La siguiente
historia es tan absurda que parece ficticia, pero, lamentablemente, es verídica.
Todo comienza cuando la
policía salteña detiene a varios hombres acusados de robar en banda. Los
delincuentes son procesados y la
Justicia afirma su culpabilidad, enviándolos en consecuencia
a la cárcel a cumplir con su condena por haber quebrantado las leyes del país.
Purgando
su pena en prisión, uno de esos hombres, un aberrosexual, decide realizarse un
implante de siliconas en el pecho, para simular la posesión de senos femeninos.
El hombre completa todos los trámites correspondientes, recibe la autorización
de los directores del penal, y con una cirugía se coloca los senos postizos.
Al cabo
de un tiempo, el aberrosexual decide acogerse a los beneficios de la Ley de Identidad de Género y
consigue también que en su DNI figure el nombre de fantasía que eligió para si,
alterándose con ello el sexo que posee. Convertido en mujer por un trámite
burocrático, el travestido (ahora “transgenerado”) pide que se lo transfiera a
una prisión femenina. La
Justicia aprueba el pedido, y “María Julieta” Morales es
reubicado.
Sin
embargo, sorpresivamente, Morales realiza luego una nueva petición: solicita que
se lo traslade, esta vez al lugar en donde estaba, es decir a la cárcel para
hombres de donde había pedido irse. Aparentemente Morales no se siente a gusto
en su nuevo hogar, debido a que habría sufrido la hostilidad de las
guardiacárceles y de sus compañeras de encierro. Pero también hay otro motivo:
Morales se “enamoró” de un interno aberrosexual como él, por lo que desea
regresar al lugar en el que estaba para seguir dando y recibiendo “amor”. Ambos hombres, de hecho, habían contraído matrimonio un
poco antes de que Morales consiguiera el cambio de DNI, para luego mantener
toda clase de peleas y discusiones que fueron lo que hicieron que el travestido
optara por separarse, solicitando el traslado a una prisión femenina. Una vez
allí, Morales decidió perdonar a su “marido” para proseguir con la relación
enfermiza que habían suspendido, y por ello interpuso un pedido de hábeas
corpus para que se cumplieran sus deseos.
En
donde recupera algo de coherencia este relato es en el rechazo que la Corte de Justicia de Salta
realiza del pedido de Morales, sosteniendo que no había pruebas de que fuese
agredido, acosado y/o violentado en la cárcel de mujeres como él aducía.
Los
abogados de Morales analizan ahora la posibilidad de realizar una retractación
en el cambio de género del DNI, para posibilitarle así al travestido el regreso
a su antiguo lugar de detención. Ello, sin lugar a dudas, constituye un abuso
de los beneficios de una abominable ley la cual, desde el principio, estuvo mal
diseñada.
La
enseñanza que esta historia nos deja es que resulta realmente preocupante
constatar como se tergiversan las cosas frente a nosotros. La nefasta Ley de
Identidad de Género (una normativa que incluso tuvo más apoyo parlamentario que el matrimonio entre homosexuales) es un elemento óptimo para causar toda clase
de descalabros: por ejemplo si una mujer desea seguir trabajando cuando ya ha
alcanzado la edad jubilatoria –algo muy común en un país en donde jubilarse
equivale a ingresar en el mundo de la pobreza–, puede hacer un muy breve
trámite para convertirse en hombre y preservar así su puesto por unos años más;
del mismo modo si un hombre quiere gozar de los beneficios destinados a las
personas de sexo femenino (como por ejemplo las extensas licencias por
maternidad), basta con acercarse al Registro Civil más cercano y pedir el
cambio de DNI. Y ni hablemos de los hombres que pueden llegar a cambiar de sexo
para incorporarse a equipos deportivos femeninos y mejorar sus rendimientos, o
de aquellos que pueden llegar a hacerlo para ocupar los espacios destinados a
mujeres a través de los diversos “cupos femeninos”, algo que sucederá tarde o
temprano (como sucedió lo de que un hombre afirme ser mujer para pasar de una
prisión masculina a una femenina).
Lo
ridículo de todo esto no es que se permita el cambio de sexo con una mera
declaración y sin prueba alguna, y tampoco es ridículo que alguien que cambió
de sexo se “arrepienta” y retorne a su situación anterior. Lo verdaderamente
ridículo es que se acepte sin cuestionamientos la locura de suponer que el sexo
es tan maleable que una persona pueda transformarse de una cosa a otra en lo
que tarda un pestañeo, pero que al mismo tiempo se niegue rotundamente que
existe la cura para la homosexualidad y demás prácticas sexuales aberrantes.
Antonella
Díaz