del desacuerdo de
algunos sectores populares, y cambiaron significativamente las costumbres de
los tucumanos. Un año después, se sancionó la ley 7.883 que prohíbe el traslado
de residuos en vehículos que no estén habilitados para tales fines y el
depósito de los desechos en lugares que no se encuentran habilitados. Hoy, muy
pocos obedecen esta última normativa. Se calcula que solamente en San Miguel de
Tucumán hay alrededor de 3.000 carros y 110 basurales. Ahora, si las cifras
alarman, los siguientes números acobardan por su magnitud: 1.200 toneladas de
basura se recogen diariamente en el Jardín de la República.
Obviando
a la ley de taxis que regula un servicio público, se puede afirmar que lo que
tienen en común la ley antitabaco y la ley de las 4 am es que son leyes que afectan
los hábitos de consumo, pues la primera es una ley dirigida en contra de
quienes tienen dinero suficiente como para mantener el hábito del cigarrillo, y
la segunda contra quienes pueden pagarse la entrada a un local de diversión
nocturna. La ley contra los carreros, por el contrario, no lidia con los
consumidores sino con gente que ha hecho del manejo clandestino de la basura su
modus vivendi. Si la estadística es cierta, entonces al menos 3000 personas se verían seriamente afectadas en su
supervivencia si a la ley 7.883 se la hiciera cumplir a rajatabla.
Otro
motivo para criminalizar a los carreros es el uso de caballos. En Tucumán la campaña “Basta de Tracción a Sangre” tiene muchos adherentes, incluyendo a algunos políticos. Lo que la campaña plantea es evitar el maltrato animal,
puesto que los caballos de los carreros suelen estar famélicos y
sobreexplotados. La sugerencia que hacen los que promueven el bienestar de los
equinos es que los carreros suplanten sus vehículos de tracción a sangre por
otros de tracción a motor. De nuevo se cae aquí en una solución compleja, que
requiere sustituir algo de bajo costo (un carro tirado por unos caballos) por
algo de alto costo (un motocarro). La posibilidad de sacar a los carreros de su
tarea diaria de revisar la basura de los otros buscando aquello que les permita
sobrevivir no llega a ser planteada.
Soluciones
Después
de haber planteado la existencia del problema, los periodistas de La Gaceta
intentaron proponer soluciones, quizás para demostrar que la prensa no existe
sólo para registrar sucesos sino también para producirlos.
Desde
el diario buscaron a ambientalistas para hacerles consultas. Uno de ellos, un miembro
de la ONG Conciencia
Ambiental Tucumán, indicó que el núcleo del problema está en los consumidores
que no clasifican la basura en “descartable” y “reutilizable” y en los
desaprensivos que utilizan sus carros o sus camionetas 4x4 para arrojar la basura
en cualquier lugar. Recomendó como panacea la educación ambiental.
Otra ambientalista, militante de la ONG
Greenpeace , trató de ser un poco más específica acerca del
tema de la educación ambiental, señalando que es una combinación de pequeños
detalles hogareños y amplias campañas públicas emprendidas por las autoridades
la que puede contribuir, a largo plazo, a controlar el problema de la basura
que se apodera de los espacios comunes.
Pero
las verdaderas joyas provinieron de las iluminadas plumas de los que redactan La Gaceta.
En un editorial del 3 de enero se invoca a la experiencia de
la provincia de Mendoza como ejemplo a seguir y se propone que la educación
ambiental sea una disciplina que abarque los planes de estudio desde el jardín
de infantes hasta la universidad, suponiendo que por repetirle a una persona entre
13 y 18 años que no proteger el ambiente es erróneo dicha persona pasará a
proteger el ambiente (¿pensarán los editorialistas de La Gaceta
que por repetirle a una persona durante la misma cantidad de tiempo que ser
aberrosexual no es malo dicha persona aceptará sin reparos la desviación?,
¿sabrán esas luminarias que los carreros y cirujas no son precisamente las personas
que forman parte del sistema educativo durante lapsos prolongados?).
