La marcha y el
viento
El 3 de junio pasado miles de
personas en todo el país se pusieron de acuerdo para cortar calles y
obstaculizar el tránsito de muchos vehículos. La mayoría de esas personas eran
mujeres. La iniciativa de la convocatoria nació a partir de un caso policial:
en Rufino, provincia de Santa Fe, una adolescente de 14 años apareció muerta y
enterrada en la vivienda de su noviecito; la prensa, horrorizada por el macabro
suceso, no tardó en cacarear “femicidio”, y, “desde las redes sociales”,
emergió la idea de hacer una gran marcha nacional “en contra de la violencia de
género”. Así mucha gente a lo largo y ancho del país (y ni Jujuy, ni Salta, ni Tucumán fueron las excepciones) se concentró en diversas plazas, mientras que la prensa se dedicó a fogonear
el asunto -más que simplemente a limitarse a reportarlo.
Lo inquietante de esta iniciativa es
su origen obscuro, similar al de los cacerolazos de 2012. Quiero decir, más
allá de lo legítimas que fueron esas manifestaciones de descontento popular, las
mismas no nacieron por generación espontánea, sino que fueron diseñadas y
promovidas por individuos concretos, que tenían intereses específicos. Con la
marcha de las violentadas de género sucedió igual.
Lo que caracterizó al #NiUnaMenos
fue la corrección política. Oficialismo y oposición, moderados y extremistas,
derechas e izquierdas: todos enfilaron hacia donde sopla el viento y se sacaron la foto con el cartelito, sólo faltaba
el odontólogo Barreda para completar el panorama. De ese modo la movida fue presentada como el pedido de
un sector de la sociedad para que aquellos que maltratan a las mujeres cesen de
hacerlo –como si un golpeador, al ver a miles de personas en la calle
pidiéndole que renuncie a la violencia, se tuviese que conmover con ese evento
y decidiese a partir de allí no levantarle nunca más la mano a una mujer.
Empero la sensación que dejó la marcha multitudinaria contra la violencia doméstica y los crímenes
pasionales es la misma sensación que deja cualquier marcha multitudinaria en la Argentina de hoy : sólo sirve
para concederle un momento de catarsis a la gente que se siente impotente ante
una realidad que se hunde en la decadencia. No nos olvidemos del Caso Nisman: miles de personas
salieron a protestar contra el gobierno kirchnerista, pero al día de hoy no se
sabe si al Fiscal lo mataron o lo suicidaron. Y lo mismo pasó con el maricanomio en el año 2010: miles de personas le exigieron a los legisladores que detengan esa
abominación, pero al día de hoy los aberrosexuales se casan y se divorcian con
la misma facilidad con la que lo hace una pareja normal. La gente en las calles
pone nervioso al gobierno por un tiempo, pero no generan absolutamente nada a
nivel institucional después. Y ello sucede porque el gobierno se ha enquistado
en el poder. En la actualidad el gobierno es más poderoso que el pueblo que lo
puso allí, y, lamentablemente, ya no existe un mecanismo
cívico-político-militar para que nos libre de sus atropellos y violaciones como ocurría antaño.
Nos penetró el hembrismo
Para la fauna hembrista, la
marcha de las violentadas de género sirvió para “visibilizar” la subordinación
de la mujer al hombre y denunciar la cultura “macho-patriarcalista” que impera
en la Argentina. Para
el resto de la gente, en cambio, el #NiUnaMenos fue más inútil que un chupetín
con gusto a pene. Claro que el último grupo, a diferencia del primero, se
maneja con el sentido común: miles de mujeres pidiendo que los novios, amantes
o maridos no les peguen más es infinitamente menos efectivo que una buena
denuncia penal contra el golpeador.
Sin embargo el hembrismo
interpreta que la movida le sirvió para demostrar su fuerza. Y de dicha
demostración de fuerza depende el poder que esa sinarquía tiene para impulsar
su agenda. Para explicarlo brevemente: la agenda hembrista consiste en darle el
poder absoluto a las mujeres, ubicándolas en la cima de la sociedad y
haciéndolas inmunes a todo tipo de crítica o cuestionamiento. En la metafísica
del hembrismo, la mujer es el único ser sobre la faz de la tierra que jamás se
equivoca, ni jamás se excede, ni jamás se desborda, por tanto no existe
criatura mejor para ejercer el poder en una sociedad. La mujer –según esta
lógica– es garantía de justicia, mientras que el hombre es sinónimo de
injusticia.
