Nadie puede negar que la mayor sorpresa
de las últimas PASO fue el exitoso desempeño electoral de la ultraizquierda.
Con votos propios y prestados, los resultados obtenidos fueron extraordinarios
para esas fuerzas deliberadamente antipopulares. Es que en nuestro país ha
habido tanto descalabro cultural desde que gobierna Cristina Kirchner, que
hasta estos impresentables de los grupúsculos ultraizquierdistas parecen gente digna
de apoyo. Personalmente me interesa analizar lo que este sector hizo en el área
del NOA (Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero).
Troskos con navajas
La actuación del Frente de
Izquierda y de los Trabajadores (FIT) fue tan descollante como inesperada. A la
alianza la constituyen el Partido Obrero (PO), el Partido de los Trabajadores
Socialistas (PTS) y la Izquierda Socialista
(IS), tres sectas trotskistas que operan como pymes apuntando a conseguir la
adhesión de estudiantes a los que les repugna estudiar y trabajadores que
aborrecen trabajar. Es por ello que estos grupúsculos son particularmente
populares en las universidades que ofrecen carreras con limitada salida laboral
y poco incentivo para graduarse (artes, humanidades, etc), y en las empresas en
las que se les exige a sus empleados que suden al calor de las máquinas.
El mejor resultado del FIT fue el
11,19% que consiguió en Salta –en donde se presentó como PO– en la categoría de
Diputados Nacionales. Desde hace un tiempo ya que el PO obtiene pequeños
triunfos en Salta, especialmente en la zona norte de la provincia (en donde
canaliza parte del voto bronca de los petroleros que sufren la desocupación
desde que YPF fuese privatizada) y en la capital (en donde suma el voto de
muchos jóvenes que, dadas las particularidades de la sociedad salteña, cultivan
el resentimiento social). En el balance hecho por el propio partido, se
atribuyen su éxito electoral en las PASO a su participación protagónica en las protestas en contra de la instalación de una fábrica de explosivos en El Galpón, en el repudio al impuestazo promovido por la Municipalidad capitalina, en la obtención del pase a planta permanente de miles de ordenanzas escolares, y en la denuncia contra Urtubey por el desmonte descontrolado. Ciertamente
no se puede negar que en estos eventos la gente del PO estuvo presente con una
bandera, pero es un desatino tremendo creer que ellos los iniciaron, los
condujeron, los motorizaron o si quiera los agrandaron como dicen que hicieron.
El voto a Pablo López (candidato
a Diputado Nacional) y a Cristina Foffani (candidata a Senadora Nacional)
provino en buena medida de “progresistas” o “centroizquierdistas” que no
contaron con una opción potable para sus gustos, puesto que el FAP se alió a
dos fuerzas centristas y conservadoras como la UCR y el PPS –y posicionó todo el peso de su
campaña sobre la figura de Bernardo Biella, el otrora socio de Alfredo Olmedo–,
y los demás partidos de su calaña (el Frente Plural o Memoria y Movilización
Social) concurrieron a las urnas como representantes del oficialismo
urtubeycista-kirchnerista.
En Catamarca el FIT –usando como
en Salta el sello del PO– obtuvo el 2,79% de los votos válidos, una cifra que
apenas les da la posibilidad de presentarse en las generales sin ambicionar con bancas municipales, provinciales o nacionales que equivalgan a un flujo
importante de dinero público y vida más que cómoda para quienes las ocupen. Fue
en Andalgalá, una comarca castigada por la megaminería rapaz, donde al
trotskismo catamarqueño mejor le fue.
En Tucumán y Jujuy, el FIT fue
completo, es decir se presentó como una alianza entre el PO y el PTS. Aquí
resulta interesante observar la opinión que cada fuerza vertió sobre el asunto
en sus órganos de difusión Prensa Obrera
y La
Verdad Obrera.
Con respecto a lo acontecido en el Jardín de la República , los del PO y
los del PTS coinciden en que el grueso de sus votos se concentró en San Miguel
de Tucumán y su cinturón suburbano, hogar de innumerables jóvenes desesperanzados.
