Una necesidad básica
En
el pasado mes de julio, la Corte de Justicia de Salta hizo lugar parcialmente al recurso de apelación contra la
sentencia que el juez Marcelo Domínguez emitió en 2012 ordenando prohibir las
prácticas religiosas en las escuelas públicas de la provincia. A partir de
ahora, y por decisión del órgano superior del Poder Judicial salteño, dichas
“prácticas religiosas” repudiadas por el juez (las cuales, aparentemente, se
trataban de oraciones católicas), sólo podrán ser efectuadas en los horarios
fijados para la enseñanza de la religión, lo que significa preservarlas
intactas pero dentro de determinados límites.
En
la fundamentación del fallo se sostiene que en Salta rige como derecho la
libertad religiosa, lo que no equivale a excluir lo religioso sino que, por el
contrario, significa contar con los medios necesarios para poder elegir sin
presiones físicas, psíquicas o sociales el camino hacia Dios que uno desea
tomar. Ese ha sido el gran acierto de los jueces: desentenderse de la idea de
que la “religión” es una patología (que es más o menos la posición que
defendían quienes promovieron la acción anti-religiosa en las escuelas), para,
en su lugar, reafirmar la obviedad de que la religión es un componente central
en la vida de todo ser humano, ya que vivir sin religión es como vivir sin
respirar o sin alimentarse. En efecto, lo religioso es un mandato antropológico,
pues si no se religa uno con Dios muerto sobre un madero, termina religándose
con una serpiente de tres cabezas, una figurilla de San La Muerte , un equipo de
fútbol, una banda de rock, un presidente asesinado o, peor, una presidente
viva.
Quitar
la religión de las escuelas públicas implica satisfacer a una pequeña minoría
que por diversos motivos desprecia a Dios, e implica a su vez perjudicar a una inmensa
mayoría que no tiene nada en contra Suyo. Que el Estado no garantice la
religión en las escuelas públicas es similar a que elimine a los deportes, a
las artes o a las ciencias: ¿de qué otra manera un joven que proviene de una
familia de recursos limitados podrá acceder a ellas? (La pregunta,
evidentemente, es retórica, pues si se la tomase literalmente, entonces habría
que responder “financiando generosamente a los clubes de barrio, a los centros
culturales, a los círculos de difusión científica y a las iglesias”, cosa que
enfadaría a los enemigos de la religión, que no sólo quieren erradicar a lo
religioso de las escuelas sino que también piden que no se les conceda ningún
tipo de beneficio económico a las personas e instituciones involucradas en esa
área).
La verdad de
fondo
La objeción que puede hacerse ante la presencia de la
religión en las escuelas públicas es que no parece correcto que sea
obligatoria. Sin embargo ello es cuestionable. ¿Por qué la religión debe ser
opcional, si los deportes, las artes y las ciencias no lo son? Un joven con
problemas físicos evita la práctica deportiva o artística pero aun así rinde la
materia. ¿Y qué hay de la ciencia? Si yo no estoy de acuerdo con la teoría de
la evolución, la enseñanza de la historia argentina, la gramática o la
aritmética, ¿acaso no debería tener un derecho a evitarlas? La respuesta es
“no”.
La escuela tiene por función transmitir la verdad, para que
el ciudadano acceda a ella y sea libre. Ese es su fundamento sociopolítico. Entonces
si el maestro de música debe enseñarles a sus alumnos el modo adecuado para que
al tocar una flauta esta produzca música, y si el profesor de educación física
debe impartir sus clases para que toda la actividad beneficie a los cuerpos en
lugar de perjudicarlos, y si los que transmiten conocimientos científicos deben
procurar que lo que dicen coincida con la realidad, ¿por qué la religión
verdadera debe relativizarse?
Ser católico implica aceptar que la salvación del alma se
produce únicamente a través de la aceptación de Cristo y su Iglesia. Nadie por
fuera de la Iglesia
y en la negación de Cristo puede salvarse. Por ese motivo yerran los jueces al
salomonizar la cuestión, instando a que el Ministerio de Educación proponga un
programa alternativo para todos aquellos que no deseen tolerar la perspectiva
católica en la enseñanza de la religión. Si hoy se permite que en la escuela
entre en materia religiosa algo diferente a la religión verdadera, ¿no se le
está abriendo la puerta a la mentira y la falsificación?, ¿no se está
desintegrando el sentido mismo de la existencia de la escuela?
La abogada Graciela Abutt Carol califica de
“segregacionista” a la idea de la
Corte de Justicia de Salta de que el Estado provea de una
educación diferenciada al estudiante que no quiere quedarse en el aula
escuchando sobre Cristo. Coincido con la señora. Si un joven es un insensato,
un hereje o un infiel, no debe huir de Dios; debe confrontar su posición,
preguntar, debatir, demostrarse a si mismo que desea seguir condenándose o que
desea algo distinto (pues muchas veces los jóvenes son como son por la mala
influencia de los padres que los engendraron pero que no supieron criarlos, por
lo que las clases de religión para la mayoría de los casos de gente no católica
serían realmente positivas para ellos).
La guerra o la
paz
Lo que la
FAIE pretende es acabar con las “desigualdades que marcan la
vida humana”, ya que ellas “son contrarias a [su] comprensión de la voluntad
del Creador”. Es más que claro que ese fanatismo igualitario de estos
autodenominados “evangelistas” tiene por propósito poner a su culto a la altura
del catolicismo, lo que significa denigrar a la religión verdadera. Si esto
acontece, si lo católico queda equiparado con sus desviaciones heréticas,
entonces todo vale. El día de mañana puede alguien salir a rendirle culto a
Satanás y pedir que se le de un espacio en una mesa de “diálogo interreligioso”
para tomar café gratis y sacarse fotos para la prensa, y nadie podría objetarle algo sin contradecirse.
Después de haber demostrado su vehemente espíritu
anticatólico, el comunicado de la
FAIE se cierra sosteniendo, justamente, que no hay un
anticatolicismo en su repudio a Salta sino un ecumenismo que plantea la
necesidad de efectuar un diálogo entre iguales. Pero todos sabemos que los
iguales no necesitan dialogar: el silencio alcanza para quienes son iguales, ya
que su lenguaje es idéntico y sólo puede producir tautologías del tipo “amar es
amar” o “querer es querer”. Pero si al decir algo tautológico se precisa de
otro tipo de proposición, entonces la igualdad se ha agotado y se está en
terreno de lo desigual. Un diálogo sin dialéctica es la comunicación sin
comunidad, por lo que sus participantes nunca llegan verdaderamente a ponerse
en contacto entre si. En cambio en un diálogo dialéctico si hay comunidad y
contacto; sin embargo en este tipo de diálogo pueden ocurrir dos cosas: o bien
las palabras se multiplican infinitamente para producir un ensordecedor ruido
que estalla en la guerra, o bien las palabras se reducen hasta devenir el
silencio que contiene la paz. En el primer caso están los igualitaristas que,
aun sabiendo que están en el error, quieren recibir el trato reservado para los
que están en la verdad; en el segundo caso, por el contrario, están aquellos
que desde la verdad hacen justicia y le dan a cada uno lo que le corresponde.
Antonella Díaz