Muros que hablan
En octubre de 2009, unos días
antes de que comenzase el polémico XXIV Encuentro Nacional de Mujeres, la
ciudad de San Miguel de Tucumán amaneció con muchas de sus paredes
sorpresivamente pintadas. Se leían frases como “¡Fuera Feminazis!”, “¡Tucumán
es católico!” y “¡Viva Cristo Rey!”. Unos días después, tras la demostración de
fuerza de las ménades, la ciudad encontró otras pintadas: “¡Mi cuerpo me
pertenece!” o “¡Aborto legal para no morir!”. Al cabo de unos días, ambos
grupos de frases pintadas con aerosol sobre los muros de la capital tucumana
desaparecieron.
Lo que aquella vez experimentó
Tucumán fue una guerra de graffitis. El graffiti es un objeto que tiene una
fuerza disruptiva: aparece súbitamente y transmite un mensaje muy específico.
Se lo hace en la vía pública, pues su objetivo es llegar al mayor número de
personas posibles.
Recientemente San Miguel de
Tucumán discutió acerca de los graffitis. Es que al conmemorarse un nuevo
aniversario del asesinato de un tal Mariano Ferreyra los militontos de una
secta trotskista pintarrajearon la fachada del edificio de la Facultad de Derecho de la UNT , ubicado en la calle 25 de
Mayo de 1810. Este ataque vandálico a un sitio que acababa de ser reabierto a
la mirada pública tras mucho tiempo de restauración causó indignación. Juan
Rovere –un pelele que se responsabilizó por las pintadas– ensayó la defensa de sus acciones sosteniendo que el graffiti es un recurso válido para los
movimientos políticos minoritarios que quieren transmitir un mensaje pero que no
gozan del acceso a los medios masivos de comunicación. Quizás con esas palabras
Rovere tuvo un punto a su favor, sin embargo después terminó agregando una
estupidez digna de un trosko que vive en la mentira permanente: aseveró que
quienes lo criticaban preferían “el silencio de las paredes” a sus proclamas.
Y es estúpido lo que Rovere dijo
pues las paredes no son silenciosas, sino que, por el contrario, hablan
siempre. Una pared es un objeto cargado de sentido. Cualquiera que camine por
la calle y vea una pared, comprenderá de inmediato su significado: es un objeto
que divide al espacio, creando un ámbito privado el cual, a diferencia del
ámbito público, es restrictivo. Es decir, cada pared nos habla de un alguien. Por
ello, por más noble y justa que sea la causa que se quiere promover, no se
puede pintar una pared sin la autorización del propietario, pues al hacerlo se
está procediendo con una agresión sobre otra persona. Si se viviese según la imbécil
lógica de Rovere entonces cualquiera estaría autorizado a utilizar el frente de
la casa de este dirigente de ultraizquierda para expresar lo que desee
expresar, y él no podría oponer resistencia, incluso ni siquiera cuando alguien
se acercase a pintar algo que confronte con sus propias opiniones.
El regalo que nadie quiere
La mayoría de las paredes
difieren entre si, pues no siempre coinciden en relación a sus tamaños, a sus
contexturas, etc. El color es otro rasgo que suele diferenciar a una pared de
la otra. Normalmente, los propietarios de las paredes las pintan con colores
agradables a la vista, excepto aquellos que por alguna extravagancia eligen un
color muy particular para singularizar el lugar.
Debido a que una pared es ya un
objeto que contiene un sentido muy claro y preciso, no se le suelen agregar
otros objetos encima (palabras o dibujos) que multipliquen el sentido, a menos
que haya una necesidad de ello, como por ejemplo cuando alguien pinta sobre la
pared “maxikiosco”, “zapatería” o algo por el estilo para indicarle a un
transeúnte que en aquel lugar señalado por la palabra se comercializa un bien
determinado o se ofrece un servicio específico.
El graffiti, como ya lo señalé,
no es igual a esas pintadas hechas por los dueños de las propiedades: su misión
es perturbar la monotonía, causando el impacto más fuerte que se pueda. De allí
es que al graffiti no sólo se lo use para impulsar algo sino también para
denigrar a otro.
