Treinta años de retroceso
Algo característico de la cultura
política argentina del siglo XXI ha sido la desaparición de la UCR , dejando que a su lugar lo
ocupe el PJ. Así, el PJ se ha constituido como oficialismo y, simultáneamente,
oposición. Hubo una “pejotización” de la política nacional, lo cual,
obviamente, terminó vaciando de contenido ideológico al escenario electoral
argentino: al ser todo abarcado por el PJ, no sólo el conservadurismo y el
progresismo conviven como pilares del mismo proyecto, sino que además los
conservadores y los progresistas que se encuentran por fuera del PJ no se han
atrevido a proponer nada que se aleje políticamente de lo que hace el propio PJ.
Como la partidocracia ya ha
agotado todas sus posibilidades de izquierda, centro y derecha, lo que el
ciudadano argentino con conciencia patriótica percibe es que se vive en el
interior de una jaula de la que no se puede salir, puesto que la opción en cada
elección parece ser la de escoger entre el ladrón conocido o el ladrón por
conocer. Esta situación de descrédito de la política que empezó con el “que se
vayan todos” y terminó en la guerra entre los kirchneristas (el “todos” que no
se quiere ir) y los antikirchneristas es, en el fondo, considerada como
anómala. La “rebelión” contra 1983 debió haber concluido con un cambio de
sistema, pero como se ha demonizado a las dictaduras dicha sustitución no ha
sido posible. Por ello, en diciembre de 2013, la Presidente bailó sonriente
golpeando una cacerola al mismo tiempo que Tucumán estaba hundida en la psicosis colectiva y las cacerolas que se oían eran golpeadas por gente enfurecida: no sólo el PJ no tiene límites en la Argentina , tampoco los
tiene la democracia.
El malestar contemporáneo en
contra de la democracia –como no puede canalizarse hoy en día a través de la
exhortación de una salida o suspensión del sistema democrático– está generando
un clima positivo que actualmente crece en la Argentina , el cual
revive la esperanza de poder elegir al justo por sobre el injusto y al honesto
por sobre el corrupto, pues se busca la restitución de la política no a través
de un cambio de régimen sino a través de una mayor exigencia moral (por ello
hay tanto entusiasmo entre los partidócratas nacionales por recibir la
bendición del Papa Francisco).
En 2015 el asunto central será,
una vez más, la lucha contra la corrupción. Quienes ahora ejercen el gobierno,
evidentemente, son el blanco central de los cruzados de la transparencia que
quieren acabar con los desquicios del sistema. A raíz de ello crece el temor
entre los que gobiernan de su futura permanencia en el poder, y por ese motivo
ya ha comenzado las guerras de sucesión.
Renovadores y renovantes
El kirchnerismo intuye que
perderá las próximas elecciones de 2015, pero calcula que ello no significará
su disolución definitiva (como pasó con el menemismo después de 2003). Agustín
Rossi, Florencio Randazzo, Sergio Urribarri, Jorge Taiana, Julián Domínguez,
Axel Kicillof y Aníbal Fernández buscan ser ungidos como candidatos
presidenciales por Cristina Kirchner. Todos estiman que si hacen una elección
mediocre, aún así tendrán a un importante número de hombres del Frente para la Victoria en el Congreso
de la Nación y
en los parlamentos provinciales, los cuales operarán como una fuerza de
resistencia.
A pesar de que el FA-UNEN propone
crear una “Conadep de la Corrupción” para ajusticiar a los funcionarios de la última
década, a quienes éstos más le temen es a los peronistas. Ciertamente
subestiman las posibilidades reales de la UCR aliada al progresismo, pero están tan seguros
de su fracaso que prefieren concentrar todo su esfuerzo en evitar que sean los
peronistas los que arrasen en las urnas. Quien más les preocupa es Daniel
Scioli, pues saben que él, por más que provenga del kirchnerismo, no es un
kirchnerista, lo que podría provocar que, si el Gobernador de Buenos Aires se
convierte en presidente, todo ese ejército K atrincherado en parlamentos,
gobernaciones e intendencias termine cambiando su camiseta para pasar de ser
cristinistas fanáticos a fervientes sciolistas. Producido eso, no habría
“operativo retorno” en 2019.
