Grandes
acontecimientos del pasado, pequeños hombres del presente
Esta semana el Concejo
Deliberante de San Miguel de Tucumán aprobó una ordenanza mediante la cual
oficialmente se le cambia el nombre a la calle Bernardino Rivadavia por el de
“Virgen de la Merced”,
en todo el tramo que va desde la avenida 24 de Septiembre de 1812 hasta la
avenida Domingo Faustino Sarmiento. Tal medida fue impulsada, aparentemente,
como homenaje de ese cuerpo legislativo al Bicentenario de la Gesta Belgraniana en el
Noroeste del país.
Junto con la calle Bernardino
Rivadavia, también fue rebautizada la plaza homónima ubicada frente al Hospital del Niño Jesús con el nombre de “Los
Decididos de Tucumán”.
El promotor de esta movida fue el
concejal Germán Alfaro, un pejotista que desembarcó en 2011 en el edificio de
Monteagudo y San Martín tras haber trabajado varios años como diputado nacional.
La propuesta de Alfaro desató una
pequeña batalla legislativa en el Concejo Deliberante, pues la oposición
realizó más de una objeción al proyecto, yendo desde el rechazo total de la
idea (sostenida por el concejal radical José Luís Avignone) hasta la revisión
de la ordenanza para reducirla a su mínima expresión (la edil Sandra Manzone de
la Coalición Cívica
sugirió prudentemente que sólo el tramo de Rivadavia en el que se encuentra la Basílica de Nuestra
Señora de la Merced
fuese rebautizado, dejando el resto de la calle con su denominación
tradicional). El ex-diputado, que en realidad no esperaba resistencia, confesó
que el debate “no estuvo a la altura de las circunstancias”, ya que, según
parece, el concejal suponía que un proyecto tan noble pensado para honrar al
General Belgrano iba a recibir el apoyo unánime y el aplauso generalizado de
toda la corporación política tucumana.
Sin embargo el edil capitalino
que más sorprendió en este asunto fue el cristinista Ignacio Golobisky. Este
sujeto Golobisky es un paracaidista que llegó a la política gracias al
etnonepotismo que impera en Tucumán desde que el
Moloch José Alperovich
gobierna la provincia (es, al igual que los Rojkes, los Temkin, los Mirkin, los
Yedlin, los Gassenbauer, los Bromberg, los Ditinis, los Zeitune y los Elgart, un personaje cuyo principal mérito es la portación
de tribu). Al ser alguien que entró por una ventana al peronismo, se ve que a
este converso lo invadió el temor de que se lo calificase de "impostor" y
de "usurpador", así que, para evitar ser cuestionado, Golobisky adhirió al “revisionismo
histórico” y se convirtió en el principal impulsor tucumano del maquillaje
demagógico y chauvinista bajo el que el cristinismo pretende ocultar sus
fechorías. De esa manera,
este declarado enemigo del “genocida” Julio Argentino Roca, festejó con una alegría perversa que el presidente Rivadavia no tenga un
arteria céntrica bautizada con su nombre en la ciudad de San Miguel de Tucumán.
En declaraciones vertidas en un
programa de televisión, Golobisky sostuvo que Rivadavia era “un agente inglés”,
y lo denunció por
sus vínculos con la banca británica que endeudaron al país hace 188 años. Es curioso que el concejal no use la expresión “masón” para
calificar a Rivadavia, sino “agente inglés”. Es decir al cristinista le parece
repudiable que un presidente argentino pida un préstamo a ciertos banqueros con
la excusa de desarrollar Buenos Aires (pero con el fin de financiar al país en
su guerra contra el Brasil imperial por la posesión de la Banda Oriental), pero no le
resulta reprensible que el mismo político haya sido el responsable de iniciar
una feroz campaña antieclesiástica en 1822. Si el revisionismo histórico –al
que tergiversan los cristinistas– condenó a Rivadavia, no fue por su
acercamiento a Gran Bretaña sino por su militancia masónica que lo llevó a
enfrentarse a la Iglesia Católica, vale decir no fue porque le gustase el dinero sino porque le repugnaba lo popular.