En otro
editorial del 8 de enero se aprecia la siguiente frase antológica: “pero basta una recorrida por los vaciaderos para
advertir lo evidente: los residuos domiciliarios son mayoría.” Estas palabras
culpabilizan al eslabón más débil de la cadena de producción de basura de obrar
de manera terrible. En efecto, vivimos en el interior de un sistema
capitalista, que se basa en el permanente consumo para funcionar. El
capitalismo no sólo produce bienes constantemente para satisfacer una demanda,
sino que también inventa demandas. Esa es una de sus claves: a través de la
publicidad, se manipula el deseo para inventar nuevas necesidades que deben ser
satisfechas. Dentro de la lógica capitalista, los bienes devienen rápidamente
obsoletos o inútiles, lo que obliga a quienes los poseen a arrojarlos y comprarse
algo nuevo para reemplazarlos, generando así las incontables toneladas de
basura diaria. La legislación que se promueve para enfrentar ese problema
normalmente penaliza al consumidor pero nada propone sobre el productor. Así se
habla mucho acerca de la importancia de reciclar, pero poco se dice sobre reusar
o reducir aquello que se consume, pues hacerlo implicaría dejar de apuntar
contra el individuo y meterse en su lugar en contra de las grandes compañías.
El incendio silencioso
Resulta un tanto desconcertante hallar que la única referencia
a Oberá Pozo en La Gaceta durante el
mes de enero se debió a la carta de un lector. Oberá Pozo es un megabasural,
que funciona como el depósito final de los residuos de los municipios que
integran el Gran San Miguel de Tucumán, vale decir es el destino final del
recorrido que hacen los camiones recolectores de basura de San Miguel de
Tucumán, Yerba Buena, Banda de Río Salí, Alderetes, Tafí Viejo, Las Talitas y
Lules. El estado de ese lugar es simplemente lamentable, ya que representa un
verdadero tumor maligno para de Tucumán.
Oberá Pozo es una zona cero, que sustituyó a los basurales
colapsados de Los Vásquez y Pacará Pintado. Sus antecesores fueron clausurados
por la Justicia ,
acusando a las empresas que los administraban de haber causado un daño
ambiental tremendo, pues se comprobó que aquellas habían incumplido con gran
destreza todas las medidas que se suponía que debían tomar para no contaminar
las aguas, las tierras y el aire.
El hecho es que a Oberá Pozo lo administra un consorcio
intermunicipal, que ya anunció que lo cerrará definitivamente y trasladará el
manejo de los residuos a un nuevo megabasural ubicado en San Felipe, un lugar
peligrosamente cercano a San Miguel de Tucumán que es tristemente célebre por
poseer el Canal Sur, el cual resulta ser el equivalente provincial del Riachuelo porteño.
Lo que la prensa (¿convenientemente?) no informó es que desde
el 23 de diciembre hasta el 10 de enero pasados Oberá Pozo ardió día y noche. En
oportunidades similares donde Los Vázquez o Pacará Pintado fueron los
protagonistas, los medios masivos de comunicación intentaron dar explicaciones
de todo tipo acerca de la presencia del fuego, reproduciendo lo que las
empresas les comunicaban: dijeron que los incendios fueron productos de las
condiciones climáticas, que hubo un accidente, que alguien vulneró su sistema
de seguridad, que alguien desde adentro saboteó a la planta, etc (les faltó
decir que unos extraterrestres atacaron las montañas de basura). Sin embargo
nadie desde la prensa supuso o intento suponer que los repentinos incendios se
habían organizados para eliminar pruebas, ya que normalmente ocurrían algunos días antes en
que la Justicia Federal
los investigara. Esta vez, empero, ni se molestaron en transmitir una excusa.
Hubo un silencio atroz con respecto a este tema… y eso que se la pasaron
hablando sobre la basura.
Sin patriotismo no hay
ciudad
En un tercer editorial del 25 de enero, nos encontramos con
una referencia al fracaso del Programa URB-AL III –que fue un proyecto de una
agencia de desarrollo humano de la Unión
Europea que impulsaba el negocio del reciclaje en Tucumán
para emplear las ganancias en el mantenimiento de escuelas– y con una invitación
a los vecinos a pensar en soluciones creativas para acabar con los basurales
clandestinos, sin privarse, claro, de proponer la realización de un certamen
para distinguir mensualmente al barrio más limpio y a fin de año realizar la
gran final, eligiendo a la “Reina de la Higiene Urbana ”, la cual,
supongo, se tratará de una vecindad y no de una señorita que se haría acreedora
de tan humillante cetro.
El proyecto de la Reina de la Higiene Urbana parece ser algo
que un periodista de La Gaceta le propone a
la Municipalidad
de San Miguel de Tucumán. Dicho certamen bien podría desarrollarlo el propio
diario, si realmente tanta conciencia ambiental tienen. De todos modos me
intriga saber cual sería el premio por mantener limpio al barrio: ¿una plaqueta
que diga que el barrio X es el más limpio de la ciudad? No suena estimulante. O
quizás si lo sea, pero no para San Miguel de Tucumán.
