Las clandestinas
En febrero de este año la Policía de Salta detuvo en
Salvador Mazza a dos delincuentes que habían protagonizado un raid delictivo en la ciudad. El detalle más llamativo del caso fue que, para robar, los
malvivientes emplearon subametralladoras. La prensa señaló que se trataban de
Uzis, pero la noticia fue desmentida poco tiempo después: en realidad eran
subfusiles FMK-3. La rectificación tenía por propósito calmar a la ciudadanía
provincial, la cual, al enterarse de la noticia, se manifestó en las redes
sociales sosteniendo que resulta profundamente preocupante que armas de guerra
de origen extranjero lleguen a manos de delincuentes argentinos, ya que ello
deja entrever que el hampa del país, al adquirir armamento militar, está
elevando los niveles de violencia criminal a alturas inéditas.
La prensa adicta al gobierno
pretendió ocultar el episodio indicando que los FMK-3 son de fabricación
nacional y de uso común por parte de las Fuerzas de Seguridad argentinas, por lo
que –según su hipótesis– esas armas habrían llegado a manos de la delincuencia
gracias a algún policía corrupto que se las habría facilitado. Sin embargo, si
se revisa la hemeroteca se encontrará que, en 2012, un joven fue detenido en la
misma ciudad de Salvador Mazza portando, ahora si, una Uzi de procedencia
extranjera.
De todos modos las
subametralladoras no son las únicas armas que los policías salteños encontraron
en el norte provincial en lo que va del año: en Payogastilla los vecinos se
toparon con una granada, mientras que en Piquirenda, el allanamiento de una
casa permitió el hallazgo de un arsenal, que hasta contaba con la presencia de munición
antiaérea, la misma que se usa para derribar helicópteros. ¿Por qué hay armas
de guerra circulando clandestinamente por Salta y el resto del Norte argentino?
El papel de Bolivia
En más de una ocasión se ha
denunciado que Ecuador funciona como puerta de entrada a Suramérica de la inmigración internacional masiva. Gente de Asia, África y Europa desembarca casi sin ningún
tipo de restricción en el pequeño país gobernado por Rafael Correa, y desde
allí se traslada hacia el norte o hacia el sur del continente, aprovechando la
debilidad de los controles fronterizos o la facilidad para atravesar
ilegalmente algunas fronteras. Pues bien, mientras que Ecuador ha adoptado el
papel de facilitador del ingreso de la inmigración ilegal al continente,
Bolivia ha hecho lo propio con las armas.
En 2012, después de una infernal
balacera en una ciudad boliviana protagonizada por narcotraficantes y hombres
de la Fuerza
de Seguridad de ese país, funcionarios de Morales se vieron forzados a reconocer que no
ejercen demasiado control sobre la circulación de armas en su territorio. El
dato relevante que fue aportado en esa ocasión es que la mayoría de las armas
habrían ingresado desde Rumania e Israel. Sin embargo es obvio que hubo una
manipulación de la información: la industria de armas de Rumania, que hace
algunas décadas atrás llegó a ser una de las más grandes del mundo, hoy en día
se encuentra reducida a su mínima expresión; es por ello que, en los últimos 15
años, Rumania no ha estado exportando armas de fabricación propia al resto del
mundo, sino que ha estado funcionando como plataforma para triangular negocios.
El Caso Shimon Naor-Hershkowitz
lo ilustra: un antiguo miembros de las Fuerzas Armadas israelíes, tras
retirarse en su país, se reubicó en Rumania desde donde consiguió que muchas
armas fabricadas en Medio Oriente llegasen con facilidad a destinos del Tercer
Mundo. El diario israelí Haaretz, en un artículo de 2010, señaló la multiplicación de casos como el de Naor-Hershkowitz
en los últimos quince años. De allí que las armas encontradas en Bolivia en
2012 no fuesen rumanas, sino que eran israelíes pero habían sido exportadas en
una turbia triangulación con el país de Europa del Este. Por ello Bolivia puede
darse el lujo de declarar “terrorista” al Estado de Israel: sus negociados con
ese país no les exigen fingir la existencia de buenas relaciones.
