Falló la Corte Suprema
El martes 13 de marzo la Corte Suprema de
Justicia de la Nación
Argentina resolvió que no es punible el anular un embarazo que
sea producto de una violación. El máximo tribunal, a través de una sentencia
espeluznante (tanto por su inconstitucionalidad como por el horizonte de
consecuencias nefastas que inaugura), falló por unanimidad que no puede
impedirse a las víctimas de una violación ejercer “su derecho” a interrumpir el
embarazo y que los médicos “en ningún caso” deben requerir autorización
judicial previa. Agrega que el aborto deberá ser practicado en un hospital
público con sólo la presentación de una declaración jurada de la víctima –o de
su representante legal– en la que manifieste que el embarazo es el resultado de
una violación. Vale decir no es necesario ninguna prueba objetiva y veraz de
que ha ocurrido aquel ominoso acto de la violación, con que la mujer solamente
diga que así fue (pese a que no lo haya sido) los médicos ya están autorizados
para introducir algún utensilio que fulmine y despedace a un niño por nacer.
La violencia en contra de la vida
humana que supone esa decisión de una pandilla de leguleyos es tremenda. Lo
curioso es la perturbación del sentido común que su acción promueve: la Corte Suprema, al menos la
actual Corte Suprema, jamás se atrevería a castigar con la pena de muerte al infame
violador pero no tiene ningún problema para castigar con la pena de muerte al
fruto de una violación, añadiendo a ese crimen horrendo contra las mujeres este
otro crimen espantoso que es la muerte del inocente. De eso se trata aquí: la
aniquilación impune de una vida que sólo es culpable de existir.
Lo más preocupante es que siendo la Corte Suprema una de las
principales instituciones encargadas de custodiar a la Constitución
Nacional falla, en este caso, en contra de la misma. Cuando
se esperaba que el nefasto inciso 2º del artículo 86 del Código Penal fuese
declarado inconstitucional –como de hecho lo es dada la actual adhesión de
nuestro país a los Pactos y Tratados Internacionales–, los obscuros miembros de
la Corte Suprema
hacen todo lo contrario, puesto que validan una medida elaborada a fines de la
década de 1910, época en la que aún el concepto de Estado Social de Derecho no
tenía el peso que actualmente tiene y por tanto era más aceptable exterminar a
una persona de la faz de la tierra que contener, sustentar y ayudar a una mujer
violada para que no deseche al indefenso niño por nacer y lo entregue posteriormente
en adopción en caso de no desear ocuparse de su crianza. Afortunadamente la
solidaridad es hoy en día más efectiva de lo que era hace 90 años atrás, pero
ello, claramente, no lo manifiesta nuestra Corte Suprema de Justicia.
El fallo no es ley
Juan Manuel Urtubey, el gobernador
de la provincia de Salta, al ser consultado sobre el tema por la prensa dijo:
“es muy difícil opinar sobre un fallo en particular porque en la Argentina los fallos no
tienen efecto erga omnes, es decir
que no se aplica para todos los casos similares, sino para uno en particular;
proyectar este fallo para otras situaciones me parece demasiado aventurado”. De
esa manera trató de minimizar el asunto o, al menos, intentó eludir el tener
que emitir una opinión contundente a favor o en contra.
Lo cierto es que el fallo no
funciona como una ley pero sienta un precedente importante en esta materia.
Cristina Garros Martínez, una ex-jueza salteña, sostuvo que lo más seguro es
que a partir de ahora “nadie va a andar abortando alegremente, sino que es algo que se hará en situaciones excepcionales” debido a que todo el proceso de
dar muerte a un inocente cuando aún se encuentra en el vientre materno es
altamente traumático. Rosa Zacca, catedrática de la UCASAL, fue más coherente
que Garros Martínez y afirmó que “el problema es la catarata de abortos que se vienen”. Matar a una persona es un homicidio, en cambio autorizar a que se mate
masivamente a miles de personas es un genocidio. Es más o menos eso lo que
gente realista como Zacca señalan y lo que la gente ilusa o por demás optimista
como Garros Martínez no pueden percibir.
El gozo de saber que los inocentes mueren horriblemente
Quienes comprenden que el aborto
es un pavoroso asesinato pero aún así estarían dispuestos a validarlo en casos
de violaciones o, como dice el Código Penal, que la mujer sea una persona
deficiente mental son el ejemplo viviente de la gente que se ha dejado
violentar en su sano juicio por los disvalores más miserables del mundo contemporáneo.
Hay mucha gente que aborrece
tanto su propia vida que, en lugar de terminarla abruptamente, optan por ayudar
a otros a que arrebaten la vida de aquellos que no se pueden defender. Tal es
el caso de, por ejemplo, Beatriz Guevara o Mariana Vargas, dos activistas a
favor del genocidio en el NOA. Según su lógica perversa, para ellas el mundo
será un lugar mejor si una persona puede darle una muerte horrenda a un
inocente y no recibir ningún tipo de castigo por ello. Descorchan un vino
espumante para festejar que la muerte le llegará a miles de desafortunados que,
por supuesto, no la merecen, brindan por la destrucción, brindan por el
genocidio.
Pero esos desviados no significan
nada ante aquellas buenas personas que, plenamente concientes de la
monstruosidad de un aborto, comenten el error de apoyar “excepciones” en
ciertos casos especiales. El Arzobispo de Tucumán apunta que esa actitud
equivale a sostener que “ciertos seres humanos en las primeras etapas de su vida no son merecedores de una protección legal plena”, es decir equivale a
sostener que hay personas cuya concepción fue "más digna" que la de otros y por tanto
merecen ser privados de su vida. La violencia sexual es indigna para quien la comete pero no para quien la padece. Permitir que una víctima se convierta en verduga es reemplazar la justicia por la venganza.
Con la excusa de crispar a la Iglesia Católica y de perseguir
a los millones de cristianos que habitan el suelo argentino algunas sinarquías
no tienen problemas en promover lo más aberrante que se les puede ocurrir. A
los ciudadanos de este país no nos queda más opción que resistir y combatir con
amor todo el odio que busca corroernos y atomizarnos.
Antonella Díaz