Como suele ocurrir en muchas ocasiones de la historia, hay seres
comunes que se ven atrapados en sus engranajes y viven momentos que han
hecho girar las sociedades y las épocas. Este es el caso de Marcelo
Dorado, soldado conscripto clase 54, que combatió en Manchalá y allí
recibió dos balazos que le arrancaron 10 centímetros del fémur. Aún hoy
camina con dificultad. “Hace poco he dejado el bastón”, cuenta.
“Ya me han operado dos veces. Me han dolido más las operaciones que los tiros”, asegura.
Dorado casi pospone su ingreso al servicio militar obligatorio
pidiendo una prórroga para seguir estudiando, pero finalmente formó
parte del contingente de 30 soldados de la compañía enviada a Tucumán en
1975. Formaban el primer grupo de soldados que sirvió en el Operativo
Independencia. En esos años, Dorado cursaba la carrera de Ingeniería
Química, tenía una novia y le gustaba cantar zambas con los amigos.
“El día de la batalla nosotros estábamos esperando a que viniese el
camión con el mate, con la merienda. Y como ya era la hora, varios
estábamos afuera, muy relajados. Yo estaba sentado en el cordón de la
calle, hablando macanas con los changos”, dice Dorado.
“Cuando de pronto, por la calle principal, veo llegar un camión
cargado de gente que estaba uniformada de verde, porque así se vestían.
Yo suponía que era el camión que estábamos esperando y salimos a
recibirlo. Estábamos en una actitud relajada, con los fusiles al
costado. ¡Cómo será que no teníamos ni contraseñas! Pero cuál sería la
sorpresa cuando desde arriba del camión comenzaron a dispararnos nomás.
Tiraban con FAL y con Itakas. Yo, antes de caer, atiné a agarrar un arma
y disparé al voleo. Ahí me vi la pierna: estaba desgarrada, realmente
fea, colgando de un hilito de carne... perdí mucha sangre. Como me había
quedado expuesto a las balas ahí afuera, me puse la pierna al hombro y
me fui a proteger detrás de un árbol. Yo seguía tirando. No me podía
mover más por mí mismo. Y las balas me silbaban cerca de las orejas. En
un alto, un suboficial de apellido Alcalá me enganchó de los hombros con
una soga y comenzó a tirar hacia adentro de la escuela, hasta donde
estaban ellos. Habré recorrido unos diez metros así. Pero me quedé en el
patio cuando volvió a producirse el tiroteo. Ahí veía cómo las balas
levantaban la tierrita que me daba en la cara”, cuenta.
Según relata Dorado, había sido muy poca la información brindada por
sus superiores a la llegada de los salteños a Tucumán. “Apenas teníamos
dos meses de entrenamiento con armas, y como éramos de Ingenieros, nos
hacían hacer un montón de cosas para los pueblos de la zona: arreglar
puentes, caminos vecinales, pintar escuelas, hospitales, capillas...
Por eso era tan esperada la hora del mate, ¡estábamos cansados de
verdad!”, explica.
No recuerda muy bien los lapsos de tiempo en que sucedieron las
cosas, pero sí que finalmente lograron ingresarlo a la escuela, donde lo
tumbaron sobre un pizarrón que habían puesto a suerte de cama. En
ningún momento, hasta ahí, Dorado había dejado de disparar.
“¿Dolor? Supongo, pero no en la misma medida de la herida que tenía.
Nunca me desmayé tampoco, ni dejé de atender lo que pasaba a mi
alrededor. Y eso que perdí mucha sangre. Ahí me lavaron los changos la
herida. Aunque estaba en estado de shock. Igual entregué la carga de
mi fusil al suboficial que nos pidió que solamente tiráramos tiros bien
medidos, que no desperdiciáramos balas. Algunos ya se estaban asustando y
decían que en cualquier momento los guerrilleros entraban y nos mataban
a todos. Entonces tuvimos que seguir hablando, para mantener la moral y
que el miedo no creciese. Estuvimos ahí por varias horas. No sé por qué
los guerrilleros no entraron por detrás, donde había una chacra de
cañas de azúcar. Después, cuando salimos, descubrimos que habían tirado
muchas granadas que dieron en el follaje de los árboles de la escuela y
cayeron en el patio. Por suerte no entraron en donde estábamos porque
hubiera sido un desastre. Pero lo peor era que no les habían quitado el
seguro a las granadas; ese modelo lo tiene doble y hay que conocerlo
para que funcione”, explica. A esto Dorado no lo ve ni lo oye, pero el
camión de víveres ya se había aproximado a la escuelita. Aunque oyeron
la balacera, los cuatro soldados y el suboficial que llegaban no se
percataron del combate. El chofer recibió una ráfaga en el estomago
mientras pedía: “No tiren, ¡no tiren que somos soldados!”
Luego llegó otro camión de Ingenieros, alertado por el humo y el traqueteo de las balas. Traía a dos soldados y a un suboficial. Este camión tenía un problema de carrocería, por lo que el ruido que
provocaba al andar semejaba a un tanque de guerra en movimiento. Al oír
su proximidad, muchos de los guerrilleros abandonaron sus armas y se
perdieron en la floresta.
