La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

lunes, 13 de octubre de 2014

La derrota femenina: una reflexión sobre el último Encuentro Nacional de Mujeres

La guerra en tiempos de paz

El 29º Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) sirvió para que muchos salteños manifestaran su odio cristianofóbico y su resentimiento por tener que vivir en una sociedad construida sobre valores occidentales.

Ya a principios de septiembre las organizadoras del ENM lanzaron una declaración de guerra: “Les hicimos 29 Encuentros, les haremos muchos más” era el lema de evidente tono combativo (¿a quien o mejor dicho contra quien se supone que hacen los Encuentros?).

Numerosos vecinos de Salta no vacilaron en denunciar lo que se avecinaba: una manifestación violenta y obscena para exigir el derecho a asesinar impunemente a niños por nacer y agredir gratuitamente a la Iglesia Católica, disfrazada de congreso para debatir sobre la problemática actual de las mujeres argentinas. A los progresistas les indignó que hubiese gente que no sólo decía la verdad, sino que además convocasen a otros a defender el patrimonio edilicio para minimizar los daños que causan las hembristas cada vez que se reúnen. Entonces denunciaron “una caza de brujas”. El desarrollo de los acontecimientos posteriores, al final, le dieron la razón a los ciudadanos que anticiparon que sucedería una bochornosa escena de incivilidad.

Las organizadoras del ENM decidieron que la marcha hembrista que habitualmente cierra el evento con el supuesto objetivo de “visibilizar” a la problemática femenina no desembocaría frente a la Iglesia Catedral. Con ello pretendían realizar un gesto de agradecimiento al gobierno provincial, que subsidió generosamente al ENM y facilitó instalaciones públicas para desarrollar sus actividades. Sin embargo una facción bastante nutrida de asistentes al evento hizo caso omiso de lo dispuesto por las organizadoras e igual concurrieron hasta la plaza central de Salta. Allí quemaron una bandera con los colores del Vaticano, bailaron y cantaron semidesnudas en una suerte de espectáculo cavernícola, agredieron a las personas que estaban ante los vallados que protegían a los edificios, y aprovecharon para ejercer impunemente la obscenidad ante la vista de todos. Es decir esas fanáticas hicieron exactamente lo que unos supuestos carteles “cazabrujas” decían que harían una vez concluido el ENM. ¿Acaso las organizadoras del ENM emitieron una declaración de repudio por lo acontecido y decidieron expulsar de futuras reuniones a las revoltosas? Por supuesto que no.  

Creo que después de lo que pasó en Salta quedó en claro que a las hembristas no les importa difundir su causa sino que sólo buscan confrontar violentamente con quienes no están de acuerdo con ellas. Son un ejército blandiendo una espada, no la luz de la verdad iluminando la obscuridad. El hembrismo se constituye así como una fuerza colonial, una iniciativa imperialista, que recurre a la violencia porque no tiene argumentos válidos para convencer a la gente. ¡Qué diferente que resulta esto de la religión!

Cuando se produce una procesión católica en Salta, la gente no termina pogromeando la sede de Mumala, ni del Partido Obrero, ni nada parecido. Por eso el cristianismo es mayoría: no busca conquistar con pintadas guarangas y cánticos soeces, seduce con la dulzura de la palabra manifestada a través de la canción de alabanza y de la plegaria, y convence a través del sermón. 

El síndrome de la mujer golpeada

El ENM, supuestamente, es consensualista: las mujeres participan de una serie de talleres de discusión, pero en ellos “no hay ganadoras ni perdedoras”, ya que todas las opiniones vertidas sobre los diversos temas terminan reflejadas al final. Esto, en realidad, es falso. Muchas mujeres antihembristas asisten a las reuniones, plantean sus puntos de vista, y luego son ignoradas categóricamente. Es que en el ENM prima “el síndrome de la mujer golpeada”.

