El Caso Nisman evidenció dos
cosas: que el gobierno argentino está desesperado para garantizar su impunidad
y que el terrorismo islámico ya ha penetrado lo suficiente en nuestro país como
para convertirse en una amenaza.
Un poco de memoria
Para entender lo de Nisman hay
que partir desde el principio: fueron los israelitas los que hicieron el
atentado en contra de la AMIA. Adrián
Salbuchi, entre muchos otros, lo ha probado. No hubo coche bomba (los
explosivos se detonaron en el interior del edificio). Lo que si hubo fue una
voluntad enorme de encubrir a los verdaderos culpables, y por ello se
multiplicaron las pistas falsas que, como era de esperarse, no llevaron a
ningún lugar.
En el año 2004 los sionistas
negociaron con el Presidente Néstor Kirchner: le darían su apoyo si, a cambio,
permitía que un fiscal propuesto por ellos se hiciera cargo de la
Causa AMIA (en esa época había un clima de
venganza en contra del menemismo, y los sionistas temían que la ola
revisionista se los llevase consigo). Así apareció Alberto Nisman, quien, a
partir de 2006, decidió procesar a un grupo de iraníes tras acusarlos de haber
realizado el atentado. Algunos de esos hombres eran integrantes del gobierno de
Mahmoud Ahmadinejad, un líder iraní hostil a Israel y sus aliados.
Evidentemente lo que el Fiscal quería hacer era elaborar otra pista falsa que,
de paso, sirviera para beneficiar a Israel en sus luchas internacionales de poder.
En 2013, cuando se firmó el
Memorándum de Entendimiento Argentino-Iraní, los sionistas reaccionaron con
preocupación por ello. Desesperados por paliar la crisis energética, los
kirchneristas optaron por negociar su antisionismo a cambio de petróleo. Hasta
Beatriz Rojkés de Alperovich tuvo que salpicar de sucio oro al Tanaj y votar a favor de los iraníes,
pese a que los sionistas le exigían que no lo hiciese. Al final toda la
operación quedó truncada porque se procedió por otros medios para bloquear a Irán, pero ello no evitó que el sionismo identificase a Cristina Kirchner como
una enemiga y comenzase una campaña para presionarla y castigarla.
Así Nisman, alentado por fondos buitres y otros enemigos del gobierno, comenzó a preparar la venganza sionista
en contra de Kirchner, y aquel que alguna vez fuese un aliado de ellos devino un
enemigo letal. La muerte del Fiscal, entonces, resultó ser una maniobra torpe para
evitar el escándalo o una jugada perversa para generar presión.
La interna K
El discurso del oficialismo
acerca de la muerte de Nisman es patético y poco serio. Falta que digan que al
Fiscal lo mató Héctor Magnetto –quien para la ocasión se habría puesto un
bigote falso, se habría hecho pasar por un asistente del funcionario judicial,
y le habría acercado una pistola en lugar de un secador de pelo–, o falta que
digan que Nisman se disparó a sí mismo mientras imitaba frente al espejo al
personaje que interpreta Robert De Niro en la película Taxi Driver –ese que dice “¿me hablás a mi?” mientras manipula una
pistola. Para mí, en cambio, es obvio que los kirchneristas mataron a Nisman,
lo que hay que averiguar es cual facción de la interna K es la responsable.
Elisa Carrió sugiere que fue
César Milani el que montó la operación para asesinar a Nisman. Eso convertiría,
a primera vista, a la
Presidente y su entorno más cercano en los autores
intelectuales del crimen.
Sin embargo también podría ser el
caso que Milani esté trabajando para otro grupo, pues, al fin y al cabo, el
General ascendió dentro de la estructura kirchnerista gracias a sus vínculos
con Horacio Verbitsky y Nilda Garré, personajes hoy en día distanciados del
núcleo cristinista. Es decir, Milani, en representación de los organismos de
Derechos Humanos más radicalizados (el CELS, las Madres de Plaza de Mayo, los montoneros agazapados en la Secretaría de DDHH, etc.), bien pudo haber organizado el
asesinato de Nisman para generar conmoción y presionar a la Presidente. ¿O acaso
ellos no son de los que más van a perder una vez que el actual gobierno de paso
al próximo? En diciembre pasado Sergio Massa y Mauricio Macri anunciaron que,
con ellos en el poder, se les acababa el curro a los dedehachehachistas. Y,
dado que los dedehachehachistas no pueden pasarse al sector privado porque lo
que ellos venden sólo lo puede comprar el Estado, no es descabellado pensar que
podrían estar detrás de la muerte de Nisman: le tiraron un cadáver a la Presidente para que los
tome en serio. Sería algo así como terrorismo de Estado.
