La mordaza
Últimamente
en Salta el lobby gay o cabildeo elegebetista ha estado operando violentamente
y con la cooperación de la casta politiquera local para imponer su agenda. Primero
fue ex-Rodrigo
“Victoria” Liendro el que
propuso conseguir la igualdad de los sexos a través de la intervención estatal
en el ámbito económico, y después fue “Gabriela”
Dagum quien adquirió un
simbólico poder de policía al ser incorporado al cuerpo de inspectores de
tránsito de la Municipalidad capitalina.
Muchos
salteños reaccionaron ante
estos episodios indicando que no es lo mismo pedir ser respetados como minoría
a querer imponer sus puntos de vista como verdades dogmáticas al resto de la
sociedad. Esa gente amante de la verdad fue acusada de fomentar la “transfobia”,
por lo que se sugirió que sean amordazados para que no sigan “contaminando” a
las mentes vírgenes.
Asco a lo aberrante
El término
“transfobia” es confuso, pues antaño –hace apenas cinco años atrás– era clara
la diferencia entre un transexual (alguien que se mutila o altera los órganos
reproductivos para fingir ser miembro del sexo opuesto) y un travestido (un
hombre o mujer homosexual que se viste con ropas propias del otro sexo e
intenta efectuar gestos que no son los de su sexo). Hoy en día se pretende deliberadamente
borrar la diferenciación entre un hombre mutilado y uno vestido de mujer,
poniendo en igualdad de condiciones a travestidos y transexuales bajo la
etiqueta genérica de “trans”, como si todo fuese lo mismo.
En muy
poco tiempo los argentinos nos vimos bombardeados por un arsenal de conceptos
tan novedosos como tramposos. Antes se hablaba de hombres y mujeres que buscaban
a sus opuestos o que iban detrás de sus iguales, en la actualidad, en cambio,
ese segundo grupo se ha diversificado hasta el infinito.
Lo que
sucede, en realidad, es que se busca eliminar la idea de lo parafílico, esto es
se quiere abolir la idea de que es una perversión sexual aquello que hace que
el pene vaya hacia cualquier otro lugar en vez del lugar al que tiene por ir
por naturaleza: la vagina. El plan es destruir la diferencia entre lo recto y
lo desviado, entre lo ordenado y lo invertido, entre lo normal y lo aberrante,
pues lo que se anhela es que el vicioso se equipare al virtuoso igualando hacia
abajo (o sea prohibiendo la virtud para que el vicio reine).
Por
este motivo en lugar de estar siguiéndoles el juego a quienes buscan ponerle un
nombre nuevo al homosexual y a los demás pervertidos, lo mejor es comprender
todas esas orientaciones como lo que son: una aberración. De esa manera la
“fobia” recupera su significado: la “aberrofobia” es el rechazo a todo lo
aberrante, lo cual es bastante natural y sano, ¿o hay alguien que quiera
defender lo aberrante?
Y de
hecho si: hoy en día hay muchos que quieren defender lo aberrante. Estos
personajes son los “gays”, las “lesbianas”, los “bisexuales”, los “trans” y los
“intersexuales”: el “Colectivo LGBTI” o el elegebetismo, una ideología política
como lo es el marxismo, el liberalismo, el fascismo o el sionismo. Mientras que
los marxistas hacen de los pobres el Sujeto de la Historia , los liberales
le dan ese rol al rico y los fascistas a la clase media. El sionismo, por su
parte, se nutre de ricos, pobres y clasemedieros, siempre y cuando estos
satisfagan una condición: ser étnicamente judíos. Pues bien, los elegebetistas
son como los sionistas en este sentido: no importa ser rico o pobre para jurarle
lealtad a la bandera del arco iris, lo que importa es ser homosexual o, al
menos, tener una sexualidad desviada. Y así como los sionistas descalifican a
sus críticos con el mote de “antisemita”, los elegebetistas hacen lo mismo sólo
que aplicando una mayor creatividad: “tránsfobo”, “homófobo”, “lesbófobo”, etc.
Ahora
bien “fobia” proviene del griego “phobos” que quiere decir miedo, por lo que
las fobias son, por definición, miedos irracionales. Pero la “aberrofobia” no
es ni un miedo ni una irracionalidad. Es una emoción, claro, pero que resulta
ser completamente natural, normal y saludable. Los parafílicos o aberrados
(entre los que se encuentran los homosexuales) son enfermos. Es difícil saber
si la enfermedad que padecen es psicológica o biológica, ya que globalmente los
más interesados en averiguarlo son esos países africanos o asiáticos que
cuentan con escasos presupuestos para investigar científicamente el origen de
este mal. En el resto del mundo el lobby gay ya triunfó, por lo que no sólo no
se puede criticar a la aberrosexualidad sino que además se debe pagar algún
tipo de precio por hacerlo.