En un segundo plano en la lista
de preocupaciones kirchneristas aparecen Sergio Massa y Mauricio Macri, dos
dirigentes cuyas estrategias para buscar el triunfo en 2015 consiste en remarcar
sus diferencias con el kirchnerismo (contrariamente a lo que hace Scioli, quien
prefiere no tocar ese tópico y dejar que sea el elector el que se de cuenta de
ello). El detalle es que, para ello, Massa apunta a reclutar viejos dirigentes,
en tanto que Macri intenta introducir a nuevos personajes al escenario
político. Son la “renovación”. Pero no hace falta indagar demasiado para darse
cuenta de que lo que ambos intentan es armar al peronismo por fuera del Partido
Justicialista. Macri es más discreto que Massa en este aspecto, puesto que el
Intendente de Buenos Aires les pide a sus aliados peronistas que se coloquen
justo detrás de los empresarios o de los profesionales liberales que emergen
para “renovar” la política actual como si fuesen ciudadanos modelos que,
súbitamente, quieren transferir su éxito personal a la vida pública. Massa, en
cambio, no tiene problemas en reciclar a los peronistas excluidos del PJ por el
kirchnerismo para que éstos, al renovar una vez más sus cargos, sean los que le
aporten mayor estabilidad institucional al país (que es la versión peronista de
la lucha contra la corrupción que predica el Papa Francisco).
El Fronterizo
En Jujuy el Gobernador Eduardo
Fellner buscará su reelección. El problema que tiene es que está rodeado por
dos caciques (Guillermo Jenefes y Rubén Rivarola) que le disputan el poder. Esa
división interna en el PJ permite el fortalecimiento de la UCR , que, pese a todas las
intentonas renovadoras de sus afiliados, sigue encolumnada detrás del Senador
Nacional Gerardo Morales.
En Jujuy la gente del Frente
Renovador optó por desacreditar a Fellner dudando de la autenticidad de su
sentimiento peronista justo después de que el Gobernador fuese elegido
Presidente Nacional de Partido Justicialista. Así un memorioso recordó que, en 1982, se publicó un aviso en el diario Clarín
en donde se informaba que un grupo de dirigentes jujeños adherían a un acto que
el PJ iba a realizar en conmemoración a Juan Perón y Simón Bolívar en la Capital Federal. A dicho aviso
lo firmaba, entre otros, Eduardo Fellner. Sin embargo el en aquel entonces joven
abogado publicó unos días después otro aviso aclarando que él no era, nunca
había sido, y, para peor, nunca sería peronista.
Quizás hace 20 años atrás (cuando
Fellner, de hecho, era parte de esa famosa Wild
Bunch menemista que gobernaba a Santiago del Estero en nombre de una intervención federal) la exhumación de este episodio hubiese significado algo
grave, pero en los tiempos que corren este tipo de cosas no generan
absolutamente nada en los votantes. A los jujeños les preocupa más, por
ejemplo, el afianzamiento de pelmazos como Germán Fellner, el hijo del
Gobernador, que en lugar de declararse antiperonistas se declaran “soldados de Cristina Kirchner”. Estos jóvenes que sobreactúan su compromiso político son no sólo
chocantes sino también peligrosos, puesto que se convierten en seres
fronterizos que en lugar de pasar de la oposición al oficialismo o viceversa,
se mueven desde la política hacia la militancia y viceversa. Claro que la
“militancia” de hoy en día no incluye armas de fuego como antaño, pero si gravita
sobre la idea de manipular los medios masivos de comunicación. Si el
fellnerismo pierde en Jujuy, a nadie deberá de extrañar que Germán Fellner y
los de su equipo se vuelquen hacia el campo de las comunicaciones para
prolongar a la política a través de esa vía.
El Opaco
El escenario salteño tiene a un
PJ liderado por Juan Manuel Urtubey. El Gobernador fue uno de los tantos
kirchneristas que quiso sumarse a la carrera presidencial, pero los sondeos de
opinión le demostraron que no tenía chances reales, por lo que decidió retener
su puesto en Salta, pese a que ello lo obligue a hacer lo que le había
criticado a su predecesor Juan Carlos Romero.
Urtubey gobierna a Salta desde
2007 con el apoyo de una alianza que une al Partido Justicialista con el Partido
Renovador Salteño (un partido neoconservador que, en su momento, fue el eje
local de la malograda Alianza de 1999). El Gobernador también cuenta con el
apoyo de un archipiélago de partidos progresistas de escasa influencia que
permite que antiguos miembros de Franja Morada, ex-comunistas,
dedehachehachistas y toda clase de personajes circenses (incluyendo vistosos sodomitas) cobren sueldos del Estado.