Sin embargo mientras que los del PTS celebran el crecimiento del voto
ultraizquierdista en Tucumán (encarnado tanto en el FIT como en su competidor
Alternativa Popular), los del PO descalifican altaneramente a todas aquellas
fuerzas que no integran el FIT, en una actitud típica de revolucionarios de
café que creen ser los únicos elegidos para combatir al capitalismo. Desde el
PO destacan que su éxito estuvo ligado a la visibilidad que ganaron gracias al
acompañamiento que hicieron de la lucha de Alberto Lebbos (o lo que otros
llaman “el colgarse de su fama”), mientras que desde el PTS señalan que el
3,93% obtenido se debió más a la bronca de la población contra Alperovich que a
sus acciones de campaña. Y los del PO cierran diciendo que están listos para
comandar a sus huestes para un triunfo mayor en octubre, mientras que los del
PTS, concientes de la derrota que sufrirán en las urnas, hablan más bien de organizarse
en las calles. Esa es la principal diferencia entre una y otra fuerza: el PO sostiene
que la revolución socialista es posible de hacer cada dos años desde las urnas,
mientras que el PTS intenta sumar otros instrumentos sociales y culturales.
El caso de Jujuy merece un
párrafo aparte. En esta provincia la lista del FIT recibió el 8,97% de los
votos. Desde el PO y el PTS apuntan lo mismo que apuntaron sus correligionarios
en Tucumán: el éxito se debió al desencanto de la gente con los políticos profesionales
(lo que se denomina “voto castigo”) y a la acción de acompañamiento en las
luchas sindicales (lo que se denomina “figuretismo”). De todos modos lo más
interesante en este caso es la acusación que el periodista Alberto Siufi hizo
de que las casi treinta mil adhesiones que lograron fueron gracias a la mano
invisible de Milagro Sala, quien, peleada con el Gobernador Fellner, habría
ordenado que el voto de su tropa no llegue al Frente para la Victoria. El FIT desmintió esa versión, despachándose con una violenta soberbia en contra de la Tupac Amaru.
En Santiago del Estero el FIT,
con el nombre de IS, obtuvo el 3,99% de los votos, suficiente para llegar a las
generales, insuficiente para lograr un puesto electivo.
Síndrome de Hubris
Los resultados del FIT en las
PASO motivaron la realización de una conferencia de prensa de sus líderes esa misma noche en que se cerró la votación. Es que la gente de esa fuerza política
estaba exultante, ya que antes del acto eleccionario preveían obtener como
máximo sólo la mitad de las adhesiones que al final obtuvieron (en lo que es el
NOA, únicamente en Salta especulaban con lograr números similares a los que
lograron, mientras que en Catamarca, Tucumán y Santiago del Estero se
conformaban con la mitad de lo que sacaron, y en Jujuy tan sólo aspiraban a un
tercio de su 8,97%).
El orador del FIT resultó ser
José Saúl Wermus, más conocido por la gente por el nombre de “Jorge Altamira”. Su
discurso fue un tanto extraño, pues sostuvo algo así como que a sus votos, por
ser “de los trabajadores”, hay que evaluarlos cualitativa y no
cuantitativamente, lo que supongo que quiere decir que para él los votos del
FIT deberían computarse como dobles o triples. También habló de lo cosechado en
todo el país (NOA, NEA, Cuyo, Centro y Patagonia) y señaló, insólitamente, que
el FIT es “local” en Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. ¿Acaso el
PO en Salta o la IS
en Santiago del Estero son infiltrados foráneos? Sin embargo lo más llamativo
de lo de Altamira fue cuando aseguró que la izquierda argentina es el FIT y nadie
más: “le gauche c’est moi”.
Básicamente, Altamira se apropió de la ultraizquierda para ser ya no el nuevo
Nahuel Moreno (un viejo referente indiscutido del trotskismo argentino cuyo
nombre verdadero era Hugo Bressano), sino su superación. Es decir, el jefe del
PO confesó que su ambición más grande es la de convertirse en el Gran Patriarca
o Rey de las Ratas que establezca las leyes con las que deberá regirse su
comunidad de marginales.
Las palabras de Altamira
desataron una gran cantidad de críticas de otros ultraizquierdistas como él.