Entonces
el escenario parece sencillo de comprender: si queremos acabar con esta
enfermedad se debe, por un lado, empezar a compadecerse de los aberrados (no
basta con eso de no entrometerse mientras la privacidad se imponga, puesto que
lo privado hoy casi no existe en un mundo de cámaras de vigilancia, Internet y
chips inteligentes), y evitar que la ideología elegebetista triunfe y eleve sus
tergiversaciones a la categoría de dogmas.
Anticipada
la conclusión de este ensayo, en lo que queda del texto me dedicaré a
clarificar los conceptos de “travesti” y de “transexual” para ayudar a los
lectores a evitar caer en trampas lingüísticas en el futuro.
Travestis
El
travestido no es más que un homosexual grotesco, que llega hasta esa situación a
causa de su situación social. Es decir, en una familia pobre hay un joven
que es homosexual; pues bien, este muchacho no puede manifestar su enfermedad
con la misma libertad que lo hace alguien de clase media o alta, ya que la moral
del espacio social en el que habita es más comunitarista (o menos
individualista) que la de otros espacios en los que se concentran los más
acaudalados de la sociedad, debido a que, hoy en día, la profundidad de la vida
privada está determinada por la cantidad de dinero con la que se cuenta para
distanciarse del resto de las personas. Entonces, para proseguir con su
desviación, el homosexual pobre se ve obligado a vestirse de mujer y adquirir
hábitos y gestos femeninos, ya que esa “metamorfosis” hace más tolerable su
homosexualidad ante sus pares. Y como estos travestidos suelen ser
económicamente exitosos en el ámbito de la prostitución o de la estética
femenina, pronto se convierten en pilares familiares, contribuyendo a la
manutención de sus padres, abuelos, hermanos o sobrinos.
De allí
que –como bien lo ilustra el travestido Roberto
Carlos Trinidad, alias “Florencia de la V”– estos hombres quieran ser
reconocidos como plenas mujeres, ya que lo que les importa es ser aprobados en
su rol de jefe de familia, siendo fieles al modelo tradicional de la
institución familiar que interiorizaron en sus infancias. No es que estos hombres
se sientan realmente mujeres, el tema es que estos hombres quieren ser
considerados mujeres para convencerse de que han logrado realizarse en la vida,
después de haberse impuesto ante un escenario hostil que en un principio los
rechazó pero que a la larga terminó aceptándolos.
Transexuales
Ante el
travestido, entonces, no se puede manifestar “transfobia”, dado que, como
mucho, alguien que los discrimine debería ser tratado de “homófobo”. Hoy por
hoy en la Argentina el número de travestidos es más alto
que el de transexuales, más que nada porque homosexuales pobres son muchos y
gente con el deseo de mutilarse son más bien pocos, pero no sería de extrañar
que los travestidos quieran transexualizarse, dado que, al fin y al cabo, el
elegebetismo en la Argentina no para de avanzar con la complicidad
de los medios masivos de comunicación y con la de los que controlan los poderes
legítimos del Estado. En los próximos años podría darse una epidemia de penes
cortados y allí si el término “transfobia” será más utilizado que ahora.
La
“transfobia” es, puntualmente, el sentimiento natural de repulsión ante los
hombres que se han cercenado el pene o ante las mujeres que han hecho lo mismo
pero con sus senos para –junto a otras cosas– “cambiar de sexo”. El sexo de
cada uno está determinado por los propios cromosomas, así que el llamado
“cambio de sexo” en realidad no produce ningún cambio real de sexo. Sólo sirve
para transformar a un hombre mutilado en el simulacro de una mujer, y a una
mujer mutilada en el simulacro de un hombre.
Los
“cambios de sexo”, por ende, se revelan como fútiles, ya que no existen
procedimientos quirúrgicos para alterar los cromosomas. Uno sólo puede masacrar
el propio cuerpo y llenarlo de drogas para parecer alguien del sexo opuesto. Y cuando
muchos transexuales finalmente comprenden el horror de haberse sometido a ello,
terminan por matarse ellos mismos (sería bueno que se difunda la tasa anual de
suicidios de aberrosexuales en nuestro país para empezar a discutir seriamente
sobre el tema).
