La monstruosidad está entre nosotros
En la tarde del martes 1º de
mayo, una nena de seis años, Mercedes, jugaba en la vereda de su casa como ya lo
había hecho cientos de otras veces en el lapso de su corta vida. La escena no
tendría nada de especial a no ser por lo que sucedió después. Según los
testimonios, tres jóvenes energúmenos que habitan el vecindario la
interceptaron y, a través de engaños, consiguieron llevársela consigo al
interior de una vivienda cercana. La familia de la nena, es decir su madre, su
tía, su abuela y sus hermanitos, se sumergieron en la angustia al enterarse de
la desaparición. Al día siguiente, Mercedes apareció... pero la noticia sólo
incrementó el sufrimiento para sus seres queridos. Es que el cuerpito de la nena fue hallado muy cerca
de su casa, manchado de sangre (producto de cinco puñaladas) y con la ropa
rasgada, como si hubiese sido víctima de un intento de abuso sexual.
Este horroroso episodio tuvo
lugar en el norte San Miguel de Tucumán. Fue tal la indignación de la gente del
barrio que éstos decidieron actuar en contra de los atacantes y destruir sus casas. En el resto de la sociedad tucumana la noticia del asesinato causó un
profundo pesar y una lógica preocupación: ¿cómo puede ser que unos desalmados
criminales secuestren y asesinen con tanta facilidad a una inocente niñita?
Ante semejante aberración las justificaciones
sobran. Quizás los asesinos estaban drogados, quizás los asesinos provienen de
familias disfuncionales desde las cuales no se les transmitió el sagrado
respeto que merece tanto la vida propia como la ajena, quizás los años de
marginación que esos asesinos sufrieron los llevó a cultivar un rencor contra
el mundo, quizás, si, pero nada de eso justifica lo que hicieron, nada de eso
los hace menos culpables de haberse comportado como monstruos, nada de eso los
exime de ser merecedores de la pena de muerte que, tristemente, no se les
aplicará por estar ésta abolida de nuestros Códigos Penales.
La energúmena
Por respeto a la víctima, cualquiera
estaría de acuerdo en guardar silencio ante el trágico hecho, y cualquiera
estaría de acuerdo también en interrumpirlo sólo para pedir que las fuerzas de
seguridad atrapen a los delincuentes y para exigir que la justicia los penalice
de la manera más severa posible. Sin embargo la excepción de ese “cualquiera”
es Beatriz Rojkés de Alperovich, la esposa del gobernador de Tucumán José
Alperovich y actual presidenta provisional de la Cámara de Senadores de la Nación (la tercera persona
en la línea sucesoria del poder nacional, detrás de la Presidente Cristina
Kirchner y del Vicepresidente Amado Boudou). Esta señora, al ser consultada ante
el hecho por periodistas del canal de cable CCC, dijo:
“Tenemos que hacernos cargo de las responsabilidades que tenemos los
padres en lo que hace a seguridad y la obligación que tiene el Estado con
respecto al control de la seguridad. Pero sabemos que para el Estado solo sería
imposible, porque no podemos tener al señor Estado a la par de una familia que
está borracha, y permite que una criatura de seis años esté sola.”
Traducido al cristiano: la
familia de la víctima, debido a su situación de pobreza y marginación, tiene la
culpa de que tres malvivientes hayan asesinado a la nena de seis años. Un
razonamiento repugnante. Con esa lógica Beatriz Rojkés de Alperovich no vacilaría
en afirmar que a Gonzalo Barrionuevo lo mataron por usar zapatillas caras en
una zona mal alumbrada, o que a Iván Senneke le arrebataron la vida por quedarse
conversando en la calle, o que a Constanza González la asesinaron por haber ido
a un cumpleaños de 15. En esa visión perversa de la realidad el delito ocurre
porque un desquiciado encuentra azarosamente a un incauto que, en lugar de
encerrarse para proteger su vida, cometió la grave falta de transitar por las
calles. Desde esta perspectiva ambos son igual de culpables.
