Deseos electrónicos
En el año 2006 Tucumán reformó
su Constitución Provincial. La Convención
Constituyente que llevó a cabo esa tarea estuvo constituida
casi en su totalidad por políticos leales a José Alperovich. La orden que
tenían esos personajes era manipular la letra del texto constitucional para
permitirle al hebreo gobernador no una sino dos reelecciones; después el resto
de la Constitución
Provincial casi no importaba: había que rellenar los artículos
con conceptos que parecieran novedosos y futuristas, para justificar de ese
modo el exabrupto de una reforma innecesaria. Gracias a ese enanismo mental tan
típico de los políticos argentinos, la provincia introdujo así el voto
electrónico, pues los cerebros luminosos que rehicieron la Carta Magna tucumana supusieron
que el concepto sonaba vanguardista.
Pues bien, pasaron ocho años
desde que la Constitución
Provincial entrara en vigencia y, sin embargo, el voto
electrónico aún no se ha materializado en Tucumán. A raíz de ello este mes se
insertó al tema en el debate público. Fue Domingo Amaya, el Intendente de San
Miguel de Tucumán, el que sugirió que en el 2015 los tucumanos deberían emitir
sus votos de manera electrónica, pues ello fortalecerá “la democracia y la
transparencia”.
Lo cierto es que Amaya quiere
ser candidato a gobernador el año próximo, por lo que entiende que el aparato
pejotista fraguará sencillamente las elecciones si no cambian cuanto antes al
sistema de votación. No nos olvidemos de que él es un miembro de la pandilla gobernante,
y por tanto habla con conocimiento de causa. José Cano de la UCR , Ricardo Bussi de Fuerza Republicana y Roberto Ávila del PRO le reprocharon ello al Intendente: tras haberse
beneficiado de los trucos electorales actuales, recién ahora pretende Amaya más
transparencia.
La negativa
Para contestarle a Amaya, el
Gobernador Alperovich señaló que él está de acuerdo en implementar el voto electrónico, pero agregó también que la Junta Electoral Provincial deberá
analizar el tema, ya que entiende que el sistema no es barato. En 2010
Alperovich había dicho algo parecido al manifestar que, por el elevado costo,
en 2011 no se aplicaría el voto electrónico. Ante esa excusa, los amayistas le
respondieron al mandatario que “la transparencia no tiene valor”. De todos
modos se entiende cuál es la lógica detrás de lo que dice el padre de Sara y
Gabriel: montar las urnas electrónicas en toda la provincia equivaldría a
invertir una suma similar a la que el PJ gasta en materia de dádivas
clientelares en cada elección, por lo que o es lo uno o es lo otro.
Siguiendo ese razonamiento,
algunos alfiles alperovichistas salieron a rechazar la idea del voto
electrónico: Jorge Gassenbauer, Ministro de Gobierno, Justicia y Seguridad, dijo
que desconfía del poder revolucionario del nuevo sistema, y hasta se mostró
partidario de las papeletas por amor a lo folklórico; el Diputado Nacional
Alfredo Dato, menos energúmeno para argumentar, indicó que el voto electrónico
no es confiable por su facilidad para ser adulterado, y sugirió que en lugar de
debatir sobre su implementación se debata sobre la utilización de boletas
únicas.
José Páez, Legislador
Provincial por la Democracia Cristiana ,
intentó polemizar contra Dato, pero perdió el hilo de la discusión: si bien
acertó al recordar que Dato –cuando fue presidente de la Corte Suprema de Justicia de
Tucumán– validó el clientelismo que naturalizó la vigencia del penoso “voto
cadena” en la provincia, terminó desbarrancando al asociar al reclamo popular
de transparencia, eficiencia y precisión para contar los votos a la
implementación del voto electrónico.
Mentiras salteñas
En medio del debate, la gente
de La Gaceta hizo algo que de tan insólito suena a malintencionado:
buscó la opinión de un experto, pero en lugar de contactarse con, por ejemplo,
Beatriz Busaniche, publicaron una apología del voto electrónico escrita por
Samira Saba, una mujer que brinda servicios informáticos electorales en la
“hipertransparente” República Bolivariana de Venezuela.