El tema aquí es que aquello que
se impulsa o se denigra no siempre es una cuestión que involucra a un conjunto
de personas, sino tan sólo a dos. Me refiero ya no a las pintadas realizadas
por nacionalistas, comunistas, hembristas u otros grupos minoritarios, sino a
las hechas por un joven enamorado que expresa sus sentimientos de modo público,
vandalizando una pared al escribir “Sabrina te amo” y luego, despechado, agarrando
el aerosol para poner “Sabrina sos una ramera”.
Y hay veces en que la pintada sólo
concierne a uno sólo, a algún o a alguna idiota que escribe su nombre sólo para
dejar constancia de que estuvo allí, de que ese lugar es parte de su
territorio. Hay ocasiones en que estos estultos no se conforman con escribir su
nombre, sino que ponen frases armadas o hacen dibujos. En este caso, el
graffiti pasa de ser un intento por agitar las mentes a ser una muestra del
mucho o poco talento de alguien. Muestra que tiene el defecto de no ser
requerida ni esperada.
Kitsch
Muchos de los graffiteros que
“regalan” su talento al público se esfuerzan por realizar dibujos. Estos
dibujos no son murales. Un mural es una pintura realizada sobre una pared. Los
murales no “adornan” la superficie sobre la que están, sino que la absorben
como parte de su identidad. El graffiti no llega a eso, pues dada su imposición
violenta sobre la pared y la falta de consenso para su existencia, termina
siendo una obra efímera que suele ser quitada o por el propietario de la pared
o por alguien más que quiere usar la pared en la que está el graffiti para
transmitir un mensaje diferente.
Por el hecho de que muchos
grafittis son vistosos y parecen estar muy elaborados, muchos suponen que se
tratan de obras artísticas, y que, por ese motivo, gozan de la misma dignidad
de la que goza un cuadro que está en el Louvre. Sucede que, gracias a la
industrialización capitalista que masificó la producción de objetos, el límite
entre arte y artesanía se ha vuelto difuso para el común de la gente. Es por
ello que hay quienes no se consideran capaces de repudiar a los graffitis y
terminan creyendo que éstos tienen tanto valor como “La Gioconda ”.
De ese público se nutre casi en
su totalidad el movimiento Acción Poética Tucumán (APT). Sus miles de simpatizantes
son esas pobres gentes que confunden al arte con las artesanías, vale decir son
los perfectos consumidores del kitsch.
Lo kitsch, básicamente, es
aquello de mal gusto, que apela a la emotividad y al sentimentalismo, y que
busca ser comercializado masivamente. El programa de Tinelli, por ejemplo,
cuando lleva a cantar a una niña ciega o cuando hace bailar a una joven
trisómica explota lo kitsch, pues no le importa la realidad de esa gente sino
el efecto conmovedor que producen en las audiencias.
La calidad del canon
APT es un colectivo de artesanos
que emergió a principios de septiembre de 2012 en San Miguel de Tucumán, y que en
poco tiempo se expandió por un gran número de ciudades de todo el país
(principalmente de la región NOA). Sus intervenciones consisten en pintar
paredes con frases que hablen acerca del amor y todas sus variantes. Dichas
frases no suelen ser ideaciones de propia Minerva, sino versos inventados por
algún autor reconocido y reproducidos sin su autorización.
El cerebro detrás de APT es el
gestor cultural Fernando Ríos Kissner, quien en más de una ocasión ha
reconocido que lo suyo es sólo una versión local de algo que se gestó hace más de una década en el norte de México. Ríos Kissner se muestra como un
fundamentalista de su proyecto, pues rechaza furiosamente todo intento de
innovación del mismo. Él sostiene que la “acción poética” consiste en pintar de
blanco una pared para que “se asemeje a un hoja” [sic] y luego, con pintura
negra, escribir una frase que no exceda las ocho palabras, respetando siempre cierta
tipografía que, se supone, personaliza el trabajo. El que altera alguna de
estas reglas sufre la ira de APT, quienes se atribuyeron ser los
“representantes oficiales” en la
Argentina de la idea inventada por algún mexicano mersa. Es
evidente que lo que buscan promoviendo algo barato y sencillamente reproducible a
gran escala es su estandarización, o sea la muerte de la libertad creativa para
dar paso a un producto fácilmente reconocible que aumente su popularidad. De
allí que, como ya dije, a los de APT les importe un bledo la poesía: lo único
que quieren es aprovechar el trabajo de otro para sobresalir (ya han armado un programa de radio en torno a esto, y es probable que sigan por esa senda
produciendo libros, películas, indumentaria, adornos y otros productos).