Lo que hizo esta señora, claramente,
es criminalizar a la pobreza: porque la familia de Mercedes Figueroa no tiene
dinero para pagar una escuela privada, una niñera o un guardaespaldas –como si
lo tienen los Alperovich–, entonces no les queda otra alternativa que ser
cómplices de la delincuencia; el delito de los Figueroa sería no contar con los
ingresos suficientes como para poder tener una vida digna. En la imaginación de
Beatriz Rojkés de Alperovich la madre de la nena asesinada tiene suerte de no
ser acusada de abandono de persona por atreverse a tener hijos y no poder
mantenerlos después, para ella esa mujer no es alguien que padece la pobreza
sino alguien que la elige y la disfruta. A partir de este punto sólo falta un
poco de agitación en las cuerdas vocales para afirmar que los pobres son todos
salvajes, violentos, sucios, enfermos y horrendos, que por ello son los
culpables de todo lo desagradable que sucede en el mundo, y que no sería una mala idea encerrarlos
a todos en una prisión y eliminarlos a través de duchas de cianuro.
El vicio
Lo más injuriante de lo que
espetó la senadora por Tucumán fue la acusación de “borrachos” a la familia
damnificada, sobre todo porque después la prensa dio a conocer la durísima
situación de los Figueroa: padre ausentado del hogar, una mujer con varios
pequeños a su cargo que sobrevive a fuerza de planes sociales, ayuda de ONGs,
caridad de ciudadanos con conciencia social y trabajos precarios, una abuela
que tiene que criar a sus nietos como si fuese su madre. Claramente los
Figueroa son el resultado de un Estado ausente, son el producto de un aparato
clientelista que les otorga una dádiva monetaria mensual para captar su voto
cada vez que se hacen elecciones pero que no se preocupa en lo más mínimo por darles
un auténtico bienestar y una real dignidad después.
Esos “borrachos” que Beatriz
Rojkés de Alperovich desprecia con elitista actitud por irresponsables son los
mismos que, llegado el momento, guardan en un sobre una boleta que lleva el
nombre de la senadora, de su marido o de los demás cómplices de esta decadencia
que vive nuestro país. Mientras el gobierno les da dinero a los humildes para
que se emborrachen, los humildes les dan sus votos a los gobernantes para que
estos se embriaguen de poder. Un círculo vicioso, sin lugar a dudas.
Un castigo al sincericidio
Aquí queda en evidencia la
hipocresía de los Alperovich. Desprecian a los pobres hasta la humillación,
pero al mismo tiempo van a buscar sus votos para ganar la elección; se declaran en contra del aborto, pero al mismo tiempo celebran la posibilidad de que se favorezca el genocidio; prometen lealtad a la patria, pero al mismo tiempo juran sobre el Tanaj (recordemos que la señora una vez dijo: “tenemos una preparación diferente a la hora de
manejarnos con responsabilidad, es una filosofía de vida ser judío, y yo soy
filosóficamente muy judía”, ¿ser judío implica ser hipócrita o esta señora es
tan hipócrita que hasta traiciona al judaísmo al que adhiere?).
El sincericidio de la esposa de
José Alperovich sacó a la luz lo que bien señala el dirigente político Enrique Romero: “para ella, el señor Estado no puede estar a la par de los más débiles
garantizando la libertad y brindando seguridad, sino que debe garantizar a la
familia gobernante el privilegio de la seguridad, de sus negocios privados y el
nepotismo”.
No hay más que decir. En un país
serio, en una república auténtica, Beatriz Rojkés de Alperovich tendría que
presentar su carta de renuncia junto al pedido público de disculpas. Porque el
problema no es que tenga ese pensamiento tan ruin y miserable que ofende no
sólo a los pobres sino a todos los que vemos en la pobreza una desgracia y no
una elección, sino que lo verdaderamente complicado aquí es que se acepte que,
con total impunidad, diga lo que piensa y luego oculte sus palabras, exprese
sus convicciones más profundas y luego quiera hacernos creer exactamente lo
opuesto. Renuncie pérfida Beatriz Rojkés de Alperovich.
Francisco Vergalito