Y, para agregar mayor leña al
fuego, los del diario entrevistaron a Miguel Isa, el Intendente de Salta. Isa
sostuvo con un total convencimiento que, junto a la celeridad para divulgar los
resultados de las elecciones (celeridad que es más un reclamo de los políticos
ansiosos por apropiarse del Estado que de la ciudadanía resignada que los elije),
el voto electrónico anula toda posibilidad de fraude. Y esa afirmación
temeraria fue acompañada de una prueba: la victoria electoral del Partido Obrero
en la capital salteña en las últimas elecciones de 2013.
Empero esto es una clara
afrenta a la inteligencia. Los resultados de las elecciones de 2013 no son
testimonio de que el fraude (que es el mayor peligro del voto electrónico) no
se haya impuesto. De hecho la evidencia hace pensar que es todo lo contrario.
Es sólo cuestión de analizar
los datos. En 2013 en Salta hubo dos elecciones: una nacional y otra provincial.
En las primeras, Evita Isa –la candidata oficialista e hija de Miguel Isa–
terminó detrás de los candidatos del romerismo y del altamirismo, y apenas
arriba de la candidata del olmedismo. Allí el sufragio fue con las papeletas
tradicionales. Sin embargo en las elecciones provinciales desarrolladas al mes
siguiente, el voto electrónico apareció en escena. ¿Resultado? Sorpresivo triunfo del PO, pero cómodo segundo lugar para la lista del PJ, que superó con
un amplio margen al romerismo y al olmedismo. ¿En menos de 30 días el votante
salteño pasó de desaprobar a Isa a validarlo? ¿El romerismo sumó lo suficiente
en la ciudad como para hacer triunfar a sus candidatos a Diputado Nacional y a
Senador Nacional pero ni los Diputados Provinciales, ni los Concejales, ni el
Senador Provincial sedujeron lo suficiente como para retener esos votos? ¿El
PO, una fuerza política violenta y contestataria pero en el fondo inofensiva a
causa de su imposibilidad para conquistar el poder por falta de apoyo popular,
creció en pocos días porque la gente se radicalizó con ellos o porque al
oficialismo que se sabía derrotado antes de comenzar le convenía tener de
opositor a unos cabezas huecas incendiarios que jaqueasen menos su hegemonía
que el romerismo o el olmedismo? Las preguntas parecen contestarse solas.
Los ilusos y las ilusiones
Osvaldo Jaldo, Regino Amado, Sergio Mansilla y muchos otros alperovichistas leales repitieron la misma
cantinela: ninguno está en contra del voto electrónico (pues ello los haría ver
como retrógrados) pero tampoco están a favor de apurar su implementación (ya
que son expertos para manipular papeletas y todavía no recibieron la
correspondiente capacitación para hacer lo mismo con las computadoras). Estos
abridores de Sésamo no tienen la capacidad intelectual ni la preparación
académica para dar razones que justifiquen su negativa a la adopción del voto
electrónico, por lo que sólo se limitan a manejar excusas simplistas como la
falta de presupuesto o el deseo de evitar el impacto tecnológico negativo en
una población que no sabe ni usar un cajero automático y que ahora se la obligaría
a elegir autoridades con una máquina. Es por eso que sus opositores le ganan
tan sencillamente el debate: ellos hasta se dan el lujo de asegurar que el reclamo
por el voto electrónico no es una treta política para cortarle las garras al
clientelismo de Alperovich, sino que es la mera solicitación de que se cumpla
con lo que está escrito.
Al escepticismo de Dato, Julio Saguir –actual Secretario de Gestión Pública y Planeamiento– le agregó una
observación más que pertinente: en la democracia lo que importa es el derecho a
voto, no el modo en qué este se hace. El voto electrónico es sólo un
instrumento que satisface un derecho, y no hay evidencia de que éste sea mejor
que otros instrumentos similares.
Evidentemente desde unas pocas
mentes oficialistas surgen las mejores argumentaciones en el debate sobre la
adopción o el rechazo del voto electrónico. De todos modos la voz de esos
sujetos es casi inaudible, pues los demagogos de todos los ámbitos de la
partidocracia (especialmente los de la oposición) quieren que la magia
“tecnológica” penetre en los cuartos obscuros. Su escaso conocimiento de la
democracia o de la tecnología y su enorme ambición de poder los hace equivocarse
con tanta certeza.
