Rumbo a un obscuro 2013
Últimamente
circula en Salta la idea de que en 2013 sólo se podrá votar en el territorio
provincial a través de sistemas electrónicos. Esto, por supuesto, genera una
gran polémica, amontonando adherentes al voto electrónico del lado oficialista
e incitando a la resistencia al sector opositor de la corporación partidocrática local. Es que sobran razones para sospechar de la panacea tecnológica que
propone Juan Manuel Urtubey para optimizar a la democracia.
Quien
sufrió en carne viva la turbiedad del voto electrónico fue Alfredo Olmedo.
Durante su campaña para gobernador de 2011 se produjeron una serie de
situaciones irregulares que nunca fueron debidamente aclaradas. Olmedo sostuvo
que, por ejemplo, muchos votantes que sufragaron empleando máquinas denunciaron
que el comportamiento de éstas no parecía el adecuado para registrar votos, y
trató de comparar los datos obtenidos a través de encuestas a boca de urnas con
los resultados finales de determinadas mesas de votación para señalar la
existencia de extrañas anomalías. A raíz de esto el Diputado Nacional hizo las correspondientes denuncias pidiendo, además, que la Justicia realice un minucioso
recuento manual de la votación, algo que, por supuesto, nunca se efectuó.
Es
curioso pero así funcionan siempre nuestras elecciones en Argentina: el que
pierde normalmente exige un recuento (cosa comprensible) pero las autoridades
no suelen hacerlo (cosa poco comprensible). El problema de un político ante una elección en nuestro país no parece ser el conseguir los votos sino el asegurar que la cuenta no sea adulterada.
La guerra de solicitadas
Un
proyecto presentado en el Congreso de la Nación por los urtubeycistas Pablo Kosiner, José
Vilariño y Cristina Fiore levantó una gran polvadera en Salta en los últimos
días. Al parecer la tropa del Gobernador pretende nacionalizar eso que en la
provincia –como bien apunta Olmedo– aún genera muchas dudas.
Ante la
iniciativa de los parlamentarios oficialistas, la Oposición salteña no
tardó en salir a criticar la falta de transparencia y la poca fiabilidad que
representa el voto electrónico. Primero lo hicieron en el ámbito legislativo, y
después llevaron sus inquietudes a la prensa para conseguir apoyo popular. Fue
el Frente Salteño y sus aliados los que encabezaron la movida, aunque los miembros de la UCR también
aprovecharon las aguas revueltas para denunciar que el voto electrónico es mero
maquillaje tecnotrónico que no mejora sustancialmente el acto eleccionario pero
si dilapida enormes cifras de dinero (los uceristas agregaron, además, que una
verdadera reforma electoral en Salta debería tener por objetivo discutir el
sistema bicameral, criticar a las reelecciones continuas, garantizar el acceso
de las fuerzas opositoras a los medios de comunicación, frenar el abuso de
propaganda gubernamental, y un larguísimo etcétera).
Javier
David, lugarteniente de Juan Carlos Romero y administrador provincial del Frente
Salteño, completó su ataque en contra del voto electrónico elevando un detallado proyecto de ley para promover la urgente reglamentación y generar
mecanismos poderosos para fiscalizar la novedad, cosa que hasta ahora no se ha
hecho aún.
La
propuesta de David tiene todas las condiciones para sufrir del cajoneo, sobre
todo si se toman en cuenta las respuestas de los oficialistas: Rodolfo Urtubey,
posible candidato del PJ a Senador Nacional durante el año próximo, dijo
contrafácticamente que si él fuera opositor “aplaudiría el voto electrónico”; Julio César Loutaif, un renovador que ocupa un alto cargo como funcionario
provincial, dio a entender que los opositores no pueden criticar a un sistema a
través del que fueron elegidos, porque de hacerlo estarían admitiendo el
carácter fraudulento de su propia elección; Matías Posadas, un paracaidista político, nos dejó saber que la actitud de la oposición a él le genera pena; y el verborrágico y logorréico
Manuel Santiago Godoy afirmó que los opositores critican sin fundamentos, sin
entender que las máquinas que computan electrónicamente los votos son sistemas
confiables y que en su interior no “hay enanos que manipulan los resultados”.
