Comprando voluntades jóvenes con viajes al exterior
La ciudad de Budapest, frontera entre Occidente y Oriente, recibirá a
fines de mes a más de 12.500 jóvenes de todo el mundo. La experiencia
internacional se denomina Genfest, y tendrá lugar del 31 de agosto al 2
de septiembre. Argentina estará representada por una delegación de 180
integrantes, de los cuales 28 son tucumanos y pertenecen al Movimiento
de los Focolares.
"Se trata de una agrupación de jóvenes con valores, que piensa
en positivo, para construir un mundo distinto y mejor. El movimiento, si
bien tiene una base en la religión Católica, Apostólica y Romana, busca
la unidad y la fraternidad rompiendo barreras religiosas, culturales y
generacionales. Está más que nada motivado por el carisma de la
unidad", le comentó a La Gaceta Carla Navarro, una de las representantes tucumanas.
"Let's bridge" es el título de la décima edición del Genfest, la
fiesta que reúne diferentes culturas y etnias, movidos por la misma
idea: construir una experiencia de vida y de acción social. Luego del
encuentro -que se realiza cada cinco años- se ofrecerá a los
participantes dos escuelas de formación en Italia.
"Espiritualmente vamos a formarnos y a compartir experiencias y
realidades con los jóvenes de otros países. A nutrirnos nosotros y a
fortalecernos en unidad, cada uno en el lugar que le toca para
contribuir con nuestra sociedad, con nuestro estudio o con nuestra
profesión", agregó Carla, de 25 años.
El grupo de tucumanos participará de encuentros, muestras y
espectáculos, organizados por los más de 3.000 voluntarios de todo el
mundo que, desde hace meses están trabajando en la preparación del
Genfest.
"La organización misma del evento es una vivencia de unidad,
basada en el esfuerzo continuo de inclusión, acogida y escucha del
otro. Eso lleva al verdadero diálogo y a la construcción de relaciones
profundas", se destaca en la página oficial de la fiesta de la juventud
focolar.
El movimiento cristiano realiza en Tucumán encuentros todas las
semanas y participa de las jornadas nacionales denominadas Mariápolis
(ciudad de María). Además, organizan jornadas y campañas solidarias en
diferentes barrios de la provincia, trabajan en parroquias y llevan la
palabra de Dios a muchos rincones, la mayoría olvidados.
"El movimiento focolar me acercó a Dios y me hizo conocerlo.
También compartí experiencias y me hice de amigos de todo el país.
Juntos entendemos que Jesús nos guía por el camino. Solo tenemos que ser
dóciles y dejarnos guiar por Él y por María", resumió Ivanna González, una de las jóvenes que viajará a Hungría a fin de mes.
¿Consagradas a quien?
El focolare no es otra cosa que una estufa a leña, un hogar alrededor del cual solían reunirse las familias italianas en pleno invierno. Esa misma calidez es la que se siente al llegar a la casa de los focolarinos de hoy. Apenas suena el timbre en una vieja casona de Crisóstomo Alvarez al 900 alguien se apresura a abrir. No es la puerta de un convento, aunque allí se vive en comunidad. No son monjas las que la habitan, sí laicas consagradas, con votos de fidelidad y un compromiso con la espiritualidad de su fundadora, Chiara Lubich, que llevan a todos lados como si fuera un perfume personal, suave pero intenso, inconfundible.
- ¡Hola! ¿cómo estás? ¡Bienvenida!", me saludó Lis, la responsable del grupo, con un abrazo como de amigas. Por un momento dudé si la conocía. Pronto aparecieron las demás con la misma actitud.
El living-comedor es amplio, decorado con buen gusto y sencillez. Una imagen de Chiara sonríe desde una mesita ubicada a la entrada, desde donde domina todo el ambiente. Muchas plantas de interior, objetos antiguos bien conservados y un juego de mullidos sillones invitan a ejercer la especialidad de las focolarinas: el diálogo, la escucha, la compañía.
De inmediato aparecen la salteña Gabriela (que no siempre vive allí) y la tucumana Leonor, que es directora de una fundación y reside en su propia casa. Lis es brasileña pero con acento muy a lo tucumano, con reminiscencias bolivianas (de cuando estuvo en ese país durante 17 años, en otro focolar), y una pizca de chileno, que adquirió en su paso de seis años al otro lado de la cordillera. Paula, que es trabajadora social y viene de Neuquén, hace su aparición en el living con el rostro iluminado por la emoción del nacimiento de su sobrino e inmediatamente lo comparte con todas.
Aclaran que prefieren que no aparezcan sus apellidos. "Sólo queremos dar a conocer nuestro carisma, nuestros nombres no importan", explican.
El Movimiento de los Focolares nació durante la Segunda Guerra Mundial, en Italia. En la pequeña ciudad de Trento, vecina a Viena, vivía Silvia Lubich (así se llamaba al principio), de familia cristiana y antifascista. Cuenta Lis, que Chiara -a quien conoció personalmente- decidió tomar ese nombre cuando se consagró como terciaria franciscana, en honor a la santa de Asís.