La agenda hembrista, hoy por hoy,
tiene nueve objetivos claros, porque son los más superficiales, ya que han sido
los más promocionados (no hay que olvidar que, como toda buena sinarquía, el
hembrismo trabaja sin poner en evidencia los motivos profundos de sus acciones,
los cuales, pese a todo, no dejan de ser evidentes para cualquiera cuyo cerebro
no sea una masa babeante): (1) instrumentar la nefasta Ley 26.485 y poner en
marcha el irracional Plan Nacional que allí se establece, (2) recopilar
estadísticas oficiales sobre violencia hacia las mujeres para convertir a ese
asunto en una cuestión de Estado, (3) crear juzgados especiales en todas las
provincias para tratar exclusivamente casos de violencia doméstica, (4)
hostigar a través del monitoreo permanente a todos los hombres acusados de
haber ofendido o atacado a una mujer, (5) ampliar la asesoría gratuita para las
mujeres que denuncian la violencia en sus hogares, (6) eliminar a todos los
funcionarios judiciales que osen no beneficiar automáticamente a toda mujer que
llega a un juzgado denunciando haber sido víctima de algún tipo de violencia, (7)
crear hogares para acoger a las víctimas de la violencia doméstica que estén
controlados y superpoblados por un equipo “interdisciplinario de
especialistas”, (8) adoctrinar de modo forzoso en la anti-masculinidad a todo
empleado estatal (policías, jueces, maestros, etc.), y, por supuesto, (9) facilitar
la colonización hembrista de todo el sistema educativo.
Educación para no morir
Todo lo hasta aquí señalado está
directamente vinculado a una cuestión monetaria. En efecto, todo eso que las
hembristas señalan como urgente en su agenda requiere de dinero para funcionar.
Y el dinero requerido tiene el detalle de no ser poco. ¿Cómo una mujer
refugiada podrá dormir en una cama prestada si no tiene una almohada que valga
mil pesos? El Estado, o, mejor dicho, nosotros tenemos que donar nuestro dinero
que tanto nos cuesta conseguir para que las víctimas de sus parejas (y toda la
galaxia parasitaria que lucra a partir de ellas) se de la buena vida para
compensar el mal sufrido.
Que no se entienda mal: yo no
estoy culpando a la víctima por haber hecho una mala elección, estoy tratando
de señalar que hay muchos –demasiados– que quieren hacerse ricos con esa situación.
El hembrismo no es más que un movimiento internacionalizado que se basa en la
idea de que mientras existan las víctimas, existirá una fuente de ingresos que
les permita sobrevivir orondamente sin tener que aportarle nada útil a la
sociedad. Es por ello que crearon un discurso en donde la mujer SIEMPRE es víctima.
Y es por ello también que apuestan tanto por desplegar un sistema punitivo que
refleje sus posiciones y rechazan de plano todo intento por perfeccionar la
prevención de la violencia doméstica.
Un pilar del hembrismo es la
necesidad de adoctrinar en sus puntos de vista a todos los hombres, ya sean
niños, jóvenes, adultos o ancianos. De allí que donde haya una hembrista hay
una mujer ansiosa por realizar un taller de “pensamiento anti-patriarcal” o de “prevención
del bullying” o de alguna fruslería por el estilo. Su razonamiento es
perversamente adecuado a sus fines: si se educa a una persona de modo
completamente equivocado, esa persona seguirá cometiendo errores, por lo que la
presencia del hembrismo será siempre necesario.
Para reducir la violencia en un
hombre lo único que debe hacerse es enseñarle a ser hombre. Es decir, en lugar
de un “taller de antipatriarcalidad”, el niño debe participar de un taller de
patriarcalidad. El verdadero hombre, el verdadero macho, el verdadero
patriarca, tiene incorporado como un código inviolable la idea de que no puede
golpear a una mujer. Sólo los falsos hombres, los falsos machos y los falsos
patriarcas agreden físicamente a su contraparte femenina. Si se restituye la virilidad en los
hombres argentinos (en lugar de buscar castrársela como sucede ahora), las
mujeres estarán a salvo, lo femenino, ya devastado por tanto hembrismo,
renacerá como la flor que es.
Antonella Díaz