Erica Lescano tiene siete hijos; tres de
ellos son adictos a las drogas. Todos duermen en una pequeña y
desvencijada casilla, a poquísimos metros del río Salí, del lado de la
capital tucumana. La mujer decidió mantener encadenado a José, su hijo de 16
años, por miedo y desesperación. "La cosa se puso muy fea por aquí",
apunta. Se refiere a que en el último año se duplicó el precio de las
drogas y eso sumó más inseguridad. Ahora, para poder consumir los
adictos tienen que robar más.
"El otro día salió a asaltar para
drogarse y lo golpearon entero, casi lo matan", cuenta Erica. El temor
se multiplica en las voces de las madres de los tres barrios que
recorrimos: Costanera Norte, El Palomar y Santo Cristo II (los últimos
dos pertenecientes a Banda del Río Salí). En estos sitios, para poder
consumir sustancias ilegales los adictos no dudan en poner en juego sus
vidas.
"Vivimos con la angustia de saber que en cualquier momento
alguien golpeará la puerta para avisarnos que nuestro hijo ha muerto o
que ha matado a alguien", dice Elsa Juárez, vecina de El Palomar. Su
hijo tiene 26 años, aunque por el efecto de las drogas su cerebro ya es
como el de un niño de 10 años, cuenta.
"Matar o morir es el destino
de muchos aquí", dice -así, sin anestesia- Leandro. Tiene 22 años y en
pleno mediodía está sentado sobre una vereda de tierra del barrio Santo
Cristo II, en Banda del Río Salí. Está esperando la señal del transa
(vendedor de droga) para ir a comprar una nueva dosis de "paco", la
basura que se obtiene en los procesos de elaboración del clorhidrato de
cocaína.
Leandro añora las épocas en que estudiaba y jugaba al
fútbol en Lastenia. Ahora, todo en su vida gira entorno al "paco". Desde
que se levanta hasta que se acuesta tiene ganas de consumirlo. "A
veces, me he quedado desnudo. Di todo lo que tenía puesto a cambio de la
droga", cuenta el joven, y confiesa que ya le pintaron los dedos por
una causa por robo agravado.
Hasta el año pasado, cada papelito de
"paco" costaba $ 5. Ahora vale entre $ 10 y $ 15, detalla Leandro. "Lo
que tiene esta droga es que te atrapa mucho, te descoloca, la necesitás y
sos capaz de cualquier cosa por tenerla. Como aumentó de precio, las
cosas se complicaron. Hay que salir a robar más. A veces vamos a juntar
limones para venderlos o pedimos limosna", detalla.
Así de tramposo
es el "paco": se supone que es una droga barata, pero su efecto (que no
es placer, sino satisfacción de tenerlo) dura apenas unos minutos y
entonces hay que comprar más, hasta 50 o 100 dosis por día.
La
mayoría de las casas del barrio han sido desmanteladas por los
consumidores de "paco", cuentan los vecinos. A cualquier hora, las
calles son el escenario del andar cansino de adolescentes y jóvenes de
cuerpos delgadísimos, envueltos en ropas sucias y gigantescas. Están
descalzos y tienen los talones gastados. Su estado de salud es
preocupante, dice el doctor Roberto González Marchetti, que en los
últimos años dirigió el CAPS de la zona y nos acompañó a recorrerla.
"Muchos de ellos son los desnutridos de 2002. A las secuelas que les
dejó el hambre, ahora le suman las adicciones. El futuro que les espera
es tremendo, hay que hacer algo", exclama.
No
sólo el precio del "paco" se incrementó. La inflación también llegó a
las otras drogas que circulan por la provincia. El porro de marihuana,
que costaba $ 5 ahora sale $ 15 y hasta $ 20, según nos informa una alta
fuente policial. La tiza de cocaína (contiene 10 gramos) valía $ 120 y
actualmente se la consigue desde $ 150 a $ 170.
Los expertos en
seguridad sabían que tarde o temprano esta "inflación" en el mercado del
narcotráfico iba a tener un impacto en la seguridad. Para conseguir
dinero, los consumidores arrebatan celulares y carteras, piden limosna y
cartonean. Si no tienen efectivo, desmantelan sus casas o las de sus
vecinos y cambian los elementos robados por "paco". En otros casos, se
convierten en lo que se conoce como "trafiadictos": venden drogas para
poder consumir. Y el negocio se expande.
Es miércoles a la siesta y a
la vera del río Salí pasa un patrullero. No se detiene. "La Policía
nunca para aquí", protesta Elsa Juárez. "¿Y los chicos del "paco" dónde
están?", le pregunto. "A esta hora es cuando salen a robar. Más tarde se
los ve drogándose. De noche no asaltan porque a esa hora no distinguen
entre una persona y un poste", grafica la mamá, pegada a una ermita del
Gauchito Gil, donde los "paqueros" se juntan a pedirle protección,
mientras -paradójicamente- el humo asesino que sale de sus pipas los
aniquila lento pero seguro.