Ese debate, para ser sincero, me importa un bledo. Lo que sucede en el interior
de esa piara de zaparrastrosos me tiene sin cuidado. Empero lo que si me
interesa es el modo en que el FIT embauca a la gente tanto a la que pertenece
como a la que no pertenece a la secta.
Escribir acerca de cómo el FIT utiliza
a los que se acercan a militar en sus filas requeriría de un extenso texto.
Para abreviar señalaré lo obvio: el PO, el PTS e IS no son más que nombres de
empresas familiares que venden ilusiones, del mismo modo en que otras venden
alimentos o transporte. Los partidos están controlados por una oligarquía que,
irónicamente, se autodenomina “de trabajadores”, cuando en realidad se trata de
un grupo de profesionales mediocres que son o aspiran a convertirse en
rentistas. Esa oligarquía arregló en mutuo acuerdo quienes integrarían las
listas del FIT, ubicando a sus miembros en los lugares preponderantes y
cediéndoles el resto de los espacios secundarios a los ilusos que ponen la
sangre para que su maquinaria funcione.
Lo curioso es que entre los
trotskistas hay una entidad mitológica llamada por ellos “la Asamblea ”, que según sus
puntos de vista tiene la virtud de resolver todos los problemas aportando siempre
la solución verdadera. Si para un trotskista hay que definir si es conveniente o
no ocupar un edificio público, cómo determinar cual es la mejor traducción de
un pasaje de un libro Hegel, o comprar chupetines en lugar de alfajores,
invocan de inmediato a la todopoderosa Asamblea para que la cuestión se someta
a votación y se opte así por cual es el mejor camino a seguir. Claro que si la
votación no arroja el resultado que los trotskistas pretenden, entonces
sabotearán a la Asamblea ,
montando una nueva en paralelo para hacer valer su voluntad, no sin antes
acusar a la antigua Asamblea de ser “entreguista” y/o “burocrática”. De allí es
que a más de uno le pareció inesperado que el FIT no haya planteado un debate
para elegir su plataforma política y los candidatos que la llevarán a cabo
desde los parlamentos. Al ser “FIT” sigla para “Frente de Izquierda y de los
Trabajadores” uno podría pensar que la alianza –que nació gracias a que la
reforma kirchnerista a la Ley Electoral
los obligó a coaligarse para no extinguirse– estaba abierta a la gente que se
autopercibe como de Izquierda y a todos los que son trabajadores (obreros,
empleados y campesinos) que reclaman por su bienestar sin necesariamente considerarse
izquierdistas. Sin embargo nada más alejado de la realidad. El PO en Salta, por
ejemplo, fijó a Pablo López como candidato a Diputado Nacional, arguyendo que
el “camarada” lleva más de diez años presentándose a elecciones y ocupando
cargos legislativos, por lo que representa mejor que nadie a los trabajadores y
a los izquierdistas; el PO agrega, por supuesto, que quien ose decir lo
contrario es un traidor de la causa revolucionaria. No importa que se les
señale que sujeto nulos de carisma como López son pésimos oradores, ineptos
ideologistas e ignorantes de los debates políticos, si alguien intenta
disputarle el lugar al jefe de la secta pidiendo democracia interna es un agente
infiltrado que quiere la destrucción del FIT.
Desde el FIT sostienen que armar
revuelo por la repartija de candidaturas es sobrevalorar al régimen burgués y
desviarse de los objetivos revolucionarios que en realidad persiguen,
intentando con ello acallar a los ultraizquierdistas que les critican su
egoísmo. El “Manual del Buen Trotskista” les subraya que a su utopía socialista
no la pondrán en marcha desde una banca parlamentaria, sino que ella es, a lo
sumo, un mero instrumento más para agitar a las masas. Sin embargo a esa
discusión la mantienen puertas adentro y en voz baja. Ante la gente que no
pertenece ni husmea en lo que sucede en el interior de sus sectas, el discurso
que transmiten es diferente.