San Miguel de Tucumán tiene el
problema de poseer una identidad poco definida en lo que es su cinturón barrial.
Y eso hace que la ciudad no sea un hogar para quienes viven allí, sino una mera
casa. Es decir, al tucumano le cuesta comprenderse dueño del espacio que lo
rodea. Esto, por supuesto, lo lleva a desdeñar su entorno.
La cobertura de la problemática
de la basura de La Gaceta abordó un
par de casos que ilustran lo que sostengo. Gracias al matutino nos enteramos
que en la calle Ejército del Norte hay un basural cerca de una gruta dedicada a la Virgen María. Al parecer los
vecinos la colocaron allí para hacer del lugar un espacio más solemne y evitar
que los demás arrojen basura. Pero el símbolo religioso no ha generado el
respeto que merece, o tal vez si lo hizo pero aún así los carreros prosiguen
con sus prácticas habituales, quizás persignándose después de hacerlo.
Más grave aún es el caso del
barrio Cooperget, una zona de la
Capital tucumana castigada por los basurales que originan los
carreros. En el artículo se lee:
El barrio Cooperget, también conocido como "Barrio 126
Viviendas", fue entregado el 20 de diciembre de 2011 por el Gobernador, José Alperovich. El primer aniversario de su inauguración oficial
sólo fue celebrado por moscas y alimañas, que disfrutan como nadie la
irrespirable fetidez del aire.
Más allá del asunto del mar de
residuos hay algo que asombra: ¿cómo puede un barrio llamarse Cooperget?
Evidentemente “Cooperget” remite a una cooperativa, probablemente la que se
creó para construir el barrio, pero aún así es un nombre completamente carente
de atractivo. ¿Quién puede identificarse con Cooperget? Además de ese nombre
horrendo y de los basurales a cielo abierto, ¿qué hace de Cooperget un lugar
diferente a otros puntos de San Miguel de Tucumán? Nada. Por tanto es bastante
improbable que un grupo de vecinos trabajen juntos para obtener una plaqueta y
una mención en el diario.
Una estrategia posible
A mediados de la década de 1980 el
Estado de Texas del sur de la Unión
Americana sufrió una situación similar a la de Tucumán con
respecto a la proliferación de basurales. El gobierno local decidió entonces estudiar
detenidamente el asunto. Al trabajar para identificar a los culpables de la
creación de basurales notaron que se trataba de un grupo heterogéneo, que
incluía a gente de diversas edades, sexos, razas y religiones. Sin embargo la
investigación comprobó que en materia de basura se suele dar el efecto dominó
–es decir las personas están más predispuestas a arrojar basura en lugares
donde ya se la ve aflorar que en lugares que aún están limpios–, por lo que entendieron
que la clave era hallar a quienes tenían el mal hábito de originar basurales,
con el fin de cortar la raíz del problema. Tras un periodo de observación, notaron
que la gran mayoría de los iniciadores de basurales eran hombres blancos de
entre 16 y 35 años. Consiguientemente las autoridades apuntaron hacia ellos a
la hora de iniciar una campaña pública.
Un grupo de creativos
publicitarios ideó el eslogan “Don’t mess with Texas”, que en español significa
tanto “No desordenen Texas” como también “No se metan con Texas”. Esa frase tuvo
un éxito enorme, pues impactó justo en el corazón de los texanos. Casi
inmediatamente se convirtió en un ícono folklórico y miles de personas, con el pecho
henchido de amor por su tierra, cambiaron su actitud, reduciéndose
drásticamente la cantidad de basurales que dañaban a Texas.
¿Se puede hacer lo mismo en
Tucumán? ¿Se puede apelar al sentimiento por lo propio para lograr que la gente
deje de ensuciar el lugar en el que habita? Yo creo que no. Si son los carreros
los verdaderos culpables del caos de la basura, ¿se les puede pedir que amen
tanto a su tierra como para abandonar sus prácticas nocivas?
Es verdad que se pueden buscar a
futbolistas o personajes de la televisión para una campaña, y hasta se puede
inventar un jingle a ritmo de cumbia para pedirle a la gente que deje de
arrojar basura en la vía pública, pero si no se acaba con la necesidad de las
personas de revolver la basura para sobrevivir todo es en vano. Entonces se
puede pedir que la policía suelte el gatillo frente a los carreros, o se puede trabajar
para que el carrero sienta que ya no es necesario meter las manos en la
basura.
Carina del Longo