Choridependencia
El pasado 9 de julio, una vez
más, el oficialismo ofendió a la ciudadanía argentina al organizar un acto partidario cuando tendría que haber organizado un acto cívico. El hecho de
haber usurpado la celebración de la Independencia
Argentina para suplantarla por el típico ritual pejotista de
pancartas y choripanes, sólo deja en evidencia el desprecio que los actuales
gobernantes le tienen al país. A ellos -mientras estén atornillados en los
puestos de poder- les da exactamente lo mismo que exista o no una entidad
nacional llamada “Argentina”; mientras el Estado no se extinga, les es indistinto que el país se llame como se llame.
Mucha gente se quejó de la
ausencia del tradicional desfile cívico-militar en el que los estudiantes
compartían escenario con los soldados, y el cual solía ser coronado con la
presencia de las delegaciones gauchas de todo el país, nuestra caballería
nacional y popular. Al gobierno tucumano de hoy le importa tan poco la insigne
efeméride que hasta dispuso que las vacaciones escolares empiecen el 3 de
julio, cosa que los jóvenes no puedan sentir el fervor patrio. Es que en las
escuelas ya no les enseñan a los chicos a marchar, sino solamente a garchar.
La visita de la Presidente a la Casa Histórica fue fugaz y
vacua: caminó velozmente por los pasillos ignorando todos los paneles y demás
novedades que le fueron agregadas al museo, y luego cantó el himno nacional con
una mano en el corazón y una suerte de meneo corporal (próximo al baile)
impropio para entonar nuestra canción patria. Posteriormente se sacó una foto
con actores vestidos en traje de época, y, sin demorarse, se subió a la
camioneta que la había llevado hasta allí.
Más tarde, ya en el Hipódromo de
San Miguel de Tucumán, la
Presidente no se privó de demostrar que desconoce la historia argentina y aprovechó además la oportunidad para desautorizar al Gobernador José Alperovich, quien, acorralado por las circunstancias, manifestó en su
discurso ante la concurrencia que él sólo atina a hibernar en el Senado de la Nación a la espera de que
todos se olviden de que fue uno de los kirchneristas más fieles (Cristina
Kirchner le reprochó que dijera que su labor ya estaba cumplida cuando, según
su opinión, un político no puede nunca jubilarse voluntariamente).
Entre el olvido y la falsificación
El relato kirchnerista se
articula en torno a lo que anteriormente referí: para ellos la Argentina, entre 1816 y
2003, fue un país inexistente; sólo Néstor Kirchner ha sido el único que interpretó
correctamente el proyecto político de los Padres Fundadores.
A esa desnaturalización de la
narrativa histórica los kirchneristas pretenden institucionalizarla. Por ese
motivo a Ricardo Forster, el actual Secretario de Coordinación Estratégica para
el Pensamiento Nacional, se la ha ocurrido organizar el Foro Nacional y
Latinoamericano por una Nueva Independencia. Este evento –que se realiza
periódicamente en diversas provincias del país– llegó a Tucumán en los días previos al 9 de julio.
Al momento de inaugurar las
jornadas de debate, Forster sugirió que Argentina vive su Segunda Independencia. Según él, el kirchnerismo refundó las bases sociales,
económicas, políticas e institucionales del país, para gracias a ello sacudirse el
yugo del colonialismo financiero (cabe recordar que el 9 de julio de 1947 el
General Juan Domingo Perón había también declarado la Segunda Independencia de la Argentina
en la mismísima ciudad de San Miguel de Tucumán, acontecimiento que
aparentemente el tal Forster ignora o, peor aún, minimiza). Y, como no podía
ser de otra manera, el Foro sólo abordó cuestiones relativas al siglo XXI. Así
fue como hubo mesas de debate sobre las mujeres y los indios (extrañamente
faltó la mesa sobre los aberrosexuales), y luego un montón de gente de dudosa
trayectoria académica y despreciable acción política se la pasó cantándole loas
a los tiranuelos de la izquierda populista que gobiernan hoy en día en
Hispanoamérica. Créase o no, lo que hizo Forster es lo que, cada vez más
habitualmente, se hace en las escuelas argentinas: reemplazar a la liturgia
patriótica de los actos populares por una serie de discursillos sobre cómo
vivir dignamente adoptando el bolivarianismo, el socialismo del siglo XXI o
como sea que se llame esa marea roja que actualmente ahoga el futuro de la
región.