Lo notorio de los trotskistas del
FIT es que las consignas que articularon como base de su plataforma electoral son
de tinte laborista y populista, muy similares a las que podrían proponer los
partidos de Hugo Moyano o Víctor De Gennaro. Nada dijeron sobre el programa que
defienden, pues ni siquiera lo tienen. Un programa de Izquierda,
necesariamente, debería determinar claramente qué hacer frente a la creciente
dependencia nacional del imperialismo estadounidense, chino y brasileño, cómo resolver
la cuestión indígena y cual es el camino más seguro para acabar con el
capitalismo e instaurar una sociedad sin clases autogestionada. Empero
anunciarlo equivaldría a alejar a los posibles votantes más preocupados en
sobrevivir día a día que en demostrar que Marx tenía razón, por lo que el FIT
guarda silencio ante ello y se limitan a proponerse como la única fuerza
política que luchará por mejorar los salarios de todos (menos de los de los
congresistas). Si el FIT decide ir hacia delante ello implicaría acabar con las
diferencias que separaron al PO, al PTS y a la IS , dejando de lado todas las cuestiones en las
que no coinciden y fijando un fundamento común que no pasaría más allá de
defender salarios (una manera muy dificultosa de lograr la toma de los Palacios
de Invierno), pero si deciden ir hacia atrás, su cooperativa electoral entraría
en bancarrota dejándolos afuera del negocio del voto y restituyéndoles la
obligación a sus dirigentes de dedicarse a trabajar para sobrevivir. Todo un dilema.
La Izquierda multicolor
El FIT no fue la única fuerza
ultraizquierdista en las PASO del NOA: el Movimiento Socialista de los
Trabajadores (MST) también estuvo presente en la región, excepto en Santiago
del Estero. En Catamarca, la lista encabezada por Lilén Malugani sumó sólo el
1,36% de los votos y se quedó sin la posibilidad de presentarse en octubre. La
plataforma de Malugani se apoyó en dos ejes: la defensa del medio ambiente y la
promoción de la diversidad sexual y de la igualdad femenina. Esa fue, quizás,
la mayor diferencia con el FIT, pues mientras unos trotskistas se dedicaron a
copiar a la izquierda europea en su enfrentamiento contra la crisis económica
que sacude al Viejo Continente, los otros apostaron a constituirse en el
Partido Verde nacional que siempre se intenta conformar y, por uno u otro
motivo, a la larga termina fracasando (el avatar de Los Verdes anterior al MST
fue Proyecto Sur, espacio político hoy casi disuelto en el NOA y desperdigado
en otros partidos y movimientos a nivel nacional).
En Salta el MST fracasó en su
intento por superar las PASO en la categoría de Senador Nacional (1,47%), pero
si lo consiguió en la de Diputado Nacional (1,58%). En esa provincia montó una
campaña intentando pactar con la
CTA local, y buscando seducir a los simpatizantes salteños de
Elisa Carrió, de Margarita Stolbizer y de Fernando “Pino” Solanas.
En Tucumán el MST concurrió a las
elecciones dentro de la alianza Alternativa Popular, en la que también
participaron el partido provincial Pueblo Unido (PU), el maoísta Partido del
Trabajo y del Pueblo (PTP) y la díscola seccional local del Partido Comunista (PC)
que se ha negado a sumarse al Frente para la Victoria como el resto de
la fuerza hizo a nivel nacional. La estrategia que plantearon fue tremendamente
personalista, pues su campaña giró en torno a sus principales referentes:
Gumersindo Parajón (un líder populista provincial, lo más parecido a un puntero
pejotista carismático salido de las filas de la UCR que se pueda llegar a concebir), Vicente Ruiz
(un piquetero de la CCC
muy conocido en el sur provincial), Estela Di Cola (una médica protagonista de
luchas sindicales), y Héctor Manfredo y Clarisa Alberstein (dos candidatos
perennes por los espacios de izquierda). La alianza consiguió sumar el 3,81% de
los votos, pisándole así los talones al FIT.
La elección del MST en Jujuy fue
peculiar. El partido –que se presentó bajo el nombre de Nueva Izquierda– no
contó como en Salta con el apoyo de la
CTA , ni los referentes locales del GEN o de la CC-ARI quisieron apoyar a
su lista (todos ellos pactaron con Isolda Calsina del peronismo alternativo);
incluso el PTP mantuvo prudencial distancia de ellos. ¿La razón? Aparentemente la Tupac Amaru de Milagro Sala
había escogido al MST para prestarles sus votos. Si fue así, ello no se reflejó
en las urnas, pues el MST obtuvo nada más que el 2,65% de los votos, una cifra
muy pequeña considerando el tamaño de la corporación piquetera.
