La multitudinaria manifestación
hembrista de principios de junio sirvió para que los tópicos de su agenda
inunden a la prensa argentina. La inexistencia en la mediósfera nacional de, al
menos, una sola voz objetora de tanta impostura, sumado al hecho de que la
casta partidocrática adhiera de modo unánime a la avanzada hembrista, deja en
evidencia que el hembrismo ya ganó, y ahora, queramos o no, vivimos en su mundo
dictatorial.
La guerra de los sexos
La fatigante presencia mediática
de la “violencia de género” en un año electoral es el modo que el gobierno
nacional tiene de manipular a la opinión pública y evitar desplegar la
discusión acerca de una serie de cuestiones vinculadas al desarrollo
estratégico del país y a sus acuciantes problemas socioeconómicos.
La manera en la que el asunto del
“femicidio” (efectivo o potencial) está presentado, pretende imponer la
impresión de que la
Argentina de hoy vive una epidemia de violencia doméstica.
Esta cuestión, en realidad, es difícil de abordarla: el país, como bien lo señaló la Conferencia Episcopal Argentina el año pasado, está evidentemente enfermo de violencia. El aumento de
las adicciones, la falta de diálogo social, y la pérdida de valores
tradicionales, entre otras cosas, conducen naturalmente a que las personas se
conviertan en lobos. Pero, ¿ello repercute en el interior de los hogares? Si se
contesta afirmativamente, entonces la recomposición de la sociedad argentina
después de ocho años devastadores de cristinismo debería controlar la epidemia.
Si, en cambio, se contesta negativamente, entonces se podría afirmar que la
violencia doméstica es independiente del contexto social, siendo ella responsabilidad
única del individuo que la ejerce.
Yo no sé realmente si hay o no
una epidemia de violencia doméstica, ya que el país no tiene estadísticas oficiales
sobre el asunto y no se puede hacer una comparación con periodos anteriores. Empero
si se puede, por ejemplo, comparar los números argentinos con los de otros
países: el promedio anual de “femicidios” en la Argentina es de 303
según diversas organizaciones no gubernamentales, mientras que en Brasil la cifra alcanza el número de 4.717; a su vez Argentina es un país con más de
veintiún millones de mujeres, en tanto que Brasil tiene, aproximadamente, unas
ciento dos millones de mujeres. En términos relativos, esto significa que
Brasil triplica el promedio de mujeres muertas en situaciones pasionales (es
decir si Argentina y Brasil tuviesen la misma población y el mismo número de
“femicidios”, entonces se comprobaría que allá el índice de mujeres muertas es tres
veces superior comparado al de aquí). La epidemia ya no se oye tan grave,
¿verdad?
Si los crímenes pasionales en
Argentina no alcanzaron niveles alarmantes como en nuestro vecino Brasil, ¿por
qué se sancionó aquí mucho antes la ley que introduce la figura del “femicidio”
al Código Penal? La respuesta es obvia: porque el gobierno anti-popular que
tenemos también es anti-nacional, lo que equivale a que las sinarquías globalistas
tengan luz verde para ingresar al país y hacer lo que ellas quieran con nosotros,
los ciudadanos.
El concepto de “femicidio” no se
introdujo para eliminar un problema que casi no existe, se introdujo para
instalar la idea de que en nuestro país las mujeres mueren por no tener
igualdad. Para la Justicia
argentina cuando un hombre mata a su cónyuge femenino no lo hace por una
determinada circunstancia, sino que lo hace para perpetuar la desigualdad entre
los sexos (mal llamados ahora “géneros”, puesto que “género” es algo que tienen
las palabras y no las personas). El “femicidio” no es la solución a un
problema, es, por el contrario, una declaración de guerra.