La actitud del edil cristinista
es despreciable, porque poco le importa la Virgen María. En este sentido
su actitud es análoga a la del alperovichismo en el caso de la ilegítima
derogación de La Linajeña,
la bandera auténtica de Tucumán. En 2008, cuando el lobby sionista triunfó en
su promoción de la cristofobia, se generó una situación calculadamente
incómoda: se propuso suplantar a La
Linajeña por la
Bandera de Macha, un pabellón de un supuesto origen
belgraniano. De ese modo se consiguió atemperar a las críticas y al descontento,
pues no se estaba eliminando la
Cruz de Cristo por mero odio anticristiano sino que más bien dicha
acción correspondía a un homenaje a uno de nuestros héroes nacionales. Los
sionistas se salieron con la suya, pues no sólo lograron manifestar triunfantemente
su violenta cristofobia sino que además consiguieron que el pueblo tucumano gravitara
en la pasividad.
En el discurso de Golobisky, con la Virgen de la Merced sucede lo mismo que
con La Linajeña:
se usa el nombre de una de las advocaciones de la Santa Madre de Dios no para
ratificar la importancia del artículo 2 de la Constitución
Nacional o para evangelizar a un pueblo que cada día más
necesita la asimilación del mensaje cristiano, sino para fortalecer el “relato”
de los cristinistas. La presencia del símbolo sagrado es simplemente una treta
ingeniosa para llevar a cabo el plan de una élite –vender la idea de que ellos
representan lo contrario a Rivadavia, cuando en realidad, al igual que el
mulato,
hasta coincidieron en regalar Famatina a los capitalistas más rapaces del planeta– embaucando al pueblo argentino con la pantalla de que le están
rindiendo un homenaje al General Belgrano y a la Virgen María.
Las voces en contra
El rebautizamiento de la calle
Bernardino Rivadavia fue altamente repudiado por la mayoría de los que tomaron
conocimiento de la medida (el grueso de la población tucumana aún no sabe que
el cambio de denominación se ha producido).
Dentro del grupo de los
repudiadores hay tres subgrupos fácilmente distinguibles: los que se quejaron
por el bizantinismo de los políticos, los que se enfurecieron por el descalabro
residencial que la norma produce y los que, simplemente, son unos cretinos
cristofóbicos.
Dentro de este último subgrupo se
ubica como estandarte la nefasta ONG Andhes, una comparsa de presión
dedehachehachista que, como buenos promotores de todo aquello que atente contra
la identidad nacional, iniciaron una campaña para frenar la efectivización de
la ordenanza arguyendo tonterías como la tesis de que en la Argentina el Estado está
separado de la Iglesia.
Por supuesto que todo el peso de ese argumento se desmorona
desde el momento en que –como ya indicamos más arriba– queda en evidencia que el
cambio de nombre de la calle no se produjo con la excusa de la evangelización
sino como una medida para rememorar al pueblo de Tucumán que en 1812, y por
disposición del General Belgrano, combatió durante dos días a las tropas
realistas bajo la protección de Nuestra Señora de la Merced.
Los otros dos subgrupos de
repudiadores tienen algo más de fundamentos para alzar sus voces. Los que
critican el bizantinismo de los concejales nos recuerdan la leyenda que sostiene
que en 1453, mientras Constantinopla era invadida por las tropas del sultán Mehmed
II, las autoridades de la ciudad se dedicaban a debatir furiosamente temas de teología cristiana como
la cuestión acerca de cuál era el sexo de los ángeles, en lugar de estar organizando la defensa de su
moribundo imperio. San Miguel de Tucumán es una ciudad que necesita con
urgencia la realización de cientos de obras (desde pavimento, cordones cuneta e
iluminación en un montón de calles periféricas hasta un subterráneo construido
en equipo con el municipio de Yerba Buena para optimizar el caótico sistema de transporte
público), por lo que se entiende que detalles como el nombre de los espacios
públicos son discusiones que, tranquilamente, las pueden dar los vecinos en foros
dispuestos para tal fin, dándoles tiempo así a los políticos profesionales para ocuparse
de pensar en el diseño de normas que mejoren la infraestructura urbana,
garanticen la satisfacción de las necesidades básicas y controlen la gestión del intendente
de un modo mucho más transparente que el actual.
