La guerra en
tiempos de paz
El 29º Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) sirvió para
que muchos salteños manifestaran su odio cristianofóbico y su resentimiento por
tener que vivir en una sociedad construida sobre valores occidentales.
Ya a principios de septiembre las organizadoras del ENM
lanzaron una declaración de guerra: “Les hicimos 29
Encuentros, les haremos muchos más” era el lema de evidente tono combativo (¿a
quien o mejor dicho contra quien se supone que hacen los Encuentros?).
Numerosos
vecinos de Salta no vacilaron en denunciar lo que se avecinaba: una manifestación
violenta y obscena para exigir el derecho a asesinar impunemente a niños por
nacer y agredir gratuitamente a la Iglesia Católica, disfrazada de congreso para debatir sobre la
problemática actual de las mujeres argentinas. A los progresistas les indignó
que hubiese gente que no sólo decía la verdad, sino que además convocasen a
otros a defender el patrimonio edilicio para minimizar los daños que causan las
hembristas cada vez que se reúnen. Entonces denunciaron “una caza de brujas”.
El desarrollo de los acontecimientos posteriores, al final, le dieron la razón
a los ciudadanos que anticiparon que sucedería una bochornosa escena de
incivilidad.
Las
organizadoras del ENM decidieron que la marcha hembrista que habitualmente cierra
el evento con el supuesto objetivo de “visibilizar” a la problemática femenina
no desembocaría frente a la Iglesia
Catedral. Con ello pretendían realizar un gesto de
agradecimiento al gobierno provincial, que subsidió generosamente al ENM y
facilitó instalaciones públicas para desarrollar sus actividades. Sin embargo
una facción bastante nutrida de asistentes al evento hizo caso omiso de lo
dispuesto por las organizadoras e igual concurrieron hasta la plaza central de Salta. Allí quemaron una bandera con los colores del Vaticano, bailaron y
cantaron semidesnudas en una suerte de espectáculo cavernícola, agredieron a
las personas que estaban ante los vallados que protegían a los edificios, y
aprovecharon para ejercer impunemente la obscenidad ante la vista de todos. Es
decir esas fanáticas hicieron exactamente lo que unos supuestos carteles
“cazabrujas” decían que harían una vez concluido el ENM. ¿Acaso las
organizadoras del ENM emitieron una declaración de repudio por lo acontecido y
decidieron expulsar de futuras reuniones a las revoltosas? Por supuesto que no.
Creo
que después de lo que pasó en Salta quedó en claro que a las hembristas no les importa difundir su causa sino que
sólo buscan confrontar violentamente con quienes no están de acuerdo con ellas.
Son un ejército blandiendo una espada, no la luz de la verdad iluminando la
obscuridad. El hembrismo se constituye así como una fuerza colonial, una
iniciativa imperialista, que recurre a la violencia porque no tiene argumentos
válidos para convencer a la gente. ¡Qué diferente que resulta esto de la
religión!
Cuando se produce una procesión católica en Salta, la gente
no termina pogromeando la sede de Mumala, ni del Partido Obrero, ni nada
parecido. Por eso el cristianismo es mayoría: no busca conquistar con pintadas
guarangas y cánticos soeces, seduce con la dulzura de la palabra manifestada a
través de la canción de alabanza y de la plegaria, y convence a través del
sermón.
El síndrome de la mujer golpeada
El ENM, supuestamente, es consensualista: las mujeres
participan de una serie de talleres de discusión, pero en ellos “no hay
ganadoras ni perdedoras”, ya que todas las opiniones vertidas sobre los
diversos temas terminan reflejadas al final. Esto, en realidad, es falso.
Muchas mujeres antihembristas asisten a las reuniones, plantean sus puntos de
vista, y luego son ignoradas categóricamente. Es que en el ENM prima “el síndrome
de la mujer golpeada”.
