La sorpresa que es
El triunfo del Partido Obrero en el
departamento Capital en las últimas elecciones provinciales salteñas es tan
significativo como el triunfo de Juan Carlos Romero en el mismo lugar sólo que
dos semanas antes. En principio ambos fenómenos se explican como un voto de
concentración ideológica, es decir el PO ganó porque hubo muchos votantes de
izquierda (desde los de ultraizquierda hasta los de centroizquierda) que no
tuvieron una opción más potable y útil que esa, de la misma manera que los votantes de
derecha (especialmente los liberales) apoyaron a Romero para avalar a alguien
que los represente.
Mucho se ha dicho para intentar
explicar el sorpresivo avance de la extrema izquierda en Salta. De más está
decir que no deben tomarse en cuenta las palabras de los propios protagonistas,
pues a ellos no les interesa conocer la razón real de lo acontecido, sino sólo
aprovechar el episodio para seguir creciendo –de allí es que anden diciendo que
son los únicos representantes legítimos de las causas populares y falsedades
por el estilo–; por tanto es preciso buscar otras voces.
A nivel provincial Lucio Yazlle
sostuvo que el triunfo del PO es una consecuencia natural producida por un
sistema económico neoliberal cuyo defensor político, vale decir el PJ, se
fragmentó sin más motivo que la ambición desmedida de su dirigencia, algo que
terminó pagando muy caro. Armando Caro Figueroa, desde la vereda ideológica opuesta
a la de Yazlle, señaló que en este caso nada tienen que ver las teorías de León
Trotsky con el triunfo del PO y que no es verdad que los trabajadores
asalariados estén reaccionando ante la explotación laboral con un plan
revolucionario, sino que, por el contrario, el PO se impuso porque representa
un convincente vehículo para canalizar el voto de aquellos que están hastiados
de una clase política que se ha ido castificando y corporizando. El contraste
del análisis es claro entre los izquierdistas y los derechistas salteños: para
Yazlle finalmente ha llegado el momento en que los trabajadores se levantarán
en contra de la milenaria opresión que los doblega, mientras que para Caro
Figueroa un grupo de ciudadanos que ha alcanzado su techo de crecimiento
personal y que quiere hacerse cargo del manejo de los asuntos públicos (quizás
para mejorar la calidad institucional republicana) ha optado por apoyar
masivamente a una fuerza extremista como el PO sólo para castigar y amedrentar
a los que ya están en el gobierno.
Ahora bien, a nivel nacional el
análisis es prácticamente el mismo, sólo que un tanto más sofisticado o
pintoresco (sofisterías y pintoresquismos que aparecen para tapar los huecos
que surgen allí en donde alguien habla sobre Salta sin conocer Salta con la
profundidad de un salteño). La blogósfera kirchnerista, por su parte, ha
manifestado su asombro ante el crecimiento de una fuerza que los supera en
izquierdismo, pero no han tardado en culpabilizar de ello al “viejo PJ” que aún
subsiste en el interior del oficialismo salteño o incluso al pase de factura de
la sociedad a Urtubey por una muy débil adhesión a la Vulgata progresista con la
que ellos se manejan.
La revolución cultural que no fue
Más allá del aspecto político,
hubo quienes quisieron ver en el triunfo del PO una cuestión cultural. Un caso
ejemplar en este sentido fue el de Daniel Ávalos, escriba de la siempre imberbe
revista Cuarto Poder. Con un
optimismo casi juvenil, Ávalos identifica al PO como el partido de los
travestidos, de las hembristas lesbianas, de las hembristas prostitutas, de los
malos católicos y de toda la demás escoria social (a la que él denomina
“rebeldes culturales”). Ello es difícil de comprobar, pero no es descabellado
pensar que muchos de esos desviados apoyaron a un partido que habitualmente los
apoya. Sea como sea, Ávalos trata de interpretar el triunfo del trotskismo como
un golpe directo en el corazón de la identidad salteña. Los votos cosechados
por el PO serían la prueba de que el pueblo de Salta ha dejado de ser
conservador, penitente, abnegado y obediente, o sea católico.
Ávalos, a diferencia de Yazlle o
Caro Figueroa, desestima la cuestión socioeconómica para centrar su atención en
el tema cultural, pues lo que hace este autor no es tratar de explicar las
causas del voto al PO sino imaginar sus consecuencias. El trotskismo en el
poder equivaldría, aparentemente, a menos virtuosismo y más vicio entre los
individuos que constituyen la sociedad. Sin embargo en el último lustro los
desviados han conseguido casi todo lo que solicitaron por años, y ello no fue
gracias al trotskismo. Quizás Ávalos esté diciendo que ahora todos los antaño
marginales (devenidos hoy en los mimados del sistema) estén mordiendo la mano
que les dio de comer, pero ello sería como equiparar homosexualidad, hembrismo
o lo que fuese con la izquierda política, cuando es bien sabido que hay muchos
homosexuales, hembristas y demás personajes de esa calaña que aún siendo lo que
son (y aún admitiéndolo públicamente) no adhieren ni aprecian políticamente a
la izquierda.
Lo que si sucedió en relación a
lo cultural fue el ataque gratuito de la dirigencia del PO a la Iglesia Católica.