Pero los reclamos más
justificados son los que provienen desde los vecinos que viven sobre las nueve
cuadras que componen la calle Virgen de la Merced, debido a que ellos, inevitablemente, se
convertirán en víctimas de los engorrosos trámites previstos para actualizar
sus domicilios. Es decir quienes residen y poseen comercios en la antigua
Rivadavia se verán obligados a realizar nuevas tramitaciones para que en sus
documentos, pasaportes o talonarios de facturación figure una dirección que
existe y no una que ha dejado de existir y por tanto no tiene correlato con la
realidad.
No es la primera vez que el
Concejo Deliberante de San Miguel de Tucumán obra de esa manera prepontente y
antidemocrática, abusando del poder que le fuese conferido por la ciudadanía.
En 2010, al poco tiempo de que Néstor Kirchner decidiera renunciar a la vida, en
un rapto de vergonzosa obsecuencia los concejales oficialistas de San Miguel de
Tucumán le impusieron el nombre del santacruceño a un tramo de la avenida Julio
Argentino Roca, pese a que muchos vecinos residentes de ese sector no estaban
para nada de acuerdo con tal medida. Lo peor de todo es que existen diversas
ordenanzas (la 1.860, la 2.023 y la 3.465) que impiden el renombramiento de
cualquier calle de la ciudad. Evidentemente los concejales de la capital de
Tucumán no entendieron que son servidores públicos y no dueños del municipio.
El urbanocentrismo de
Tucumán
Entre todos los ríos de palabras
que corrieron en la prensa para instalar el tema del cambio de nombre de la
calle Rivadavia, llama la atención especialmente
un articulito escrito por Federico Türpe, uno de los más mediocres cagatintas de
La Gaceta. En su texto, Türpe
sostiene acertadamente que la ciudad de San Miguel de Tucumán está en gran
parte carente de nombres para sus calles y sus barrios, por lo que resulta
chocante que a una vía pública que ya goza de un nombre identificatorio se le
imponga otro que, seguramente, muy pocos tucumanos van a emplear para referirse
a la misma.
Pero lo asombroso del escrito de
este periodista es que, al parecer, tomó un mapa y notó que hay muchas calles
que, pese a ser la misma extensión asfáltica, cambian su nombre según el sector
en el que se ubiquen. El ejemplo que cita Türpe –con la convicción de que su
mente “genial” ha descubierto una situación absurda provocada por políticos que
no entienden nada de urbanismo– es la ruta 340, que se transforma en avenida
Aconquija en el municipio de Yerba Buena, luego adquiere los nombres de “Mate
de Luna”, “24 de Septiembre” y “Benjamín Aráoz” en el municipio de San Miguel
de Tucumán, y finalmente es bautizada “San Martín” en el municipio de Banda de
Río Salí. El periodista afirma con total soltura que ello “no es práctico ni ordenado”,
y no se priva de fingirse un versado en la materia y denunciar que el repetido cambio de
nombre de la misma vía pública “atenta contra la identidad de la metrópolis” ya
que “las cosas que tienen demasiados nombres terminan por no tener ninguno”.
Resulta increíble ver que alguien
a quien le pagan por escribir pueda ser artífice de tanta estupidez, como
también sorprende comprobar que La Gaceta permite que cualquier ignaro poco instruido
publique en sus páginas. Lo que Türpe considera una situación ridícula provocada
por una serie de ineptos que han gobernado en Tucumán, en realidad es una
práctica por demás común no sólo en la Argentina, sino en todo el mundo. En cualquier
ciudad del planeta pasa lo mismo que en la provincia en donde vive Türpe: una misma
calle, a partir de cierta altura, cambia su nombre por otro, sobre todo cuando
se trata de una ruta que ingresa a una ciudad.
