Temor decimal
Todos los consumidores argentinos,
en más de una ocasión, nos hemos encontrado en algún comercio en donde se nos ha
mezquinado las monedas del vuelto. En los kioscos, generalmente, se compensa la
falta de estas minúsculas piezas metálicas con el ofrecimiento de incomibles
caramelos que estamos obligados a aceptar para no regalarle el dinero al
kiosquero. Y rara vez podemos obrar a la inversa y pagar lo que consumimos
entregando una bolsa de caramelos por el mismo valor del monto que se nos solicita,
pues el trueque no resulta ser un sistema de intercambio comercial muy
convincente por estos días.
En otras
situaciones, peor aún, ni siquiera obtenemos esos caramelos. Tal es el caso
emblemático del transporte público, donde taxistas y colectiveros se han
enfrentado en incontables oportunidades a sus pasajeros por culpa de las
pequeñas inhallables.
La ausencia de las monedas de
menor denominación beneficia principalmente a todos aquellos comerciantes cuyas
operaciones son las más pequeñas del mercado. En rigor sólo beneficia a los más
inescrupulosos de ese grupo, los que terminan acumulando un dinero extra por
sus ventas (los comerciantes honestos prefieren perder la venta y ganarse la
antipatía de los clientes, o también optan por resignar lo que les corresponde
y empobrecerse poco a poco).
En la Argentina contemporánea se
nos ha inculcado un temor ante lo decimal, por lo que se busca siempre que los
vueltos se redondeen o entre números enteros o entre mitades de números
enteros. La consigna parece ser el evitar invocar a las “ausentes” moneditas de
5 y 10 centavos. ¿Pero están realmente desaparecidas?
El de$aparecido Pellegrini
La escasez de monedas parece ser algo crónico. Todos los años la prensa dedica espacio para “denunciar” la situación, aunque en 2011 –debido a la escalada inflacionaria y a los violentos aumentos de los precios de muchos productos– este tema no recibió tanta cobertura como en años anteriores (aún así en enero La Gaceta de Tucumán publicó un artículo al respecto y en julio lo hizo también La Unión de Catamarca, mientras que en noviembre Canal 9 de Salta subió en su sitio web una foto que alguien les pasó por Facebook, en la que se ve que una pollería permuta $ 300 en monedas a cambio de tres billetes de $ 100 y un pollo entero de regalo).
La carencia de monedas es un
fenómeno kirchnerista, pues en otras épocas lo común siempre fue el exceso. En
efecto, desde que salió de circulación el billete de 1 peso (aquel que llevaba
la efigie de Pellegrini) la cantidad de monedas en uso, en contrapartida,
creció significativamente, ya que todos los billetes en vigencia debieron ser
reemplazados por una moneda equivalente.
Ahora bien, ¿quién fue el
responsable de la desaparición, en plena democracia, del Pellegrini? Todos los
indicios apuntan a IBM. Durante los años del menemato, esta corporación hizo un
feroz lobby para implementar las máquinas expendedoras de boletos; conseguido
este objetivo, a nadie sorprendió que la gigantesca multinacional ganara innumerables
licitaciones para brindar el servicio. IBM, por tanto, fue uno de los
principales grupos que alentó al Estado para que los Pellegrinis desaparezcan y
la venta de máquinas expendedoras se tornase una necesidad, desencadenando
también una consecuente urgencia de monedas para poder utilizar dichas
máquinas.
Tras la desaparición del
Pellegrini reapareció un fenómeno que en Argentina se había extinguido hacía
casi un siglo: la falseación. El fin de la
inflación durante la década de 1990 y el tipo de cambio equilibrado con el
dólar contribuyó a desatar una fiebre falseadora de monedas cuyas
consecuencias aún hoy se perciben. Se estima que, actualmente, en un conjunto
de 1.000 monedas argentinas (hechas, supuestamente, de aleaciones de cobre y
aluminio o de cobre y níquel) es posible encontrar al menos 5 monedas falsas
(fabricadas a base de cobre y otros metales, entre los que se incluye el zinc,
el estaño, el antimonio y el plomo). Las monedas falsas, producidas con moldes
de joyería, son reconocibles porque suelen desteñirse o borrarse sus relieves
fácilmente.
Los bancos, según sus propias
palabras, no aceptan este tipo de monedas, pero ellas no son complicadas de
encontrar en todos los sitios donde se paga en efectivo con sumas pequeñas, lo
que incluye supermercados, almacenes, kioscos, locutorios, agencias de lotería,
transportes públicos, etc.
Las secuestradas
Desde la consolidación del
kirchnerismo en el poder, las noticias de falseación de monedas cesaron de
circular. La realidad es que ya desde el abandono del uno-a-uno cambiario el
negocio de la falseación de monedas se había tornado poco lucrativo. Sin
embargo la prensa pronto empezó a alertar sobre la nueva modalidad que habían
adoptado los delincuentes en torno a las monedas: el secuestro.
Tiene que tomarse en cuenta que
aquí no se está hablando de las monedas más pequeñas (las de 1, 5 y 10
centavos) sino de las más grandes (las de 25 y 50 centavos, y las de 1 peso).