Ya están entre nosotros
El otro grupo kirchnerista capaz
de asesinar a Nisman son los embajadores del fundamentalismo islámico en la Argentina , es decir Luís
D’Elia y los otros chavistas. Las escuchas que se publicaron dejaron más que
claro que el gordito bardero que cada tanto se propasa verbalmente en Twitter
es, en realidad, un sujeto de lo más peligroso para la sociedad argentina.
Hay muchos que perciben con
cierta simpatía a D’Elia, pues es uno de los pocos miembros de la fauna
política nacional que se atreve a decir la verdad acerca de Israel. Sin embargo
lo hace utilizando un discurso orientalista y no uno occidentalista. Traducido:
es peor el remedio que la enfermedad.
Quisiera recordar tres episodios
recientes que recibieron escasa difusión:
(1) En abril de 2011 la policía detuvo a un aparente argelino en Villa Jardín de Reyes, una ciudad jujeña cercana a la
capital provincial. Al momento de la captura, el hombre estaba en posesión de
un arsenal en su casa, que incluía explosivos plásticos y armas de guerra. Los uniformados llegaron hasta allí por una casualidad:
los vecinos denunciaron que el hombre estaba maltratando a su esposa argentina,
y por ello llamaron a la policía. Nunca quedó claro si el sujeto era un yihadista
salafista vinculado a Al Qaeda o si era un yihadista chíita más próximo a los
iraníes, lo cierto es que el tema –que debió haber sido un escándalo nacional y
apenas fue recogido por la prensa de Buenos Aires– fue sepultado por la Justicia , y no se supo
cual fue el destino de ese siniestro personaje.
(2) Unos meses después, en noviembre de 2011, un grupo de matacos hizo explotar en el noreste de Salta a una
cisterna que contenía 6.000
litros de gasoil y que pertenecía al empresario Franco
Brunetti. Para ejecutar el atentado habrían usado gelamón, un explosivo plástico usado
con frecuencia en la demolición de edificios y la minería por su alta capacidad
para destrozar rocas. En el arsenal confiscado en Jujuy habían varios cartuchos de gelamón.
(3) A fines de septiembre de 2012
explotaron ocho bancos de cemento en la Plaza Independencia de San Miguel de Tucumán,
a unos 50 metros
de la Casa de
Gobierno. Mucha de la gente que estuvo en el lugar percibió un olor a amoníaco,
o sea gelamón. Los peritos tucumanos dijeron que se trataba de gas butano que
se había calentado, generando por ello la explosión. Sin embargo otros expertos en explosivos
cuestionaron esa hipótesis, ya que difícilmente habría el suficiente gas butano
como para hacer volar por los aires a ocho bancos de cemento al mismo tiempo. Alperovich guardó
un silencio absoluto sobre el tema.
Los tres episodios que referí
nunca fueron debidamente aclarados. Se habló en su momento de la presencia de
Quebracho, agrupación que tendría vínculos con el argelino detenido, con los
indios salteños y con la persona que habría colocado el artefacto explosivo en la
capital tucumana, empero ese dato no terminó de confirmarse. Quebracho no es
liderado por D’Elia, pero si es parte del conglomerado de organizaciones
influenciadas por los iraníes y otros extremistas islámicos.
Por un nuevo proceso de reorganización nacional
A estas alturas es evidente que nadie está seguro en la Argentina: el que está en la disputa por el poder está inmerso en una red de podredumbre donde no faltan las explosiones y los asesinatos, y el que vive su vida alejado de ello corre un enorme riesgo de ser víctima de los muchos delincuentes comunes que habitan en el país.
Lo que la Argentina necesita, por tanto, es establecer
una Doctrina de Seguridad Nacional que detenga la penetración terrorista a
nuestro país y controle la violencia que la delincuencia genera día a día en las calles. Y junto con ello quizás sería bueno también que se creen
comisiones especiales para investigar el pasado reciente y poner al descubierto
el costado sucio de la
Democracia 83. Vale decir lo que nos merecemos los argentinos
es un proceso de reorganización nacional que saque de circulación para siempre a
cada corrupto que se enriqueció de modo ilícito, a cada tirano que permitió que
frente a sus ojos se delinquiese impunemente, a cada miserable que prostituyó
sus ideales, y le permita a cada familia del país recuperar la tranquilidad en su cotidianeidad, o sea los argentinos nos merecemos de una vez por todas ver que se
vayan todos.
Francisco Vergalito