De todos modos, allende de estas
tonterías remarcadas por Türpe, el periodista señala –aunque sin el énfasis que
lo merece– el tema del ubanocentrismo que sufre la provincia de Tucumán. Al
llamar “metrópolis” a San Miguel de Tucumán, está dando a entender -aunque
probablemente sin ser conciente de ello- que en la provincia hay una grosera y
grotesca división entre lo que es la
Capital (entiéndase el tejido urbano al que pertenecen los
municipios de San Miguel de Tucumán, Banda de Río Salí, Alderetes, Las Talitas,
Tafí Viejo y Yerba Buena, y las comunas de El Manantial, San Pablo y Villa
Carmela entre otras) y las otras ciudades y pueblos que se distribuyen en el
resto de los departamentos. “Tucumán”, para el tucumano, es sinónimo de esa
supuesta metrópolis que impera en el paisaje provincial. Toda la vida de la
provincia está ordenada y orientada a lo que pase en la Capital y en sus zonas más
aledañas. Ello, por supuesto, genera una profunda división entre la ciudad orgullosa de su concreto que se extiende en todas las direcciones (incluso verticalmente) y las ciudades que se ven rodeadas de vegetación, entre la "Ciudad" y el "Campo", entre lo urbano y lo rural, lo que lleva a que el tucumano citadino
sienta no sólo desinterés sino hasta desprecio por aquel que está obligado a
vivir en el “campo”. Tristemente eso se comprueba en el uso peyorativo que
tiene la palabra “gaucho” en el habla popular de la provincia de Tucumán:
mientras que en casi todo el país la palabra “gaucho” resume la nobleza y
grandeza de las costumbres campestres, en Tucumán, por el contrario,
la misma palabra remite a una persona rústica, ignorante, desubicada y de escasos modales. Ser
llamado “gaucho” en Tucumán es lo mismo que ser llamado “guarango” en Buenos
Aires, “opa” en Salta o “coya” en Jujuy.
Revertir ese nefasto
urbanocentrismo tucumano requiere de la creación de estrategias culturales y
educativas grandilocuentes, que vayan muchísimo más allá del mero cambio de
nombres de unas cuantas calles. Para que en el imaginario popular tucumano la
palabra "Tucumán" remita a algo más que a lo contenido en las Cuatro Avenidas (el
espacio constituido por el cuadrante que forman las avenidas capitalinas Sarmiento, 24 de
Septiembre, Avellaneda y Salta) se requiere de una generación de políticos
dispuestos a trabajar por la gente en lugar de sólo aspirar a enriquecerse desde la
función pública. En Tucumán hace falta una mayor y mejor difusión folklórica
(para que contribuya a la mejora de la calidad de lo producido en esa área),
una más extensa y profunda concientización ambiental (que estimule la
apreciación y la protección de los espacios verdes), y una promoción más seria del desarrollo
industrial y comercial de las ciudades más alejadas de San Miguel de Tucumán
(lo que le permita a dichas ciudades generar una autonomía económica y competir de esa manera en materia de servicios educativos y sanitarios con la
Capital).
Y junto con esas medidas de fondo a nivel provincial, también es
necesario desarticular el urbanocentrismo transformando a la propia San Miguel
de Tucumán, la ciudad actualmente gobernada por Domingo Amaya y todos los
miembros de las pandillas pejotistas. La Capital de Tucumán precisa de una
mayor identidad, de nombres dignos y símbolos propios para sus espacios públicos (no sólo para las calles, las plazas y las escuelas, sino para los barrios a los que les urgen recibir denominaciones bien colocadas, en lugar de llamarse "Barrio Ex-Aeropuerto", "Barrio COPIAAT II", "Barrio Agrimensores" y cosas por el estilo), de servicios
fundamentales bien distribuidos en sus barrios y de un plan de seguridad que
contemple la cobertura de todos los rincones de cada vecindad. Sólo así, generando
un mayor aprecio de los tucumanos por el espacio en el que habitan, problemas
como el exceso de basura en las calles podrán ser solucionados, periodistas
charlatanes serán acallados y el cretinismo de los concejales no podrá avanzar
sobre una ciudadanía orgullosamente dueña de su provincia.
