La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

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domingo, 12 de julio de 2015

Nos han secuestrado a la patria

Choridependencia

El pasado 9 de julio, una vez más, el oficialismo ofendió a la ciudadanía argentina al organizar un acto partidario cuando tendría que haber organizado un acto cívico. El hecho de haber usurpado la celebración de la Independencia Argentina para suplantarla por el típico ritual pejotista de pancartas y choripanes, sólo deja en evidencia el desprecio que los actuales gobernantes le tienen al país. A ellos -mientras estén atornillados en los puestos de poder- les da exactamente lo mismo que exista o no una entidad nacional llamada “Argentina”; mientras el Estado no se extinga, les es indistinto que el país se llame como se llame.

Mucha gente se quejó de la ausencia del tradicional desfile cívico-militar en el que los estudiantes compartían escenario con los soldados, y el cual solía ser coronado con la presencia de las delegaciones gauchas de todo el país, nuestra caballería nacional y popular. Al gobierno tucumano de hoy le importa tan poco la insigne efeméride que hasta dispuso que las vacaciones escolares empiecen el 3 de julio, cosa que los jóvenes no puedan sentir el fervor patrio. Es que en las escuelas ya no les enseñan a los chicos a marchar, sino solamente a garchar.

La visita de la Presidente a la Casa Histórica fue fugaz y vacua: caminó velozmente por los pasillos ignorando todos los paneles y demás novedades que le fueron agregadas al museo, y luego cantó el himno nacional con una mano en el corazón y una suerte de meneo corporal (próximo al baile) impropio para entonar nuestra canción patria. Posteriormente se sacó una foto con actores vestidos en traje de época, y, sin demorarse, se subió a la camioneta que la había llevado hasta allí.

Más tarde, ya en el Hipódromo de San Miguel de Tucumán, la Presidente no se privó de demostrar que desconoce la historia argentina y aprovechó además la oportunidad para desautorizar al Gobernador José Alperovich, quien, acorralado por las circunstancias, manifestó en su discurso ante la concurrencia que él sólo atina a hibernar en el Senado de la Nación a la espera de que todos se olviden de que fue uno de los kirchneristas más fieles (Cristina Kirchner le reprochó que dijera que su labor ya estaba cumplida cuando, según su opinión, un político no puede nunca jubilarse voluntariamente).

Entre el olvido y la falsificación

En su intervención en el Hipódromo, la Presidentela misma que guardó un silencio absoluto ante el último conflicto fronterizo con los bolivianos y que autorizó la instalación de una base militar china en la Patagonia– se atrevió a presentarse como una defensora de la soberanía nacional. Y aprovechó todo lo que pudo para advertir que aparecería el demonio en caso de que el Frente para la Victoria perdiese las próximas elecciones. Claro que el demonio para los kirchneristas se llama “neoliberalismo”, la misma doctrina que el hoy referente del kirchnerismo Carlos Menem importase al país en la década de 1990.

El relato kirchnerista se articula en torno a lo que anteriormente referí: para ellos la Argentina, entre 1816 y 2003, fue un país inexistente; sólo Néstor Kirchner ha sido el único que interpretó correctamente el proyecto político de los Padres Fundadores.

A esa desnaturalización de la narrativa histórica los kirchneristas pretenden institucionalizarla. Por ese motivo a Ricardo Forster, el actual Secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, se la ha ocurrido organizar el Foro Nacional y Latinoamericano por una Nueva Independencia. Este evento –que se realiza periódicamente en diversas provincias del país– llegó a Tucumán en los días previos al 9 de julio.

Al momento de inaugurar las jornadas de debate, Forster sugirió que Argentina vive su Segunda Independencia. Según él, el kirchnerismo refundó las bases sociales, económicas, políticas e institucionales del país, para gracias a ello sacudirse el yugo del colonialismo financiero (cabe recordar que el 9 de julio de 1947 el General Juan Domingo Perón había también declarado la Segunda Independencia de la Argentina en la mismísima ciudad de San Miguel de Tucumán, acontecimiento que aparentemente el tal Forster ignora o, peor aún, minimiza). Y, como no podía ser de otra manera, el Foro sólo abordó cuestiones relativas al siglo XXI. Así fue como hubo mesas de debate sobre las mujeres y los indios (extrañamente faltó la mesa sobre los aberrosexuales), y luego un montón de gente de dudosa trayectoria académica y despreciable acción política se la pasó cantándole loas a los tiranuelos de la izquierda populista que gobiernan hoy en día en Hispanoamérica. Créase o no, lo que hizo Forster es lo que, cada vez más habitualmente, se hace en las escuelas argentinas: reemplazar a la liturgia patriótica de los actos populares por una serie de discursillos sobre cómo vivir dignamente adoptando el bolivarianismo, el socialismo del siglo XXI o como sea que se llame esa marea roja que actualmente ahoga el futuro de la región.

Nombres “latinoamericanos” como los de José Pablo Feinmann, Juan Pablo Lichjtmajer, Luís Bruchstein, Hugo Yasky y Javier Grosman (sumados, claro, a los de Ricardo Forster y José Alperovich) ilustraron el tono “nacional” con el que el gobierno habla sobre su combate a los monopolios, su desarrollo de las economías regionales, y su promoción de la cultura argentina. También aparecieron otros nombres ilustres como los de Hebe de Bonafini, Milagro Sala, Víctor Hugo Morales, Horacio González, Enrique Dussel, Daniel Huircapán y un montón de extranjeros (entre los cuales estaban el español Juan Carlos Monedero y el ecuatoriano Galo Mora) que, llegados el turno de entrarle al parloteo, dejaron en claro que la emancipación que ellos proponen consiste en la renuncia a todo cultivo de la vida virtuosa y en el rechazo casi total de los valores que llenaron de gloria a la cultura occidental. “Olvidar los aciertos del pasado para falsificar la realidad del presente”, ese bien podría haber sido el lema de este curioso evento.

Como dato al margen cabe destacar que muchos tucumanos se indignaron con el gobierno por la payasada de Forster, a la que interpretaron como la segunda ofensa que este año realiza el kirchnerismo contra el rol de Tucumán en la declaración de la Independencia Argentina (el otro episodio que generó malestar entre los tucumanos fue el intento de transformar al Congreso de Oriente de 1815 –o “Congreso de los Pueblos Libres” según la terminología progresista– en el evento que proclamó el grito emancipador de la tutela española un año antes de que éste se oficializara en tierras tucumanas).

Desde el púlpito

El 9 de julio kirchnerista, curiosamente, aún conserva algo del viejo guión celebratorio: el Tedeum en la Catedral. Así como eliminaron los desfiles populares y las banderas argentinas, tranquilamente podrían haber eliminado el paso por la iglesia, o reemplazarlo con una visita a una sinagoga, a un templo masónico o a la Fundación María de los Ángeles. Sin embargo no lo han hecho aún, y ello le dio la oportunidad a Monseñor Alfredo Zecca para hacer algo que hasta entonces jamás había hecho: recordarles a los gobernantes argentinos que la siembra de hostilidad y la ovación de la muerte de inocentes es el mejor camino para la disolución de la patria. Zecca también podría haber fustigado la corrupción y la demagogia, pero tampoco se le puede exigir tanto a un hombre que hasta hace poco no se atrevía a mencionar lo obvio ante la presencia de los responsables de tanta decadencia (en ese sentido Zecca es muy distinto al Cardenal Luís Villalba, el antiguo y recordado Arzobispo de Tucumán que fuese sustituido por el actual).

Quien le contestó a Zecca fue el infame Aníbal Fernández. Fernández trató de desautorizar al Arzobispo con dos argumentos: sus palabras no suenan lo suficientemente “francisquistas” y –según este teólogo de tupido bigote– un alto funcionario eclesial no tiene derecho a hablar en nombre de toda la Iglesia. Si bien hoy en día existe una disputa hermenéutica acerca de qué es lo que el Papa Francisco está haciendo con la cristiandad, lo cierto es que cualquier católico entiende que la Iglesia tiene su propio magisterio y que un laico como Fernández es libre de opinar sobre lo que un Arzobispo dice pero no está autorizado para discutirle sin preparación ni fundamentos.