Es el Estado boliviano el que
invierte en armas, pero sólo un pequeño porcentaje de lo adquirido se queda en
el país. El resto fluye con rapidez en todas las direcciones –excepto hacia el
Oeste, en donde Chile se ocupa de restringir y complicar el acceso de lo
boliviano a través de su frontera. Las armas que Bolivia envía al norte del
continente, atraviesan diversos puntos de la frontera peruano-boliviana con
enorme facilidad. Sin embargo es en Bolpebra –triple frontera norte de Bolivia–
en donde operan los cárteles de narcotraficantes mexicanos y colombianos
interesados en adquirir armas ilegales, y lo hacen junto a toda otra clase de
sinarquías ocultas que se dedican a diversas actividades delictivas que van desde
el comercio de niños hasta la colaboración con el terrorismo islámico. En ese
sentido, Bolpebra es similar a Ciudad del Este en Paraguay.
Ahora bien, en Bolivia hay puntos
claves en materia de tráfico de armas perfectamente identificables. Los mismos
son Puerto Suárez en la frontera boliviano-brasileña (en donde son frecuentes
los intercambios de armas por municiones, ya que en Brasil opera la Companhia Brasileira de Cartuchos, que es la fábrica más grande del mundo en su rubro), Villamayor
en la frontera boliviano-paraguaya (en donde se suelen realizar trueques de
armas por importantes cantidades de marihuana), y Yacuiba en la frontera
boliviano-argentina (en donde, entre otras cosas, se ha vuelto habitual la
permutación de armas por vehículos).
Los inquietantes colombianos
El año pasado, en la capital de
Salta, un operativo de la AFIP en contra de usureros se topó con cuatro decenas de armas y una importante
cantidad de municiones. Algunas de las armas eran de guerra, algunos de los usureros
eran colombianos.
En Salta hay una colonia muy
grande de colombianos. Ricardo Moreno, Juez Federal de Catamarca, señaló que
sólo en los departamentos del norte provincial se han instalado cerca de 2.000
personas provenientes de Colombia. Claro que no por ser colombiano se está
necesariamente vinculado al mundo del delito, pero el número de personas de esa
nacionalidad atrapadas en actividades delictivas en los últimos cinco años es
asombrosamente alto. Y los delitos agotan casi todas las tipificaciones:
hurtos, robos, homicidio, contrabando de mercadería, narcotráfico, estafa, lavado
de dinero y, claro, tenencia ilegal de armas.
Lo curioso de los colombianos en
Salta son sus pasaportes. Hay muchos que no tienen problemas en admitir que
provienen de Colombia (durante el desarrollo de la última Copa del Mundo de
Fútbol se los veía caminando con camisetas amarillas o reunidos en bares para ver los partidos), sin embargo los pasaportes de estos personajes los sindican
como ecuatorianos, venezolanos o de otras nacionalidades. Y así como hay
colombianos con documentación evidentemente falsa, también hay gente de otras
latitudes (mayormente centroamericanos) que ingresan a la argentina con
pasaportes colombianos, presuntamente falsificados.
Estos datos le fueron revelados a
El Defensor del Norte Argentino por
un miembro de la Gendarmería Nacional,
al que, para proteger su integridad, llamaremos simplemente “El Informante”.
El destino del mal
Al consultarle al Informante
sobre el destino de las armas ingresadas ilegalmente a Argentina, nos aseguró
que son cuatro grupos los que se benefician del fenómeno del tráfico.
En primer lugar está el hampa
nacional. Los maleantes, ciertamente, son los principales beneficiarios de la
porosidad de la frontera Norte. A éstos les interesa adquirir especialmente las
armas de calibres más bajos, útiles para realizar asaltos. Aunque hay algunos
otros que buscan las armas de guerra, pues se dedican a atacar camiones
blindados y ese tipo de objetivos que requieren de un poder de fuego importante
para poder doblegarlo.
Junto a los delincuentes que acopian
armas para usarlas para robos y ese tipo de delitos (el Informante nos habla de
bandas con larga experiencia, muchas de ellas integradas por policías o
gendarmes corruptos, algunas de las cuales protagonizan los hechos delictivos
ellos mismos y otras sólo alquilan el armamento a quienes optan por el crimen),
están las agrupaciones legales o semi-legales a las que también les interesa
armar sus arsenales. En este caso ya no sería para atacar a los ciudadanos
argentinos, sino para protegerse de posibles ataques externos. El Informante
señala a los sindicatos, las barrabravas y ese tipo de organizaciones que cada
tanto se ven involucradas en episodios que incluyen balazos. Aquí, según el
Informante, se encontraría, por ejemplo, la Organización Barrial
Tupac Amaru o la barrabrava de Atlético Tucumán. Estas agrupaciones, muchas
veces, le facilitan el acceso a las armas –a través de la venta, el alquiler o
la permuta– a gente interesada en delinquir. “Es un negocio extra” nos indica el
Informante.
