San José, descendiente de reyes, entre los
que se cuenta David, el más famoso y popular de los héroes de Israel,
pertenece también a otra dinastía, que permaneciendo a través de los
siglos, se extiende por todo el mundo. Es la de aquellos hombres que con
su trabajo manual van haciendo realidad lo que antes era sólo pura
idea, y de los que el cuerpo social no puede prescindir en absoluto.
Pues si bien es cierto que a la sociedad le son necesarios los
intelectuales para idear, no lo es menos que, para realizar, le son del
todo imprescindibles los obreros. De lo contrario, ¿cómo podría
disfrutar la colectividad del bienestar, si le faltasen manos para
ejecutar lo que la cabeza ha pensado? Y los obreros son estas manos que,
aun a través de servicios humildes, influyen grandemente en el
desarrollo de la vida social. Indudablemente que José también dejaría
sentir, en la vida de su pequeña ciudad, la benéfica influencia social
de su trabajo.
Sólo Nazaret —la ciudad humilde y
desacreditada, hasta el punto que la gente se preguntaba: «¿De Nazaret
puede salir alguna cosa buena?»— es la que podría explicarnos toda la
trascendencia de la labor desarrollada por José en su pequeño taller de
carpintero, mientras Jesús, a su lado, «crecía en sabiduría, en estatura
y en gracia delante de Dios y de los hombres».
En efecto, allí, en aquel pequeño poblado
situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, residió
aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver
de su destierro en Egipto. Y allí es donde José, viviendo en parte en
un taller de carpintero y en parte en una casita semiexcavada en la
ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia. Como todo
obrero, debe mantener a los suyos con el trabajo de sus manos: toda su
fortuna está radicada en su brazo, y la reputación de que goza está
integrada por su probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el
ejercicio de su oficio.
Es este oficio el que le hace ocupar un
lugar imprescindible en el pueblo, y a través del mismo influye en la
vida de aquella pequeña comunidad. Todos le conocen y a él deben acudir
cuando necesitan que la madera sea transformada en objetos útiles para
sus necesidades. Seguramente que su vida no sería fácil; las
herramientas, con toda su tosquedad primitiva, exigirían de José una
destreza capaz de superar todas las deficiencias de medios técnicos; sus
manos encallecidas estarían acostumbradas al trabajo rudo y a los
golpes, imposibles de evitar a veces. Habiendo de alternar
constantemente con la gente por quien trabajaba, tendría un trato
sencillo, asequible para todos. Su taller se nos antoja que debía de ser
un punto de reunión para los hombres —al menos algunos— de Nazaret, que
al terminar la jornada se encontrarían allí para charlar de sus cosas.
José, el varón justo, está totalmente
compenetrado con sus conciudadanos. Éstos aprecian, en su justo valor, a
aquel carpintero sencillo y eficiente. Aun después de muerto, cuando
Jesús ya se ha lanzado a predicar la Buena Nueva, le recordarán con
afecto: «¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero?», se
preguntaban los que habían oído a Jesús, maravillados de su sabiduría.
Y, efectivamente, era el mismo Jesús; pero José ya no estaba allí. Él ya
había cumplido su misión, dando al mundo su testimonio de buen obrero.
Por eso la Iglesia ha querido ofrecer a todos los obreros este
espectáculo de santidad, proclamándole solemnemente Patrón de los
mismos, para que en adelante el casto esposo de María, el trabajador
humilde, silencioso y justo de Nazaret, sea para todos los obreros del
mundo, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en
las penalidades y en los riesgos del trabajo.