Creo que Zecca, con su homilía que irritó a los progresistas del país, abrió la puerta del rescate de la patria. O en realidad las puertas ya están abiertas, lo que a los argentinos nos corresponde hacer es transitar los senderos que nos conducen hacia allí. Somos nosotros el pueblo quienes, ante un gobierno al que la Argentina le es indiferente, tenemos la obligación de ponernos nuestras ropas gauchas, llenar de feligreses hasta a la más recóndita parroquia y honrar la historia de los grandes hombres que desde 2003 los de arriba quieren hacer desaparecer. Somos nosotros, en definitiva, los que tenemos que recuperar la Independencia.



Zaín el-Din Caballero

lunes, 6 de abril de 2015

El simulacro malvinero

El pasado 2 de Abril la Municipalidad de San Miguel de Tucumán empapeló las carteleras de la ciudad con un afiche que pretendía homenajear a los participantes argentinos de la guerra de 1982. El detalle que indignó a muchos es que se veía una imagen de unos soldados con uniformes de tropa estadounidense de la Segunda Guerra Mundial, la cual había sido extraída de una serie de televisión norteamericana.

Hubo mucha gente que no comprendió la ofensa que algún genio del diseño gráfico elaboró con el aval de la Municipalidad de la capital tucuman. Eran mayormente peronistas que, por razones políticas, defendieron a Domingo Amaya y compañía. Para esa gente lo que importa es la intención, por lo que usar una imagen “genérica” de unos soldados de ficción sirve para homenajear a soldados reales. Yo me pregunto: ¿qué pensaría esa gente si para un homenaje a Eva Perón en lugar de usar una foto de la esposa de Juan Perón usaran una de Nacha Guevara o una de Esther Goris caracterizada como ella? ¿O si para homenajear a Cristina Fernández de Kirchner emplearan la imagen de Fátima Florez disfrazada como la presidente?

No existe el homenaje “genérico”. Cada guerra es un acontecimiento, es decir es un evento que ocurre una sola vez y de una forma determinada, y en el que mucha gente entrega su vida. Lo que hicieron en Tucumán, por tanto, es sumamente vergonzoso.

El Intendente de la ciudad debería pedir disculpas públicamente, y realizar un segundo homenaje a los caídos y los veteranos de Malvinas, el cual bien puede ocurrir en cualquier época del año. Malvinas aparece para los políticos de este país el 2 de Abril –y a veces también el 10 de Junio–, y el resto del año es una sombra que constituye un buen material escolar abordado pésimamente o una excusa para el chauvinismo y nada más. Eso es la “desmalvinización”.

La desmalvinización es el desagradable fruto de la desmilitarización de la política argentina. En efecto, el Ejército Argentino fue un factor de poder autónomo a partir de 1930, gracias a José Félix Uriburu. En su seno se desarrolló el nacionalismo católico, aunque también hubo una corriente liberal-conservadora muy poderosa. Con Menem, el Ejército Argentino fue desarticulado hasta convertirse en la entidad mutilada e inutilizada que es hoy (la cual sólo existe para dedicarse a la guerra sucia del espionaje intrafronterizo).

Lo irónico con Malvinas es que, al ser recordada la gesta heroica el día 2 de Abril, viene a cerrar el “Novenario de la Vergüenza Nacional”, el cual es abierto el 24 de Marzo con el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia (fecha que, con tantos recitales marihuaneros organizados por el gobierno, debería llamarse más bien “Fiesta de la Subversión”). Y como la Guerra de Malvinas fue una derrota contra una de las potencias internacionales más grandes del mundo, ello sólo contribuye a que los argentinos inculpemos a los miembros de la Fuerzas Armadas de nuestras desgracias, dándole más legitimidad a una casta política infestada de corruptos.

Las Malvinas son argentinas, lo que significa que no son peronistas, ni radicales, ni macristas, ni kirchneristas. Tampoco son una derrota antigua de los militares y un triunfo futuro de la política: son una cuestión de identidad nacional, en la que cada argentino debe contribuir a su modo para acabar con su simulación y convertirlas en un hecho real. Ciertamente se puede estar en contra de Malvinas, pero eso lo vuelve a uno automáticamente en algo diferente a un argentino –algo que puede ser bueno o malo para una persona.

La sangre derramada en Malvinas no fue un simulacro, una actuación para la televisión, un eslogan, un afiche en una pared o una proclama en un acto. La sangre derramada es la argentinidad misma, un hecho heroico que –a diferencia del pañuelo blanco– si merece ser un símbolo patrio.


Zaín el-Din Caballero

lunes, 20 de octubre de 2014

¿Quién canonizó a Mariano Ferreyra?

Víctima de la circunstancia

Mariano Ferreyra fue un muchacho que murió asesinado cuando tenía apenas 23 años. Ocurrió en el marco de una disputa de trabajadores ferroviarios, aunque él no era un trabajador ferroviario. Al momento de su muerte, Ferreyra estaba anotado en una universidad como estudiante de la carrera de Historia, pero aún no había superado el CBC (lo que no le impedía figurar como un dirigente de la FUBA). Tras concluir la escuela media, y mientras se acomodaba lentamente a la vida de estudiante universitario, aprendió el oficio de tornero, pero por su desinterés en progresar no duró en los trabajos que pudo conseguir. Poco antes de morir había comentado que quería estudiar Cine en una universidad bonaerense, porque creía tener inclinaciones artísticas. 

El Partido Obrero (PO) captó a Ferreyra para sus filas durante su adolescencia. Ferreyra jamás se caracterizó por ser un estudiante sobresaliente. Pero si era voluntarioso: creía que la voluntad transforma al mundo, por lo que, para él, todo era cuestión de tratar siempre hasta conseguir los resultados. Murió antes de madurar y comprender lo falaz de esa idea.

El PO es una fuerza marxista, lo que los hace rechazar doctrinariamente al voluntarismo. Sin embargo ello es lo que precisamente los nutre. Es decir, el PO no es más que una pyme comandada por una “vanguardia iluminada” que consigue hacer ruido gracias a que funciona como un espacio receptor de aquellos jóvenes que son demasiado mediocres y asociales como para poder ser miembros productivos de la sociedad, pero que no son tan desastrosos como para andar por las calles consumiendo paco. Sus puertas están abiertas para las víctimas del fracaso personal, pues les ofrecen la contención que no encuentran en otros lugares. Ferreyra satisfacía el perfil a la perfección.

El 20 de octubre de 2010, trabajadores del Ferrocarril General Roca -fogoneados por células sindicales del PO- se propusieron cortar las vías para interrumpir el servicio de trenes. Reclamaban el fin de la precarización laboral que padecían. Por aquella época el kirchnerismo no consentía en enviar a Gendarmería Nacional o a alguna otra fuerza de seguridad para garantizar el derecho a la libre circulación por temor a que se los acusase de “criminalizar a la protesta social” (justo al revés de lo que sucede ahora). Así que fueron hombres de la Unión Ferroviaria, el sindicato de los trabajadores de ferrocarriles, quienes asumieron la tarea de despejar los obstáculos.

Un grupo de choque de la Unión Ferroviaria atacó a los manifestantes, que no eran sólo trabajadores del Roca, sino también militantes del PO los cuales, según se ve, no tenían nada mejor que hacer que acompañar a otros en su reclamo. El grupo de choque triunfó en su tarea, pero se excedió: a un monigote se le ocurrió efectuar disparos amedrentadores con un arma de fuego, que terminaron con tres heridos y un muerto, Mariano Ferreyra.

Así terminó la breve vida de Ferreyra: convertido en víctima casual por estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. No lo mataron porque fuese un peligro para la seguridad nacional o para la paz social, lo mataron porque eligió mal la dirección hacia la cual correr.

Mariano Ferreyra, Inc.   

Cuando Ferreyra murió el PO movió todos sus recursos disponibles para comenzar una campaña propagandística pidiendo por justicia para el asesinado. El asunto prosperó gracias a que la CTA y otros actores políticos se sumaron al reclamo: era la oportunidad para tirar el cadáver de un inocente contra la puerta de Casa Rosada, y gozar de la indignación que eso provoca.

Lo que siguió fue un bochornoso y repugnante sainete criollo montado por el gobierno para no hacerse cargo de la tragedia que habían ocasionado. Obviamente la Unión Ferroviaria fue la primera acusada por el crimen, pero como su líder, José Pedraza, era uno de los sindicalistas más lealmente kirchneristas, hubo toda clase de intentos para despegarlo del asunto. Sin embargo pronto sacaron a la luz su currículum y la “Causa Pedraza” se volvió políticamente indefendible.

