Lo real y lo hipotético
La noticia buscaba causar
impacto: el nieto de Estela Barnes de Carlotto, es decir el nieto del rostro
más visible de Abuelas de Plaza de Mayo, finalmente apareció. Rápidamente la
algarabía debía estallar, como si se tratase de un triunfo del pueblo argentino
y no de una mera cuestión familiar. Fue una de esas situaciones en las que se
buscó imponer el luto obligatorio, sólo que al revés. Como si la alegría
tolerase el imperativo: “alégrese, es una orden”.
Yo fui uno de los millones de
ciudadanos argentinos a los que la noticia del nieto de Carlotto les importó
muy poco. Y no es porque sea insensible a los melodramas. Al contrario: me
encantan las telenovelas con sus tragedias y sus finales felices. Pero la ficción
de Carlotto es difícil de digerir. A la evidencia me remito:
(1) Estela Barnes de Carlotto,
una maestra de escuela primaria, tuvo varios hijos e hijas, dos de las cuales
(Laura Carlotto y Susana Carlotto) formaron parte de la organización terrorista
Montoneros. Laura Carlotto estaba casada con Oscar Montoya (otro terrorista),
en tanto que Susana Carlotto, a su vez, estaba casada con Jorge Falcone, terrorista
muy cercano a Mario Firmenich y hermano de la también terrorista María Claudia
Falcone. Por tanto se trataba aquí de una familia, yo diría, “de terror”.
(2) A fines de 1977, sin
hacerse mención alguna a su estado de embarazada, se denunció la desaparición
de Laura Carlotto, ciudadana argentina que vivía en la clandestinidad (esto
está registrado en el legajo que la
Conadep inició sobre su caso; en otros casos en los que la
desaparecida estaba efectivamente embarazada, los legajos dejan constancia de
ese hecho).
(3) En agosto de 1978, a Estela B. de
Carlotto le entregan el cadáver de su hija Laura, ejecutada por haberse
levantado en armas en contra del Estado argentino bajo una bandera extranjera.
Según lo ha señalado la propia madre, el cuerpo sin vida de su hija le fue devuelto
el mismo día de su fallecimiento (esto se debió a que Estela B. de Carlotto era
íntima amiga de Marta Bignone, hermana del General Reynaldo Bignone, que luego
sería Presidente de la
República entre 1982 y 1983). A Laura la enterraron en el
cementerio de La Plata.
(4) Estela B. de Carlotto
asegura que en abril de 1978 se enteró gracias a una carta anónima de que
Laura, quien aún estaba en cautiverio, estaría embarazada. De todos modos, fue
recién en 1984 cuando Alcira Ríos –una subversiva que estuviese detenida
durante los años del Proceso de Reorganización Nacional– le comentó a la señora
de Carlotto que ella también había oído que Laura Carlotto pasó los últimos
meses de su vida con un niño en el vientre. Clyde Snow, un renombrado
antropólogo forense nacido en EEUU, realizó la autopsia sobre la terrorista
muerta para evacuar las dudas que habían surgido. Fue en el año 1985. En esa
ocasión Snow no se atrevió a rifar el prestigio que había obtenido tras haber
estudiado a los cadáveres de John F. Kennedy, Joseph Mengele y el faraón
Tutankamón, así que tuvo que concluir que la maternidad de Laura Carlotto no
era algo que se pudiese demostrar (la excusa que se usó fue que los restos
mortales de la terrorista estaban estropeados, debido a que las raíces de un
árbol cercano a la tumba donde la mujer estaba enterrada los habrían afectado).
A pesar de ello, la señora Barnes de Carlotto, sacando a relucir su formación
de antropóloga forense (?), dijo que tras haber visto los huesos de la pelvis
del cadáver de su hija ella estaba segura de que Laura habría sido madre.
Desde 1985, entonces, sobran razones
para pensar que Estela Barnes de Carlotto no tiene ningún nieto parido por su
hija terrorista Laura Carlotto. Sin embargo esto no ha detenido a esta señora
en la búsqueda de ese nieto más hipotético que real. En su cruzada imaginaria,
la señora de Carlotto hizo crecer a la ONG
Abuelas de Madres de Plaza de Mayo hasta convertirla en lo
que se podría denominar una “marca registrada” (no debe perderse de vista que
esta señora se sumó a la ONG
en 1977, incluso antes de que su hija Laura fuese detenida, tal vez como un
gesto de solidaridad con otras madres de terroristas como ella). Nadie ignora
que, en casi 40 años de existencia, la cifra que las “Abuelas” han recibido en
subsidios supera el millón de dólares, pues el dinero no sólo ha salido de las
arcas del tesoro público argentino, sino que también los gobiernos de Italia,
Francia y Alemania le giraron fondos en alguna oportunidad.
