En el mes de mayo se realizó un operativo antidrogas en el norte de Salta que terminó con el arresto de dos hombres (ambos
gendarmes) y la decomisión de casi 400 kilos de cocaína. La enorme cantidad de
droga secuestrada junto a la detención de dos uniformados hubiese resultado un
hecho llamativo hace diez años atrás, pero en la Argentina de hoy a nadie
sorprende que la frontera sea tan ridículamente porosa y que sus guardianes
sean tan grotescamente corruptos como para que con tanta facilidad penetre
tanta muerte en polvo a nuestra nación.
Ciertamente
es preocupante encontrar tanta indiferencia ante algo tan grave como el narcotráfico. Cada
una de las medidas gubernamentales en contra de este problema aparentan ser escasas
y tardías. Los dos paladines kirchneristas en la lucha contra la drogadicción y
el narcotráfico son Sergio Berni y Juan Carlos Molina, un médico y un
trabajador social con respectivo pasado en el Ejército Argentino y la Iglesia Católica.
Ambos sujetos reúnen de un modo simbólico los cuatro pilares sobre los que
debería estar construida la estrategia en
contra del flagelo de la droga: trabajo social preventivo y contención
espiritual para imposibilitar las adicciones, medicina para rescatar a quienes
se suicidan dosis a dosis, y acción militar para combatir a la delincuencia. Sin
embargo dicho plan, por más elemental que suene, resulta ajeno a la Argentina de hoy.
Es
por ello que muchos miembros del Poder Judicial han comenzado una campaña para
alertar acerca de la insuficiente acción gubernamental que se observa para
combatir al narcotráfico que opera en el país. Un grupo de jueces federales de
Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, Santiago del Estero, Chaco, Formosa,
Corrientes y Misiones ha adquirido notoriedad en los últimos meses tras haberse
agrupado para emitir peticiones dirigidas a las autoridades nacionales,
solicitándoles que intensifiquen las medidas judiciales para combatir el avance
de la narcolonización (en rigor de la verdad, estos magistrados están haciendo
lo que cualquier otro juez haría en su lugar: dar pruebas del caos actual para
que después, cuando todo se vea desbordado, no los persigan acusándolos de no
haber cumplido con sus funciones).
En
la última reunión de los magistrados realizada en un hotel de la ciudad de
Buenos Aires el funcionario Julián Álvarez, un camporista prepotente y confrontativo, fue a convencer a los jueces para que acepten que la realidad es
maravillosa tal y como la pinta 678,
pero tuvo que escaparse del recinto hostigado por la cantidad de quejas que
recibió. A diferencia del gobierno, parece que a estos jueces si les interesan los
problemas del país y no desean convertirse en integrantes de la Narcorépublica.
Sin mordaza
Para
generar algo de respuesta a sus reclamos, los jueces decidieron utilizar los
medios masivos de comunicación con la esperanza de que el gobierno actúe ante
la preocupación de la opinión pública. Es por ello que el juez salteño Jorge
Villada hizo declaraciones explosivas en las últimas semanas.
Villada
podía haber hablado sobre el contrabando, el lavado de dinero o el tráfico
humano, ya que esos delitos son realidades cotidianas en Salta, sin embargo
prefirió abordar otro tema escandaloso: el narcotráfico. Villada dijo que, a
raíz de la falta de radares óptimos, es común ver como “llueve” droga desde avionetas en el NOA; también sostuvo que las fuerzas de seguridad de la región
están contaminadas de delincuentes, los cuales trabajan infiltrados para hacer
funcionar el negocio narco. Pero la más fuerte de sus declaraciones fue el
asegurar que en Salta se produce aproximadamente un narcoajuste por semana. Esto
causó cierto estupor a nivel nacional. Sin embargo el propio Villada se encargó
poco tiempo después de aclarar que eso que había dicho estaba sacado de contexto, ya que él no había cuantificado la cantidad de narcoajustes sino que
simplemente había señalado la existencia de los mismos y su multiplicación a lo
largo de los años.
De
cualquier modo, lo que Villada dice –haya sido o no una mala interpretación
periodística– no parece incorrecto. En todo el país se producen homicidios
vinculados a cuestiones de droga, pero la prensa no siempre lo relata así. En
Tucumán, para poner un ejemplo, el diario La Gaceta
constantemente informa acerca de homicidios en barrios marginales de la capital
y sus alrededores, pero ellos son siempre presentados como “disputas entre
vecinos”, “peleas entre familias” o cosas por el estilo. Empero cuando uno
entrevista a quienes habitan en los vecindarios donde vivían las víctimas lo más
común es enterarse que los asesinados tenían algún tipo de contacto con el
mundo de las drogas. Evidentemente ni víctimas ni victimarios pueden decirle la
verdad a los policías y a los jueces, pues ello arruinaría el narconegocio, por
lo que todo termina presentado a Tucumán como si fuese una tierra habitada por salvajes que
resuelven sus problemas domésticos a los tiros cuando la realidad es otra.
Pero
Villada no fue el único que habló. Graciela Fernández Vecino, una camarista
federal tucumana, señaló que la presencia de un gran número de migrantes colombianos en territorio argentino es algo que no se puede pasar por alto, y
la jueza chaqueña Zunilda Niremperger señaló que la por la frontera norte del
país también ingresan armas.
La
actitud de estos magistrados ante las promesas vacías del gobierno en materia
de lucha contra el narcotráfico y las adicciones convoca a la sociedad
argentina a prepararse para asistir a la narcolonización del territorio
nacional. Los jueces proponen multiplicar juzgados, designar más personal para
atender todas las causas penales, y crear mecanismos para que se multipliquen
las denuncias contra los mercaderes de la muerte y los denunciantes se sientan
protegidos. Son las respuestas que pueden aportar desde su posición, pero a la
droga no se la vencerá en nuestro país sin la unión de sus ciudadanos, es decir
no se la vencerá mientras continúen en el poder los actuales gobernantes.
Pablo Ulises Soria