Los salteños siempre nos sentimos orgullosos de nuestro hotel Termas de Rosario de la Frontera. Todos tenemos en nuestra memoria gratos recuerdos vividos en él, la cordial atención de su personal, el orden y la limpieza, la comida (los chivitos al horno) y sus maravillosas aguas.
Pero en los últimos tiempos la decadencia en la que se encuentra linda con la ruina y todo se mueve en un caos total, denotando una falta absoluta de gestión. El personal no se halla motivado y atiende con desgano; en el comedor, los mozos parecen ausentes, mientras que el maitre se la pasa hablando por celular, y cuando uno logra ser atendido la comida llega casi fría y es de una calidad más que mediocre, además de que la vajilla se ve grasienta de tan mal lavada y una serie de etcéteras. El pabellón de baños es atendido por gente sin ninguna capacidad en materia termal, ya que desconocen los usos de las diversas aguas; los baños y la pileta son puestos a temperaturas casi insoportables, que se calculan según las sientan las manos de los empleados; y los hidromasajes no funcionan en su totalidad y la falta de higiene es general.
En este caso no es válido el argumento de la desinversión de décadas anteriores, ya que el hotel hace seis o siete años recibió fuertes inversiones en reciclado de habitaciones, recepción e iluminación, lo que le dio un aspecto impecable que se está perdiendo totalmente.
¿Será que la actual gestión pretende el raro privilegio de ser la que lo cierre definitivamente, después de más de cien años de historia?
Dado que el hotel está incluido en las dos áreas del Ministerio de Turismo y Cultura, ya que es un referente turístico de Salta y, además, forma parte del Patrimonio Cultural de la Provincia, por ser Monumento Histórico Provincial, sería hora de que se administre de una forma exitosa para sacarlo adelante y que podamos seguir orgullosos de él.