Logorrea
En España existen Cuatro y laSexta, que son dos canales de
televisión famosos por su nutrida programación deliberadamente ofensiva hacia
la moral cristiana. En el medio de ambos está Telecinco, otra señal de
características similares. Pues bien, sucedió que, recientemente, en un
programa transmitido por el mentado Telecinco apareció Lucía Caram, una monja dominica.
Los productores de dicho programa fueron hasta Manresa a buscarla a esta mujer
debido a que ella es una tucumana viviendo en la Madre Patria , y querían que
alguien opine acerca de la jugada del gobierno argentino para expropiarle YPF a
la empresa española Repsol. Con el micrófono en frente suyo, Caram tildó a la Presidente Cristina
Fernández de Kirchner de “desequilibrada”, y recordó que en unos pocos años los
Kirchner pasaron de ser socios de Carlos Menem a imitadores de Hugo Chávez.
Después despotricó contra el Partido Popular español, y terminó hablando de la
importancia de “optar por los pobres”. El episodio fue recogido por la prensa argentina como una curiosidad.
En España es muy habitual que religiosos católicos visiten
los estudios de televisión para opinar sobre asuntos sociales, culturales,
políticos y hasta económicos (en Argentina, si bien aparece a menudo gente del
clero ante las cámaras de televisión, a diferencia de lo que sucede en España aquí
no se tiende a considerar a los religiosos como parte de la galaxia opinóloga).
Caram no es sólo una invitada regular a los programas televisivos, es también una
adicta a las cámaras. Cuatro, Telecinco y laSexta la buscan permanentemente,
pues esta monja logorréica representa la Iglesia Católica que ellos
anhelan: una institución vaciada de su verdadero significado y convertida en
una parodia de lo que debería ser.
Santiago IV:4
Caram es un producto de la infame Teología de la Liberación y una
defensora a ultranzas de las consecuencias anticatólicas del nefasto Concilio
Vaticano II. Desde hace años que esta mujer polemiza públicamente contra los
amigos de la Iglesia ,
tomando la posición de los enemigos de la misma. Por ello no es raro verla en
esos aquelarres llamados “diálogos interreligiosos”, como tampoco es raro enterarse
de que le ha replicado a algún defensor de la religión verdadera sólo por el
hecho de que éste ha tenido el coraje de la parresía (un caso muy ilustrativo
es su última polémica con Monseñor Juan Antonio Reig Pla, el Obispo de Alcalá
de Henares: mientras que el prelado fustigo la degeneración que significa la
homosexualidad, advirtiendo que quienes la practican son propensos a
corromperse en el más doloroso de los pecados, Caram tomó partido por los desviados y pidió que no se los trate así porque ello incrementa su sufrimiento
–sufrimiento que, aunque no le guste escucharlo a Caram, ellos mismos se han
encargado de cultivar–).
Otro episodio que pinta de cuerpo entero a Caram es su participación estelar en un evento conocido como el “Congreso Internacional de la Felicidad”, organizado
por la corporación multinacional The Coca-Cola Company. En estos últimos años este
gigante del capitalismo ha optado por asociar a su marca a la idea de
felicidad. Su fundamento teórico para ello es la psicología positiva, una
corriente nacida en EEUU a fines de la década de 1990, pero que tiene sus
precursores en Abraham Maslow, Rollo May y Viktor Frankl. El gurú contemporáneo
de esta corriente es Martin Seligman, quien, con la idea de alejar a la
psicología del enfoque patologista, ha desencadenado un imparable torrente de
investigaciones sobre la mente humana, cuyos resultados son usufructuados sobre
todo por los expertos en mercadotecnia. Lo que estos genios del optimismo han
averiguado es que la felicidad no se logra consiguiendo aquello que no se tiene
y que se desea, sino que la misma es el resultado de una vida comprometida, en
donde los lazos sociales se multiplican y las metas personales lo llevan a uno a
lograr objetivos que benefician a muchas personas. Entonces, al cuidar el medio
ambiente o al ser solidario con otros, uno accede a la felicidad.
En la metafísica de la felicidad de Coca-Cola no hay
espacio para Dios. En la de Lucía Caram tampoco. Por ello el uno y la otra
concuerdan tan bien. Caram, incluso, hasta lo ha explicitado, sosteniendo que ella prefiere una comunión basada en el Amor por sobre una basada en la Verdad, ya que lo primero
une, mientras que lo segundo separa. Para un católico “Amor” y “Verdad” son
nombres de Cristo, por tanto no es cuestión de elegir algo y descartar lo otro,
sino de aceptar y vivir en ambos. Si la Verdad –esto es “si Cristo”– ofende a alguien lo
suficiente como para motivarlo a romper la comunión entre las personas y Dios,
ello es un problema que concierne al ofendido; al cristiano no le corresponde
renunciar a la Verdad
para complacer a los otros, miles de mártires lo prueban. Caram, que se
autodenominada católica, debería saberlo.
Los innecesarios
Lucía Caram no es la primera ni la última persona que,
desde el interior del clero mismo de la Iglesia , hace y dice todo este tipo de cosas. La
lista de gente como ella lamentablemente es larguísima. Para no irnos fuera de
Tucumán basta con recordar a Gioconda Perrini, una religiosa que a fines de la
década de 1980 cambió los hábitos por la industria de la educación, y luego,
gracias a sus contactos políticos, terminó siendo no sólo funcionaria del
gobierno de Ramón “Palito” Ortega, sino también una Diputada Nacional
menemista. Más cercano en el tiempo está el caso de Javier Mieja Riquelme, el “cura bolsonero”, un párroco de Ranchillos al que Monseñor Villalba convenció
para que diera el paso al costado que se negaba a dar; hoy en día Mieja
Riquelme es funcionario de Alperovich, y le canta loas al Gobernador que abolió
a la Cruz de la
bandera provincial.
Perrini y Mieja Riquelme son dos demagogos que fueron
buenos para tergiversar al catolicismo en beneficio propio, pero que fallaron
estrepitosamente al momento de evangelizar a los tucumanos. La diferencia entre
ellos y Caram es que Perrini y Mieja Riquelme, al menos, tuvieron la decencia
de dejar sus hábitos, mientras que “sor” Lucía persevera feliz en el error, sólo
para que aquellos que aborrecen a la
Iglesia se regocijen.
Zain el-Din Caballero