Los cadáveres politizados
El homicidio de las ciudadanas francesas
Cassandre Bouvier y Houria Moumni dejó al descubierto que Salta es una
provincia insegura para los miles de visitantes que espera atraer anualmente. La
horrenda violencia que sufrieron esas dos mujeres, además, causó un tremendo
aturdimiento social –que, tristemente, terminó alimentando a las sinarquías
hembristas en sus cruzadas por imponer sus agendas ideológicas.
El gobierno salteño, conciente de
toda la repercusión negativa que el crimen generaba, apuró la investigación judicial
para evitar que la impunidad reinase (impunidad que suele ser lo normal para otros casos similares). Así, tras casi tres años de procesamiento, finalmente se condenó a prisión a Gustavo Lasi. Los jueces fueron durísimos: lo sentenciaron
a pasar los próximos 30 años detrás de las rejas. Sin embargo quedó claro que
Lasi no actuó solo, sino que tuvo cómplices que también violaron y asesinaron.
Daniel Vilte y Santos Vera, dos hombres a los que se los sindicaba como los
cómplices de Lasi, fueron sometidos a juicio y terminaron absueltos por falta
de pruebas en su contra. Una vez conocido el fallo, Jean Michel Bouvier, el
padre de una de las víctimas, señaló que en Salta hay culpables que están libres.
Algunos acusan al gobierno de
Juan Manuel Urtubey de haber ejercido una imprudente presión contra el Poder
Judicial provincial que terminó fomentando el error. El periodista Daniel Chocobar, uno de los que avala esta idea, recordó que, en julio de 2012, ante
el conmocionante hallazgo de los cadáveres de Luján Peñalva y Yanina Nuesch, el
Gobernador también sugirió apresurar la investigación, por lo que se determinó
que aquello se trató de un “pacto suicida”, conclusión que no termina de cerrarles a miles de salteños.
Dudas y certezas
Cuando se encontraron los cuerpos
sin vida de Cassandre Bouvier y Houria Moumni en la quebrada de San Lorenzo a
fines de julio de 2011 se dijo que llevaban apenas unas horas de muertas.
Luego, tras diversas pericias, la fecha del deceso de las francesas fue
cambiada al 15 de julio. Ese hecho anunciaba que el evento produciría más dudas
que certezas.
Como el estado de descomposición
de los cadáveres era escaso para alguien que llevaba casi dos semanas sin vida
a la intemperie, y debido a que las mujeres llevaban desaparecidas la misma
cantidad de días, de inmediato se pensó que o bien las mujeres estuvieron en
cautiverio o bien los cuerpos, tras ser asesinados, fueron retenidos y
conservados en algún lugar antes de ser arrojados al espacio silvestre.
La línea oficial de
investigación, la que siguió el Juez Martín Pérez a cargo de la causa, planteaba
como hipótesis que unos lugareños habían interceptado a las francesas, sólo
para violarlas y asesinarlas, abandonando luego sus cadáveres en medio de la
tupida vegetación sanlorenceña. Así dieron con los que serían después los imputados,
a quienes incluso les secuestraron objetos que pertenecían a las víctimas.
Otras hipótesis fueron
descartadas. Una, que hasta llegó a ser defendida por la Diputada Provincial Liliana Mazzone, sostenía que las francesas eran investigadoras académicas que
estaban redactando un informe sobre la malversación de fondos destinados al
desarrollo social entre las comunidades aborígenes de Salta (hipótesis un tanto
descabellada, que tiene menos verosimilitud que la posibilidad de que se haya tratado de un narcoajuste); la otra hipótesis, que fue mencionada en el juicio,
es que a las mujeres las habrían atacado en un barrio privado de San Lorenzo,
en el interior de una de las tantas mansiones que allí se ubican, quizás como
efecto de una fiesta desmadrada.
La esquiva verdad
El juicio para determinar las
responsabilidades de los actores del caso dejó muchos interrogantes abiertos. El
más notorio de ellos fue sobre los resultados de ADN. Los peritos argentinos
indicaron que la evidencia de que Lasi y Vera habían violado a las francesas
era innegable; los peritos de Francia, en cambio, pusieron en duda que Vera
haya ultrajado a las mujeres asesinadas, y señalaron además que habían
encontrado ADN femenino en el área genital de los cadáveres, algo que nuestros
peritos jamás mencionaron.
Esta discrepancia y anomalía se
explicó afirmando que las muestras que llegaron a los laboratorios de Francia
estaban alteradas, pero la noticia no tardó en asociarse con la foto de una mujer anónima que apareció en una de las cámaras de las víctimas. Al principio,
por lo que manifestó el propio Bouvier, se creyó que la imagen correspondía a
una mujer de nacionalidad francesa que trabaja como funcionaria provincial,
gracias a que Francisco López Sastre –antiguo Ministro de Medio Ambiente– le
facilitó el acceso al puesto público, aun sin demostrar idoneidad para ello. Luego
esto fue desmentido (una joven en Buenos Aires entregó a la Embajada de Francia unos
anteojos de sol similares a los que lucía la mujer en la misteriosa foto,
diciendo que ella los había encontrado tirados en las sierras salteñas durante
una visita a la provincia). Y, como si no fuera suficiente la presencia de
francesas disimuladas, una vecina de San Lorenzo declaró que unos días antes de
que se encontrasen los cadáveres recibió una extraña llamada telefónica en la
que una mujer, con tono desesperado, le dijo en francés algo que no entendió
por no hablar el idioma.