En efecto, el objetivo real del multitudinario evento es
hacer catarsis. Las propias organizadoras lo dicen: “Miles nos fortalecemos y tras cada Encuentro
volvemos fortalecidas a desandar las relaciones familiares y dentro de las
demás organizaciones donde nos desempeñamos.” Es
claro, ¿verdad? Muchas mujeres sufren en sus hogares o fuera de ellos por no
tener el coraje, la inteligencia o el autoestima como para hacerse respetar, y
entonces deciden liberarse de todas las ataduras por el plazo de dos días para
volver “recargadas” a sus lugares de origen. Eso son los ENM: una excusa para
gritar, descontrolarse y autocompadecerse para sentirse mejor con una misma.
Por ello necesitan señalar a un enemigo al cual culpar de los padecimientos
propios, y como los maridos, los hijos o los patrones no se encuentran cerca, la Iglesia Católica encarna
simbólicamente a ese enemigo.
Los
ENM son eventos de una esterilidad mayúscula. Los justifica, precisamente,
aquello que la mayoría repudia: la creación de una zona temporalmente autónoma
en la cual la mujer física o psicológicamente “golpeada” puede ejercer su poder
sin limitaciones. La mayoría de las asistentes al ENM entienden que es
humillante para la propia mujer pasearse desnudas o semidesnudas vandalizando una ciudad e insultando al viento, pero, como buena golpeada que se aferra a
algo que es ligeramente mejor a la situación que vive, aceptan participar de
esa ridícula puesta en escena.
La agenda
impuesta
Dado que los ENM no son más que manifestaciones del ruido
y la furia, nada importa acerca de su contenido. En los últimos 29 años se ha
parloteado mucho, pero poco se ha logrado. Toda la legislación hembrista y
elegebetista que le impusieron a nuestro país en el último lustro no emergió de
los ENM, sino que fue importada desde el extranjero. Y eso es un asunto más
grave que en la Argentina
nunca se discute: la naturalización de lo radicalizado.
Más allá de las energúmenas que causaron desmanes en
Salta, hubo muchas otras mujeres que participaron de los talleres con la intención de obtener algo más que un mero momento de catarsis. Esas eran
mujeres que apoyan al gobierno pero que no se conforman con lo mucho que éste
ha hecho para arruinar el concepto de familia, por lo que además quieren que el
aborto sea legal y el adoctrinamiento hembroelegebetista sea obligatorio en
todas las escuelas del país (piden eso al mismo tiempo que cuestionan la
enseñanza de la religión en el ámbito escolar). Estas asistentes son, de hecho,
más peligrosas que las bandoleras, debido a que predican y practican las mismas
aberraciones hembristas pero sin recurrir a la violencia visible.
El resultado de este escenario es nefasto. Hoy en día
cualquier hombre que critique a una mujer en la Argentina es tildado automáticamente
de “machista”, y cualquiera que atente en contra de la integridad física de
alguien del sexo femenino es acusado de ser un “femicida”. No importa si el
hombre no está manifestando la superioridad del hombre por sobre la mujer, o si
agrede a una mujer por su circunstancia y no por su condición de mujer, para el
discurso popular argentino no hay diferencia: todo hombre es un potencial
machista y femicida, si no es que de hecho ya lo es de manera activa. Evidentemente
hay un abuso de la condición femenina que no es políticamente correcto
denunciar.
El triunfo de la corrección política se mide de acuerdo a
la ignorancia de la gente pensante: mientras menos ejercen el pensamiento
crítico los miembros de una sociedad, mayor es la impostura irracional y los
tabúes.
Hoy en día el ENM –como lo ha sido siempre– es un mero
adorno. Las mujeres que participan alegremente del mismo son idiotas útiles o,
simplemente, idiotas a secas que no distinguen entre el radicalismo hembrista y
la posibilidad de saldar las últimas deudas que el mundo contemporáneo debe
saldar con las mujeres. Por ello tomaron como algo tan natural que el ENM
realizado en Salta esté invadido por hombres con peluca, que por ser tan
membrudos difícilmente puedan ser llamados “mujeres”. No entienden y no quieren
entender cuáles son sus derechos ni, fundamentalmente, cuáles son sus
obligaciones por ser mujeres.