Las que odian
Laura Casas es una “generóloga”
que trabaja en la Universidad Nacional
de Tucumán. En una entrevista con el diario La Gaceta ,
esta leguleya afirmó sin un mínimo de vergüenza que el “femicidio” es un
“crimen de odio”. Para sostener semejante despropósito, aseguró que la
precondición de un “femicidio” es la asimetría: hay asimetría pero no porque la
mujer sea físicamente más débil que el hombre, sino porque, según Casas, el
hombre ve a su mujer como una cosa y no como una persona, mientras que la mujer
tendría la visión contraria. Esta académica supone que quien posee una cosa
tiene una tendencia natural a destruirla, cuando, en realidad, es más común que
las personas cuiden sus pertenencias. El que se compra un televisor para
revolearlo por la ventana no es un cretino, es más bien un demente. Según la
lógica de Casas, entonces, sería más correcto decir que el “femicidio” es un
producto de la locura que un producto de la perversidad.
Sin embargo Casas no aceptaría
esa conclusión que necesariamente se deriva de su argumento. Para ella no es
que el “femicida” esté loco, es que el “femicida” es víctima de una cultura
“patriarcal” que lo alienta a que asesine. De nuevo, Casas confunde las cosas:
desconozco como habrá sido su padre con ella, pero normalmente un padre no
busca asesinar a su esposa, sino todo lo contrario (de hecho normalmente el
hombre que maltrata a la mujer es aquel que huye de su condición de padre y/o
evita responsabilizarse por sus hijos).
Para rematar a Casas, basta con
recordar lo que el propio Eugenio Zaffaroni, gurú espiritual de la abogada tucumana, dijo sobre el “femicidio”: para el
jurista, tildar al crimen pasional de crimen de odio es una imbecilidad supina,
ya que el crimen de odio es un acto social en el que alguien de un grupo mata a
alguien de otro grupo sin motivo más que el de darle el mensaje a ese otro
grupo de que está en serio peligro. En la Argentina de hoy los hombres no matan a las mujeres
para que las demás como ellas dejen lo que están haciendo y retornen a las
cocinas, las matan casi siempre por la incapacidad que éstos sujetos demuestran
para resolver sus conflictos de un modo diferente.
De la histeria a la castración
Recientemente en Salta comenzaron
a multiplicarse las denuncias sobre los ataques con escopolamina, un alcaloide
conocido popularmente como “burundanga”. Se supone que la burundanga causa adormecimiento
y parálisis, por lo que el motivo para agredir a alguien empleando esta droga
es obviamente sexual.
La policía salteña desmintió el
fenómeno. Todo se trataría de una mera leyenda urbana. Las leyendas urbanas
contemporáneas circulan velozmente gracias a las redes sociales, pero hoy en
día es más sencillo que nunca hallar a quienes las inician y comprobar si es
verdadero o falso lo que afirman. Así lo hicieron los uniformados salteños y
sólo encontraron a mujeres con ganas de victimizarse, pero sin prueba alguna de
que hayan sido víctimas reales de alguien más.
El mito de la burundanga está
relacionado a la cuestión del espacio personal. En efecto, la magia negra que
le atribuyen a la escopolamina es la capacidad de dejar inconsciente a alguien
con un simple roce. Según la ficción popular, un hombre, con sólo tocarle la
piel o pincharle levemente una parte del cuerpo a una mujer, ya la tendría a su
disposición para ultrajarla. El acto tan inocente de entregarle una estampita a
alguien, podría concluir con una horrenda violación.
El espacio personal es un
elemento clave para la convivencia cotidiana. La forma más sencilla de violarlo
es a través de la mirada, luego siguen las palabras y, finalmente, está el
contacto físico. Como exigirle a los hombres que utilicen anteojos negros a
diario suena exagerado, las hembristas iniciaron hace ya un tiempo una campaña
en contra del arte milenario de los piropos. Y han llevado las cosas tan lejos
que hasta exigen que se apruebe una ley para imponer sanciones a todo aquel hombre que piropea a una mujer. Ahora, con la historieta de la burundanga, las
mujeres de esta sinarquía encontraron la oportunidad para arremeter en contra
del contacto casual e inintencionado.