Para hacerle lugar a esa gente,
Urtubey se vio obligado a desplazar a viejos líderes del PJ local. Enojados
éstos, terminaron desafiliándose del partido para recaer, mayormente, en las
filas del Frente Salteño, el sello que utiliza Romero como plataforma electoral
en la provincia -aunque muchos otros se han unido a partidos satélites para acompañar al gobernador pero sin su bendición directa. A Urtubey, por tanto, se lo acusa de estar ejerciendo una
“cholocracia” (en Salta se les dice “cholos” a los patricios locales), algo más
propio de la UCR
o del PRS que del PJ.
Sergio Massa desembarcó en la
provincia para apoyar a Juan Carlos Romero. Pero el Senador Nacional sabe que
él solo no puede derrotar a Urtubey, por lo que decidió aliarse a la tercera
fuerza de la provincia: el partido Salta Somos Todos que comanda Alfredo
Olmedo.
Romero y Olmedo son muy diferentes
entre sí. Mientras Romero encarna a un viejo orden que demostró su poder
durante los años en los que fue gobernador, Olmedo, en cambio, se presenta como
el distinto de la política local. El recurso olmedista del impacto populista
permanente lo vuelve al empresario tan pintoresco como sospechoso para la
partidocracia contemporánea. De allí que sea tan fácil criticarlo, cuando, de
hecho, debería ser el personaje menos criticado de la política nacional.
El Digitador
José Alperovich tiene, en
Tucumán, un problema sucesorio. La Constitución Provincial
le impide intentar buscar una nueva reelección, por lo que necesariamente debe elegir
a alguien lo suficientemente leal para que le permita mantener vigente a la
impresionante estructura de poder etnonepótica que montó en el Jardín de la República. Candidatos
hay muchos, pero sólo un puñado de ellos puede generar interés en el electorado
local. Hoy por hoy las opciones de Alperovich se reducen a optar por transferir
el poder a sus alfiles Juan Manzur y Osvaldo Jaldo, o a ungir a su esposa
Beatriz Rojkés como sucesora.
El más interesado en desplazar a
Alperovich dentro del PJ es el Intendente capitalino Domingo Amaya. Desde hace
meses este sujeto se mueve buscando avales para ganar la candidatura para la
gobernación por el PJ, recordándoles a todos que el gran Alperovich, mandamás
provincial desde el año 2003, proviene de la UCR , a la que supo traicionar inescrupulosamente
para acumular poder. La acción del Intendente es similar a la de Miguel Isa en
Salta, con la diferencia de que Amaya ha coqueteado con Scioli y con Massa, a
quienes está dispuesto a sumarles votos si lo avalan explícitamente.
Sin embargo, como se ve que Massa
quiere asegurar el triunfo, el tigrense también ha tendido puentes para
arreglar un eventual apoyo al ucerista José Cano. Es que el referente tucumano
más fuerte del massismo es el impresentable Gerónimo Vargas Aignasse, un
Legislador Provincial cuyo mérito político es ser “hijo de desaparecido”, y
que, al día de la fecha, acumula numerosas controversias encima (incluyendo el
episodio bochornoso de haber reconocido a la fuerza a su hija por negarse a
desembolsar unos cuantos miles de pesos). Un hombre de esa calaña, hoy en día
un renovante “renovador”, poco puede aportarle al ambicioso Massa.
Un cuartel hueco
Este panorama del peronismo en el
NOA comprueba lo que había apuntado al comenzar: la política argentina ha
renunciado a la ideología. El peronismo, fuerza política que parece ser la
única con posibilidades reales de ejercer el poder, hoy en día está más vaciado
de significado que nunca. Fellner, Urtubey y Alperovich son sólo tres adictos
al poder que no tienen problemas con identificarse como peronistas, aunque
muchos peronistas de vieja data los desconozcan como tales. Esos mismos hombres,
a su vez, están dispuestos hoy en día a aliarse con cualquiera que los ayude a
derrotar al kirchnerismo.
El PJ es un cuartel hueco, una
fortaleza que cualquiera puede ocupar siempre y cuando plante la bandera del
poder efectivo en su centro. La derrota del peronismo sería lo mejor que le
pueda pasar al país, pero ello es también la certeza del desequilibrio y la
ingobernabilidad. A Argentina la ha condenado su propia partidocracia.
Hernán Solifrano (h)