Estos
personajes se dedicaron a defender el voto electrónico simplemente atacando a
quienes lo denostan. Diferente fue la solicitada firmada por una pléyade de
jefes municipales salteños leales al Gobernador Urtubey. Los muchachos del
interior señalaron que no es cierto que el sistema de voto electrónico se pueda
manipular sin sortear enormes dificultades, y ponderaron la máxima virtud
aparente de la innovación tecnológica: su contribución a proveer los resultados
finales de la elección en una forma extremadamente veloz.
El Jefe y el Díscolo
Diego
Saravia es uno de los críticos más penetrantes de la experiencia del voto electrónico en Salta. El detalle es que Saravia es un referente provincial del
Frente Grande, un partido que oficia actualmente como un satélite de la
coalición que apoya a Urtubey. Pero Saravia no habla como un quintacolumnista que
pretende chantajear a sus jefes sino como un experto en informática que busca
salvar su credibilidad. Lo que puntualmente este ingeniero señala con gran preocupación
es que la aceleración del proceso de introducción del voto electrónico genera
una situación incómoda en la que mucha gente se enfrenta a una tecnología ante
la cual no sabe cómo manejarse (Saravia no lo destaca concretamente, pero es
obvio que, por ejemplo, el sistema de voto electrónico se convierte en un calvario para la gente anciana y para aquellos cuya vida en áreas rurales o
poco urbanizadas los vuelve ajenos a los dispositivos electrónicos). Además el
hombre del Frente Grande destaca que hasta ahora el gobierno no ha permitido
hacer inspecciones para fiscalizar el correcto funcionamiento del sistema de voto
electrónico; por ello situaciones insólitas como la de San Lorenzo en 2011 (en
donde en la categoría de concejales ganó un partido con una enorme mayoría pero
en la categoría de intendente el ganador fue electo por una fuerza diferente y
con apenas un puñado de votos más que su principal competidor) al día de hoy
siguen sin poder explicarse.
Saravia enfatiza
las propuestas de Olmedo y David para salvar la credibilidad del voto
electrónico: implementar un sistema complementario de verificación de votos emitidos
y publicar los códigos de programación de todas las computadoras que
contabilizan los sufragios. Y además agrega algo: dado que la protección del
secreto de identidad de quien vota no está garantizada con el sistema de voto
electrónico es preciso mejorar ese aspecto.
De todas
las voces críticas, el Gobernador Juan Manuel Urtubey ha decidido contestarle
sólo a la del díscolo Saravia. En primer lugar, Urtubey indica que para él no
hay un intento por apurar el dominio del voto electrónico, sino que, por el
contrario, lo que hay es la voluntad de resolver un retraso. En efecto, el
Gobernador señala que desde 2008 está en vigencia la ley que renueva el método
para elegir a los políticos salteños que ocuparán cargos públicos, y que si no
está plenamente vigente es por dificultades logísticas que para 2013 ya
deberían de estar solucionadas (aquí habría que recordar a Juan Maita, un
senador provincial pejotista, que cuando la Secretaría Electoral
anunció que se estaban optimizando todas las escuelas de Salta y capacitando a
docentes y políticos para manejar el tema del voto electrónico él dijo que también
hacía falta refaccionar la red vial provincial, ya que en algunos lugares de la
geografía salteña se puede improvisar un sistema de generación de electricidad
pero difícilmente se pueda llevar hasta allí uno de estos complejos y costosos
equipos de votación electrónica sin ocasionarle algún tipo de daño).
En
segundo lugar Urtubey sostiene que pueden haber tecnoescépticos como Saravia,
pero frente a una abrumadora mayoría que aprueba el voto electrónico (o que, al
menos, no se oponen a la idea) no hay mucho más que decir. Obviamente el
Gobernador abusa de la estadística, sin considerar que detrás del hecho de que
muchos apoyen a algo no significa que necesariamente ese algo sea digno de
apoyo.
Finalmente
toda la polémica entre opositores y oficialistas es descalificada por Urtubey,
quien asevera que pueden criticar su gestión con todos los argumentos que se
les ocurran pero que no pueden sugerir que él esté intentando engañar a los
salteños.