Entendiendo lo que
significa que la Virgen
sea llamada “Generala”
El anuncio de que a partir de
una propuesta legislativa multipartidaria se creará un fondo histórico denominado
“Virgen Generala” destinado a “difundir la participación de Nuestra Señora de la Merced en la historia
tucumana” suena a buena noticia, aunque, conociendo a la corporación política
de la provincia de Tucumán, uno tiene serias reservas sobre dicho proyecto.
Según las primeras versiones
sobre el asunto, la iniciativa parlamentaria no se trataría más que de un
arreglo entre el Ente Tucumán Turismo y los curas mercedarios para fortalecer un
circuito cultural que incentive a los visitantes a despojarse voluntariamente de
sus billetes.
Al reducir el tema a una cuestión
turística todo lo que Nuestra Señora de la Merced significa para el pueblo tucumano queda minimizado.
En septiembre de 1812 el General Manuel
Belgrano decidió desacatar una orden que lo obligaba a replegarse hasta
Córdoba, y en lugar de ello mandó a su ejército, al Ejército Auxiliar del Perú,
a enfrentarse al Ejército de Operaciones del Alto Perú, comandado por el
General Pío Tristán, en las cercanías de la ciudad de Tucumán. El
enfrentamiento fue dificultoso, pues a los fenómenos naturales incómodos (el fuerte
viento que soplaba y la famosa avanzada de langosta) se le sumó el abundante humo
que las armas y los pastizales incendiados producían. En el amanecer del 25 de
septiembre de 1812, los Generales Belgrano y Tristán se suponían victoriosos.
El realista le envió un ultimátum al patriota, pero éste lo rechazó: los de
Tristán amenazaron con incendiar la ciudad si los patriotas no deponían sus armas,
mientras que los de Belgrano respondieron que degollarían a todos los
prisioneros realistas que tenían y expondrían a la población civil de Tucumán
al fuego bélico con tal de no cederles el control de la ciudad. A raíz de ello,
el General Pío Tristán optó por retroceder hasta Salta y esperar allí al
Ejército leal a Buenos Aires.
Habiendo sido un 24 de septiembre
el día escogido para el choque de fuerzas en Tucumán, el propio General
Belgrano aprovechó el santoral para encomendarse a Nuestra Señora de la Merced. Esta advocación mariana
proviene del siglo XIII, cuando un misericordioso comerciante barcelonés
llamado Pedro Nolasco (hombre santo canonizado por la Iglesia) tuvo una visión
en la que la Virgen María
lo instaba a fundar una congregación de religiosos que trabajase por la
liberación de los cristianos que en aquel entonces habían sido reducidos a la
esclavitud por los sarracenos del norte de África; nació así la Orden Mercedaria,
la cual está presente en Tucumán por lo menos desde 1565. En 1696, el Papa
Inocencio XII fijó oficialmente el 24 de septiembre como fiesta universal de
Nuestra Señora de la Merced.
La casualidad quiso que la Batalla de Tucumán fuese
un 24 de septiembre, el día de la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, el día en el que el
cristiano celebra la liberación de la esclavitud y la libertad de poder
responsabilizarse por los otros. El General Belgrano supo aprovechar este gesto
simbólico del destino, y alimentó a su causa con la de los libertadores.
Los insensatos ateos que tanto
pululan en nuestro tiempo plantean imbecilidades en torno a la devoción mariana
del General Belgrano. Su principal chicana es: “¿por qué la Virgen ayudó a los
patriotas y perjudicó a los realistas si ambos ejércitos eran cristianos?” Esta
idiotez se basa en la idea de que la Virgen
María habría tenido algún tipo de participación en el desarrollo
de las acciones bélicas. En realidad ningún católico tucumano defiende ello. Es
cierto que hay testimonios (hoy ya convertidos en leyendas populares) de
soldados beligerantes que vieron, escucharon o sintieron a la Virgen María en el campo de
batalla. Pero ese tipo de historias nunca han llegado a ser interpretadas más
que como reacciones normales de un combatiente sometido a la presión de una
guerra. Es muy común que, en medio de un evento en donde está en juego la vida
de uno, afloren ante si imágenes religiosas que ayuden al guerrero a
sobrellevar esa situación tan dura y traumática.