Casi cinco horas después llegarían algunos gendarmes hasta la escuela
de Manchalá. “No se sabía muy bien qué es lo que había pasado. Como
todos teníamos que estar a las 19.30 dentro del Comando en Famaillá,
todos se preguntaron por nuestro paradero y nos fueron a buscar. Los gendarmes nos preguntaban qué había pasado, porque ya no había
nadie afuera, todos habían huido. Solamente quedaban los nuestros que se
habían parapetado y algunos estaban heridos. Entonces me pusieron una
droga y me desperté en el hospital, al otro día. El médico me decía que
iban a hacer lo imposible para salvar mi pierna. Y así lo han hecho.
Pero después tuve dos operaciones más. ¡Eso me dolió mucho más que los
tiros!”, repite Dorado.
El Ejército se había ocupado de brindarle la atención y los remedios
que Marcelo necesitaba. Incluso recibió un subsidio y le facilitaron un
puesto público. “Hace poco nomás que camino suelto”, se enorgullece.
También hace poco ha decidido dejar el anonimato y dar la cara para
reclamar ante la posibilidad de que quiten el monumento que recuerda el
combate donde perdió el movimiento de su pierna.
“Yo he defendido al sistema democrático. Eso es lo que hice. No tomé
las armas contra la Nación ni contra la democracia. Tampoco defendí a mi
ideología, porque no tenía ninguna en ese tiempo. ¡Al contrario! Lo
único que quería era estudiar, después trabajar y ganar mi dinero
honestamente. Pero bueno, me pasaron todas estas cosas... Aun así quiero
llamar la atención de la sociedad salteña, porque se olvida de los
soldados que la defendieron. Yo siento que defendí a mi país en un
momento especial y dentro de un sistema democrático. Yo estaba bajo una
ley de la Nación, eso debe tener un significado para todos. No se nos
puede tratar de genocidas a nosotros, que cumplimos con nuestro deber.
Esto tiene que ver con el honor de nuestra sociedad”, reflexiona Dorado.
Luego del combate de Manchalá, el Ejército organizó rastrillajes por
la zona, descubriendo a los atemorizados guerrilleros que deambulaban
sin sentido por la selva. De esta manera se desarticuló a la
organización que pretendía tomar el poder del país. “Tengo guardadas las
astillas de unos huesos tuyos”, le dijo un suboficial cuando Dorado
estaba aún convaleciente. “Los encontré entre las cañas. Me los quedo,
como recuerdo”, le advirtió. Todo aquel año Dorado pasó de hospital en
hospital, con férulas, clavos e injertos de huesos. “Recién tres años
después me dejó de doler”, cuenta.
Aparte de su pensión, Dorado recibió un automóvil para trasladarse.
Aún así, se reventaron los clavos que lo sostenían y tuvo que ingresar a
una nueva operación. “No tengo odio para nadie. Creo que sucedió lo que
debía suceder”, señala. “El problema es ahora. Lo que pasa ahora. Los
otros, por ejemplo, han recibido subsidios de miles de pesos. Y nosotros
que seguimos a la ley, que defendimos al sistema democrático como nos
indicaron y no nos levantamos contra la sociedad, somos vapuleados,
insultados y ahora olvidados. ¿Cómo se explica? ¿Qué pasó? Ninguno de
nosotros es culpable de lo que sucedió después de 1976. Para nada. Te da
bronca realmente que encima te maltraten y señalen al monumento que te
recuerda como a un signo de desgracia. ¡Nada que ver! Tenemos que tener
en cuenta a toda la historia, pero a todas sus partes, sin dejar ninguna
a un costado. No hay que quedarse con la parte que te conviene y
descartar lo otro con suposiciones nomás. Eso crea resentimientos y te
envenena la vida”.
Según se sabría después, gracias al “guerrillero arrepentido” Capitán
Armando, los guerrilleros habrían planeado para el 29 de mayo de 1975
un ataque al Puesto de Comando Táctico de Famaillá.
El ERP contaba con 117 uniformados y 50 hombres de civil para tomar el
Comando Táctico de la localidad tucumana. Habían fijado el ataque para
ese día, así coincidía con el Día del Ejército. Pero, a la hora de la
movilización de los guerrilleros, la columna se topó con nueve
conscriptos y tres suboficiales de la Compañía de Ingenieros 5. El
encuentro casual provocó que los mal entrenados combatientes de la
“Compañía Ramón Rosa Giménez” del ERP, tuvieran bajas, no supieran cómo
copar la escuelita con los soldados dentro, ni repeler la acción de los
conscriptos y que finalmente huyeran desperdigándose por las serranías.
A principios de año el concejal Martín Avila presentó un proyecto de
ordenanza para quitar el monumento a los Héroes de Manchalá. Este
monumento recuerda la participación de soldados conscriptos de la
Compañía de Ingenieros de Montaña 5 con asiento en Salta, que el 28 de
mayo de 1975 repelió a un grupo de guerrilleros del Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP), que se movilizaba para tomar el Comando
Táctico de Famaillá y que casualmente se topó con ellos.
Según Avila, su ordenanza fue motivada “porque es un monumento al Plan Cóndor”. Sin embargo, el cóndor que exhibe el monumento es el símbolo de la
Compañía de Ingenieros de Montaña y es anterior al nefasto plan del
mismo nombre.
A pesar de haber sucedido durante un gobierno democrático, muchos
señalan al Combate de Manchalá como el inicio del terrorismo de Estado.
“La Secretaría de DDHH de la Nación dictaminó que en realidad ese
monumento es un símbolo al Plan Cóndor. Y pide la intervención de un
juez federal para constatar, con la remoción del monumento, la
existencia o no de cuerpos de desaparecidos debajo”, señaló Avila.