En Jujuy está abierto el
interrogante de cuán grande es la influencia real de Milagro Sala. La lideresa jujeña
no se atrevió a presentar una lista para aspirar a los cargos nacionales, pero si
tiene pensado jugar a nivel provincial y municipal en octubre. En ese escenario, Sala se
enfrenta no sólo contra la izquierda charlatana del FIT y la izquierda flexible
del MST, sino también contra el Partido por un Pueblo Unido (PPU), la
agrupación con la que Carlos “El Perro” Santillán vuelve a la arena política
tras una década de congelamiento. El PPU, en las PASO, logró el 3,38%, algo así como once mil votos.
Lo más interesante del PPU es que,
además de hacer propuestas laboristas y ambientalistas, plantean temas que el
FIT y el MST prefieren no abordar, como por ejemplo la lucha contra el
narcotráfico y la vindicación de los indios. Es que el PPU integra la Organización para la Liberación de Argentina
(OLA), una célula chavista-iraní como el partido MILES de Luís D’Elia pero que no
apoya al cristinismo sino que lo combate, coqueteando discretamente con el
brazo político de la CTA.
El discurso indigenista no es
propiedad exclusiva en Jujuy del PPU, sino que también es parte del Partido de la Soberanía Popular
(PSP), la fuerza que comanda Milagro Sala. De todos modos en las próximas
elecciones provinciales el PSP y el PPU deberán enfrentar al Movimiento Pluricultural Comunitario (MPC), un partido que se jacta de ser evomoralista
–más allá de que Evo Morales esté enfrentado a las tribus indias de su país
después del conflicto del TIPNIS. Actualmente el MPC controla un municipio en Jujuy, y pretende expandirse por todo el norte provincial, apuntando incluso a
llegar a los Andes y Quebradas salteñas, y a la zona de los valles calchaquíes de
Salta, Catamarca y Tucumán, donde el indigenismo (con indios falsos y
auténticos) es culturalmente muy influyente pero políticamente aún marginal.
Para concluir aquí debería hacer
una mención al Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD), el
partido de Raúl Castells. Sin embargo no hay mucho para decir: el MIJD se
presentó en Tucumán con el propósito de retener su personería jurídica pero no
llegó al 1,5% mínimo para superar las PASO, y en Salta alquiló su estructura
para que un referente provincial de Hugo Moyano pudiera hacer campaña para
Diputado Nacional pegado a la boleta de Senador Nacional de Juan Carlos
Romero.
Los funcionales en las guerras contra el kirchnerismo
Hoy en día, ante una sociedad
dividida y una República al borde la destrucción, la palabra clave parece ser
“consenso”. Se necesita del consenso para expulsar a los kirchneristas que se
han atrincherado en sus posiciones. Los argentinos hemos atravesado una década
bajo el dominio de los tiranos santacruceños, una década signada por el
desaprovechamiento de las posibilidades para desarrollarnos económica y
socialmente, y por la subversión cultural que empezó con la legitimación de las
bodas gays y prosigue por esa senda con el fin de convertirnos en Sodoma.
Es por ello que la mayor parte de
la ciudadanía argentina está a favor de castigar en las urnas a la pésima
gestión de Cristina Kirchner. El problema, claro, está en que hay demasiados posibles
candidatos a recibir ese voto antikirchnerista. Eso hace que ante la ausencia
de una nueva mayoría, el kirchnerismo persista como primera minoría.
En este escenario el voto a los
ultraizquierdistas termina por favorecer al oficialismo. La centroizquierda ha
optado por aliarse a los centristas (el Partido Socialista, en el NOA, acompañó
a la UCR , lo
mismo que el Movimiento Libres del Sur), permitiendo con ello la concentración
de votos antikirchneristas, lo que ayuda a graficar el descontento con el
gobierno en la constitución de los parlamentos. Tomemos el ejemplo de Tucumán:
en esa provincia el oficialismo aventaja por casi 20 puntos al principal polo
opositor, por lo que, a la hora de repartir las cuatro bancas para Diputado
Nacional en juego, un total de tres quedarían a favor de los kirchneristas y
sólo una en manos de la UCR
y sus aliados; vale decir, el PJ en Tucumán es repudiado por más de la mitad de
los electores, pero aún así son dueños de tres cuartos de los cargos en
disputa. Una oposición no tan fragmentada concentraría votos en el liderazgo
opositor y los escaños parlamentarios se repartirían más equitativamente.