La
repulsión hacia un transexual, normalmente, no está basada ni en la
“ignorancia” ni en la “maldad” como sostienen los progresistas, sino en la mera
y simple simpatía. Cuando una persona sana encuentra a otra adolorida,
experimenta el horror pues llega a sentir el dolor de los otros (ello es
literalmente la simpatía: sufrir con otros). Yo amo mi cuerpo, y la idea de ver
mis órganos mutilados me llena de horror. Y cuando alguien ve a alguien que se
causa a si mismo daño, es natural sentir enojo junto al horror, ya que se trata
de una situación que no debería de ocurrir. El que se lastima a si mismo,
también lastima a los demás. Por eso los tatuajes a muchos nos generan
sentimientos de pena y repugnancia: son marcas absurdas e innecesarias, propias
de alguien que se odia a si mismo.
La
gente que no siente simpatía con aquellos que se han mutilado a si mismo están,
muy probablemente, enfermos. Carecen de la elemental simpatía ante el dolor
ajeno, incluso no sería raro enterarse de que sienten placer al ver a alguien
sufrir.
Lo
primero que una persona sana piensa ante alguien que se autolesiona es que ese
alguien “está loco”. Eso quizás parezca que es un juicio apresurado y malicioso
de esas personas, pero al preguntarle a un transexual la evaluación se
confirma: ellos dicen ser hombres atrapados en el cuerpo de una mujer o
viceversa. Así que el auténtico asunto aquí no es si los transexuales sufren o
no de una enfermedad mental –la cual, por cierto, ellos admiten sufrir– sino
cuál es el mejor tratamiento que se les puede dar para acabar con su
sufrimiento. La mutilación, evidentemente, no es una cura para la enfermedad
mental, sino otro síntoma de ésta.
Si un
hombre piensa que es Jesús, no se lo crucifica. Si un hombre piensa que es
Napoleón Bonaparte, no se lo corona emperador. Si un hombre piensa que es una
mujer, ¿por qué hay que seguirle la corriente? ¿No debería dársela algún tipo
de ayuda para que retorne al mundo real, como se ayuda normalmente a las
anoréxicas a dejar de hambrearse voluntariamente y sin un justo motivo? ¿Y
desde cuando es consistente con el Juramento Hipocrático para un doctor mutilar
un cuerpo sano y convertirlo en una parodia del sexo opuesto?
Ante
los transexuales siento repugnancia pero también compasión. Pero los que me
causan indignación son aquellos que los fomentan y explotan. ¿Entonces que
habría que hacer?
Primero
y principal habría que decir “no”. Toda sociedad decente debe asistir a su
población para ayudarla a preservar su salud física y mental. Cuando alguien es
un caso psiquiátrico, esa persona no puede tomar decisiones responsables por si
misa. Así que una sociedad decente ejercita la tutoría sobre el mentalmente
enfermo. Y el interés principal del enfermo es el curarse del mal que lo
afecta, no profundizar su estado. La compasión y la responsabilidad nos obliga,
entonces, a decir “no”.
En
segundo lugar la mutilación de cuerpos sanos es contraria a la profesión
médica. Por tanto aquel galeno que genera operaciones de “cambio de sexo”
debería ser sancionado primero, y expulsado del mundo de la medicina después.
La mutilación genital debería estar prohibida en todas sus formas.
Y en
tercer lugar debemos mantener un sentido de la perspectiva. Yo no odio a los
transexuales. Los transexuales no son malignos ni amenazantes. Son gente
enferma que debe ser curada, no odiada ni dañada. Los aberrosexuales, por su
parte, son esa gente enferma engañada por otros para que se enorgullezcan de su
condición sexual en lugar de sentir el natural dolor y la entendible vergüenza
que provoca llevar una vida en la que se cultivan sus prácticas sexuales
aberrantes
Los
agentes del mal son aquellos que explotan a estos desafortunados para obtener
una ganancia: los cirujanos que alteran cuerpos por dinero y los progresistas
que utilizan a los aberrosexuales como armas de la diversidad y la ilustración
–demostrando así que sus enemigos no son la injusticia o la desigualdad, sino
la naturaleza, la salud y la sanidad. Ninguna sociedad debería consentir ser
gobernada por estos monstruos.
Antonella Díaz