Las primeras monedas que empezaron a escasear fueron aquellas cuyos valores son
los más elevados. El fenómeno fue denunciado y tiempo después cayó uno de los
responsables: las
transportadoras de caudales. Estas empresas sólo existen con la excusa de
que ellas pueden garantizar la seguridad y la integridad de las cifras que
otras empresas ingresan en los bancos. Sin embargo muchas transportadoras de
caudales se jactan también de poder asegurar un amplio abastecimiento de
monedas a quienes lo soliciten. Es decir, si una empresa (generalmente un
comercio) precisa monedas, puede contratar los servicios de una de estas
transportadoras y convertir, de paso, sus papeles en metales; de lo contrario
la empresa deberá insistir con un mínimo de éxito garantizado en el Banco
Nación para conseguir cambio, o visitar el mercado negro para obtener las
monedas de las empresas de transporte de pasajeros o de las iglesias.
De todos modos las
transportadoras de caudales son el eslabón más débil de la numismafia.
Valiéndonos de una analogía, se puede decir que son como los punteros a los que
se los acusa de ser los ejecutores del negocio del narcotráfico, con el único
propósito de señalar a algún culpable, llevarle algo de tranquilidad a la población
preocupada por la situación y proseguir mientras tanto con la organización del
delito. En casos como este nadie cuestiona a los auténticos responsables,
puesto que hacerlo sería ir en contra de quienes ostentan el poder hoy en día.
Cabe, entonces, la pregunta:
¿quién es el mayor responsable de todo esto? La respuesta oficial, la que
vergonzosamente reprodujeron los miembros de la
prensa nacional y de la
internacional, es casi descabellada: “el constante aumento de precios
debido a la inflación hace que el cobre y el aluminio del que las monedas están
hechas tengan más valor que su denominación.” Creer en algo semejante sólo
puede ser testimonio de una preocupante ignorancia.
Ningún periodista, según parece,
se ha tomado la molestia de comparar precios y utilizar el sentido común.
Quizás los que han escrito sobre el tema no sean buenos para las matemáticas.
Hagamos aquí el cálculo que ellos no han hecho: una moneda de 50 centavos pesa 5,8 gramos; para tener
un kilo de monedas hay que juntar 173 unidades, las que equivalen –según su
valor nominal– a $ 86,50. Ahora bien, el kilo de cobre, actualmente, cuesta alrededor de $ 37
en el mercado oficial (en el mercado negro el valor tiene que ser aún
menor). Hace dos años atrás, cuando faltaban tantas monedas como ahora, el
precio rondaba los $ 24. Evidentemente juntar monedas para fundirlas y vender
el cobre es, tanto ayer como hoy, una flagrante pérdida de dinero.
El siguiente cuadro repite el
cálculo para todas las
monedas en vigencia legal en la Argentina, exceptuando la de 1 centavo y la
de 2 pesos:
Como queda claro, el único negocio sería acopiar monedas de 5 centavos y
fundirlas para obtener una ganancia que rondaría entre los 10 y los 15 pesos
por cada kilo de unidades. Sin embargo si se toma en cuenta el costo de
fundición, y si se le suma el hecho de que el cobre de las monedas no es
totalmente puro (ya que el 10% de esas monedas están hechas de aluminio), queda
en evidencia que no hay nada de lucrativo en el asunto, y que esta hipótesis no
nace de la incompetencia sino de la mala fe de quien la formuló, probablemente
algún “periodista militante”. Quienes la repiten son o comunicadores cómplices
o periodistas incapaces.
Las monedas en juego
Descartada la absurda hipótesis de vendedores de cobre, es más sencillo encontrar a los culpables de la escasez de monedas: la industria del juego. Cualquiera puede constatarlo: elija uno de esos antros conocidos como videopokers, ingrese con un billete de $ 50 con la excusa de que lo quiere cambiar para jugar en sus maquinitas, y acto seguido tendrá en sus manos 50 monedas de 1 peso, 100 de 50 centavos o 200 de 25; las entregan entubadas en paquetes de 10 unidades. La escasez de monedas no existe en esos lugares (pero si abundan los usureros, las prostitutas y sus proxenetas, los punteros que venden drogas, etc).
Los tucumanos de memoria más
activa recordarán que hace
unos años muchos vecinos intentaron resistir la apertura de locales de juego en
la provincia. Que esa lucha fue un fracaso lo atestigua la cotidiana falta
de monedas. También la veloz multiplicación de las máquinas tragamonedas en
Salta y Jujuy ha contribuido a afianzar este fenómeno en el NOA.
La industria del juego concentra
las monedas de mayor denominación, y arregla con bancos y transportadoras el
funcionamiento de la numismafia. La desaparición de las otras monedas responde
a un eco oportunista de los comerciantes (como ya está instalada oficialmente
la cuestión de la escasez, es más simple negar vuelto).
En diciembre pasado el Banco
Nación, después de muchas idas y vueltas, puso en circulación las monedas de 2
pesos. Dichas monedas resultaban imperiosas para las casas de juegos de azar,
debido a que la inflación obliga a manejar cifras más altas en todos los
ámbitos. Al día de la fecha las monedas de 2 pesos también escasean entre quienes no se dedican al juego.
Pablo Ulises Soria