Tanto en Tucumán como en Jujuy y
Catamarca se desarrolla un poco entusiasmante enfrentamiento entre pejotistas y
uceristas, mientras que en Santiago del Estero el zamorismo –una coalición de
pejotistas y uceristas que en lugar de competir entre ellos decidieron aliarse
para mayor gloria de Mamón– se convierte en partido dominante, y en Salta la
interna del Partido Justicialista entre Juan Manuel Urtubey y Juan Carlos
Romero se lleva a cabo como si fuese un duelo entre extraños. En Catamarca y en
Jujuy el voto ultraizquierdista, fragmentado como está ahora, no sirve para
nada, por tanto si todo ese caudal se transfiriera a la principal fuerza
opositora, el PJ de seguro caería abatido. Como esa transferencia no ha
ocurrido –y, difícilmente, tampoco ocurra– entonces el oficialismo todavía está
con vida y con esperanzas de ganar la mayor cantidad de curules posibles. Esto
es un caso típico de cómo la izquierda termina siendo funcional a un régimen
nefasto como el kirchnerismo, pues en el cálculo político que ellos hacen entienden
que sería más grave perder a una fuerza que subvierte los valores occidentales
y cristianos que concretar las vindicaciones laborales que plantean. Es decir,
entre ayudar al trabajador o permitir que los aberrosexuales consigan subsidios
por tener el ano dilatado, la ultraizquierda opta por lo segundo. De allí que
no tengan ningún interés en cancelar sus candidaturas que no cuentan con
chances de imponerse. Por eso el FIT, el MST, el PPU y demás comparsas terminan
siendo funcionales al kirchnerismo.
De todos modos no hay que obviar
el hecho del préstamo de votos a la ultraizquierda. Es muy probable que el
éxito electoral de este sector se deba al “voto lástima” (electores que apoyan
a los ultraizquierdistas en las PASO pero que después votan otra cosa en las
generales, incluyendo al oficialismo) y a un “voto castigo” que, por más que
las listas del FIT y compañía no sean retiradas en octubre, migrará hacia el
principal opositor para que su sufragio sea útil. Por ese motivo las fuerzas
ultraizquierdistas apuntan a rapiñar cargos a nivel provincial y municipal: en
Tucumán no tienen ninguna chance, mientras que en Catamarca y Santiago del
Estero las posibilidades son mínimas; no obstante es probable que Jujuy se vea
invadido por ultraizquierdistas de diverso tamaño y pelaje, y sea Salta la que
más sufra la peste roja (pensar que Pablo López consiga la banca de Diputado
Nacional es un delirio más grande que creer en los extraterrestres comunistas de los que hablaba Posadas, empero será difícil evitar que algunos concejales y
diputados provinciales tiñan de rencor marxista a sus bancas).
¿Hay alguna alternativa?
Como ya apunté, en la región NOA
la partidocracia bipartidista se impone (excepto en Santiago del Estero en
donde se prolonga la tradición del unicato). Las terceras fuerzas son poco
atractivas. Están, por un lado, los ultraizquierdistas, la peste roja cuyo
análisis abarcó hasta aquí este texto, y, por el otro lado, emergen políticos
que dejan mucho que desear.
En Catamarca, por ejemplo, reapareció triunfalmente Luís Barrionuevo, con un movimiento al que denominó “Frente de
Tercera Posición para la Unidad Catamarqueña ”,
bastardeando de esa manera el concepto de tercerposicionismo ante el cual
Barrionuevo tiene poco que ver.
Otros peronistas también se postularon:
Bernardo García Hamilton y “Marcelo” Baik aparecieron en Tucumán afirmando ser
delegados de Sergio Massa y Francisco de Narváez respectivamente, pero sus
actuaciones fueron muy diferentes a la de sus referentes bonaerenses; en
Santiago del Estero, Antonio Calabrese y Pedro Brue se presentaron como parte
del armado nacional veneguista-duhaldista, pero no alcanzaron a juntar ni ocho
mil votos; la jujeña Isolda Calsina, con la bendición de José Manuel de la Sota , fue la excepción en
relación al fracaso de las listas peronistas en el NOA, de todos modos el 9,40%
que logró la deja muy lejos de conseguir una banca en el Congreso de la Nación.
