La sangre derramada
Una mujer de 26 años espera el
colectivo temprano a la mañana en una parada de la avenida Alem. Un malviviente
de 23 años la divisa, se le acerca y trata de quitarle la cartera. Sin embargo
la mujer se resiste al atraco y golpea al ladrón. Alertada por los ruidos, la
madre de la joven sale a la calle y ve la trifulca. Acto seguido le arroja al
delincuente algunos objetos contundentes para asistir a su hija en la lucha por
su vida. Finalmente el hombre de 23 años desiste y se aleja, dejando caer un
cuchillo mientras lo hace. Unas horas después, este energúmeno regresa al
vecindario y le profiere amenazas tanto a la mujer que intentó asaltar, como a
su familia que buscó defenderla. Las víctimas hacen la denuncia en la
comisaría, pero los policías no hacen más que dejar constancia en un papel de
que el episodio ha ocurrido.
Cuatro días después, la mujer
regresa a su casa en compañía de una prima. Es domingo y no hay casi nadie en
la calle, salvo los que retornan de las fiestas y los que salen temprano a
trabajar. El malviviente, ahora con un cómplice, reaparece. Apartan violentamente
a una de las mujeres –a la prima de la víctima del intento de robo–, y le
propinan cinco puñaladas a la otra mujer –a la que había recibido las amenazas.
La mujer es hospitalizada y los
familiares retornan a la comisaría. Ellos saben perfectamente quien fue el que
intentó asaltar y asesinar a la mujer. Entonces la familia de la víctima, junto
a muchos vecinos preocupados, queman gomas y exigen enardecidos la captura del
criminal.
La policía sale a buscarlo, pero
se demora. Los días corren y no hay noticias del malviviente. Mientras tanto,
la mujer internada empeora su situación, y día a día se enfrenta a una lucha
encarnizada contra su cuerpo herido por no morir. La familia de la víctima, obviamente,
vive sumergida en la inquietud.
El padre de la mujer apuñalada va
hasta la Terminal
de Colectivos. Mientras espera su transporte, cree divisar al cretino que atacó
a su hija. Sin meditar demasiado, extrae un cuchillo de entre sus ropas, se
abalanza contra el hombre y le asesta una puñalada en el abdomen. La gente entra
en pánico y un grupo de guardias de seguridad del lugar logran controlar y
calmar al hombre mientras los policías llegan para detenerlo.
La historia que relaté sería algo
así como una historia de venganza (o de justicia por mano propia) si no fuese
por el hecho de que el apuñalado no era el mismo que había atacado a la mujer.
Ese sujeto, por el contrario, se encontraba refugiado en la vivienda de un
familiar, en una zona rural de Tucumán. La policía lo capturará recién unos
días después de que el padre de la víctima, convertido ahora en criminal,
ingresase a una celda para enfrentarse contra el sistema judicial argentino.
El padre de Jésica,
el padre de Paulina
¿Qué debemos pensar sobre estos
sucesos? Cualquier padre está dispuesto a sacrificarse por sus hijos, incluso
al punto de ejecutar la venganza. Lo del hombre, el padre de Jésica Alderete, no
es reprochable. Su historia es la historia de una persona que, desoyendo a su
razón, actuó cegada por sus sentimientos. ¿Pero acaso el señor Alderete es un
ser poco racional que ha olvidado los principios elementales de la civilización
occidental o, por el contrario, es alguien que gracias a que entiende cómo
funcionan las cosas en este país hizo lo más lógico que se podía hacer para que
se produzca aquello que llamamos “justicia”?
Yo lo entiendo al señor Alderete.
Su desesperación es producto de la desesperanza en la que vivimos los
argentinos. En un país donde reina la impunidad, ¿acaso es insólito que un
hombre quiera tomar él mismo las represalias contra aquellos que le quitaron lo que más quería? Me
asombra, de hecho, que en la actualidad haya tan poca gente que obra como el señor Alderete,
prueba de que los argentinos aún tenemos más tolerancia de la que deberíamos
tener.
El penoso Caso Alderete ocurrió justo
cuando la Justicia
de Tucumán aseguró que ni el Clan Alperovich, ni nadie cercano a ellos, está
involucrado en el Caso Lebbos. Hace nueve años murió Paulina Lebbos, una mujer
de una edad parecida a la de Jésica Alderete y que, como ella, también era
madre de una nena. Al día de hoy no se sabe cómo murió exactamente ni por qué
su cadáver apareció mutilado dos semanas después de que desapareció. Lo que se
sabe es que hubo encubrimiento por parte de la Justicia , de la policía y
del gobierno de Tucumán. ¿Todos los involucrados entorpecieron el
esclarecimiento del crimen para que no reciba un castigo alguien que no está
vinculado al Clan Alperovich? Suena absurdo. Y es indignante que siquiera lo
planteen. Pero es lo que se sostiene oficialmente.
Imagino que el señor Lebbos debe
haber sentido la misma desesperación que el señor Alderete. Pero al hombre lo
mueve la esperanza. Esa que los tiranos intentaron quebrarle cientos de veces. Lo
admirable en ese hombre es eso: que no sucumbió a la desesperanza, pese a que bien
podría haberlo hecho.
Pablo Ulises Soria