Los Guidos de Estela: la tercera es la vencida
“Guido Carlotto”, la figurita
difícil de los bebés secuestrados, al parecer es un tal Ignacio Hurban, músico
y docente que reside en Olavarría. A Hurban lo crió un matrimonio que vive en
una zona rural del partido del centro de la provincia de Buenos Aires. En el
ADN que le hicieron a este sujeto, se cotejaron muestras de su material
genético con las de Oscar Montoya, siendo el índice de coincidencia
elevadísimo. Ello, en principio, probaría que Hurban es hijo del terrorista
Montoya, lo que no implica que haya sido necesariamente hijo de la terrorista
Carlotto.
Sea como sea, lo destacable es
que Hurban es ya el tercer hombre al que le atribuyen ser el famoso y
legendario “Guido Carlotto”. Antes que él gozaron de ese dudoso honor otros dos
ciudadanos argentinos: Roberto Julián Gutiérrez y Carlos Ignacio Mancuso.
A Roberto Julián Gutiérrez lo
fueron a buscar por orden de la Juez María
Romilda Servini de Cubría. Alguien les habría avisado a las Abuelas de Plaza de
Mayo sobre la existencia de este hombre, y éstas habrían hecho la denuncia para
investigar el caso. Gutiérrez, en efecto, había sido adoptado por sus padres en
la década de 1970. El problema fue que, hasta el momento en que se lo notificó la Justicia , Gutiérrez lo
ignoraba. El muchacho se sometió a las pruebas de ADN y al final se determinó
que no era nieto de Carlotto, ni estaba vinculado a ninguno de los que figuran
en el catálogo de datos del banco genético de la Argentina.
A Gutiérrez lo afectó
psicológicamente todo el proceso, puesto que lo interpretó como una violación
de su privacidad. Durante el tiempo en que vivió sometido a la incertidumbre por
culpa de Abuelas de Plaza de Mayo, se interiorizó sobre el funcionamiento de la ONG y sobre la relación de
ésta y el Poder Judicial. Posteriormente Gutiérrez ha declarado que dicha
relación es irregular y sospechosa.
El caso de Carlos Ignacio
Mancuso no es muy distinto al de Gutiérrez: nuevamente una denuncia anónima
ante Abuelas de Plaza de Mayo que la
ONG convirtió en denuncia formal, sólo para que un Juez (en
este caso el polémico Norberto Oyarbide) hiciera avanzar la causa. El resultado
del ADN, en esta oportunidad, fue más que contundente: Mancuso no era hijo de
ningún desaparecido, pues era hijo de los mismos padres que lo criaron tras
haberlo engendrado.
Epidemia de nietos
Ignacio “Guido Carlotto”
Hurban fue presentado al público como el “nieto 114” . Abuelas de Plaza de Mayo
sostiene temerariamente que entre 1976 y 1983 hubo un “plan sistemático” para
apropiarse de los hijos de los terroristas desaparecidos, negándoles de ese
modo su identidad, lo que sería algo así como un crimen de lesa humanidad.
El número de esos niños
supuestamente sustraídos de sus legítimos progenitores ascendería a 500, una
cifra tan ficticia como la de 30.000 desaparecidos: a lo largo de la historia
sólo se han registrado 230 denuncias de robo de niños por causas políticas en
los años en los que duró el Proceso de Reorganización Nacional. De esas 230
denuncias, sólo 194 fueron procesadas y, debido a anulaciones y situaciones
similares, al final sólo unas 34 quedaron en pie. ¿Entonces cómo es que las
Abuelas de Plaza de Mayo contabilizan 114 nietos?
Pues con “matemáticas creativas”.
En diciembre de 1999 Abuelas de Plaza de Mayo editó el libro Niños desaparecidos y jóvenes localizados en
la Argentina
desde 1976 a
1999. El contador de nietos iba, en ese entonces, recién por el número 66.
Sin embargo si se analiza esa información salta a la vista que el modo de
contar nietos de la ONG
anula por completo la idea del plan sistemático de apropiación de niños.