El PRO también intentó jugar
fuerte en el NOA, pero con un discurso que mezcla consignas desarrollistas con
liberales logró muy poco. En Salta apoyaron la candidatura del pejotista
Romero, mientras que en Catamarca fueron detrás del ucerista Brizuela del
Moral. En Santiago del Estero los macristas llamaron a no votar por el
oficialismo, mientras que en Tucumán y en Jujuy pusieron la cara y los votos
que obtuvieron oscilaron entre el 4% y el 8%.
Una pregunta emerge aquí: ¿dónde
está la Derecha Social ?
En efecto, en las últimas elecciones hubo candidaturas que representaban a todo
el espectro político, excepto a la Derecha
Social. La única fuerza en todo el país que tibiamente asumió
ese rol fue Gente en Acción (GEA), un partido que participó en las PASO de la
provincia de Buenos Aires y no traspasó el umbral del 1,5%. A los de GEA se los vio hablando de Seguridad, Orden y Justicia Social, ideales que defienden
prácticamente todos los pejotistas, desde Felipe Solá a Daniel Scioli, pasando
por Alberto Rodríguez Saa, Jorge Capitanich y Carlos Reutemann. ¿En dónde
estuvo el activismo en contra del elegebetismo, de la plutocracia, o de los mercaderes
de la muerte? Sugiero que si la idea de GEA es imitar al FIT, entonces les
conviene cambiar su nombre por el de “Izquierda Patriótica de los Trabajadores”
(IPTRA) y dedicarse a exigir mejores jubilaciones para el pueblo y sueldos más
pequeños para los gobernantes.
Es importante destacar, por
último, la participación de las fuerzas conservadoras provinciales,
particularmente las tucumanas y salteñas. En Tucumán, Fuerza Republicana, el
partido liderado por Ricardo Bussi, recibió setenta mil adhesiones, ubicándose
por ello en la tercera posición detrás de pejotistas y uceristas. El discurso
de Bussi fue rabiosamente antikirchnerista, empero su ataque al régimen se
limitó a la queja en contra de la inflación, la inseguridad y la impunidad.
Nada dijo en contra de la dictadura de lo políticamente correcto del Inadi, de
la prepotencia de los neoimberbes de La Cámpora , de la vituperación de la memoria de los
guerreros que vencieron en el Operativo Independencia, y del injusto
linchamiento judicial que sufren los vencedores de las guerras en contra de la
subversión, o sea Bussi se presentó como un burócrata de la partidocracia
dispuesto a restarle votos a la
UCR con la que coincide en lo esencial de su propuesta. De
esa manera queda claro que Fuerza Republicana es hoy en día una pyme políticamente
tan o más inservible que las pymes trotskistas.
En Salta, en cambio, el
conservadurismo provincialista es diferente. Allí están, por un lado, los del
Partido Renovador Salteño (PRS) y los del Partido Propuesta Salteña (PPS),
encarnando una especie de neoconservadurismo similar al de Bussi –aunque con la
particularidad de que mientras el PPS es antikirchnerista, el PRS es
prokirchnerista–; sin embargo, del otro lado aparece Salta Somos Todos (SST),
liderado por Alfredo Olmedo. Olmedo es un empresario exitoso, que ha optado por
invertir o gastar parte de su fortuna en política, para de ese modo avanzar en
la restauración de valores fundamentales que la subversión cultural viene
destruyendo sistemáticamente. El olmedismo es un veteroconservadurismo de corte
católico, soberanista, identitario, republicano y populista. Lamentablemente es
un fenómeno circunscrito al territorio salteño, por lo que el resto del NOA –y
del país– deberá padecer de los tristes espectáculos a los que la fauna
política argentina nos tiene acostumbrados, incluyendo a los parásitos de la
ultraizquierda. Salta, en cambio, algo de esperanza tiene.
Hernán Solifrano (h)