El pasado 2 de Abril la Municipalidad de San
Miguel de Tucumán empapeló las carteleras de la ciudad con un afiche que pretendía
homenajear a los participantes argentinos de la guerra de 1982. El detalle que
indignó a muchos es que se veía una imagen de unos soldados con uniformes de tropa estadounidense de la Segunda Guerra Mundial, la cual había sido extraída de una
serie de televisión norteamericana.
Hubo mucha gente que no comprendió
la ofensa que algún genio del diseño gráfico elaboró con el aval de la Municipalidad de la
capital tucuman. Eran mayormente peronistas que, por razones políticas, defendieron
a Domingo Amaya y compañía. Para esa gente lo que importa es la intención, por
lo que usar una imagen “genérica” de unos soldados de ficción sirve para
homenajear a soldados reales. Yo me pregunto: ¿qué pensaría esa gente si para
un homenaje a Eva Perón en lugar de usar una foto de la esposa de Juan Perón
usaran una de Nacha Guevara o una de Esther Goris caracterizada como ella? ¿O
si para homenajear a Cristina Fernández de Kirchner emplearan la imagen de Fátima
Florez disfrazada como la presidente?
No existe el homenaje “genérico”.
Cada guerra es un acontecimiento, es decir es un evento que ocurre una sola vez
y de una forma determinada, y en el que mucha gente entrega su vida. Lo que
hicieron en Tucumán, por tanto, es sumamente vergonzoso.
El Intendente de la ciudad debería
pedir disculpas públicamente, y realizar un segundo homenaje a los caídos y los
veteranos de Malvinas, el cual bien puede ocurrir en cualquier época del año. Malvinas
aparece para los políticos de este país el 2 de Abril –y a veces también el 10
de Junio–, y el resto del año es una sombra que constituye un buen material
escolar abordado pésimamente o una excusa para el chauvinismo y nada más. Eso es
la “desmalvinización”.
La desmalvinización es el desagradable
fruto de la desmilitarización de la política argentina. En efecto, el Ejército
Argentino fue un factor de poder autónomo a partir de 1930, gracias a José Félix
Uriburu. En su seno se desarrolló el nacionalismo católico, aunque también hubo
una corriente liberal-conservadora muy poderosa. Con Menem, el Ejército Argentino
fue desarticulado hasta convertirse en la entidad mutilada e inutilizada que es
hoy (la cual sólo existe para dedicarse a la guerra sucia del espionaje
intrafronterizo).
Lo irónico con Malvinas es que,
al ser recordada la gesta heroica el día 2 de Abril, viene a cerrar el “Novenario
de la Vergüenza Nacional ”,
el cual es abierto el 24 de Marzo con el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia (fecha que, con
tantos recitales marihuaneros organizados por el gobierno, debería llamarse más
bien “Fiesta de la Subversión ”).
Y como la Guerra
de Malvinas fue una derrota contra una de las potencias internacionales más
grandes del mundo, ello sólo contribuye a que los argentinos inculpemos a los
miembros de la Fuerzas Armadas
de nuestras desgracias, dándole más legitimidad a una casta política infestada
de corruptos.
Las Malvinas son argentinas, lo
que significa que no son peronistas, ni radicales, ni macristas, ni
kirchneristas. Tampoco son una derrota antigua de los militares y un triunfo
futuro de la política: son una cuestión de identidad nacional, en la que cada
argentino debe contribuir a su modo para acabar con su simulación y
convertirlas en un hecho real. Ciertamente se puede estar en contra de
Malvinas, pero eso lo vuelve a uno automáticamente en algo diferente a un
argentino –algo que puede ser bueno o malo para una persona.
La sangre derramada en Malvinas no
fue un simulacro, una actuación para la televisión, un eslogan, un afiche en
una pared o una proclama en un acto. La sangre derramada es la argentinidad
misma, un hecho heroico que –a diferencia del pañuelo blanco– si merece ser un
símbolo patrio.
Zaín el-Din Caballero