El show de
Violetta
Finalmente no quiero dejar pasar la oportunidad de
referirme a un episodio bochornoso que sucedió el fin de semana pasado en Salta,
porque creo que ilustra bastante bien lo perverso que es el avance del
hembrismo en la Argentina.
En el acto de apertura del 29º Encuentro Nacional de
Mujeres realizado en el Estadio del Milagro, hubo un violento choque entre unas mujeres que quisieron subirse a la tarima oficial y la gente que custodiaba dicha tarima. La dirigente trotskista Manuela Castañeira intentó llevar hasta
los micrófonos a Rocío Girat, pero las organizadoras se lo impidieron, por lo
que la mujer decidió no abandonar el escenario como se lo pedían; acto seguido
intentaron expulsar a Castañeira del lugar por la fuerza, y la mujer terminó
armando un histérico escándalo mientras gritaba “vivimos en democracia”, “no sean
cómplices del patriarcado” y cosas similares. Si en lugar de Castañeira hubiese
estado alguna de las mujerzuelas de La Cámpora sospecho que la historia hubiese sido
diferente.
Sea como sea, ese choque fue sólo una muestra del trato
que habitualmente padece alguien que intenta plantear una disidencia en uno de
esos congresos hembristas, pero de todo modos lo que más me interesa es la
figura de Rocío Girat.
Girat es una joven marplatense que irrumpió recientemente
en la televisión después de que se condenase a su padre por violación. Marcelo
Girat, el inculpado, era un hombre perteneciente a la Armada Naval que supuestamente
habría violado durante cuatro años a Rocío, su hija. La historia de abuso e
incesto causó indignación y la gente, naturalmente, se puso del lado de la
víctima. Así, a través de la presión mediática, Rocío consiguió que a su padre
se lo traslade a una cárcel común, pues, hasta antes de que ello sucediese, los
jueces le habían permitido gozar de prisión domiciliaria sabiendo que la vida
de un hombre de las Fuerzas Armadas acusado de violación corre peligro en el
interior de una penitenciaría.
Cuando aparentemente nos enteramos que había triunfado la
justicia, empezamos a escuchar a la víctima llevar su testimonio de programa de
televisión a programa de televisión (previas reuniones con funcionarios del
gobierno que prometieron perseguir a todos los militares cómplices que pudiesen
llegar a haber estado involucrados en el caso). En Minuto Uno, el programa de Gustavo Sylvestre en C5N, Rocío y su
madre –la ex–esposa de Marcelo Girat– hablaron sobre su pasado y su presente.
Allí, la madre de Rocío contó que nada menos que a los 13 años ella comenzó a
frecuentar a un “noviecito” que no sólo la superaba en edad, sino que además
tenía un historial de consumo de drogas; Marcelo Girat le reprochó duramente a
su esposa que permitiese que una situación así sucediese y ella, según su
testimonio, minimizó el problema; poco después habrían comenzado las violaciones.
¿No suena esto raro? Es obvio que en la situación descrita por las propias
protagonistas quien estaba actuando más coherentemente es el padre, acusado
después de violador. También cuando Rocío cuenta que su padre la retiraba de
las discotecas y la llevaba ebria a la base naval en la que trabajaba eso nos
dice, entre otras cosas, que había un hombre preocupado por su hija menor de
edad y que por ello la custodiaba para que retorne junto con él al hogar,
evitando así depositarla en su casa sin su supervisión (lo que significaría
que, apenas él retornase a su puesto de trabajo, ella podría volver a dejar su
hogar para seguir bebiendo descontroladamente en fiestas con otros
adolescentes). Todo ello me lleva a sospechar que el Caso Girat más que un
horrendo episodio de incesto y abuso podría tratarse de un típico montaje para
justificar un divorcio.
En Argentina estamos acostumbrados a mujeres como Estela
de Carlotto, Hebe de Bonafini, Susana Trimarco y otras que envueltas en el
disfraz de víctimas viven la vida oronda a expensas del pueblo argentino y
viajan por el mundo dando lecciones sobre victimización, ¿hace falta sumar a
otra de ellas?
Antonella Díaz