De todos modos eso no fue lo más
llamativo en este asunto. Unos días antes del inicio del juicio, Luís Sarmiento murió apuñalado en una gresca, en lo que se creyó que se trataba del asesinato
de un testigo clave. Sin embargo este individuo no estaba vinculado al caso.
Quien si lo estaba era su hermano Miguel Sarmiento, un muchacho que, ante el
tribunal, aseguró haber visto como la policía plantó el arma homicida cuando le
allanaron su casa a Daniel Vilte (él, junto a Rodrigo Bautista –un oficial que
sostuvo que los proyectiles hallados en la escena del crimen también fueron
plantados–, enturbió lo que se había promocionado como una investigación
impecable).
Vilte, uno de los imputados que
terminó absuelto, fue también apuñalado durante una pelea con otro interno en la cárcel. De los tres acusados, Vilte fue el que más enérgicamente negó haber
realizado aquello que se le atribuía haber hecho (durante el juicio se dijo que Daniel Vilte había abusado de un niño, lo que hace sospechar que la policía,
operando intuitivamente, lo buscó por sus antecedentes de presunto violador).
Sin embargo algo sobre lo que se
enfatizó poco en las diversas audiencias fue el Caso Piccolo. Néstor Piccolo era
el Jefe de la Brigada
de Investigaciones de la
Policía de la
Provincia de Salta; él fue el responsable, entre julio y
noviembre de 2011, de conducir la pesquisa para dar con los violadores y
homicidas. A Piccolo no lo apartaron del caso, simplemente apareció muerto, con
un tiro en la cabeza. Se estableció que el deceso del policía fue por un suicidio, pero siempre quedó en el aire la duda sobre la veracidad de ello. Durante
el juicio su nombre apareció varias veces, pero la evocación del fantasma no
motivó absolutamente nada entre las autoridades judiciales.
Ficciones
Conocido el veredicto de los
jueces, toda Salta sintió un sabor amargo en la boca. Las críticas no se
hicieron esperar: Martín Pérez y los miembros de la Brigada de Investigaciones se llevaron la peor parte,
acusados de ser vergonzosamente incompetentes. También se señaló la extraña
actitud del condenado Gustavo Lasi (Bouvier lo tildó de “psicópata”): nadie
puede asegurar si está o no encubriendo a alguien.
Jean Michel Bouvier, un típico
sesentiochista, retornó a su país aparentemente sin rencor, satisfecho por
haber visto que los derechos de los acusados fueron respetados, y pidiéndole al
Estado argentino que ayude a erradicar la violencia en contra de las mujeres y que
trabaje para que se eviten los apremios ilegales a los imputados. Mientras
tanto, en Argentina, más de uno aprovechó el episodio para forzar algunas
conclusiones. El sociólogo Pedro Marcelo Ibarra es ejemplar en ese aspecto:
consultado por el diario tucumano La Gaceta , Ibarra indicó
que la actitud estoica de Bouvier provocó cierta empatía en la sociedad salteña
y que ello es positivo, pues a partir de ahora muchos estarán dispuestos a
reclamar justicia con la misma entereza y templanza que el francés, ya que
además el juicio –al no caer en lo de condenar a los perejiles sólo para
contentar al público– habría demostrado que en Salta es posible gozar de los
derechos elementales por más poder superior que se vea afectado a causa ello. O
sea, para Ibarra, lo bueno de todo esto es que la mancha sobre la imagen
internacional de Salta que Urtubey trató velozmente de limpiar sigue estando. Y
como si regocijarse de ello fuese poco, Ibarra aprovechó para empujar su propia agenda: aseguró que en Salta es ridículamente amplio el contraste entre el
escenario turístico y el escenario cotidiano, y que mientras esa brecha no se
reduzca (mejorando, claro, las condiciones de vida de la población salteña)
entonces se está en peligro de brotes de racismo y machismo que serían un
resabio colonial.
Lo de Ibarra parece oportunismo
ideológico ante una tragedia impune. En este sentido lo suyo es similar a, por ejemplo,
la reflexión que las12, el suplemento
hembrista del pasquín Página/12,
publicó después de conocida la sentencia del juicio. Allí se pinta a Lasi como
un producto del patriarcado falocrático que atacó a dos mujeres que caminaban
por la quebrada de San Lorenzo porque, simplemente, entendió que puede hacerlo.
Es decir, para las12 –como para las
hembristas en general– no hubo un doble homicidio sino un doble feminicidio:
dos mujeres fueron violadas y asesinadas por el simple hecho de haber nacido
mujeres y de haberse cruzado con viles machistas que fueron programados
culturalmente para atacar a toda mujer que se vea indefensa. Es tan absurda esa
conclusión (sobre todo porque el propio texto sugiere que todo indica que Lasi
no las atacó en donde se dice que fueron atacadas) que terminan mezclando el
caso con crímenes pasionales recogidos en un libro de Selva Almada que en nada
se parecen a lo que sucedió en Salta.
Quien usa la ficción de un modo
más acertado es Sergio Olguín. Olguín es un autor que escribió Las extranjeras, una novela que trata de
una periodista que investiga el doble homicidio de unas turistas foráneas en
Tucumán. Olguín, astutamente, relaciona el hecho a casos como el de María
Soledad Morales o Paulina Lebbos, vale decir a casos de asesinatos en el marco de fiestas protagonizadas por miembros de las familias poderosas de la región.
Personalmente, si yo tuviera que
elaborar una ficción a partir de este caso, emplearía a personajes pertenecientes
a la fauna progresista como asesinos. Suena más creíble.
Ángela Micaela Palomo