Sin embargo, ante estos grupos
tradicionales de delincuentes, resultan más llamativos los otros dos grupos que
estarían equipándose con armas de fuego para sus actividades ilícitas, ya que,
según el Informante, serían ellos los más interesados en poseer las armas más
letales y dañinas (la munición antiaérea, la granada y la Uzi que mencionamos
anteriormente): los narcos y las guerrillas.
En efecto, el Informante destaca
que los narcos –gracias a que viven con cierta complicidad gubernamental, como
lo probaría, entre otras cosas, el infame traslado del Escuadrón 54 de Gendarmería Nacional de Salvador Mazza hacia Aguaray– no han tenido la
necesidad de iniciar un enfrentamiento bélico contra el Estado argentino, como
si ha sucedido en Colombia o en México. No obstante el problema es que aguardan
el cambio de gobierno y la consiguiente reforma en materia de lucha contra el
narcotráfico, lo que los obligaría a levantarse en armas. Por ello, como la
hormiga de la fábula que trabaja pacientemente para estar preparada para
tiempos difíciles, los narcos por estos días se estarían dedicando a equiparse
para la guerra, acumulando armas de gran poder.
Por otro lado el Informante
también destaca a las guerrillas: “oficialmente en la Argentina no opera
ninguna guerrilla, pero no sería extraño que súbitamente aparecieran”. Hoy en
día, con el socialismo en el poder, encontrar una excusa para levantarse en
armas es un tanto complicado. Sin embargo en la Argentina existen grupos
que podrían estallar “ante la injusticia”: son los ahora llamados “pueblos
originarios”.
En Salta, en particular, los
aborígenes –en la provincia se usa más esa denominación que la de “pueblos
originarios”– sufren no sólo de la marginación del sistema capitalista sino
también de la manipulación por parte de toda clase de personajes, que van desde
miembros del gobierno que los usan para sumar votos hasta las misiones de las
iglesias anglicanas que los ponen en contacto directo con financistas de
Londres, interesados en contribuir con el desarrollo de gente que vive sobre
una zona rica en petróleo. En Salta los indios locales no tienen el nivel de
organización que si tienen los mapuches en Chile, pero coinciden con éstos en
que ambos son objeto de especial interés por parte de sinarquías ocultas y
visibles de origen británico.
La importación nefasta
Las guerrillas indigenistas,
teoriza el Informante, tendrían por objetivo operar como pantalla para permitir
que la ilegalidad de la frontera Norte siga intacta. Un experimento similar se estaría llevando a cabo en Panamá, más precisamente en la región de Darién. El epicentro de estos
grupos sería Salta, pero podrían extenderse a otras provincias septentrionales
del país.
Los aborígenes salteños se han
mostrado predispuestos a protagonizar acciones de carácter guerrillero como los
sabotajes: la destrucción de una antena de telefonía de la empresa Telecom o la voladura de una cisterna propiedad del empresario Franco Brunetti son sólo
botones de muestra. El temor es que habría la intención de prepararlos para la
realización de acciones más violentas como secuestros extorsivos, asesinatos
políticos y operaciones de guerra psicológica. De ese modo actuarían como las
FARC: con excusas ideológicas, colaborarían para que los narcos desarrollen sus
actividades con menor presión. En materia de armas no habría problemas, ya que
“mientras que la guerrilla del siglo pasado necesitaba asaltar cuarteles y
comisarías para conseguir armamento, hoy en día es tanta la facilidad para
obtener un arma en el mercado negro que lo último que se le ocurriría a alguien
interesado en formar una guerrilla sería intentar un copamiento saqueador”.
El Informante nos recuerda que Sergio Schoklender desarrolló un ambicioso proyecto de urbanización en el norte
salteño. Antes de que Sueños Compartidos pudiera concluir con las obras que
había iniciado, ya se rumoreaba que uno de los barrios que iban a construir se
denominaría tarde o temprano “Pequeña Medellín”, puesto que albergaría,
principalmente, a colombianos emigrados. No es un secreto el vínculo de Madres de Plaza de Mayo con los movimientos terroristas de América y Europa. Lo que se decía
antes de la caída de Schoklender es que en un solo lugar se concentrarían gente
de las FARC, Sendero Luminoso y otras bandas de esa calaña que saben mucho de
hacer la guerra pero poco sobre vivir en paz. Al día de hoy, la “Pequeña
Medellín” existe, sólo que no ha sido oficialmente erigida por Schoklender y,
por tanto, se encuentra fragmentada y dispersa a lo largo y ancho del
territorio nacional.
Ángela Micaela Palomo