El pueblo quiere votar
Un
sistema mucho más barato que el voto electrónico pero mucho mejor que el actual
sistema de boletas múltiples es el sistema de boleta única propuesto, entre
otros, por Alfredo Olmedo. Este sistema, curiosamente, se lo aplica en países
como Perú y Bolivia, y tiene la ventaja que acaba con el problema del robo de
boletas y cosas parecidas. Empero a los oficialistas parece no interesarles
esta alternativa.
Del sufragio electrónico se dice que ofrece mayores facilidades para los electores a la hora de depositar su voto, que ayuda a fortalecer la transparencia del proceso electoral, que disminuye las posibilidades de orquestar el fraude, que simplifica el sistema de escrutinio, que reduce costos (evitando, por ejemplo, el escrutinio provisorio) y que acelera la obtención del resultado final. Pero salvo por lo último, todo lo demás no es cierto. El fraude no se erradica a través de la tecnología de alta gama, sino que se simplifica eliminando todo el aparato que se necesita para adulterar resultados: los “enanos tramposos” de Godoy son microprocesadores que hacen funcionar un software al que alguien versado en seguridad informática puede manipular, aún midiendo dos metros, pesando 100 kilos y estando a varios kilómetros de distancia de donde se encuentra la urna digital. Tampoco el voto electrónico fortalece la transparencia, ya que quienes tienen los conocimientos técnicos como para auditar los sistemas son hoy por hoy muy pocos (para controlar una elección a través de boletas de papel lo único que se necesita es un grupo de personas que sepan contar, leer y escribir, algo que se aprende en la escuela primaria). Y ni hace falta hablar sobre lo problemático que es introducir algo que mediatice aquello que era directo.
Y quizás el tema de la mediatización sea lo más interesante de todo este asunto. El acto de tener que desplazarse un día puntual hacia un lugar determinado para, de manera secreta, materializar allí la decisión de quienes queremos que nos representen a la hora de diseñar leyes y ejecutar obras es algo que nunca se pone en cuestión en este país, por lo menos desde hace unos 30 años. La idea de la democracia directa no aparece en el horizonte político argentino, dominado por una vil partidocracia que aspira a consolidar el bipartidismo y a otras prácticas corporativas que alejen al ciudadano de a pie de la toma de decisión sobre la cosa pública. Por ello la tecnología entra aquí no para renovar la política, sino para fosilizarla. La revolución del sufragio electrónico salteño no pretende más que quitar las últimas posibilidades de generar cambio ciudadano a través de la política. Algo curioso, sin lugar a dudas.
Lo que el voto electrónico debería despertar en nuestros políticos no es una ciega adhesión ni una lúcida sospecha, sino el más profundo pánico. Es decir el voto electrónico no debería irrumpir para sofisticar una cuestión simple, sino para simplificar una cuestión sofisticada. Me refiero, claro, al tema de la expresión de la soberanía popular.
La democracia es el régimen en el cual la soberanía reside en el pueblo. Pero para ser realmente soberano, el pueblo debe tener la capacidad de expresarse libremente, y aquellos que escoja como representantes deben actuar de acuerdo a lo que el elector desea (y no en contra, como generalmente sucede). Es por ello que la verdadera democracia es la democracia participativa, o sea la democracia que le permite al pueblo ejercer su soberanía tan usualmente como sea posible y no sólo durante las elecciones para designar autoridades. En este sentido, el sufragio universal es sólo un medio técnico para evaluar el grado de acuerdo o consentimiento que existe entre los gobernantes y los gobernados. Según la opinión de los antiguos griegos la democracia, en el fondo, no es más que un sistema que habilita a todos los ciudadanos a intervenir en los asuntos públicos. Ello significa que la libertad, en el marco democrático, es definida como la oportunidad de participar en actividades que pertenecen a la esfera pública, y no como la posibilidad de escapar de la carga política para recluirse en la esfera privada. Una democracia puramente representativa como es la nuestra es, como mucho, una democracia imperfecta. El poder político es algo que, en una democracia auténtica, debe ser ejercido en todos los niveles, no solamente por los líderes.