Acto seguido se montó una operación de prensa muy burda para vincular a Pedraza con Eduardo Duhalde, quien por esa época todavía era visto como un titiritero en las sombras. Pero la truchada no consiguió imponerse, así que Néstor Kirchner, Aníbal Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y toda la oligarquía K tuvo que admitir –aunque, claro, off the record– “que se habían mandado una cagada”. De esta manera el gobierno buscó negociar con las víctimas que generaron para minimizar el daño a su imagen: así los Ferreyra se acomodaron en cargos estatales (Pablo Ferreyra, el hermano de Mariano, hasta terminó convertido en Legislador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) y al PO le inyectaron los fondos suficientes como para hacer una exitosa campaña electoral en 2011 (lograron tres diputados nacionales y varias bancas en los parlamentos provinciales y municipales de diversas provincias).  

Instrucciones para bautizar a una plaza

Ferreyra fue una víctima. No merecía morir así. Pero después de él, el kirchnerismo siguió hiriendo y matando gente al reprimir protestas sociales. Estos nuevos muertos se salvaron de ser utilizados políticamente. A la mayoría de ellos no pudieron prostituirlos para alimentar la necrofilia partidista.

Ahora concejales salteños decidieron bautizar con el nombre de “Mariano Ferreyra” a una plaza en el oeste de la capital provincial. Fue una iniciativa de los hombres del PO (la mayoría en el recinto) pero que contó con la adhesión expresa de gente del kirchnerismo, pese a que en la ciudad esté vigente la ordenanza que prohíbe bautizar a un espacio público con el nombre de una persona que lleve menos de cinco años de fallecida.

Quizás no esté mal que algún lugar de la República tenga el nombre del joven asesinado. Un callejón en la Sarandí donde nació, una estación de trenes del Ferrocarril General Roca, pero ciertamente no una plaza en Salta. Se me ocurren mil personas con méritos reales que podrían prestarle su nombre a un espacio público de la ciudad de Salta. Y no es una hipérbole: realmente puedo confeccionar una lista con mil nombres de gente que merece más que Ferreyra el honor que el Concejo Deliberante le hace al chico víctima.

Permítaseme incluir sólo un ejemplo. Los Bravos de Manchalá eran soldados salteños que, en 1975, resultaban ser un tanto más jóvenes que Mariano Ferreyra. Mientras estos muchachos trabajaban en una escuela rural para cambiar sus puertas y ventanas vetustas y para pintar sus paredes derruidas, una centena de terroristas los atacó con armas de fuego. Esos hombres que disparaban defendían las mismas ideas que defendía Ferreyra. Finalmente el triunfo fue para los jóvenes salteños, quienes durante varias horas estuvieron muy cerca de caer abatidos por las balas de los criminales. Hoy en día Salta no tiene ningún espacio para honrar oficialmente a esos jóvenes, a los que la suerte quiso mantener vivos (contrariamente a los muchos que murieron en los montes tucumanos por defender a la Patria). Curioso presente: escarnio para nuestros héroes salteños, una plaza para un invento propagandístico del Partido Obrero.



Zain el-Din Caballero

lunes, 4 de agosto de 2014

Repercusiones del holocausto palestino en Tucumán

La opción por la sangre

Julio de 2014 fue un mes aciago para la humanidad. Varias tragedias ocurrieron en esos treinta días, siendo la del ataque israelí a la Franja de Gaza la más penosa de ellas. Con la excusa de combatir contra Hamas, el Estado de Israel se dedicó a destruir edificios, asesinando cruentamente a más de mil personas (la mayoría de las cuales eran meros niños).

Pues bien, ese acto de barbarie criminal no ocurrió sin generar respuestas alrededor del mundo. Muchísima gente se pronunció a favor de la justicia, es decir en contra del sionismo de Israel. Sin embargo los sionistas israelíes también tuvieron sus defensores: gente dispuesta a apoyar a la carnicería humana.

En Argentina la minoría pro-genocidio se hizo presente y, sin ningún pudor, hasta hizo pública su posición. No tenían ninguna necesidad de defender a Israel y menos a los violentos sionistas, no obstante lo hicieron con total convencimiento. Cansados de ver que los argentinos –al menos en este asunto– están mayormente del lado de la verdad, sintieron la necesidad de expresar su apoyo por la demolición, la mutilación y el homicidio, especialmente por el homicidio de niños.

Los amigos de lo horroroso

Tucumán, claro, no fue la excepción en eso de querer justificar los delitos de lesa humanidad. El viernes 25 de Julio, varios miembros de la comunidad judía local organizaron un acto pro-Israel en la Plaza Independencia de la capital provincial. El número de la convocatoria no resultó despreciable, lo que da a entender que en la ciudad es bastante grande la cantidad de apologistas del genocidio; incluso es probable que éstos sean más numerosos que los supuestos antisemitas que, según la DAIA, residen en la ciudad.

Durante ese acto, al que asistí como observador externo, los oradores pro-genocidio fustigaron al gobierno nacional por no darles apoyo en su tarea aniquiladora. También criticaron a la prensa por no emplear el mismo vocabulario lleno de eufemismos que ellos emplean para justificar las matanzas. Aparentemente les molestaba que el resto del mundo no piense con la claridad con la que ellos piensan, les fastidiaba que exista tanta gente profundamente equivocada. El DAIA-Standartenführer Fabián Neiman, el mismo papanatas que validó la mentira que pretendía hacer pasar a un tercio de la población tucumana por antisemita, terminó pidiendo la resolución pacífica del conflicto por intermedio de la creación del Estado de Palestina, es decir abogando por la nefasta solución biestatal.

En esa oportunidad también se oyeron algunas quejas en contra de La Gaceta, verdadero núcleo de comunicación hegemónica en la provincia. Muchos de los concurrentes se quejaban de que habían enviado cartas de lectores para propagandear al sionismo al diario, pero éstas jamás fueron publicadas. Alguno, exaltado de tanta rabia sionista, sugirió hasta realizarle un boicot a ese medio, exhortando a los que publicitan en sus páginas a que se abstengan de hacerlo. Empero, en la realidad, La Gaceta ha mostrado una posición casi neutra en el asunto: por ejemplo el diario nunca publicó la convocatoria a una marcha en contra del genocidio realizada ese mismo 26 de Julio en la misma Plaza Independencia (sólo que en horas de la noche), y tampoco ha dado cabida a las cartas de lectores –numerosísimas, según me comentó alguien que trabaja allí– que día a día llegan hasta la redacción, escogiendo para la impresión solamente algunas pocas misivas que llaman a que los victimarios hebreos confraternicen con las víctimas palestinas bajo la bendición del Papa Francisco y cosas por el estilo. La única excepción a ello fue una carta publicada recién el 1º de Agosto, en la cual un grupo de asistentes al acto anti-genocidio (entre los cuales me incluyo) le recriminaban a La Gaceta la falta de difusión de una marcha que contó con decenas de adhesiones, y que hasta terminó con la intervención arbitraria de la policía local que se llevó demorados a dos participantes por usar petardos estruendosos y violar el Código de Contravenciones vigente.

Una apología del genocidio con olor a poder

La nota del exceso sionista en Tucumán la dio, como no podía ser de otro modo, la Senadora Nacional Beatriz Rojkés de Alperovich, esposa del Gobernador de la provincia. Desde su página en Facebook esta mujer famosa por sus “deslices” verbales publicó una repugnante apología del genocidio.

Citó a Golda Meir: “Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No podemos perdonarles por obligarnos a matar a sus hijos”. Además de ampararse en esa reflexión ominosa –que es filosóficamente igual a lo que dijo Ayelet Shaked sobre exterminar a las mujeres palestinas para que no engendren más terroristas–, habló de la historia de Israel con total inexactitud, y llegó a acusar a los palestinos de estar empleando imágenes de la más reciente guerra civil siria para hacerle creer al mundo que están viviendo un genocidio (¿acaso los sionistas saben algo sobre inventar genocidios?). Con esa epístola la Senadora pretende recobrar el apoyo de la comunidad judía, a la que había abandonado para adherir a la religión cristinista que, según temen los propios feligreses de esa secta, está llegando a su fin.