Nombres “latinoamericanos” como
los de José Pablo Feinmann, Juan Pablo Lichjtmajer, Luís Bruchstein, Hugo Yasky
y Javier Grosman (sumados, claro, a los de Ricardo Forster y José Alperovich) ilustraron
el tono “nacional” con el que el gobierno habla sobre su combate a los
monopolios, su desarrollo de las economías regionales, y su promoción de la
cultura argentina. También aparecieron otros nombres ilustres como los de Hebe de Bonafini,
Milagro Sala, Víctor Hugo Morales, Horacio González, Enrique Dussel, Daniel
Huircapán y un montón de extranjeros (entre los cuales estaban el español Juan
Carlos Monedero y el ecuatoriano Galo Mora) que, llegados el turno de entrarle
al parloteo, dejaron en claro que la emancipación que ellos proponen consiste
en la renuncia a todo cultivo de la vida virtuosa y en el rechazo casi total de
los valores que llenaron de gloria a la cultura occidental. “Olvidar los
aciertos del pasado para falsificar la realidad del presente”, ese bien podría
haber sido el lema de este curioso evento.
Como dato al margen cabe destacar
que muchos tucumanos se indignaron con el gobierno por la payasada de Forster,
a la que interpretaron como la segunda ofensa que este año realiza el
kirchnerismo contra el rol de Tucumán en la declaración de la Independencia
Argentina (el otro episodio que generó malestar entre los
tucumanos fue el intento de transformar al Congreso de Oriente de 1815 –o “Congreso
de los Pueblos Libres” según la terminología progresista– en el evento que proclamó
el grito emancipador de la tutela española un año antes de que éste se
oficializara en tierras tucumanas).
Desde el púlpito
El 9 de julio kirchnerista,
curiosamente, aún conserva algo del viejo guión celebratorio: el Tedeum en la Catedral. Así como eliminaron
los desfiles populares y las banderas argentinas, tranquilamente podrían haber
eliminado el paso por la iglesia, o reemplazarlo con una visita a una
sinagoga, a un templo masónico o a la Fundación María de
los Ángeles. Sin embargo no lo han hecho aún, y ello le dio la oportunidad a
Monseñor Alfredo Zecca para hacer algo que hasta entonces jamás había hecho:
recordarles a los gobernantes argentinos que la siembra de hostilidad y la
ovación de la muerte de inocentes es el mejor camino para la disolución de la
patria. Zecca también podría haber fustigado la corrupción y la demagogia, pero
tampoco se le puede exigir tanto a un hombre que hasta hace poco no se atrevía a mencionar lo obvio ante la presencia de los responsables de tanta decadencia
(en ese sentido Zecca es muy distinto al Cardenal Luís Villalba, el antiguo y
recordado Arzobispo de Tucumán que fuese sustituido por el actual).
Quien le contestó a Zecca fue el infame Aníbal Fernández. Fernández trató de desautorizar al Arzobispo con dos
argumentos: sus palabras no suenan lo suficientemente “francisquistas” y –según
este teólogo de tupido bigote– un alto funcionario eclesial no tiene derecho a
hablar en nombre de toda la Iglesia. Si
bien hoy en día existe una disputa hermenéutica acerca de qué es lo que el Papa
Francisco está haciendo con la cristiandad, lo cierto es que cualquier católico
entiende que la Iglesia
tiene su propio magisterio y que un laico como Fernández es libre de opinar
sobre lo que un Arzobispo dice pero no está autorizado para discutirle sin
preparación ni fundamentos.
Creo que Zecca, con su homilía
que irritó a los progresistas del país, abrió la puerta del rescate de la
patria. O en realidad las puertas ya están abiertas, lo que a los argentinos
nos corresponde hacer es transitar los senderos que nos conducen hacia allí.
Somos nosotros el pueblo quienes, ante un gobierno al que la Argentina le es
indiferente, tenemos la obligación de ponernos nuestras ropas gauchas, llenar
de feligreses hasta a la más recóndita parroquia y honrar la historia de los
grandes hombres que desde 2003 los de arriba quieren hacer desaparecer. Somos
nosotros, en definitiva, los que tenemos que recuperar la Independencia.
Zaín el-Din Caballero