La memoria de Martín Miguel de Güemes perdura a través de casi dos
siglos. Su muerte, ocurrida a los 36 años de edad, en 1821, impidió que
alcanzara protagonismo político en la organización de la patria ya
independizada. Su destino fue similar, en este sentido, al de los otros
dos patriotas que condujeron la estrategia para la expulsión de los
ocupantes españoles en América: José de San Martín, exiliado en Londres
luego de Guayaquil, y Manuel Belgrano, muerto en 1820.
Estos tres próceres, distinguidos por su rol militar, tuvieron
cualidades que los ubican como verdaderos fundadores de la Nación:
fueron estadistas y fueron abnegados.
La proyección histórica de los tres trasciende lo emocional y lo
anecdótico. Fueron capaces, por cierto, de ponerse al lado y al frente
de los soldados que reclutaban para llevar adelante estrategias
militares complejas, cuya comprensión global era difícil para los
sectores populares. Supieron concebir un proyecto y llevarlo adelante
con una mirada de futuro. La sociedad de su tiempo no siempre los acompañaba.
Es mezquino presentar a Martín Güemes como el “héroe gaucho”, el “custodio de las fronteras” o el “caudillo salteño”.
Nadie puede dudar que era “gaucho”, por mentalidad, por sensibilidad y
por valores, pero esa condición sirvió para potenciar su visión
nacional, su reconocimiento de la realidad mundial y su función
estratégica.
Güemes fue el jefe político y militar de una región que se extendía
desde el océano Pacífico hasta el sur de Bolivia, el Chaco y los Valles
salteños.
A los treinta años fue elegido gobernador -el más joven de nuestra
historia provincial- y tuvo a su cargo la conducción de la guerra de
guerrillas que rechazó seis veces las incursiones de las tropas
españolas que frenaban el avance de la Revolución hacia Lima.
En el vasto territorio convivían los españoles y los criollos, que eran
culturalmente españoles en rebelión. El destino incierto de la
Revolución y los problemas que la guerra acarreaba a la economía de esta
próspera plaza de ganadería de mulares obligaba a un trabajo constante
de negociación con los jefes locales de cada pueblo, con los gauchos,
negros y mulatos que se incorporaban a la tropa y con los inestables
aliados porteños.
Güemes pudo hacerlo porque, lejos de esa imagen que intenta confinarlo
como caudillo local, compartió con San Martín, Belgrano y otros líderes
de la Independencia la certeza de que estaban construyendo una nación
nueva y moderna.
Esa certeza le produjo conflictos y enfrentamientos con sus
conciudadanos, que aportaban dinero, animales y pertrechos, pero que a
veces veían flaquear la convicción revolucionaria.
Sería aventurado y anacrónico opinar acerca de lo que Güemes, San Martín
y Belgrano pensarían de la Argentina de hoy; la tentación, no obstante,
es frecuente entre oficialistas y opositores. De todos modos, su
experiencia puede contribuir a la reflexión actual.
La Nación mantiene firme el reclamo de soberanía sobre las islas
Malvinas. La presencia británica en el archipiélago es una rémora
colonialista inadmisible frente a la cual debemos cerrar filas.
Al mismo tiempo, nuestro país y nuestra sociedad necesitan que vuelva a
prevalecer el sentimiento de unidad que los tres próceres intentaron
desarrollar en la patria naciente. La beligerancia interna, física o
verbal solo nos ha llevado por el peor de los caminos.
El país necesita acuerdos que permitan construir el futuro y que se
pongan por encima de las diferencias entre facciones. Para Güemes, San
Martín y Belgrano la política no era mera lucha por el poder, sino la
construcción de un país.
En ese país queda mucho por hacer.
Tenemos que construir con urgencia la democracia plural y tolerante.
Tenemos que consolidar las instituciones y regirnos por la ley, sin
trampas ni excepciones por el pretexto de supuestas urgencias. Y tenemos que llevar adelante el gran proyecto de país federal, donde se
respeten los derechos de los habitantes de las provincias y donde se
tomen decisiones regidas por las necesidades de todos y no por las
urgencias electorales o los negocios de unos pocos.
El legado de nuestros próceres es ese compromiso; asumirlo, nuestro mejor homenaje a Martín Miguel de Güemes.