Los turbios millones
En los últimos días en Tucumán
asistimos a un intercambio de chicanas entre el Legislador Provincial Ricardo
Bussi y el abogado “trimarquista” Carlos Garmendia. Todo comenzó cuando se supo
que la ONG que regentea Susana Trimarco optó por no recurrir la sentencia que la Sala II de la Cámara Penal había emitido
sobre los hermanos María Jesús y Víctor Rivero en 2012. En efecto, en diciembre
del año pasado los trimarquistas consiguieron que diez de los trece absueltos en
2012 fuesen finalmente condenados por la Corte Suprema de Justicia de
Tucumán: entre los tres omitidos se encuentra una proxeneta ya fallecida, y los
dos personajes citados, que, según la propia Trimarco, resultan ser nada más y
nada menos que los autores materiales del secuestro de su hija.
Hubo mucha especulación en torno
a esta situación curiosa. Ricardo Bussi, sin proponer ninguna teoría,
simplemente señaló que resultaba llamativo que una mujer que despotricó
numerosas veces en contra de los Rivero decida, de repente, dejar de hacerlo
justo cuando podía conseguir la justicia (o la venganza) que tanto anhela.
Carlos Garmendia, el jefe del
equipo jurídico de la Fundación María
de los Ángeles, no tuvo mejor idea que responderle atacando al mensajero y no
al mensaje, así que tildó a Bussi de “injuriador” y sacó a relucir el
currículum vitae del padre del político, como si ello tuviera algo que ver con
todo este asunto.
Bussi, ante una contestación tan
torpe (producto de alguien que no tiene argumentos ni fundamentos), replicó: no
sólo recordó que los tucumanos votaron repetidamente a su padre, sino que
además volvió sobre su huella indicando que la ONG de Trimarco factura de modo poco transparente
grandes fortunas mensuales gracias a la “generosidad” de diversos gobiernos
como el Nacional, y los de Capital Federal, Buenos Aires, La Rioja , Catamarca, Córdoba,
y, por supuesto, Tucumán. No satisfecho con ese golpe tan certero, Bussi agregó
que el Caso Lebbos sigue aún impune y que la madre de Marita Verón bien podría
contribuir con su resolución si realmente le importase ayudar a alguien que no
sea ella misma.
Garmendia, otra vez haciendo gala
de su impericia para los intercambios dialécticos, contestó señalando que Bussi
lleva 20 años viviendo del Estado –olvidando, claro, que esa pervivencia es
producto del voto popular– y que sus chicanas eran producto de “la envidia”.
El ataque de Bussi a la banda de
Trimarco no es novedoso: ya en septiembre, por ejemplo, el Legislador aprovechó
la oportunidad para criticar a la Fundación
María de los Ángeles por no rendir cuentas sobre qué es lo
que exactamente hacen con los millonarios subsidios que reciben. En ese momento
el hijo del fallecido Gobernador comparó a Susana Trimarco con Hebe de Bonafini
y, con buen tino, sostuvo que el dinero que alimenta al engendro trimarquista
debería destinarse a las áreas de Seguridad, Salud y Educación.
La película de terror inconclusa
Las críticas de Bussi pegan en el
costado más visible de la ONG
de Trimarco. Todos en Tucumán han visto a la mentada señora paseándose en
costosos vehículos y comprando ropa y accesorios femeninos nada baratos. Por
ello la sospecha de que a la
Fundación María de los Ángeles le sobra el dinero es algo
generalizado en la provincia. Sin embargo poco se dice sobre el costado menos
visible: las funciones que cumple y las tareas que realiza. A mi me interesa
esto en particular, ya que es un tema escasamente abordado pero no por ello
menos irregular que las finanzas de la
ONG.
Para ilustrarlo me gustaría
hablar sobre el Caso Mariana Yapur. A mediados de enero, una joven de 21 años tomó
el colectivo de la línea 5 en la esquina de Don Bosco y Félix Olazábal y luego
no se supo de ella por cinco días. Los familiares de Mariana Yapur, la joven en
cuestión, recurrieron a la Fundación María
de los Ángeles, que rápidamente inició una campaña para difundir la fotografía
de la mujer extraviada en las redes sociales y en los medios masivos de
comunicación. La histeria creció velozmente y, con los días, hubo hasta un
piquete en la Avenida Mate
de Luna reclamando la aparición de la joven. Finalmente el 16 de enero Yapur regresó a su hogar, supuestamente tras haber sido arrojada desde una camioneta
en las cercanías del Parque Avellaneda.
Lo inquietante del Caso Yapur es
que la joven contó que fue secuestrada cuando ayudó a una mujer embarazada a
bajarse del colectivo en el que viajaba. Aparentemente esa mujer era cómplice
de unos secuestradores, que la introdujeron a un auto con vidrios polarizados y
la llevaron a un galpón en donde la tuvieron maniatada durante varios días
junto no a una, ni dos, ni tres compañeras de cautiverio, sino con ¡otras ocho
mujeres!
El relato de Yapur, sin dudas, es
espeluznante. Pero tiene un final feliz… o algo así. Sucede que, según su
narración, los secuestradores decidieron liberarla, reintegrándole sus dos
teléfonos celulares y todas las pertenencias que tenía al momento de salir de
su casa, incluyendo su ropa. Yapur llegó a su casa “confundida”, fue asistida
por miembros de la Fundación María
de los Ángeles, se resistió a realizarse un examen médico, asentó la denuncia en
una comisaría y luego, aunque le habían pedido que no lo hiciese, destruyó pruebas.
Con sólo poseer un mínimo de
sentido común cualquiera puede darse cuenta de que hay algo por demás extraño
en el Caso Yapur. Más allá de la actitud cuestionable de la joven (similar, en
cierto sentido, a la famosa jujeña Nuria Nieva Ocampo), su relato nos informa
de ocho mujeres –todo un harén– completamente cosificadas. ¿Acaso no es eso
terrible? ¿Cómo puede alguien dormir tranquilo sabiendo que ocho mujeres, ocho
personas provenientes de familias trabajadoras como los Yapur, están siendo
retenidas en contra de su voluntad quien sabe con qué fin? ¿Es posible tanto
machismo y maldad en pleno siglo XXI? ¿No sería conveniente allanar todos y cada uno de los galpones de San Miguel de Tucumán y sus alrededores para liberar a esas víctimas? ¿El vecino tucumano no tendría que entrar en pánico?
En Jujuy, cuando Nuria Nieva
Ocampo se fugó de su hogar, no sólo la Justicia sino también la prensa actuaron como se
esperaba que actúen: unos investigando y demoliendo las patrañas inventadas por
la aspirante a víctima, y los otros mostrándole a la gente que no existen los
secuestradores que salen a cazar jóvenes al azar para alimentar las redes de
trata de persona en el NOA. Tucumán, en cambio, cuando tuvo en el Caso Yapur a su
propio Caso Nieva Ocampo su Justicia y su prensa hicieron lo contrario: archivamiento
de la causa por un lado, y silencio total por el otro.
En Tucumán las cosas suceden y nadie
explica nada. Por ello la provincia parece ser escenario de una película de
terror, una película de terror de presupuesto multimillonario, dirigida por una
mujer a la que el oportunismo y la ambición, tristemente, la han tornado
siniestra.
Ángela Micaela Palomo