La palabra ausente en el discurso de Rojkés de Alperovich –y que fuese pronunciada hasta el cansancio por los sionistas que se juntaron en la Plaza Independencia– fue “terrorismo”. Un judío tucumano que ha hablado sabiamente del terrorismo es Simón Litvak, quien dijo: “Casi todas las religiones sostienen que uno puede tener ingreso al paraíso si siembra amor y hace buenas obras. Pero el terrorismo fundamentalista ha dado una vuelta de tuerca atroz a este concepto y cree que el ingreso al paraíso se gana con la matanza de inocentes”. Litvak, ciertamente, se refiere a los palestinos que no aceptan la esclavitud que les propone el sionismo, pero las palabras se ajustan perfectamente a quienes gobiernan Israel en la actualidad. El terrorismo fundamentalista y canalla de Israel ha asesinado en las últimas semanas a muchos hombres, mujeres, ancianos, ancianas, y, sobre todo, niños y niñas. Suponen que de ese modo allanan su camino al paraíso (terreno o celeste), creen que la sangre de los infantes y demás sacrificados para garantizar la seguridad de su nación complace a su dios, sea cual sea éste.



José Zaín el-Din Caballero 

sábado, 17 de mayo de 2014

En el nombre de Él

Sobre tumbas y héroes

El 27 de octubre de 2010 fue el día que se escogió para realizar el último Censo Nacional en nuestro país. Promediando la mañana de aquel miércoles, comenzó a circular la noticia de que Néstor Kirchner, diputado nacional por la provincia de Buenos Aires y antiguo presidente de la República, había fallecido en su estancia en Santa Cruz. Con la desaparición física de este hombrecillo, Argentina había perdido a su segundo presidente en dos años, puesto que durante el año anterior había sido Raúl Alfonsín quien había iniciado el viaje sin retorno. La muerte de ambos presidentes fue oportuna: sus herederos recibieron una bendición inesperada (la muerte de Alfonsín sirvió para que la sociedad argentina recordase que el Partido Justicialista no era la única fuerza política del país, en tanto que la muerte de Kirchner sirvió para que esa misma sociedad olvidase lo que acaba de recordar).

Ciertamente lo que provocó la canonización de esos hombres y su ingreso inmediato al panteón cívico nacional fueron las tremendas campañas comunicacionales, que, de la noche a la mañana, transformaron a esos dos de guante blanco en héroes poseedores de un corazón de oro que sólo los movía a buscar el bien y de una lengua de plata que sólo les permitía hablar honestamente. En 2009 el gobierno, astutamente, trató de extirparle filiación gregaria a Alfonsín para convertirlo en un ilustre argentino, en un “valiente demócrata” cuya habilidad para endeudar al país y fertilizarle el terreno al neocolonialismo debe ser olvidada porque él tuvo el coraje de “frenar” a los militares. En 2010, en cambio, Kirchner fue coronado como el rey del pueblo que –con la valija de Antonini Wilson y los cuadros de Videla y Bignone usurpados del Colegio Militar de la Nación– se atrevió ya no sólo a defender la democracia sino a reformularla en beneficio de la humanidad "oprimida". Por tanto en la historia oficial (escrita, por lo pronto, con tinta kirchnerista) Alfonsín debe figurar como el defensor de un fuerte, en tanto que sólo a Kirchner le cabe el puesto de líder de la vanguardia.

El nombre sin cuerpo

Algo curioso de la muerte de Kirchner fue que el féretro en el que lo velaron estuvo todo el tiempo con la tapa cerrada. Nadie vio al presidente convertido en cadáver. A raíz de ello se tejieron todo tipo de especulaciones sobre lo que realmente había sucedido, es decir hubo mucha gente que puso en duda el modo en que murió Kirchner (se sugirió que en lugar de un paro cardíaco su muerte se pareció más a la de Carlos Soria, un Gobernador que, como Miguel Ragone, fue asesinado en democracia) y hasta no faltaron los que indicaron que el presidente ni siquiera había fallecido. Todo esto no evitó que, en Santa Cruz, se construyese un descomunal mausoleo, del cual al principio se sospechó que se tratase de un templo masónico pero del que ahora se cree que es una gigantesca caja fuerte –nada de ello es extraño en un país como el nuestro, acostumbrado, después de una década de juicios “por la memoria y la verdad”, a condenar gente por homicidio sin que hayan aparecido los cuerpos que constatan las muertes y le dan algo de sentido a esas sentencias.

Aun con Néstor Kirchner encerrado en el ataúd de Schrödinger, los homenajes a este hombre con mirada estrábica y problemas del habla se multiplicaron. Fue el modo que el gobierno tuvo de imponer el luto obligatorio que, debido a los artículos 15 y 16 de la Constitución Nacional, no se puede imponer legalmente. Así todo tipo de espacios públicos comenzaron a ser bautizados y rebautizados con el nombre “Néstor Kirchner”.

En medio de esa “revolución renombradora”, el Gobernador de Jujuy, el impresentable Walter Barrionuevo, no vaciló en anunciar que la nueva Estación Terminal de Ómnibus de San Salvador de Jujuy iba a llevar el nombre del polémico político. La idea era que, para el año 2011, la obra estuviese concretada, y todo aquel que por vía terrestre visitase la provincia para asistir a los partidos de la Copa América (como lo hicieron las bacrims colombianas y las maras costarricenses) desembarcase en un lugar llamado “Néstor Kirchner”, lo que sería algo así como decirle al mundo que en la puerta de entrada de Jujuy está el sospechado presidente como guardián y anfitrión de la gente.

La obra, por esas “aventuras” presupuestarias que son tan comunes en nuestro país, se demoró más de lo previsto, y terminó inaugurándose recién ahora, en 2014. Mucha gente, harta ya del kirchnerismo, del luto obligatorio (que ni la Presidente Cristina Fernández cumple), y del culto a la personalidad, se opuso a que el sitio llevase el nombre del desaparecido, por lo que comenzaron una campaña para rebautizar el sitio, buscando sustituirlo con el nombre de alguna personalidad local relevante e ilustre. Entre la casta partidocrática vernácula –que incluye a los uceristas que ganaron las elecciones el año pasado– se impuso el silencio, con algunas pocas excepciones, como la de la concejal capitalina Alejandra Mollón de LYDER, quien adhirió a la iniciativa ciudadana que propone expulsar de Jujuy al viejo Néstor Kirchner.    

Canallas al poder

Apenas un par de semanas después de que Jujuy contribuyese a alimentar el mito de grandeza del kirchnerismo, sus gobernantes produjeron otro gesto que resulta mucho más sutil y mucho más dañino para afianzar el legado nefasto de la banda de criminales santacruceños que asaltó el país en 2003. Me refiero, claro, a la canallesca derogación de la ordenanza que convertía a San Salvador de Jujuy en un “Municipio Pro Vida”.

Gracias a la gestión del concejal pejotista Guillermo López Salgado, el Concejo Deliberante de la capital jujeña había demostrado su capacidad de virtuosismo al promover políticas que buscan bloquear el genocidio abortista que festeja la muerte de seres humanos indefensos e inocentes como un triunfo del género femenino y del Progreso Universal. Sin embargo, una vez renovada la constitución del órgano legislativo, los nuevos concejales votaron a favor de derogar la norma.

Esta canallada de borrar con el codo lo que fue escrito con la mano fue celebrada especialmente por los miembros de la nefasta Tupac Amaru, quienes, al asumir por vez primera sus escaños en el Poder Legislativo, impulsaron la derogación como una cruzada urgente.

Lo que sucede es que entre sindicalistas e indigenistas, en la comparsa del frente Unidos y Organizados se agazapan los novordistas que pasaron sin escalas de las oficinas del parasitario INADI a los órganos de gobierno del Estado jujeño. Estos personajes infames, desde su cuartel general en Buenos Aires, promovieron el genocidio con la burda excusa de que para que unas cuantas mujeres (mujeres a las que consideran pobres, tontas y cobardes) puedan ser salvadas de si mismas, es necesario que se legalice la carnicería humana.  
    