Nicolás
Márquez hizo el trabajo crítico en torno al texto: “En efecto, de esos
66 casos contabilizados por las ‘Abuelas’
(y según consta en el libro de su propia autoría), 29 son niños devueltos a sus familiares o
entregados a la Justicia
de Menores (no hay ‘robo’ alguno ni ‘recuperación’); 6 son casos de niños apropiados
ilegalmente por otros integrantes de las bandas terroristas o vecinos (en este
caso hay ‘robo’ pero cometido por los
terroristas o terceros); 11 son
niños desamparados que estuvieron incomunicados como producto de situaciones
anormales por causas totalmente ajenas a la guerra civil (tampoco existe ‘robo’); 6 corresponden
a cuerpos N.N. identificados de mujeres embarazadas al morir en tiroteos en
donde obviamente tampoco hay ‘robo’
ni ‘recuperación’ (y parece ser que
afortunadamente y contrariando su ideología, en este ítems las ‘Abuelas’ se muestran ad hoc a favor de considerar a la persona
desde el momento de su concepción-); 2 corresponden
al caso de niños accidentalmente muertos en un mismo tiroteo o enfrentamiento
de sus padres y otros guerrilleros con las fuerzas legales (tampoco hay ‘robo’ ni ‘recuperación’
y los lamentables accidentes son producto de la
irresponsabilidad delictual de sus padres al exponer a los niños en medio de
los enfrentamientos) y ofrecen 12 casos más, que son los únicos
episodios puntuales de niños comprobadamente apropiados de modo ilegal (de los
cuales en solo dos de ellos hubo participación de algún miembro de las FFAA).”
Márquez sólo señala los casos de
seis niños que murieron en sus vientres maternos. La página web de Abuelas de
Plaza de Mayo indica que, según lo que sabe al día de hoy, en realidad fueron
once. Se entiende, entonces, que el número de “restituidos” haya crecido más
allá de que a las contadoras de la
ONG no les haga falta mostrar un cuerpo para comprobar que
esa persona existió o no.
La heredera
Estela Barnes de Carlotto es una
anciana. Recientemente declaró que ella no quería morir sin abrazar a su nieto
Guido. La frase suena conmovedora, pero no impacta. La madre de las terroristas
(una de ellas reconvertida hoy en funcionaria del Estado argentino) está
llegando al final de su travesía, y la muerte puede presentársele en cualquier
momento –de hecho creo que si la idea es levantar cortinas de humo para tapar
alguna crisis nacional provocada por el incompetente gobierno kirchnerista, lo
mejor sería “pasar a retiro permanente” a doña Estela, a doña Hebe o a alguna
de esas señoras tan distinguidas, ya que eso si generaría un profundo impacto
en la opinión pública de nuestro país y se hablaría del tema por semanas.
Es cuestión de tiempo para que
las madres de los terroristas abatidos en las guerras contra la subversión
vayan a arreglar cuentas con el Creador. Seguramente habrá una cruenta y
obscena disputa por los cadáveres y los testamentos de estas mujeres, pues a
nadie le gusta perder a la gallina de los huevos de oro.
De cualquier manera hay que
considerar que por más que las perras mueran, la rabia seguirá existiendo.
Tanto Abuelas de Plaza de Mayo como Madres de Plaza de Mayo hicieron escuela:
demostraron que, en la
Argentina , jugar el rol de víctima eterna es un asunto
tremendamente lucrativo para alguien dispuesto a encarnar ese papel. Y aquí
entra Susana Trimarco.
En efecto, la madre de María de
los Ángeles Verón es no sólo la continuadora de Hebe P. de Bonafini y de Estela
B. de Carlotto, sino también su versión optimizada. Al reclamar por la
aparición de “Marita” puede bonafinear
sin encontrar obstáculos. Y si a eso se le agrega el milagro del nieto
restituido (pues ya circula la idea de que María de los Ángeles Verón habría tenido un hijo que vive en Córdoba), doña Trimarco puede absorber el puesto que
en algún momento dejará vacante la señora de Carlotto. El negocio no puede ser
más redondo. Hijas secuestradas por las sombras y nietos ignorados sorpresivos,
¿acaso puede haber alguien a quien no le guste ese tipo de melodrama?
FUENTE:



