En busca de la verdad
Recientemente circuló en la
prensa tucumana una historia real muy peculiar que tuvo por escenario a ciudad Alberdi. En esa localidad del sur tucumano, una adolescente de 17 años dio a
luz a su hija en un tacho de pintura de 20 litros , y dejó a la
criatura recién nacida abandonada por algo más de una hora.
La historia, según como fue
relatada por la prensa, es confusa, y la sospecha de que todo se trató de un
intentó de homicidio es bastante fuerte. En primer lugar, se informó que el novio
de la joven y supuesto padre de la niña (o algún familiar directo de él) les
avisó a trabajadores sociales de un hospital local sobre el embarazo. Los
agentes del Estado visitaron a la joven, pero ella negó sistemáticamente que estuviese
preñada. Al mismo tiempo, la prensa señala que los padres de la joven ignoraban
que estuviese embarazada. ¿Acaso no le creció el vientre en nueve meses? ¿En
una localidad tan pequeña como Alberdi a los padres nunca les llegó el rumor
del embarazo de su hija?
Asimismo la narración de la noche
del alumbramiento es casi absurda. Veamos por qué. La joven vive en una casa
precaria, en las cercanías de una acequia. La vivienda es pequeña, pues cuenta
sólo con dos dormitorios, en donde duermen la joven, su padre septuagenario (la
madre de la menor reside en otra casa cercana con su nueva pareja) y
posiblemente varios de sus siete hermanos. El baño es una letrina que se
encuentra ubicada en el exterior de la vivienda. Pues bien, según el testimonio
recogido, la joven se despertó una fría noche invernal con el deseo de ir al
baño, ya que sufría un fuerte dolor abdominal; el padre, para evitarle el
sufrimiento de tener que enfrentar las bajas temperaturas, le acercó el mentado
tacho de veinte litros de pintura para que allí hiciese sus necesidades, y
luego salió de la vivienda para fumar un cigarrillo; cuando el hombre reingresó
a la vivienda, encontró a su hija quebrada en llanto, con una tijera en la mano
que habría usado para cortar el cordón umbilical de su hija; consiguientemente el
hombre subió a su hija a su bicicleta, y pedaleó unas cuantas cuadras hasta
alcanzar el hospital; allí, mientras la joven era atendida, el septuagenario
les avisó a los médicos y enfermeros que había un bebé en un tacho de pintura
en su casa, por lo que rápidamente los trabajadores de la salud rescataron a la
criatura.
¿Por qué este relato resulta
absurdo? Por dos motivos: (1) Si en la vivienda había más de dos personas, ¿no
pudo una de esas hacerse cargo de una beba que, como buena neonata, lloraba? ¿No
pudo ninguno buscar a una vecina para que los ayudase a salvarle la vida a la
niña? (2) ¿Por qué se demoró tanto el hombre y su hija en comentarles a los
médicos que la niña se encontraba en un tacho de pintura? ¿Por qué el hombre no
se las arregló para llevar a la beba al hospital junto con su madre?
Si se modifica ligeramente la
historia, todos los cabos sueltos terminan atados: un padre separado embaraza a
su hija adolescente, la cual se niega a admitir que ello ha sucedido; llega el
momento del parto, y él o ella decide matar a la criatura; al final las cosas
fallan por algún motivo, y solicitan asistencia médica; los profesionales, al revisar
a la joven y notar que acaba de parir, preguntan naturalmente por el bebé, pero
reciben evasivas hasta que –por obra y gracia del Espíritu Santo (o tal vez por
las amenazas de judicializar el asunto)– descubren la verdad y llegan a tiempo
para salvarle la vida a una inocente.
La versión que recogió la prensa
tucumana fue la que reconstruyó la policía. A los médicos y enfermeros de
Alberdi no les preguntaron nada. Dadas las características y circunstancias de
la madre y del abuelo de la beba, es muy probable que las autoridades de la
salud y/o de la seguridad hayan conspirado, por compasión, para ocultar la
verdad.
Romina Tejerina siempre está
Una reacción muy generalizada ante
la noticia fue el sentimiento de pena. Más de uno señaló que lo penoso,
puntualmente, era que a esa gente “le faltase educación”. Sin embargo no hace
falta educación de ningún tipo para hacerse cargo de la propia descendencia.
Los animales salvajes lo hacen todo el tiempo, y son el epítome de la falta de
educación. Es tan instintivo proteger a los hijos que introducir la cuestión de
la educación parece un agravio a la inteligencia. Se puede ser pobre y se puede
ser analfabeto, pero ello no justifica ni explica que una mujer abandone a su
hija recién nacida.
Si la criatura aparecía muerta,
entonces es más que seguro que a este caso lo hubiesen tomado las abogadas
hembristas carroñeras. Sin tardar demasiado, hubiesen montado la típica escena:
una joven, pobre, bruta, vulnerable, víctima de una violación, asesina a su
hija en el habitual estado de demencia postparto; por ello no sólo debe eludir
la cárcel, también merece que le den premios y le compongan canciones, justo
igual que Romina Tejerina.
El Caso Romina Tejerina sigue
siendo una cuestión polémica en Argentina. Tejerina fue presa por el crimen
aberrante que cometió, pero cumplió apenas 9 de los escasos 14 años que le habían dado de condena. En la cárcel, rodeada de delincuentes como ella,
Tejerina se sintió a gusto, por lo que, poco después de haber sido liberada,
pidió volver a ingresar, ya que se sentía agredida por gente que la trataba con
el desprecio moral que se trata a una filicida. Hoy en día no se sabe bien qué
es de la vida de esta mujer, pero es probable que –al haber sido acogida por la
lacra hembrista– su actitud ante el día a día sea la de aquellas mujeres que
consideran el homicidio de un infante como una broma sin consecuencias que
pueden realizar todas las veces que lo crean conveniente.
De lo que si nos enteramos
esporádicamente es de las imitadoras de Romina Tejerina que pululan a lo largo
y ancho del país. En Jujuy, en la localidad de Libertador General San Martín
–no muy lejos del San Pedro en donde Romina Tejerina asesinó a su hija
Socorro–, tuvo lugar otra “tejerineada”. Esta vez una mujer de 37 años oriunda
de Calilegua, una tal Susana D. (el apellido de la homicida se ha ocultado vaya
a uno a saber bien por qué), asesinó a su hijo con la ayuda de dos cómplices en
un hotel de la ciudad azucarera. El episodio no quedó impune gracias a que la
homicida visitó el Hospital Oscar Orías y la ginecóloga que la atendió le avisó
a la policía sobre el crimen. Susana D., tras recuperarse, fue llevada a
declarar a un juzgado y confesó su crimen, indicando incluso el lugar de un
cementerio en donde había enterrado a la criatura (dejando en evidencia que
estaba todo fríamente planeado y que entendía plenamente qué era lo que hacía y
cual era su relación con el occiso).
Aquí si aparecieron las abogadas
hembristas carroñeras a defender a la mujer, quien además es madre de un hijo
de 10 años que tuvo la suerte de no morir víctima de su progenitora. En un
primer lugar corrió la versión que Susana D. habría decidido cometer el crimen
para evitar el reproche de sus padres con quienes convive, pero luego –como no
podía ser de otro modo– apareció la figura de la violación. Lo más probable es
que el niño haya nacido y su madre junto a sus cómplices lo hayan asesinado de
inmediato, pero al encontrar el cuerpo mutilado la versión de las hembristas es
que en realidad decidieron abortar a la criatura en el octavo mes de gestación.
La diferencia entre una situación y la otra no es menor: en el caso de aborto
le caben hasta un máximo de 4 años de prisión, en cambio en el caso de
homicidio agravado por el vínculo la condena puede llegar a ser perpetua.
Sobre la depravación del infanticidio
Al caso de Libertador General San
Martín la prensa lo calificó de “infanticidio”, lo cual, por cierto, es
totalmente errado. Vale decir, es cierto que el asesinato de un infante es un
infanticidio, pero el término tiene un significado muy preciso en la tradición
legal argentina. En efecto, desde 1917 hasta 1995, el Código Penal Argentino
incluyó a la ominosa figura del infanticidio, la cual representaba un atenuante
en la pena de todo aquel que matase a su hijo tras su nacimiento. La excusa era
que, al encontrar una mujer dañado su honor, de alguna manera se justificaba
que mate a su hijo y oculte el cadáver.
Ya en la década del 1910 se
hablaba también del rapto de locura que una mujer podía sufrir al dar a luz a
un hijo indeseado, pero se mantuvo siempre como criterio que dicho desquicio era
producto de la deshonra que la madre temería sufrir. En la década de 1990, con
un siglo de cambios sociales y culturales en el medio, la idea del honor quedó
obsoleta y por ello se eliminó al infanticidio del Código Penal Argentino.
Ahora los promotores del
genocidio abortista quieren recuperar la nefasta figura del infanticidio. La
excusa del honor sigue estando presente en sus argumentaciones, pero ha quedado
minimizada frente a una nueva excusa que juzgan infinitamente superior: la pena
de muerte a inocentes para salvar de la muerte accidental a los ejecutores. A
eso se reduce su prédica por la muerte. Quieren abortos legales “para no
morir”, anticonceptivos gratuitos “para no abortar” y educación sexual “para
decidir”, o sea que le hacen el juego a los sicarios, a las farmacéuticas y a
los adoctrinadores. Las hembristas quieren vivir empastilladas en un mundo
donde los maestros mienten y los verdugos amputan cruelmente el fruto de esa
mentira.