De cualquier modo hay que recordar que la derogación de la prohibición de la masacre en Jujuy no fue obra exclusiva de Unidos y Organizados (quienes celebraron el triunfo con un desfile de hombres vestidos de mujer frente a la Iglesia Catedral). Quien más defendió ante la opinión pública la destrucción de la vida con aval estatal fue Lisandro Aguiar, un concejal perteneciente a la Unión Cívica Radical, el mismo partido al cual pertenece el intendente de San Salvador de Jujuy, el arquitecto Raúl Jorge. 

Jorge mantuvo un silencio atroz ante lo que hicieron los concejales uceristas, y todo ello habiendo sido el mismo que decretó que el sector de la ruta 9 que va desde Los Alisos a la Estación Terminal de Ómnibus “Presidente Néstor Carlos Kirchner” se llame “Papa Francisco”

¿Acaso el título de “arquitecto” que tiene Jorge tiene más de un significado? Posiblemente así sea, pero más allá de eso el problema es que Jorge, como la mayoría de los partidócratas argentinos, es un gran demagogo. Y si no es así, ¿para qué homenajea a un hombre con el que no está de acuerdo ni comparte sus valores? ¿Lo hace porque es la moda? ¿Lo hace porque también él es un canalla?


Zaín el-Din Caballero

domingo, 16 de junio de 2013

La salteñidad asaltada

Saltando al vacío

La Plaza 9 de Julio es uno de los mayores orgullos que tiene la ciudad de Salta. El 16 de Abril de 1582 el colonizador Hernando de Lerma fundó en ese sitio la urbe que, con el tiempo, sería conocida como “La Linda” –por tanto se puede afirmar que la salteñidad emana concéntricamente desde ese punto neurálgico desde hace por lo menos unos 431 años. La plaza adquirió su actual nombre en 1884, el cual se impuso para de alguna manera coronar todo el trabajo de hermoseamiento que en las décadas anteriores se había llevado a cabo, cambiándole su fisonomía de manera radical para pasar de ser una suerte de amplio estacionamiento a devenir un razonado jardín.

Lo que más fascina de ese espacio público no es la prodigiosa flora, las pintorescas fuentes o las estupendas estatuas, sino sus alrededores. En efecto, lo que el observador puede ver en los edificios que rodean a la Plaza 9 de Julio es la poderosa huella de la época colonial, algo que lo hace sentir a uno que está en lugar diferente de la Argentina. La Catedral Basílica de Salta y Santuario del Señor y la Virgen del Milagro y el Cabildo son lo más significativo del paisaje arquitectónico de la zona, junto a la Plazoleta IV Siglos (en donde se encuentra la estatua del Virrey Francisco Álvarez de Toledo).

Llaman la atención los nombres de las calles que rodean a la plaza: Bartolomé Mitre, Batalla de Caseros de 1852, Facundo de Zuviría y Reino de España. Salvo por la última, las otras tres tienen por particularidad remitir a personajes o eventos que poco aprecio demostraron ante la hispanidad que Salta encarna con tanta vivacidad, contrastando así con la identidad salteña más profunda pero conciliándola al mismo tiempo con los claroscuros de la historia nacional.

Lo insólito es que a ese viejo gesto conciliador el propio Gobernador Juan Manuel Urtubey haya solicitado demolerlo, proponiendo el cambio de denominación de al menos tres de esas calles (Mitre, Caseros y España) por no estar vinculadas a la idea que él tiene de lo salteño. ¡España nada tiene que ver con Salta! ¡Eso fue lo que Urtubey dijo!

Por supuesto que este salteño de doble piel que gobierna a la provincia no pronunció ni una palabra ante el inminente rebautizamiento de la Avenida Fortín Tuscal de Velarde, nombre que hace referencia a una agrupación gaucha que lleva más de seis décadas de existencia y que es famosa por el trabajo social que desde hace años desarrollan en los barrios de la zona en la que tienen su sede oficial. A dicha avenida pretenden llamarla, lamentablemente, “Néstor Kirchner”. ¿El finado Hombre de las Bóvedas es más salteño que la Madre Patria? ¿Eso piensa Urtubey?

Tergiversando a la identidad

Pero Urtubey no busca destruir el destino manifiesto de lo salteño avalando renombramientos y sustituciones de monumentos, también intenta hacerlo a través de la promoción de la desidia, el despilfarro y la entrega de lo propio.  

Del deplorable estado actual de la Plaza 9 de Julio prefiero no hablar para que mis ojos no se llenen de lágrimas de pena, así que mencionaré como ejemplo de la desidia la frágil imagen de la Basílica Menor de San Francisco y el preocupante abandono del Parque San Martín. Esos dos lugares deberían movilizar masivamente a los salteños a presionar a sus gobernantes para que los rescaten de su tétrico presente.

Ahora bien, con respecto al despilfarro es obligado citar la última aventura que el Gobernador Juan Manuel Urtubey y el Intendente Miguel Ángel Isa protagonizaron en EEUU. En plena época de blanqueo de capitales, los dos mandatarios más importantes de Salta se subieron a un avión privado y partieron rumbo al norte del continente para entrevistarse con el arquitecto tucumano de fama internacional César Pelli (por qué fueron los dos y no uno sólo es un misterio; habría que averiguar si las escalas del avión no incluyeron algún paraíso fiscal). A Pelli le ofrecieron hacer un mirador en el cerro San Bernardo y un museo en la esquina de Juramento y España.

El nuevo museo, según dicen, tendrá por objeto el albergar, entre otras cosas, a las momias de los niños de Llullaillaco, que actualmente se encuentran en el Museo de Arqueología de Alta Montaña en frente de la Plaza 9 de Julio. En la Salta que construyen Urtubey e Isa no sólo no hay espacio para los españoles que pacificaron la región, sino que además se expulsa del centro de la ciudad (y, por ende, de la fuente de la salteñidad) a la prueba más fehaciente de que los indios americanos pudieron haber gozado de la prosperidad pero eran moralmente unos bárbaros que necesitaban ser protegidos de ellos mismos. Seguramente el indio que se dibuje a partir de los relatos del aparato cultural urtubeycista será un buen salvaje que, como no podía ser de otra manera, denigra nuestro pasado glorioso –todo ello, claro, sin considerar a los indios de hoy como poseedores de igual dignidad que la de sus antepasados míticos.    

Traicionando a la Tradición

Finalmente, como ilustración de la entrega a manos privadas de lo que es de todos los salteños, no podrá faltar una referencia al proyecto que anda dando vueltas entre ciertos políticos de concederle a la Unión de Rugby de Salta (URS) un predio que se encuentra al lado del famoso Monumento a Güemes. Esto es, como mínimo, escandaloso. Y no lo es por la entrega en sí misma –pues pienso que la URS, por todo lo que le ha aportado a Salta, merece tener una sede digna en algún lugar cómodo–, lo es porque falta cada vez menos para que se cumpla el Bicentenario de la Muerte del General Güemes y no se está diciendo nada acerca de la construcción de un imponente mausoleo que honre a este héroe de la Nación.

El gobierno de Salta debe emprender la tarea de homenajear al gran Gaucho. No hacerlo es casi un acto de traición a la patria. A su vez, darle una respuesta a la URS también es importante. Yo humildemente propongo que se mude a la institución deportiva hasta la esquina de Zuviría y España, allí donde hay un supuesto Museo de Arte Contemporáneo (MAC) que no es más que una vidriera de mediocridad y falsificaciones que no merece estar tan cerca del corazón de la salteñidad. Tranquilamente se podría sacar al MAC del edificio en donde se encuentra para emplear al mismo como punto de reunión de la URS y otras organizaciones similares, y mover al mentado “museo” hacia el sur de la Avenida John F. Kennedy, hacia donde se encuentra el Aeropuerto Internacional, para subirlo a un avión y mandarlo tan alto que, cual Ícaro, derrita sus alas y caiga al vacío.  


Zaín el-Din Caballero

domingo, 2 de junio de 2013

Prudentes como las serpientes, sencillos como las palomas y valientes como los cóndores

La falsificación partidocrática 

El 25 de Mayo pasado el Municipio de Tilcara organizó un desfile cívico-militar para conmemorar un nuevo aniversario de la Revolución de 1810. En el evento participaron numerosos ciudadanos argentinos, once de los cuales lo hicieron bajo el estandarte de la Asociación de Ex-Combatientes Jujeños del Operativo Independencia. Unos días después este hecho fue alertado en las redes sociales, haciendo que un frente de agrupaciones vindicadoras de la subversión y del terrorismo de la década de 1970 se comunicara con la prensa para manifestar su repudio a la presencia de los héroes del pueblo y la nación argentina en los actos oficiales. 

