En este día tan magnífico para todos nosotros, no podemos dejar de
preguntarnos: “¿qué nos dice la Cruz?”. Lo primero que se nos ocurre es,
sin ninguna duda: nuestro Señor Jesucristo. Él está en el centro.
Cualquier hombre que mira la Cruz, ve directamente al Hijo de Dios.
Tenía toda la razón San Pablo al decir que lo único que quiere conocer
es a Cristo y éste crucificado. La cruz, cada cruz, ésta del Gran
Viernes, la nuestra cotidiana, sin Cristo pierde todo su sentido. No
tiene significado. Si la buscamos sin Cristo, sólo queda el dolor, el
sufrimiento sin término ni sentido. Es por esto que la gente, cuando no
siente la presencia viva de Cristo en la Cruz, abandona rápido. No la
quiere.
Pero con Cristo la Cruz adquiere un nuevo significado. Es la fuerza y
sabiduría de Dios. Qué significado más extraño. Desde este momento, lo
que es un signo de muerte, será el signo de la vida; el signo de la
última pérdida del hombre, será el signo de su última victoria; el signo
del odio, será el signo del amor. Dios cambia las cosas totalmente.
Podemos observar este paso en su totalidad en la carta del Apóstol San
Pablo a los Filipenses. “Una muerte de cruz”. Este es el punto central.
Hasta este momento hemos leído sobre la humillación del Hijo de Dios.
Tras este momento nos encontramos con la exaltación de Jesús.
A primera vista podemos pensar que esto se opone a la figura humana
que expresa dolor y sufrimiento. Pero sólo se opone según nuestro
pensamiento humano, donde la cruz es siempre una estupidez o una
blasfemia. Según Dios la Cruz es lugar de gloria. Esta es la enseñanza
que debemos recibir en nuestras vidas: que la debilidad, la enfermedad
pueden ser gloriosas, pueden reinar. ¿Por qué? Porque producen en
nosotros el amor vivo y verdadero, la compasión con Cristo y con el
hombre.
Estos frutos no puede producir nada en esta tierra: ni el más fino placer, ni el triunfo, ni dinero, ni fama.
Jesús sabía esto cuando al principio de su enseñanza en esta tierra,
en el desierto rechazó todas las tentaciones del diablo y cuando al
final de su enseñanza eligió como el signo más importante la cruz. Este
signo es muy sencillo. Cada persona lo puede comprender, incluso el
niño más pequeño.
Si no puedo hacer esto, es que estoy lejos de la lógica divina, muy
lejos de Dios. En este caso la Cruz tiene que ser para nosotros un signo
de conversión. Ojala. Pero si seguimos este camino no podemos tener
miedo de la humillación y el dolor. Ni de rechazar el egoísmo y la
soberbia. Pero no hay otro camino. Esto expresa San Pablo en este himno
que hemos escuchado y que ya conocemos muy bien. Pero la introducción es
desconocida, por esto vale la pena recordarla. El Apóstol dice
directamente: “Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor,
si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el
Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi
alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo
corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia o
de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como
superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio
interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de
Cristo Jesús”.
Después de estas palabras tenemos el himno escuchado en la lectura de
la Carta a los Filipenses. Todos somos llamado para seguir a nuestro
Señor hasta la Cruz.