Sea como sea, en la Argentina ya está instalada
una cultura abortista que se desarrolla casi sin sobresaltos gracias a la
escandalosa etiqueta de lo “no punible”. Pero aun esa invitación a la matanza
no puede tapar el hecho de que un bebé recién nacido lejos está de ser abortable.
¿O no lo está?
En realidad el aborto y el
infanticidio son una y la misma cosa: homicidios agravados por el vínculo. Darle
una pena menor a uno es menospreciar la vida humana jerarquizándola. La vida es
igual de sagrada desde el momento de la concepción hasta el momento de la
muerte. Una mujer que mata a su hijo dentro o fuera de su vientre es una
filicida que merece ir a prisión (y quizás merece también la pena de muerte). El
emperador romano Valentiniano indicó en el año 374 que darle muerte a un hijo
era un crimen aberrante. Ello marcó un hito, pues el mundo antiguo manifestaba
un repugnante desprecio hacia la vida de los infantes. Hoy por hoy, con la
excusa de erradicar el crecimiento de la pobreza, quieren reflotar a la Antigüedad. A
raíz de ello me extraña que todavía no haya aparecido el cerebro progresista
que pida legalizar el canibalismo, ya que de ese modo si una mujer pobre mata a
su hijo puede además comerlo y ahorrarse el viaje hasta la carnicería.
El crimen químico
El hembrismo que clama por el
genocidio abortista y la depravación infanticida está distribuido a lo largo y
ancho del espectro político. En la izquierda, el centro y la derecha emergen
las que declaran que mandar a asesinar es un derecho y que el Estado debe
ocuparse de hacerlo (o debe abstenerse de intervenir si una mujer ha decidido
delinquir). Y junto con ellas, muchos hombres de nula caballerosidad levantan
la misma bandera. Esta gente aprueba la idea del sicariato, y, como señalé más
arriba, buscan también empoderar a las farmacéuticas.
Por estos días se está anunciando
con bombos y platillos la pronta distribución masiva de unos novedosos anticonceptivos subcutáneos. En rigor esos anticonceptivos no son nuevos pues
existen desde hace varias décadas, pero si es novedosa su presencia en el sistema
de salud argentino. Se trata del Nexplanon, un medicamento fabricado por el
gigante multinacional Merck. El Nexplanon es la versión mejorada del Implanon,
y consiste en una pequeña varilla que se inserta en el brazo de la mujer y
libera la hormona etonogestrel que, alterando el funcionamiento de los ovarios,
evita el embarazo.
La droga es de uso extendido en
países africanos y asiáticos. En Europa y Norteamérica el Nexplanon también se
encuentra disponible, pero ha sido altamente cuestionado por sus usuarias. Si
bien a algunas les ha funcionado a la perfección, a otras, en cambio, les ha
producido toda clase de efectos colaterales, siendo los más graves los
asociados a los cambios de humor y la creación de cuadros graves de depresión. También
sobran los casos de mujeres a los que el anticonceptivo, pese a tenerlo en el
cuerpo, no les ha servido en eso de bloquear los embarazos.
En Argentina el Nexplanon
ingresará primero a unas cuantas provincias (Formosa, Misiones, algunas
localidades del conurbano bonaerense, y, claro, Santiago del Estero, Jujuy y
Tucumán) donde funcionará como campo de pruebas, convirtiendo a las mujeres
pobres en conejillos de indias. Es difícil anticipar cuantas argentinas
padecerán de la alteración psicológica que sufren sus pares de otras partes del
mundo por usar el Nexplanon, pero supongo que recabando la información adecuada
se puede calcular, aunque a nadie le interese hacerlo.
De todos modos quien se ha
percatado de la peligrosidad para la vida y la dignidad humana de este
anticonceptivo y ha alertado a la sociedad sobre la situación es el Obispo
Auxiliar de Santiago del Estero, Monseñor Ariel Torrado Mosconi. El sacerdote
explicó que antes que el medicamento está la castidad como método
anticonceptivo, y que el Estado argentino, en lugar de estar introduciéndole
agentes químicos en el cuerpo a las adolescentes, debería ocuparse de
transmitirles el valor del amor a la familia y del respeto a uno mismo. Monseñor
Torrado Mosconi bien sabe que la industria farmacéutica asesina en masa.
Antonella Díaz