Lo relatado hasta ahora no tiene nada de extraordinario: que las Madres y Familiares de Detenidos-Desaparecidos de Jujuy (Línea Histórica), la Agrupación HIJOS, la Asociación Jujeña de Ex-Presos Políticos y el Centro de Acción Popular “Olga Márquez de Aredez” no deseen que aquellos que vencieron a los malvivientes de sus familiares e ídolos reciban ahora el aplauso unánime de la sociedad argentina es bastante lógico. Sin embargo lo que si es hasta cierto punto asombroso es la reacción de la corporación partidocrática ante la presencia de un humilde grupo de veteranos de guerra.  

Lo que sucedió fue que el Senador Nacional Gerardo Morales, el Diputado Nacional Mario Fiad y el Legislador Provincial Alberto Bernis, es decir los tres hombres más importantes de la UCR jujeña, se encontraban aquel día en el palco oficial del desfile, generando la sensación de que ellos avalan el accionar de los militares jujeños que fueron parte de la Gesta Gloriosa del Operativo Independencia, pues, como era de esperarse, se dedicaron a aplaudir automáticamente a todas las personas que pasaban en frente suyo. Pero, como no podía ser de otra manera, todo se trató en realidad de una mera confusión. Entonces estos ilustres politiqueros chupópteros no tuvieron mejor idea que emitir un comunicado aclarando que bajo ningún punto de vista ellos tendrían jamás la grandeza de reconocer como justa la guerra contra la subversión, y de paso recordaron que la misma agrupación de veteranos desfiló en muchos otros actos cuyas plateas estuvieron mancilladas con la presencia de los miembros del PJ local. 

Como la UCR y el PJ de Jujuy se vieron, de repente, interpelados acerca de su posición sobre los eventos de la década de 1970 por Adriana Aredez –la hija de Luís Aredez (un desaparecido intendente ucerista de Libertador General San Martín)–, las dos fuerzas decidieron utilizar a la Legislatura Provincial para repudiar a nuestros bravos defensores de la argentinidad y deshonrar a nuestro pasado del cual deberíamos sentirnos orgullosos. Así fue que con un Miguel Ángel Tito (PJ) rasgándose las vestiduras para hacer justicia en contra de la “apología a delitos de lesa humanidad” y con un Pablo Baca (UCR) apelando a la memoria parcializada, la corporación partidocrática jujeña decidió quitarles a los veteranos de la guerra contra la subversión su derecho a participar de nuevos desfiles, que es más o menos lo mismo que expulsarlos de la historia de la que son partícipes y denigrarlos como miembros de la Argentina a la cual pertenecen y con la cual han contribuido enormemente. Sólo Agustín Perassi (FPJ) manifestó un mínimo de decencia y trató de defender –aunque muy tibiamente– a aquellos que merecen los más verdes laureles. 

Un asunto provincial, un problema regional, una cuestión nacional

Esta violencia “democrática” en contra de gente que arriesgó su vida, justamente, para defender la democracia que los entronizó a ellos en el poder no es nueva en el NOA. Salta la ha experimentado varias veces. Por ejemplo una situación similar a esta de Jujuy se dio en el año 2008, cuando un subversivo trasnochado denunció a Juan Manuel Urtubey y a Marcelo Lara Gros por no repudiar la presencia de los “Rodillas Negras” en un desfile cívico-militar realizado por el aniversario de la fundación de San Ramón de la Nueva Orán. Los “Rodillas Negras” fueron los miembros del Regimiento 28 de Infantería de Monte cuya presencia en Tucumán fue decisiva para vencer a la guerrilla apátrida en la lucha cuerpo a cuerpo en medio de la tupida vegetación del sur de la provincia. Por supuesto que para el denunciante, un tal David Leiva, los “Rodillas Negras” eran, por el contrario, una banda de mercenarios genocidas que anduvieron asesinando gente a sangre fría en los montes tucumanos porque, según su punto de vista distorsionado, no tenían nada mejor que hacer. 

Más recientemente, Salta tuvo que sufrir la perversidad de unos falsificadores profesionales de la realidad que impulsaron la destrucción del monumento a los Bravos de Manchalá. Con la excusa de que el cóndor que coronaba la escultura les molestaba, al final terminaron arrasando con toda la obra, como si ese hecho alcanzará para convertir a la mentira en verdad. Afortunadamente en Salta un grupo de valientes ciudadanos decidieron agruparse y defender a los Bravos de Manchalá, pues al hacerlo están defendiendo también a la patria de la amenaza más actual: la de los póngidos y cretinos que actualmente nos gobiernan.  

Julio y Mario

En el fondo de la “reacción memorialista” de los partidócratas jujeños (la misma que llevó a Morales, Fiad y Bernis a decir que ellos están dispuestos a participar “de cualquier iniciativa conjunta en línea con los ejes transversales de la lucha por los derechos humanos”, que es lo mismo que admitir que, culturalmente, ellos son tan defensores de la corrupción, la impunidad y la tiranía como cualquier pejotista) está la disputa entre Félix Pérez, el Intendente de Tilcara, y la ya mencionada Adriana Aredez. 

Aredez es una profesional de la victimización. Esta señora vive de lo que gana con una ONG que “defiende los derechos humanos”. Entre sus actividades no sólo están las de promover causas contra militares y civiles que tuvieron algo de protagonismo militar, social, económico o político en la década de 1970, también se ocupa de intoxicar a las generaciones más jóvenes con su pedagogía del odio. Sus mejores discípulos –curiosa o no tan curiosamente– son los perfectos activistas vagos y malentretenidos, candidatos naturales al Vatayón Militante, que al por mayor ha generado el régimen kirchnerista. Uno de ellos, un tal “Patitas”, tuvo la brillante idea de juntar a 40 como él y asaltar una comisaría tilcareña para solicitar que la policía libere a dos compinches suyos que estaban demorados por andar ebrios o drogados en la vía pública; la policía reaccionó como debe reaccionar en esos casos, controlando la agresión a través de diversos métodos. Al día siguiente, Pérez felicitó a las Fuerzas del Orden por su accionar, pero “Patitas” y los suyos lloriquearon ante Aredez –que tiene un vínculo con Tilcara debido a que suele trabajar con la delegación que la UBA tiene en la localidad–; ella juró vengarse de Pérez por no repudiar la agresión a sus acólitos y unos días después, aprovechando la presencia de la Asociación de Ex-Combatientes Jujeños del Operativo Independencia el 25 de Mayo, procedió a demonizar a nuestros héroes de la patria. 

En el comunicado que Aredez remitió a la prensa, se señalaba que no se podía avalar el Operativo Independencia, ya que, por ejemplo, el ciudadano jujeño Julio Rolando Álvarez García había sido torturado en el marco de aquella gesta militar. ¿Pero quién fue este tal Álvarez García? Pues un integrante jujeño de la organización terrorista Montoneros. Es decir que el motivo para repudiar a los héroes del Operativo Independencia sería, para Aredez y los de su comparsa, la voluntad de no ofender la memoria de un sujeto que conspiraba para asesinar y secuestrar gente con el propósito último de dar un golpe de Estado y conquistar el poder.    

No obstante yo digo que si van a recordar a Julio Álvarez García, ¿por qué no recordar a Mario Gutiérrez? Gutiérrez, el Soldado Mario Gutiérrez, era un muchacho nacido en La Quiaca que fue enviado a Tucumán en 1975. El 10 de Abril de 1976, mientras cubría el puesto de centinela de su escuadrón, se enfrentó a un súbito ataque de la guerrilla, cayendo abatido con varios tiros en el cuerpo. Hoy en día una calle en su ciudad natal lleva su nombre en señal de homenaje, pero no es de extrañar que la descendencia de quienes lo asesinaron pida también que se rebautice ese espacio de la república con algo que los haga felices a ellos. 

