La Inmaculada y la Asunción son dos misterios de la vida de la Santísima Virgen que tienen entre sí íntima relación. La Iglesia señala a los dos y les hace resaltar sobre todos los demás, especialmente en su Santa Liturgia.
La Inmaculada y la Asunción son el principio y el término de la vida
de María en la tierra; y estos extremos están tan unidos entre sí, que
el uno viene a ser como la causa o razón del otro.
En efecto, si es Inmaculada, no puede quedar en el sepulcro; necesariamente ha de subir al Cielo.
La Concepción Inmaculada, es un privilegio, una excepción de la regla
general del pecado con el que todos nacemos. La Asunción es otra
excepción de la regla general que todos hemos de seguir en nuestra
muerte y corrupción en el sepulcro.
Por eso, María Inmaculada deja su mortalidad en la tumba; y así como
fue concebida a la gracia a través de la muerte del pecado, venciendo al
demonio; así fue concebida a la gloria, venciendo a la muerte.
Todos hemos de resucitar, y esperamos ir al Cielo. Pero, ¿no es justo
que María se adelantase? ¿No es Ella la Capitana? Pues debe ir siempre
delante del ejército.
Fue la primera en la gracia, en la santidad, en la pureza; pues ¿qué cosa más natural que lo fuera en la Asunción?
¿Dónde está el cuerpo de María, dónde sus reliquias, dónde el
sepulcro magnífico, la urna riquísima donde se guardan sus restos? No
existe nada de esto, ni puede existir.
Concluye, pues, cristiano con un acto de fe y de agradecimiento al
Señor, que inspiró al Papa Pío XII la definición de este Dogma. El cual,
en un acto hasta entonces no igualado en la Historia Eclesiástica por
la afluencia de peregrinos de todo el mundo, y la asistencia inusitada
de Prelados y Príncipes de la Iglesia declaró con palabra infalible, ser
una verdad revelada por Dios, que la Santísima Virgen al terminar su
vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a ocupar el sitio que la
corresponde en el Reino de Dios.
Contemplemos el sinnúmero de Ángeles que, en legiones apretadas, bajan del Cielo para acompañar el triunfo de María, su Reina. Sus músicas e himnos de gloria hienden los aires con las más suaves y dulces armonías. El gozo que experimentan es inexplicable. Dios ha aumentado ese día su gloria y felicidad. ¡Qué cortejo tan hermosísimo!
Asciende entre las nubes y atravesando las más altas esferas llega a
las mismas puertas del Cielo, donde nuevos Ángeles, impacientes, salen a
esperar junto con las almas de los Santos la llegada de aquella
magnífica procesión.
Así acaba la escena de la tierra y comienza la gloria del Cielo.
Pensemos que Dios da el premio según los méritos, que conforme sea el
grado de santidad de un alma, así será el de la gloria…, y abismémonos
en el mar sin fondo, verdaderamente inmenso, para nosotros
inconmensurable e infinito, de las gracias y méritos de la Santísima
Virgen. Así nos podremos dar una idea de la inmensidad e infinidad también inconmensurable de su gloria en el Cielo.
Contemplémosla, modestísima, recogida en su interior, avanzar de la
mano de Dios, subir las gradas de su Trono, sentarse en él y allí ser
coronada por el Padre con la corona de Potestad; por el Hijo con la
corona de Sabiduría; y por el Espíritu Santo, con la corona de Amor. Así coronada, recibe el homenaje de todos los habitantes del Cielo.
En seguida llegarían las Vírgenes y la saludarían como a Virgen de
Vírgenes; los Mártires como a Capitana, que al pie de la Cruz les había
dado ejemplo de sufrimiento y de martirio; los Profetas la reconocieron
como a la mujer prodigiosa que ellos anunciaron; los Patriarcas, como al
objeto de sus esperanzas y santas impaciencias; los Ángeles, con todas
sus jerarquías, como a su Reina y Señora; y llegarían Adán y Eva, y la
bendecirían por lo bien que había sabido reparar su pecado, pues por
Ella habían dejado de ser sus descendientes hijos de maldición; y su
prima Santa Isabel; y sus padres queridos San Joaquín y Santa Ana; y su
mismo esposo San José…
Contemplemos a la humildísima Virgen, así exaltada y sublimada, repitiendo sin cesar su cántico de agradecimiento a Dios: Magníficat…
No nos contentemos con admirarla en su grandioso triunfo, ni en
cantar su poder y grandeza. Aprovechemos y pidámosle que nos enseñe el
camino de la más profunda humildad e imitación suya, pues María,
coronada en el Cielo, es la encarnación y el cumplimiento más exacto de
las palabras de Dios: “El que se humilla, será ensalzado”.
Hemos dicho que María Santísima fue coronada en su Gloriosa Asunción con la triple corona de Poder, de la Sabiduría y del Amor. El Padre Eterno se goza en coronar, con corona de poder, las sienes
de la Virgen; la eleva a la altura de su misma omnipotencia, y la da
parte en los secretos de su potestad.
Ya María tiene todo poder sobre las criaturas del Cielo, de la tierra
y de los abismos, para que así como Dios es omnipotente por naturaleza,
María lo sea también por gracia.
Ahora sí que la podemos llamar, con toda verdad, Emperatriz del Cielo, Reina de la tierra, Señora de todo lo creado.
¡Qué consuelo para nuestra alma y nuestro corazón pensar en que nuestra Madre es una Reina tan poderosa!
¡Qué santo orgullo debemos tener por ello!
¡Qué confianza debe inspirarnos!
Levantemos los ojos a Dios y contemplemos aquella Sabiduría que todo
lo sabe, todo lo conoce, lo de ahora presente, lo pasado y lo futuro, lo
actual y lo posible, lo que será y lo que no será…
¿Cuál será la sabiduría de la Santísima Virgen, después de admitida
al conocimiento de los arcanos de la divinidad, de tal modo que para
Ella tampoco, en cuanto es posible decir esto de una criatura, haya
secretos en Dios, que Ella no sepa y conozca?
Es nuestra Maestra en todas las virtudes, sabe muy bien las
dificultades que nos rodean, conoce muy bien la violencia de las
tentaciones que tenemos que sufrir, la fuerza exaltada de nuestras
pasiones desbordadas, no ignora nuestra debilidad y miseria; por eso a
Ella tenemos que acudir.
No olvidemos que si tiene conocimiento y sabe perfectamente todas
nuestras necesidades por su corona de Sabiduría, y si le sobra poder
para remediarlas con su Omnipotencia, tampoco la falta la voluntad de
hacerlo así, por su Amor.
Repitamos muchas veces el título de Reina y Madre de misericordia. Si es Reina, sabe y puede. Si es Madre de misericordia, quiere remediarnos y ayudarnos. Luego, así será.
Dios Te salve, Reina y Madre de misericordia. Vida, dulzura y
esperanza nuestra. Dios Te salve. Oh clementísima… Oh piadosa… Oh dulce
Virgen María…