A Ríos Kissner no lo conozco
personalmente, pero es fácil deducir quien es a partir de la observación de
quienes son sus referentes. Si se leen los “murales” pintados por la APT se constatará que no
abundan frases de Ricardo Arjona –uno de los máximos fabricantes contemporáneos
del kitsch–, sino de Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Mario Benedetti,
Eduardo Galeano, Pablo Neruda, Jaime Sabines, etc. Este canon nos habla de un
progresista que se pone la remera con la cara del Che Guevara y que lee (o
leía) Página/12. De todos modos lo
curioso es que son las expresiones más sentimentaloides de esos autores las que
tienen prioridad a la hora de ser pintadas sobre las paredes tucumanas. Galeano,
por ejemplo, es ante todo un autor politizado (en el sentido más miserable del
término), sin embargo las frases que de él seleccionan los de APT lo hacen
quedar a ese señor como si lo único que le hubiese importado en la vida hubiese
sido el coitus interrumptus.
En este sentido lo de APT es
deliberadamente kitsch. No son los pocos versos ingeniosos que tienen por tema
algo diferente al amor que han pintado los que le han generado el éxito masivo,
sino que ello lo han logrado gracias a ese catálogo de expresiones de deseo escritas
sobre una pared y debidamente fotografiadas para que la gente las utilice como
portadas en su Facebooks con el fin de manifestar sus estados de ánimo. La
estrategia consiste en ubicar algo que exalte el amor o el desamor, y aspirar a
la masificación. Por ello en su propio Facebook se regodean de que algo que no
tenía por destinatario a las masas finalmente las haya alcanzado (en algunos casos se ve,
por ejemplo, epígrafes de sus pintadas que dicen cosas como “Octavio Paz en
Villa Alem” o “Jorge Luís Borges en Barrio Independencia”, intentando subrayar
el contraste de que Paz o Borges saltaron de las bibliotecas de la Facultad de Filosofía y
Letras a las calles plagadas de gente tan bruta que por vivir en Villa Alem o
Barrio Independencia nunca se molestaron en leer a los grandes autores
hispanoamericanos).
Sin temor a equivocarse puede uno
afirmar que cualquier poeta desea ser leído, pero imagino que deben ser pocos
los que quieran convertirse en una frasecita pintada sobre una pared. Porque
APT no se trata de llevar el arte literario a las calles, se trata de conseguir
reconocimiento a expensas de otros. Dicho de otro modo, APT no cumple el rol
del autor de una obra de arte, sino el del intermediario entre el arte y el
público, es decir el de aquel que saca rédito con el trabajo ajeno.
La demagogia como escudo
Lo que caracteriza a APT es su
“corrección política”. Deliberadamente evitan ser polémicos. Se jactan de no
tener ideología o religión más que el amor universal. Y cada vez que pueden
apoyan alguna causa que cuenta con la simpatía popular (generalmente se
inclinan por involucrarse con ONGs que trabajan en la concientización de
enfermedades o que actúan brindando contención terapéutica, pues, astutamente,
han evitado secundar abiertamente a los defensores del aberrosexualismo, del
hembrismo y de la legalización de los estupefacientes, aunque, juzgando por sus
gustos literarios, se podría decir que se mueren de ganas por hacerlo).
Para fortalecer su posición
“neutralista” en materia política, APT se vale de los niños. Han penetrado en
varias escuelas con la intención de “educar” a los jóvenes, haciéndolos
participar de una actividad que ellos juzgan como transgresora pero, a su vez, altamente
constructiva.