Lo que queda en claro para los jujeños es que son un rebaño peligrosamente acechado por los lobos, lobos que visten pines con siglas como “PJ” y “UCR”. Entonces a los argentinos patriotas de Jujuy les queda, como dijo el Señor, ser “prudentes como las serpientes” –pues así como algunos salteños se han organizado en su provincia para vindicar al monumento a los Bravos de Manchalá, así también es un deber organizarse para no dejar que se atropelle a los héroes del Operativo Independencia ni se ensucie su buen nombre– y “sencillos como las palomas” –no hay que olvidar que la verdad histórica está de un solo lado, y ese lado no es el de los infames revanchistas, por lo que es preciso sacar a la luz a los hechos tal y como acontecieron para que con su sola presencia consigan destruir a los engaños. Yo agregaría además que, hoy en día, para cualquiera que quiera hacer algo para vivir en un país justo es necesario también ser “valientes como los cóndores”, es decir heroicos como aquellos que pusieron en juego su vida en la selva tucumana para vencer a los que ahora han retornado. 


Zaín el-Din Caballero

domingo, 20 de enero de 2013

Acción Poética Tucumán: kitsch, Facebook y demagogia

Muros que hablan

En octubre de 2009, unos días antes de que comenzase el polémico XXIV Encuentro Nacional de Mujeres, la ciudad de San Miguel de Tucumán amaneció con muchas de sus paredes sorpresivamente pintadas. Se leían frases como “¡Fuera Feminazis!”, “¡Tucumán es católico!” y “¡Viva Cristo Rey!”. Unos días después, tras la demostración de fuerza de las ménades, la ciudad encontró otras pintadas: “¡Mi cuerpo me pertenece!” o “¡Aborto legal para no morir!”. Al cabo de unos días, ambos grupos de frases pintadas con aerosol sobre los muros de la capital tucumana desaparecieron.

Lo que aquella vez experimentó Tucumán fue una guerra de graffitis. El graffiti es un objeto que tiene una fuerza disruptiva: aparece súbitamente y transmite un mensaje muy específico. Se lo hace en la vía pública, pues su objetivo es llegar al mayor número de personas posibles.

Recientemente San Miguel de Tucumán discutió acerca de los graffitis. Es que al conmemorarse un nuevo aniversario del asesinato de un tal Mariano Ferreyra los militontos de una secta trotskista pintarrajearon la fachada del edificio de la Facultad de Derecho de la UNT, ubicado en la calle 25 de Mayo de 1810. Este ataque vandálico a un sitio que acababa de ser reabierto a la mirada pública tras mucho tiempo de restauración causó indignación. Juan Rovere –un pelele que se responsabilizó por las pintadas– ensayó la defensa de sus acciones sosteniendo que el graffiti es un recurso válido para los movimientos políticos minoritarios que quieren transmitir un mensaje pero que no gozan del acceso a los medios masivos de comunicación. Quizás con esas palabras Rovere tuvo un punto a su favor, sin embargo después terminó agregando una estupidez digna de un trosko que vive en la mentira permanente: aseveró que quienes lo criticaban preferían “el silencio de las paredes” a sus proclamas.

Y es estúpido lo que Rovere dijo pues las paredes no son silenciosas, sino que, por el contrario, hablan siempre. Una pared es un objeto cargado de sentido. Cualquiera que camine por la calle y vea una pared, comprenderá de inmediato su significado: es un objeto que divide al espacio, creando un ámbito privado el cual, a diferencia del ámbito público, es restrictivo. Es decir, cada pared nos habla de un alguien. Por ello, por más noble y justa que sea la causa que se quiere promover, no se puede pintar una pared sin la autorización del propietario, pues al hacerlo se está procediendo con una agresión sobre otra persona. Si se viviese según la imbécil lógica de Rovere entonces cualquiera estaría autorizado a utilizar el frente de la casa de este dirigente de ultraizquierda para expresar lo que desee expresar, y él no podría oponer resistencia, incluso ni siquiera cuando alguien se acercase a pintar algo que confronte con sus propias opiniones.   

El regalo que nadie quiere

La mayoría de las paredes difieren entre si, pues no siempre coinciden en relación a sus tamaños, a sus contexturas, etc. El color es otro rasgo que suele diferenciar a una pared de la otra. Normalmente, los propietarios de las paredes las pintan con colores agradables a la vista, excepto aquellos que por alguna extravagancia eligen un color muy particular para singularizar el lugar.

Debido a que una pared es ya un objeto que contiene un sentido muy claro y preciso, no se le suelen agregar otros objetos encima (palabras o dibujos) que multipliquen el sentido, a menos que haya una necesidad de ello, como por ejemplo cuando alguien pinta sobre la pared “maxikiosco”, “zapatería” o algo por el estilo para indicarle a un transeúnte que en aquel lugar señalado por la palabra se comercializa un bien determinado o se ofrece un servicio específico.

El graffiti, como ya lo señalé, no es igual a esas pintadas hechas por los dueños de las propiedades: su misión es perturbar la monotonía, causando el impacto más fuerte que se pueda. De allí es que al graffiti no sólo se lo use para impulsar algo sino también para denigrar a otro.

El tema aquí es que aquello que se impulsa o se denigra no siempre es una cuestión que involucra a un conjunto de personas, sino tan sólo a dos. Me refiero ya no a las pintadas realizadas por nacionalistas, comunistas, hembristas u otros grupos minoritarios, sino a las hechas por un joven enamorado que expresa sus sentimientos de modo público, vandalizando una pared al escribir “Sabrina te amo” y luego, despechado, agarrando el aerosol para poner “Sabrina sos una ramera”.    

Y hay veces en que la pintada sólo concierne a uno sólo, a algún o a alguna idiota que escribe su nombre sólo para dejar constancia de que estuvo allí, de que ese lugar es parte de su territorio. Hay ocasiones en que estos estultos no se conforman con escribir su nombre, sino que ponen frases armadas o hacen dibujos. En este caso, el graffiti pasa de ser un intento por agitar las mentes a ser una muestra del mucho o poco talento de alguien. Muestra que tiene el defecto de no ser requerida ni esperada.

Kitsch

Muchos de los graffiteros que “regalan” su talento al público se esfuerzan por realizar dibujos. Estos dibujos no son murales. Un mural es una pintura realizada sobre una pared. Los murales no “adornan” la superficie sobre la que están, sino que la absorben como parte de su identidad. El graffiti no llega a eso, pues dada su imposición violenta sobre la pared y la falta de consenso para su existencia, termina siendo una obra efímera que suele ser quitada o por el propietario de la pared o por alguien más que quiere usar la pared en la que está el graffiti para transmitir un mensaje diferente.

Por el hecho de que muchos grafittis son vistosos y parecen estar muy elaborados, muchos suponen que se tratan de obras artísticas, y que, por ese motivo, gozan de la misma dignidad de la que goza un cuadro que está en el Louvre. Sucede que, gracias a la industrialización capitalista que masificó la producción de objetos, el límite entre arte y artesanía se ha vuelto difuso para el común de la gente. Es por ello que hay quienes no se consideran capaces de repudiar a los graffitis y terminan creyendo que éstos tienen tanto valor como “La Gioconda”.   

De ese público se nutre casi en su totalidad el movimiento Acción Poética Tucumán (APT). Sus miles de simpatizantes son esas pobres gentes que confunden al arte con las artesanías, vale decir son los perfectos consumidores del kitsch.

Lo kitsch, básicamente, es aquello de mal gusto, que apela a la emotividad y al sentimentalismo, y que busca ser comercializado masivamente. El programa de Tinelli, por ejemplo, cuando lleva a cantar a una niña ciega o cuando hace bailar a una joven trisómica explota lo kitsch, pues no le importa la realidad de esa gente sino el efecto conmovedor que producen en las audiencias.

La calidad del canon

APT es un colectivo de artesanos que emergió a principios de septiembre de 2012 en San Miguel de Tucumán, y que en poco tiempo se expandió por un gran número de ciudades de todo el país (principalmente de la región NOA). Sus intervenciones consisten en pintar paredes con frases que hablen acerca del amor y todas sus variantes. Dichas frases no suelen ser ideaciones de propia Minerva, sino versos inventados por algún autor reconocido y reproducidos sin su autorización.