El tema de fondo es aquí la
tecnología. La palabra “tecnología” está vinculada en el habla cotidiana a los
procesos de investigación y desarrollo, vale decir a la cultura científica. Una
cuchara o una escalera son objetos tecnológicos, pero en nuestros días esa
palabra se aplica fundamentalmente para referirse a todo aquello que emana
desde algún laboratorio –público o privado– y llega a la vida cotidiana para
modificarla –ya sea de modo profundo o superficial.
Esa unión entre la ciencia y
la técnica que trastoca los modos en los que habitualmente se desenvuelve la
vida es percibida, desde la perspectiva cotidiana, como un signo de
modernización. Y lo “moderno” se interpreta aquí como un sinónimo de lo
“novedoso”, lo que muchas veces es juzgado como lo mejor, alentándose con ello
la idea (a nivel del discurso popular) que lo que el presente oferta como lo nuevo es el fruto de un progreso triunfante que nace de la optimización
de la vida social.
La crítica a la idea de
Progreso no es algo que el imaginario popular tenga demasiado interiorizado;
por el contrario, la relación entre tecnología moderna y progreso social parece
ser inquebrantable en la mirada popular, y más en un país como el nuestro que
vive de crisis en crisis, o sea entre el más brutal de los estancamientos (que
da la impresión de ser un “atraso”) y el más tenue de los desarrollos (que es
percibido como un “salto adelante”). Las innovaciones tecnológicas tienden a
introducir mayor orden, mayor regularidad, mayor sistematización y mayor
control sobre algo (por ejemplo un walkman daba un acceso mucho menos
controlable y ordenado a la música del que puede dar un reproductor de MP3),
por ende, desde la perspectiva que vengo señalando, quien posee la novedad ha hecho más confortable su discurrir cotidiano, lo
que implica una mejora sustancial en
su calidad de vida. De allí que todo lo que incluya electricidad,
automatización y materiales sintéticos (desde juguetes para niños hasta
edificios o urnas) sea comprendido como un agente del cambio social.
Ese optimismo ante la novedad
tecnológica –sumado al hecho ya apuntado de que lo tecnológico es percibido
como algo que proviene del trabajo de unos expertos desde laboratorios o
espacios similares– termina por dibujarnos a las tecnologías como cajas negras
(o sea objetos cuyo origen se conoce vagamente y cuyo funcionamiento se ignora
casi completamente) que tienen el poder irresistible de transformar a la
sociedad.
La verdadera caja negra
Lo que en la actualidad es una
caja negra es el Estado argentino. El voto electrónico vendría a representar
simbólicamente la introducción de la tecnología optimizadora en el mundo
corrupto de la política: si la voluntad popular se cumple desde el momento
mismo de la elección, ¿cómo podría el gobierno de los electos defraudar a
quienes lo votaron? El voto electrónico parece ser la llave de un futuro
promisorio, pero lejos está de serlo.
Más allá del fraude
electrónico, el problema aquí es que se sigue viendo a la democracia como la
capacidad de elegir cada cierta cantidad de años a aquellos que van a
esclavizar a la ciudadanía. En la población de Argentina no existe la idea de que
el Estado (y por tanto todo aquel que trabaja allí) está al servicio del
ciudadano. Aquí se piensa lo contrario, por ello los drones, el DNI con chip
inteligente o el escáner de huellas digitales para hacer las compras en el
supermercado encuentran tan poca resistencia, pese a ser terribles atropellos en
contra de los derechos individuales.
El voto electrónico no es más
que un paso hacia el “gobierno electrónico”, lo que no equivale a aproximarse
al “gobierno abierto” en el que el ciudadano utiliza las nuevas tecnologías de
la comunicación y de la información para cogobernar, sino que más bien
significa que el Estado penetra con mayor fuerza en la vida privada y nos
manipula a su gusto, mientras nosotros observamos todo desde afuera sin
comprender demasiado qué es lo que realmente sucede.
Francisco Vergalito