Los rectos desviados
Desde
que en la Argentina
se aprobó una ley para tergiversar los géneros a voluntad, todo tipo de
situaciones ridículas acontecen. Así, por ejemplo, hace poco un reo salteño “se convirtió en mujer” y consiguió que lo trasladen a un centro penitenciario
femenino, sólo para arrepentirse después y comenzar un proceso judicial para
revertir su decisión (uno podría pensar que el travestido reflexionó sobre lo
que había hecho en su nuevo destino de detención y finalmente entró en razón,
pero en realidad el hombre no es más que un aberrosexual que extraña la sodomía
y que utiliza su derecho a peticionar ante las autoridades sólo porque desea volver
a sentir el cuerpo de otro hombre dentro del suyo con más frecuencia). El nuevo
descalabro que ahora nos deparó la perversidad de nuestros legisladores involucra
a un hombre y a una mujer que, en Entre Ríos, engendraron a una hija, con el retorcido detalle de que él viste y pretende comportarse como mujer y ella, como hombre.
De todas
maneras este último caso –que, por supuesto, tiene una versión salteña– necesita
de un análisis adecuado, ya que no se trata de un hombre o de una mujer
tratando de sacar provecho de los errores intencionales de los políticos, sino
que más bien se está en presencia de un hombre y de una mujer que hacen lo que
les corresponde hacer pero de un modo completamente equivocado.
La nueva Babel
El Padre Álvaro Sánchez Rueda, un sacerdote católico que es médico, señala que lo más
reprochable del matrimonio de travestidos ortosexuales no es la acción
individual de la pareja (ya que, desde el punto de vista religioso, todo el
vicio del que son culpables lo pagarán debidamente llegado el momento); lo que
de verdad merece el repudio es la posición de los comunicadores y comunicólogos,
quienes no vacilaron en titular que un hombre había dado a luz a una pequeña.
Ciertamente el documento y la partida de nacimiento de esa mujer indican que
ella es un hombre, como bien podría indicar que ella es un robot, una oruga o
una nube, pero la realidad, aunque no nos guste, impone lo que de verdad es. Entonces
utilizar adrede un lenguaje que niega lo real sólo sirve para crear confusión,
la misma confusión que nos quita el dominio de las situaciones y nos esclaviza
ante quien dicta bajo cual disfraz debemos percibir aquello que estamos
percibiendo de un modo completamente diferente.
Egoístas
Al estar
el sexo determinado genéticamente, no caben dudas de que las parejas de rectos
desviados entrerrianos y salteños deberían cumplir con el mandato biológico
que, de hecho, ya cumplen. Pero la cultura los condiciona para que inviertan
roles: así papá se pinta los labios y mamá se deja crecer el bigote. ¿Hay
necesidad de todo ello?
La
evidencia me exime de probar que los que optan por la homosexualidad lo hacen
motivados por una triste combinación de lascivia individual y marginación social. Quien
no padece de ambas cosas jamás caerá en la homosexualidad. Pero constituir una
familia, precisamente, implica refrenar la lascivia e integrarse socialmente.
Para hacer ello es necesario amar al otro, al punto tal de aceptar limitar el
propio deseo y acatar las normas pensadas para beneficiar a los indefensos y a
quienes cuidan de ellos. O sea formar una familia equivale a aceptar que hay un
Dios encima nuestro y que el mundo se maneja de tal manera que el otro
–especialmente el otro que es demasiado joven, o demasiado viejo, o demasiado
débil, o demasiado desorientado– es reconocido no como un obstáculo que bloquea
la felicidad personal, sino como aquello que de hecho la posibilita. Lo que
quiero decir es que la homosexualidad es, por definición, una cuestión de
egoísmo, mientras que la familia es todo lo contrario.
La tercera posición
Lo más
probable es que ambas parejas sufran por su situación de anormal normalidad.
Una pareja –y me refiero a dos amantes– nunca se trata de dos personas, pues
siempre hay un tercero: Dios. ¿Entenderán esto así esas personas? Desconozco la
situación particular de la pareja salteña, pero la pareja entrerriana se
declaró católica y pidió que un cura de la localidad de Victoria los case. El
cura, correctamente, se negó a hacerlo, aunque dijo que está dispuesto a
bautizar a la niña, pues no deben pagar los hijos por los pecados de los
padres.
Si las
parejas se han encontrado el uno al otro y han decidido ya no ser sólo ellos,
sino ser alguien más, entonces Dios se encuentra allí. Pero, en este caso,
puedo asegurar que, aunque le hayan mandado un correo electrónico al Papa, Dios
no ha bendecido a la pareja. Y no lo ha hecho no porque Él sea un malvado que
le niega la felicidad a la gente: no lo ha hecho porque esa gente, esas parejas
de travestidos, persisten en su egoísmo, o sea niegan a Dios.
No
conozco el caso lo suficiente para determinar con exactitud por qué niegan a
Dios en concreto aun cuando existe aparentemente una voluntad de abandonar esa
postura, pero puedo afirmar con mucha seguridad que el tema pasa por la
cuestión de la identidad personal. Estos travestidos, en su lascivia y
marginación, permitieron que su personalidad sea reducida a su sexualidad.
Prefirieron no concebirse como cuerpo y alma que se integran en el mundo para
darse cuenta de quienes son, sino que optaron por verse como almas atrapadas en
cuerpos extraños; no quisieron la integración, escogieron en su lugar colgarse
una etiqueta externa para no olvidarse quienes son internamente. Por ello ahora
buscan que la Iglesia
o el Estado los homologue: saben que la naturaleza les deparó un destino y
saben que una cultura intenta justificar su desvío, pero íntimamente no saben quienes
son, pues no se animan a dejar de vivir para si mismos y empezar a vivir para
los otros.
Antonella
Díaz