Un relato creo que puede
ilustrarlo. En mayo de este año, asistí a una conferencia que brindó el padre
Vicente Martínez Torrens en el Colegio Fasta Catherina de Capital Federal. En
la misma este sacerdote comentó que, estando en las Islas Malvinas durante los
meses de la guerra de 1982, trabajó junto al Coronel Mohamed Alí Seineldín. Según
su recuerdo, aquellos días fueron de mucha actividad para él, ya que el Coronel
Seineldín le pedía que permanentemente celebrase misas y encabezase
peregrinaciones junto a las imágenes de la Virgen que habían sido llevadas a las islas. Martínez
Torrens dice que en un momento, tras un bombardeo feroz de las fuerzas
británicas, Seineldín le pidió que organizase una procesión; el cura entonces
le preguntó al coronel si no era mejor que los soldados reforzasen las
trincheras con sacos de tierra, a lo que Seineldín le contestó “mire padre,
sentirse envuelto por el manto de la
Virgen le confiere más protección a un soldado que un montón
de tierra amontonada”.
En 1812 hizo Belgrano algo
similar a lo comentado por Seineldín. Miles de hombres, muchos de ellos
considerablemente más jóvenes que los que pelearon en Malvinas, estaban a punto
de ser enviados a enfrentar a una fuerza militar mucho mejor equipada, más
disciplinada y dirigida por un estratega muy habilidoso. En ese contexto
ofrecerse a la Virgen María
antes de entrar a la pelea (y no después) era una manera de preconizar la idea que
de morir no morirían de manera absurda y abandonados por Dios sino defendiendo
a su patria del enemigo y en los dulces brazos de su Madre. Transcurrida la
batalla, y en agradecimiento por el triunfo que bien pudo haber sido una
derrota –y aprovechando también el simbolismo extra de ser ayuda espiritual de
los libertadores de cautivos– Belgrano le confiere a Nuestra Señora de la Merced el título de “Santa
Patrona del Ejército”, siendo esta advocación ya conocida en aquel entonces como
“Virgen Generala de los Ejércitos Celestiales”.
Todo esto que comentamos pone en
evidencia que si esa piara de inservibles que fungen como legisladores de
Tucumán les interesa realmente Nuestra Señora de la Merced entonces no deben
denigrar la cuestión de Su participación en la historia provincial convirtiendo
todo en una cuestión de “turismo religioso”. Al contrario, lo más adecuado para
hacer, si es que de verdad les interesa el asunto, es estipular la concesión de
dos días no laborables todos los 24 y 25 de septiembre para que la provincia de
Tucumán se aboque multitudinariamente a honrar a la Virgen, del mismo modo que
la provincia de Salta honra al Señor y la Virgen del Milagro. Y en dichas celebraciones no
puede faltar la presencia de las Fuerzas Armadas de la Nación, ya que la Batalla de Tucumán no la
ganó un pueblo “militante” dirigidos por un abogado –tal y como quieren vender
los cristinistas– sino una unidad militar comandada por un General y
subcomandada por muchos valientes oficiales. De allí que sea necesario aclarar
algo: los concejales de Tucumán erraron tremendamente –o acertaron cínicamente
si lo hicieron a propósito– al pedir que el nombre de la calle Nuestra Señora
de la Merced
sea abreviado a, simplemente, “Virgen de la Merced”, pues el término “Señora” es la contraparte
femenina de “Señor”, que es un título militar que equivale al de “Guardián” o
de “Caudillo” (Pedro Crisólogo y Juan Damasceno sostienen que la palabra
“María” es el equivalente sirio a “Señora”, y San Bernardo de Claraval correctamente
le atribuye dignidad guerrera a Nuestra Señora pues Ella, como Nueva Eva, es
artífice “pasiva” del sometimiento del antiguo Adversario de la humanidad y del
triunfo final de Cristo).
Zain el-Din Caballero