"Chiara, que habría tenido unos 22 o 23 años, visitaba los refugios de las familias en pleno bombardeo y les llevaba víveres y el Evangelio, que por ese entonces no circulaba por los hogares. Además se reunía con un grupo de amigas en el sótano de la casa de una de ellas para hablar de Dios e intercambiar experiencias", cuentan ya sentadas a la mesa. Es viernes a la noche y han preparado pizza, acompañada por una cerveza y gaseosas. De postre, helado.
En la casa no hay servicio doméstico. Todo lo hacen ellas, entre sus ocupaciones de mujeres laicas -algunas profesionales y otras empleadas- que trabajan en reparticiones públicas y privadas. El dinero, así como el tiempo, se pone al servicio de todas, aunque cada una conserva su espacio de crecimiento propio.
En Tucumán hay dos focolares, uno de mujeres, donde viven las solteras con el constante apoyo de las casadas que viven con sus familias, y otro de varones con la misma modalidad. Pero ante todo, el Movimiento de los Focolares u Obra de María, como es el nombre oficial con el que está inscripto y aprobado en la Iglesia Católica, es de laicos. Algunos son consagrados, con votos de obediencia, pobreza y castidad, y otros no. Hay voluntarios y amigos de la obra, que no necesariamente son católicos ni cristianos, sino también de otras religiones e, incluso, de ninguna.
Paola trabaja todas las mañanas en Tribunales, en la Oficina de Violencia Doméstica. "A la tarde, cambio el chip y me dedico al acompañamiento de jóvenes universitarias. Nos encontramos aquí (señala el hermoso jardín de la casa) u organizamos una mateada un fin de semana en el parque Guillermina. A veces, según las edades, hacemos una pijamada", cuenta divertida. Katia, una de las más tímidas, es panameña y su acento centroamericano la delata. Tenía 21 años cuando dejó la carrera de Inglés de la que sólo le quedaban dos materias para egresar de la Universidad de Panamá. Algo interiormente la inquietaba. "Un día me invitan a un encuentro 'Palabra de Vida' del que yo no tenía ni la menor idea, pero me impresionó su forma de hacer conocer el Evangelio. Me atraían sus canciones (¡me las aprendí a todas!) y su alegría. Entonces decidí iniciar mi propio camino: sabía que Dios no me llamaba a la vida religiosa, ni tampoco al matrimonio, ni al laicado; por eso elegí el cuarto camino, el focolar", dice con sencillez.
"Nuestra espiritualidad nos ayuda mutuamente para alcanzar la santidad, nuestra meta, y se extiende a toda la comunidad; algunas trabajamos en barrios, otras desde sus respectivas profesiones o desde la vida familiar", añade Lis. Carmen, empresaria, capacita a los profesionales en "Economía de Comunión", que es otra forma de vivir la espiritualidad focolar, además de ejercerla en su propia empresa. Marita tiene ocho hijos. "Las puertas de este focolar están abiertas también a la separada o divorciada, porque es una realidad que no podemos soslayar", reconoce.
Como Chiara con sus amigas, las focolarinas y focolarinos de Tucumán viven la confraternidad de un modo universal. Quizás hasta desearon, como Chiara y sus amigas, en medio del bombardeo, que si morían las enterraran en una tumba común con una frase de San Juan Evangelista como epitafio: "Y nosotros hemos creído en el amor".
Desnudando a los focolares
Aparte de la novedad de ese “cuarto camino” para la
santificación que constituye la “vocación” del focolar, ya nos damos
cuenta que estamos ante una espiritualidad que toma las dimensiones de
un nuevo humanismo. Se trata de formar hombres nuevos, donde desaparezca
el odio y la intolerancia, donde se proclame y se viva el amor..., pero
sin Dios. Es el gran ausente.
Y necesariamente, buscar la unidad y la
paz sin darle el lugar que le corresponde a Nuestro Señor, es caer en la
ilusión e ingenuidad que aprovechan precisamente los que se oponen a la
Iglesia de Cristo.
El verdadero bien de las almas y de los
cuerpos no puede obtenerse de otra manera que sometiendo a las almas al
dulce yugo de Nuestro Señor, es practicando el verdadero ecumenismo que
consiste en atraer a las almas a la Iglesia Católica, que por voluntad
divina continúa la obra de la Redención. Y es un dogma de nuestra fe que
“fuera de la Iglesia Católica no hay salvación”. Deformar esta verdad
no puede sino tener consecuencias desastrosas, no sólo ya para los que
no forman parte de la Iglesia, pues se los mantiene en su error, sino
también para los mismos católicos, que acabarán diluyendo la fe, y por
consiguiente, corrompiéndola, como es el caso de los focolares.
La fe es algo demasiado importante como
para poder “jugar” con ella; es un tesoro demasiado precioso. Hagamos
caso de lo que los Papas anteriores han dicho y hecho. Estuvieron
inspirados por el Espíritu Santo: afirmaron la doctrina y condenaron el
error, mostrándonos el camino a seguir y los escollos a evitar.
Siguiéndolos tenemos la certeza de no equivocarnos.