Esa opción por los enfermos y los
niños, esa apelación por lo sentimental y lo emotivo, hacen de APT unos
campeones del kitsch. Y, como son una moda, muchos vecinos les regalan uno de
los muros de sus residencias para que escriban lo que más les guste.
Sin embargo, a veces sucede que
algunos de los versos escogidos están totalmente desubicados. Frente al Colegio
Santa Catalina, sobre la calle Rivadavia de San Miguel de Tucumán, se lee la
frase firmada por APT: “Arránqueme las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme”.
Estas palabras de Galeano son totalmente inapropiadas: imagínese a una niña de
tercer año de la escuela básica leyendo esa incitación al sexo. ¿Hace falta
algo así?
Pasando por encima de los demás
El gran problema de los miembros
de APT es que no piensan en los demás. Aquellos que acceden a que les dibujen
las paredes no toman en cuenta a todos los que van a leer los versos. En este
sentido se asemejan mucho a lo que sucede cuando, en un viaje en colectivo, un adolescente
prende los altavoces de su celular y hace sonar una canción en donde se oye a
un gritón hacer sonidos simiescos: técnicamente es “arte”, pero usualmente
nadie está de acuerdo con la idea de tener que escucharla.
Afortunadamente las ordenanzas
municipales en contra de esa práctica molesta de hacer sonar música con el
celular a bordo de los colectivos se multiplican, ¿APT recibirá el mismo trato?
Es difícil contestar con certeza
esa pregunta, pero todo indica que los políticos no están dispuestos a actuar
en contra de APT. Un caso lo ilustra: una mañana de fines de diciembre pasado,
en el Facebook de APT se anunció que empleados del candidato a diputado nacional
Juan Casañas de la UCR
habían repintado algunas paredes ocupadas por frases puestas por la APT para colocar allí su
propaganda política. En pocos minutos una chusma histérica comenzó a lanzar
improperios en contra del parlamentario, jurando que de ninguna manera iban a
votarlo. Al final Casañas, anoticiado del asunto, tuvo que hacerse cargo de la situación y
regalar pintura para que las frases fuesen recuperadas. El hecho es que así
como la gente enviada por Casañas pudo haber desalojado a APT de una pared,
también pudo haberlo hecho la gente de cualquier otro candidato usando el nombre
del político radical, para montar una campaña de propaganda negra que atente en
contra de la imagen del dirigente. La furibunda reacción de la turba bien lo justifica.
El “incidente Casañas” dejó en
evidencia que los simpatizantes de APT se creen dueños absolutos del espacio
público. Esto es grave en cuanto un grupo de personas ha impuesto algo que
responde sólo a sus intereses y que está creciendo en dirección a la
institucionalización. Aquí habría que recordar un caso: en la intersección de la
avenida Julio Argentino Roca y de la calle 9 de Julio de 1816 de la capital
tucumana, hay un pequeño parque llamado popularmente “El Provincial”; sin
embargo, el nombre oficial de dicho parque es “Parque de la Memoria ”, pues en 2004 hubo
un cabildeo por parte de algunas sinarquías progresistas para que se rebautice
el lugar, abandonando el nombre de “Parque Operativo Independencia” que le
había dado el General Bussi durante su gobernación democrática del segundo
lustro de la década de 1990. Pocos tucumanos estuvieron de acuerdo con el
cambio de nombre propuesto por Bussi, y fue aún menor el número de ciudadanos
que aprobó la transformación de 2004, pero aún así aconteció. Desde entonces la Municipalidad de San
Miguel de Tucumán tiene que hacerse cargo del mantenimiento de un lugar que
honra a 30.000 infames terroristas, porque esa historieta quedó tristemente institucionalizada.
APT va camino a lo mismo. Esa
celebración del kitsch bien podría presionar para institucionalizarse, lo que
significaría que el Estado municipal, es decir todos los ciudadanos tucumanos,
deberían contribuir a mantener vivas esas pintadas. Una ciudad que no cuida a los árboles que se desploman peligrosamente en la vía pública podría verse
obligada a defender el ego de un puñado de ladinos.
Zaín el-Din Caballero