La frontera salteña-tarijeña es
un auténtico problema nacional. Sin embargo el país le da la espalda al tema.
Es que el norte de Salta, en el imaginario popular argentino, es el lugar en
donde la patria termina, y no donde comienza: estamos adoctrinados para ver a
esa parte del país como un rincón olvidado del patio, y no como el pórtico de
entrada a nuestro hogar. Incluso los propios salteños ven las cosas de ese
modo. La ausencia de federalismo hace posible esta interpretación tan penosa de
la realidad nacional.
La consecuencia directa de esa
indiferencia y de ese desprecio hacia el norte salteño es su invasión. Y no es sólo
el espíritu expansionista del gobierno boliviano el que invade Salta a diario,
es también el imperio de lo trucho el que toma posesión de lo argentino.
En efecto, se suele hablar sobre
cómo la droga y las armas penetran permanentemente en la Argentina a través de
Bolivia, pero no es mucho lo que se discute acerca de la mercadería que es
contrabandeada por los innumerables agujeros fronterizos que el gobierno
argentino permite que existan. Ropa, calzado, sábanas y toallas, juguetes,
artículos de cocina, marroquinería y hasta productos electrónicos provenientes de Asia (especialmente de China) fluyen a
través de la porosa frontera norte, inundando al país de truchadas.
En estos últimos años el gobierno
nacional se ha dedicado a perseguir a las famosas “caravanas de compras”, desarrollando
operativos sorpresivos que sólo apuntan a disuadir a los delincuentes pero no a
eliminar realmente el problema. Es decir de tanto en tanto la AFIP , junto a la gendarmería
nacional o a la policía de seguridad aeroportuaria, detiene a camiones o
colectivos que se desplazan repletos de mercadería e incauta todo lo que llevan
consigo por haber sido ingresado de modo ilegal al país. Esto no genera desaliento
en las prácticas contrabandistas, sino un reordenamiento de sus estrategias. Así
la mercadería trucha sigue penetrando en la Argentina en enormes
cantidades, y son autos particulares los que trasladan todo el contrabando
desde el norte de Salta a otras localidades de la misma provincia, y también de
Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Chaco, desde donde parten los camiones y
colectivos que transportan la carga hacia Buenos Aires y otros destinos.
En la base de la pirámide de lo
trucho están los famosos “bagayeros” o “pasadores”, que no son más que
desempleados que se ganan el pan diario cargando mercadería desde Bolivia para
llevarla hacia la Argentina ,
y viceversa (especialmente ahora que el peso boliviano vale más que el
argentino). Los gendarmes observan pasivamente ese movimiento en que las
chalanas atraviesan parsimoniosamente el río Bermejo cargadas de cajas y otros
bultos. Esa desidia no es el resultado de amenazas o coimas contra los
uniformados, sino una directiva un tanto vergonzosa de no proceder en contra de
los precarios trabajadores. Ocasionalmente gendarmería detiene a los bagayeros
en el marco de operativos anti-narcotráfico, pero el negocio de estos
personajes consiste en, justamente, abstenerse de colaborar con los mercaderes
de la muerte a cambio de que les permitan contrabandear artículos domésticos.
Antonio Hucena, un diputado
provincial salteño perteneciente al PJ, ha denunciado en los últimos meses que la Municipalidad de Orán
ha estado colaborando con los bagayeros al permitirles usar espacios propios
para que ellos organicen la distribución de mercadería que ingresa
contrabandeada al país. La sospecha es que el contrabando no es independiente
del narcotráfico, ni del lavado de dinero, ni del tráfico de divisas, ni
tampoco del tráfico de personas. AFIP ha realizado operativos en los que, junto
a productos de contrabando, encontró droga, dólares y hasta inmigrantes asiáticos
y africanos flojos de papeles.
Es una creencia popular que en
cuanto aparezcan los alambrados y las murallas en las fronteras, el caos de lo
delictivo dejará de azotar al norte salteño. Sin embargo la salvación del país
requiere más que eso, requiere de empleo legítimo, cultura del trabajo, reconstrucción
social, y, sobre todo, de desprecio por lo trucho, algo poco probable en la Argentina de hoy.
Ángela Micaela Palomo