En Tucumán las historias de
burundanga (todavía) no han tenido impacto, por lo que las hembristas
decidieron ser menos subliminales: con asistencia de diversas oficinas públicas
se lanzó una campaña gráfica para instruir a los hombres sobre cómo comportarse adecuadamente en un colectivo. La iniciativa consiste en colocar cartelitos
dentro de los vehículos en los que se indican que es aceptable y que es
inaceptable para una mujer que usa el transporte público. Así, por ejemplo, que
un hombre que viaje parado le acerque la ingle al hombro de una mujer que está
sentada sería algo inaceptable, sin importar la circunstancia. La campaña parece
bienintencionada, no obstante omite un hecho evidente: en los colectivos viajan
niños, por lo que los gráficos tan explícitos sexualizan innecesariamente a los
pequeños. Imaginen que un niño sale de la sala de jardín de infantes, decorada
con cachorros y payasos, y luego suma a su mundo visual un cartel en donde se
ilustra una parafilia… nada bueno puede resultar de eso.
Los jóvenes son la presa ideal de
las hembristas, porque suponen que castrándolos de niños pueden programarlos
según su gusto. De allí también que, por ejemplo, tengamos que tolerar a estas
mujeres haciendo berrinche en contra del idioma, acusando a las palabras y a
las frases de ser “sexistas”.
En este sentido el diario La Gaceta
de Tucumán se ocupó de vender la basura hembrista con un artículo casi ridículo,
en el que una fanática, Verónica Figueroa, indica que la frase “a las mujeres
no se les pega porque es de puto” es nefasta, pero no por el contenido del mensaje
que transmite, sino porque valora a la homosexualidad negativamente. Figueroa,
una psicóloga, cree así poder intervenir en el universo masculino y transformar
sus códigos (siendo ella, por cierto, una mujer). Sin embargo si un hombre
intentara hacer lo contrario, es decir si un hombre estipulara como las mujeres
deben hablar, o vestir, o caminar o cualquier otra cosa, no caben dudas de que
Figueroa y las hembristas como ella se escandalizarían
desproporcionadamente.
La batalla final
La dictadura hembrista tiene una
vocación claramente genocida. No sólo porque busquen controlar las mentes y
dominar los cuerpos masculinos, sino porque además buscan destruir la vida de
personas inocentes.
Cuando se efectuó la marcha de
junio, entre los participantes en la ciudad de Salta estuvo el Diputado
Nacional (MC) Alfredo Olmedo. Olmedo se sumó a la iniciativa porque considera
que es intolerable que un hombre agreda a una mujer. Empero este hombre también
considera intolerable que se pida por la legalización del aborto, algo que se
pidió extensivamente durante el #NiUnaMenos. Y Olmedo tiene razón: pedir
protección para una víctima de un crimen no equivale a autorizar la realización
de nuevos crímenes.
Ciertamente no todos lo entienden
así. Gabriela Cerrano, una Senadora Provincial salteña perteneciente al
parasitario Partido Obrero, presentó un proyecto de ley para modificar el
protocolo de embarazo no punible que el Gobernador Juan Manuel Urtubey
estableció por decreto hace unos años. Gracias a la iniciativa del Porder
Ejecutivo de Salta, toda mujer que quiera abortar un feto en la provincia con
la excusa de que ha sido violada debe hacer algo que los genios de la Corte Suprema de Justicia de la Nación no contemplaron: dar
pruebas de que fue víctima de una violación. Se busca con ello evitar que las
mujeres puedan asesinar con asistencia del Estado a una pobre criatura cuyo
único crimen es existir.
Cerrano esperaba que la agitación
provocada por la marcha sensibilice en su ideología a sus colegas
parlamentarios, pero el rechazo a la propuesta de la troska fue absoluto. Quien
justificó la decisión mayoritaria fue la pejotista Silvina Abilés, que dijo que,
si el protocolo no existiese, la provincia estaría en riesgo de convertirse en
“una fábrica de abortos”.
La ofensiva hembrista es tan
sólida que, como dije al principio, el feminazismo ya es una realidad operativa
en nuestro país. ¿Cómo se combate a este monstruo contemporáneo? Creo que de un
modo: con el Evangelio. Como dijo Monseñor Cargnello, allí donde hay violencia,
allí donde un hombre le pega a una mujer, donde una mujer le pega a un hombre,
o donde alguien asesina a un niño inocente que aún no ha nacido, allí no está
el Evangelio.
Antonella Díaz