El cerebro detrás de APT es el gestor cultural Fernando Ríos Kissner, quien en más de una ocasión ha reconocido que lo suyo es sólo una versión local de algo que se gestó hace más de una década en el norte de México. Ríos Kissner se muestra como un fundamentalista de su proyecto, pues rechaza furiosamente todo intento de innovación del mismo. Él sostiene que la “acción poética” consiste en pintar de blanco una pared para que “se asemeje a un hoja” [sic] y luego, con pintura negra, escribir una frase que no exceda las ocho palabras, respetando siempre cierta tipografía que, se supone, personaliza el trabajo. El que altera alguna de estas reglas sufre la ira de APT, quienes se atribuyeron ser los “representantes oficiales” en la Argentina de la idea inventada por algún mexicano mersa. Es evidente que lo que buscan promoviendo algo barato y sencillamente reproducible a gran escala es su estandarización, o sea la muerte de la libertad creativa para dar paso a un producto fácilmente reconocible que aumente su popularidad. De allí que, como ya dije, a los de APT les importe un bledo la poesía: lo único que quieren es aprovechar el trabajo de otro para sobresalir (ya han armado un programa de radio en torno a esto, y es probable que sigan por esa senda produciendo libros, películas, indumentaria, adornos y otros productos).  

A Ríos Kissner no lo conozco personalmente, pero es fácil deducir quien es a partir de la observación de quienes son sus referentes. Si se leen los “murales” pintados por la APT se constatará que no abundan frases de Ricardo Arjona –uno de los máximos fabricantes contemporáneos del kitsch–, sino de Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Pablo Neruda, Jaime Sabines, etc. Este canon nos habla de un progresista que se pone la remera con la cara del Che Guevara y que lee (o leía) Página/12. De todos modos lo curioso es que son las expresiones más sentimentaloides de esos autores las que tienen prioridad a la hora de ser pintadas sobre las paredes tucumanas. Galeano, por ejemplo, es ante todo un autor politizado (en el sentido más miserable del término), sin embargo las frases que de él seleccionan los de APT lo hacen quedar a ese señor como si lo único que le hubiese importado en la vida hubiese sido el coitus interrumptus.

En este sentido lo de APT es deliberadamente kitsch. No son los pocos versos ingeniosos que tienen por tema algo diferente al amor que han pintado los que le han generado el éxito masivo, sino que ello lo han logrado gracias a ese catálogo de expresiones de deseo escritas sobre una pared y debidamente fotografiadas para que la gente las utilice como portadas en su Facebooks con el fin de manifestar sus estados de ánimo. La estrategia consiste en ubicar algo que exalte el amor o el desamor, y aspirar a la masificación. Por ello en su propio Facebook se regodean de que algo que no tenía por destinatario a las masas finalmente las haya alcanzado (en algunos casos se ve, por ejemplo, epígrafes de sus pintadas que dicen cosas como “Octavio Paz en Villa Alem” o “Jorge Luís Borges en Barrio Independencia”, intentando subrayar el contraste de que Paz o Borges saltaron de las bibliotecas de la Facultad de Filosofía y Letras a las calles plagadas de gente tan bruta que por vivir en Villa Alem o Barrio Independencia nunca se molestaron en leer a los grandes autores hispanoamericanos).

Sin temor a equivocarse puede uno afirmar que cualquier poeta desea ser leído, pero imagino que deben ser pocos los que quieran convertirse en una frasecita pintada sobre una pared. Porque APT no se trata de llevar el arte literario a las calles, se trata de conseguir reconocimiento a expensas de otros. Dicho de otro modo, APT no cumple el rol del autor de una obra de arte, sino el del intermediario entre el arte y el público, es decir el de aquel que saca rédito con el trabajo ajeno.  

La demagogia como escudo

Lo que caracteriza a APT es su “corrección política”. Deliberadamente evitan ser polémicos. Se jactan de no tener ideología o religión más que el amor universal. Y cada vez que pueden apoyan alguna causa que cuenta con la simpatía popular (generalmente se inclinan por involucrarse con ONGs que trabajan en la concientización de enfermedades o que actúan brindando contención terapéutica, pues, astutamente, han evitado secundar abiertamente a los defensores del aberrosexualismo, del hembrismo y de la legalización de los estupefacientes, aunque, juzgando por sus gustos literarios, se podría decir que se mueren de ganas por hacerlo).

Para fortalecer su posición “neutralista” en materia política, APT se vale de los niños. Han penetrado en varias escuelas con la intención de “educar” a los jóvenes, haciéndolos participar de una actividad que ellos juzgan como transgresora pero, a su vez, altamente constructiva.

Esa opción por los enfermos y los niños, esa apelación por lo sentimental y lo emotivo, hacen de APT unos campeones del kitsch. Y, como son una moda, muchos vecinos les regalan uno de los muros de sus residencias para que escriban lo que más les guste.

Sin embargo, a veces sucede que algunos de los versos escogidos están totalmente desubicados. Frente al Colegio Santa Catalina, sobre la calle Rivadavia de San Miguel de Tucumán, se lee la frase firmada por APT: “Arránqueme las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme”. Estas palabras de Galeano son totalmente inapropiadas: imagínese a una niña de tercer año de la escuela básica leyendo esa incitación al sexo. ¿Hace falta algo así?

Pasando por encima de los demás

El gran problema de los miembros de APT es que no piensan en los demás. Aquellos que acceden a que les dibujen las paredes no toman en cuenta a todos los que van a leer los versos. En este sentido se asemejan mucho a lo que sucede cuando, en un viaje en colectivo, un adolescente prende los altavoces de su celular y hace sonar una canción en donde se oye a un gritón hacer sonidos simiescos: técnicamente es “arte”, pero usualmente nadie está de acuerdo con la idea de tener que escucharla.

Afortunadamente las ordenanzas municipales en contra de esa práctica molesta de hacer sonar música con el celular a bordo de los colectivos se multiplican, ¿APT recibirá el mismo trato?

Es difícil contestar con certeza esa pregunta, pero todo indica que los políticos no están dispuestos a actuar en contra de APT. Un caso lo ilustra: una mañana de fines de diciembre pasado, en el Facebook de APT se anunció que empleados del candidato a diputado nacional Juan Casañas de la UCR habían repintado algunas paredes ocupadas por frases puestas por la APT para colocar allí su propaganda política. En pocos minutos una chusma histérica comenzó a lanzar improperios en contra del parlamentario, jurando que de ninguna manera iban a votarlo. Al final Casañas, anoticiado del asunto, tuvo que hacerse cargo de la situación y regalar pintura para que las frases fuesen recuperadas. El hecho es que así como la gente enviada por Casañas pudo haber desalojado a APT de una pared, también pudo haberlo hecho la gente de cualquier otro candidato usando el nombre del político radical, para montar una campaña de propaganda negra que atente en contra de la imagen del dirigente. La furibunda reacción de la turba bien lo justifica.    

El “incidente Casañas” dejó en evidencia que los simpatizantes de APT se creen dueños absolutos del espacio público. Esto es grave en cuanto un grupo de personas ha impuesto algo que responde sólo a sus intereses y que está creciendo en dirección a la institucionalización. Aquí habría que recordar un caso: en la intersección de la avenida Julio Argentino Roca y de la calle 9 de Julio de 1816 de la capital tucumana, hay un pequeño parque llamado popularmente “El Provincial”; sin embargo, el nombre oficial de dicho parque es “Parque de la Memoria”, pues en 2004 hubo un cabildeo por parte de algunas sinarquías progresistas para que se rebautice el lugar, abandonando el nombre de “Parque Operativo Independencia” que le había dado el General Bussi durante su gobernación democrática del segundo lustro de la década de 1990. Pocos tucumanos estuvieron de acuerdo con el cambio de nombre propuesto por Bussi, y fue aún menor el número de ciudadanos que aprobó la transformación de 2004, pero aún así aconteció. Desde entonces la Municipalidad de San Miguel de Tucumán tiene que hacerse cargo del mantenimiento de un lugar que honra a 30.000 infames terroristas, porque esa historieta quedó tristemente institucionalizada.

APT va camino a lo mismo. Esa celebración del kitsch bien podría presionar para institucionalizarse, lo que significaría que el Estado municipal, es decir todos los ciudadanos tucumanos, deberían contribuir a mantener vivas esas pintadas. Una ciudad que no cuida a los árboles que se desploman peligrosamente en la vía pública podría verse obligada a defender el ego de un puñado de ladinos.  



Zaín el-Din Caballero