Embriagados por su triunfo ante la corporación partidocrática, estos
perroflautas de camiseta roja se animaron a criticar a los representantes de
Dios en la Tierra. A
su supuesta lucha cotidiana por el trabajo digno, el acceso a la vivienda, la
defensa del medio ambiente y el fin de la impunidad, los del PO no tardaron en
agregarle el pedido de la legalización del asesinato en masa de niños mientras
estén aún en el vientre materno (recordemos que el punto más alto de la campaña
de la energúmena Cristina Foffani para el Senado de la Nación fue cuando sostuvo que el feto humano es una mera deformación).
Algo curioso de todo esto es que,
pese a lo radicalizado que es el discurso del PO, nadie se escandaliza
verdaderamente. Ello se debe al simple hecho de que el aborto, la
aberrosexualidad, el ateísmo y los demás errores fatales vienen siendo
promovidos por el oficialismo kirchnerista. Trotskistas y kirchneristas
coinciden en lo esencial de su proyecto promotor de antivalores, pero difieren
en algunos asuntos relacionados a lo económico. Por eso a mi me llama la
atención la disputa que se ha generado en el Concejo Deliberante capitalino: en
principio bien podría acusarse al PO de ser extremista y constituirse algo así
como un “frente democrático” que aísle a la mayoría trotskista para dejar todo en
manos del Partido Justicialista, el Partido de la Victoria , Salta Somos
Todos y el Frente Salteño; empero llegado el momento de evitar que Salta se convierta en una ciudad Pro Vida, o ante la propuesta de eliminar el monumento dedicado a los héroes de las guerras contra la subversión o de cambiarle el nombre a las calles para vituperar el pasado hispánico, al menos la mitad de los concejales
del PJ se unirían a los del PO en el momento de la votación, produciéndose así
la muestra más cabal de la política de decadencia que padece nuestro país.
El soviet que no será
Creo que lo más interesante que
puede llegar a pasar con el PO en Salta es su fragmentación. Fueron las
reformas al sistema de representación política introducidas por la Constitución
Provincial de 1998 lo que le permitió al PO empezar a ganar
pequeños espacios en los poderes gubernamentales a partir de 2001. En 2005
llegaron a tener tres diputados provinciales (uno menos que en la actualidad) y
al menos cinco concejales en Salta (cuatro menos que ahora), pero el PO no
generó absolutamente nada novedoso ni disruptivo en aquella oportunidad. Hoy en
día amenazan con movilizar a las masas para acompañar su acción parlamentaria,
pero todos en Salta saben que ello no es de temer, puesto que el PO no tiene el
poder de convocatoria ni de movilización que si tiene, por ejemplo, la Tupac Amaru en Jujuy (el PO
salteño, en este momento, carece de la fuerza suficiente para sitiar la capital
provincial y ocupar edificios públicos, algo que el grupo que capitanea Milagro
Sala puede hacer cada vez que se le antoje en la vecina Jujuy).
Roque Rueda, un afiliado al
conservador Partido Propuesta Salteña, publicó en El Intransigente un largo artículo en el que revisa documentos del PO
para demostrar que dicho partido no es más que un grupo de extremistas que
buscan la confiscación de la propiedad privada y el ejercicio de la violencia
en contra de los contrarrevolucionarios. Pretendía con ello generar rechazo
entre los moderados que le iban a dar su voto al PO para manifestar su bronca
en contra de un sistema que no funciona como le corresponde hacerlo.
En lo personal no creo que el
texto de Rueda haya tenido algún tipo de influencia sobre los votantes, pues la
teoría marxista es hoy en día algo que sólo les preocupa a los marxistas, dado
que solamente ellos parecen tomársela en serio y el resto de la gente ni la
entiende, ni la sigue, ni le teme. El economista Rolando Astarita es,
justamente, uno de esos marxistas dispuestos a juzgar la experiencia del PO salteño en su relación con el marxismo. Una cosa que Astarita señala es que si
el PO desea influir sobre la gente debe esforzarse en conseguir el beneficio de
las masas trabajadoras y no sólo en denunciar a las corrupciones del sistema o
en promover cambios culturales (que es lo que ha venido haciendo hasta ahora).
No obstante este autor señala también que lo normal es que el PO se enfrente al
desgaste progresivo, ya que, al estar el sistema capitalista funcionando en
condiciones normales, es sólo cuestión de tiempo para que el utopismo
trotskista se vuelva realismo y su militancia se desmoralice, haciendo que los
cuadros menos formados y con acceso a los puestos parlamentarios se sientan
tentados a transfugarse en beneficio propio. Es que, en el fondo, el comunismo
no puede elegir la vía electoralista para lograr sus fines, debido a que el
sistema electoral está diseñado para administrar un Estado que difiere
económica y políticamente de su idea de Estado.
En octubre, el propio Jorge
Altamira retuiteó un mensaje de un militante del PO de Colonia Santa Rosa que
decía que el partido sería mayoría en el Concejo Deliberante local “si Dios y la Virgen acompañan”. Que el
movimiento de izquierda que se jacta de ser el más ortodoxo del país tenga
miembros que invocan fuerzas divinas cuando, filosóficamente, se supone que son
materialistas y ateos, deja entrever cuan frágil es realmente el PO salteño y cuan
casual es su ascenso al poder. Ello, sin embargo, le augura una prolongada
estadía en el mundo partidocrático argentino.
Hernán Solifrano (h)