En una época en la que la los representantes políticos están cada vez más divorciados de la gente, y donde los políticos están atados en muchos casos a la presión de sinarquías visibles o invisibles que solicitan se les permita deformar los tejidos sociales para lucrar con ello, entonces la prioridad debería ser la de resucitar la participación democrática, una democracia de bases, una democracia directa, así como se tendría también que revivir la existencia de una esfera pública activa que refuerce los lazos sociales y garantice la vigencia de valores comunes. En este escenario por ahora utópico que planteó el voto electrónico –entendido como elemento facilitador de referendos– debería servir para poner a los políticos a trabajar a favor de la soberanía popular, ya que tendría que servir para que la voz del pueblo se haga oír sin tantas mediaciones. Y por supuesto que no hablo de tener a las casillas de votación electrónica instaladas en las esquinas, hablo de generar sistemas transparentes que cotidianicen el acto de ejercer el poder que el pueblo tiene.
Y quizás el tema de la mediatización sea lo más interesante de todo este asunto. El acto de tener que desplazarse un día puntual hacia un lugar determinado para, de manera secreta, materializar allí la decisión de quienes queremos que nos representen a la hora de diseñar leyes y ejecutar obras es algo que nunca se pone en cuestión en este país, por lo menos desde hace unos 30 años. La idea de la democracia directa no aparece en el horizonte político argentino, dominado por una vil partidocracia que aspira a consolidar el bipartidismo y a otras prácticas corporativas que alejen al ciudadano de a pie de la toma de decisión sobre la cosa pública. Por ello la tecnología entra aquí no para renovar la política, sino para fosilizarla. La revolución del sufragio electrónico salteño no pretende más que quitar las últimas posibilidades de generar cambio ciudadano a través de la política. Algo curioso, sin lugar a dudas.
Lo que el voto electrónico debería despertar en nuestros políticos no es una ciega adhesión ni una lúcida sospecha, sino el más profundo pánico. Es decir el voto electrónico no debería irrumpir para sofisticar una cuestión simple, sino para simplificar una cuestión sofisticada. Me refiero, claro, al tema de la expresión de la soberanía popular.
La democracia es el régimen en el cual la soberanía reside en el pueblo. Pero para ser realmente soberano, el pueblo debe tener la capacidad de expresarse libremente, y aquellos que escoja como representantes deben actuar de acuerdo a lo que el elector desea (y no en contra, como generalmente sucede). Es por ello que la verdadera democracia es la democracia participativa, o sea la democracia que le permite al pueblo ejercer su soberanía tan usualmente como sea posible y no sólo durante las elecciones para designar autoridades. En este sentido, el sufragio universal es sólo un medio técnico para evaluar el grado de acuerdo o consentimiento que existe entre los gobernantes y los gobernados. Según la opinión de los antiguos griegos la democracia, en el fondo, no es más que un sistema que habilita a todos los ciudadanos a intervenir en los asuntos públicos. Ello significa que la libertad, en el marco democrático, es definida como la oportunidad de participar en actividades que pertenecen a la esfera pública, y no como la posibilidad de escapar de la carga política para recluirse en la esfera privada. Una democracia puramente representativa como es la nuestra es, como mucho, una democracia imperfecta. El poder político es algo que, en una democracia auténtica, debe ser ejercido en todos los niveles, no solamente por los líderes.
En una época en la que la los representantes políticos están cada vez más divorciados de la gente, y donde los políticos están atados en muchos casos a la presión de sinarquías visibles o invisibles que solicitan se les permita deformar los tejidos sociales para lucrar con ello, entonces la prioridad debería ser la de resucitar la participación democrática, una democracia de bases, una democracia directa, así como se tendría también que revivir la existencia de una esfera pública activa que refuerce los lazos sociales y garantice la vigencia de valores comunes. En este escenario por ahora utópico que planteó el voto electrónico –entendido como elemento facilitador de referendos– debería servir para poner a los políticos a trabajar a favor de la soberanía popular, ya que tendría que servir para que la voz del pueblo se haga oír sin tantas mediaciones. Y por supuesto que no hablo de tener a las casillas de votación electrónica instaladas en las esquinas, hablo de generar sistemas transparentes que cotidianicen el acto de ejercer el poder que el pueblo tiene.
Francisco Vergalito