En efecto, el objetivo real del multitudinario evento es hacer catarsis. Las propias organizadoras lo dicen: “Miles nos fortalecemos y tras cada Encuentro volvemos fortalecidas a desandar las relaciones familiares y dentro de las demás organizaciones donde nos desempeñamos.” Es claro, ¿verdad? Muchas mujeres sufren en sus hogares o fuera de ellos por no tener el coraje, la inteligencia o el autoestima como para hacerse respetar, y entonces deciden liberarse de todas las ataduras por el plazo de dos días para volver “recargadas” a sus lugares de origen. Eso son los ENM: una excusa para gritar, descontrolarse y autocompadecerse para sentirse mejor con una misma. Por ello necesitan señalar a un enemigo al cual culpar de los padecimientos propios, y como los maridos, los hijos o los patrones no se encuentran cerca, la Iglesia Católica encarna simbólicamente a ese enemigo.

Los ENM son eventos de una esterilidad mayúscula. Los justifica, precisamente, aquello que la mayoría repudia: la creación de una zona temporalmente autónoma en la cual la mujer física o psicológicamente “golpeada” puede ejercer su poder sin limitaciones. La mayoría de las asistentes al ENM entienden que es humillante para la propia mujer pasearse desnudas o semidesnudas vandalizando una ciudad e insultando al viento, pero, como buena golpeada que se aferra a algo que es ligeramente mejor a la situación que vive, aceptan participar de esa ridícula puesta en escena.

La agenda impuesta

Dado que los ENM no son más que manifestaciones del ruido y la furia, nada importa acerca de su contenido. En los últimos 29 años se ha parloteado mucho, pero poco se ha logrado. Toda la legislación hembrista y elegebetista que le impusieron a nuestro país en el último lustro no emergió de los ENM, sino que fue importada desde el extranjero. Y eso es un asunto más grave que en la Argentina nunca se discute: la naturalización de lo radicalizado.

Más allá de las energúmenas que causaron desmanes en Salta, hubo muchas otras mujeres que participaron de los talleres con la intención de obtener algo más que un mero momento de catarsis. Esas eran mujeres que apoyan al gobierno pero que no se conforman con lo mucho que éste ha hecho para arruinar el concepto de familia, por lo que además quieren que el aborto sea legal y el adoctrinamiento hembroelegebetista sea obligatorio en todas las escuelas del país (piden eso al mismo tiempo que cuestionan la enseñanza de la religión en el ámbito escolar). Estas asistentes son, de hecho, más peligrosas que las bandoleras, debido a que predican y practican las mismas aberraciones hembristas pero sin recurrir a la violencia visible.

El resultado de este escenario es nefasto. Hoy en día cualquier hombre que critique a una mujer en la Argentina es tildado automáticamente de “machista”, y cualquiera que atente en contra de la integridad física de alguien del sexo femenino es acusado de ser un “femicida”. No importa si el hombre no está manifestando la superioridad del hombre por sobre la mujer, o si agrede a una mujer por su circunstancia y no por su condición de mujer, para el discurso popular argentino no hay diferencia: todo hombre es un potencial machista y femicida, si no es que de hecho ya lo es de manera activa. Evidentemente hay un abuso de la condición femenina que no es políticamente correcto denunciar.

El triunfo de la corrección política se mide de acuerdo a la ignorancia de la gente pensante: mientras menos ejercen el pensamiento crítico los miembros de una sociedad, mayor es la impostura irracional y los tabúes.

Hoy en día el ENM –como lo ha sido siempre– es un mero adorno. Las mujeres que participan alegremente del mismo son idiotas útiles o, simplemente, idiotas a secas que no distinguen entre el radicalismo hembrista y la posibilidad de saldar las últimas deudas que el mundo contemporáneo debe saldar con las mujeres. Por ello tomaron como algo tan natural que el ENM realizado en Salta esté invadido por hombres con peluca, que por ser tan membrudos difícilmente puedan ser llamados “mujeres”. No entienden y no quieren entender cuáles son sus derechos ni, fundamentalmente, cuáles son sus obligaciones por ser mujeres.

El show de Violetta

Finalmente no quiero dejar pasar la oportunidad de referirme a un episodio bochornoso que sucedió el fin de semana pasado en Salta, porque creo que ilustra bastante bien lo perverso que es el avance del hembrismo en la Argentina.

En el acto de apertura del 29º Encuentro Nacional de Mujeres realizado en el Estadio del Milagro, hubo un violento choque entre unas mujeres que quisieron subirse a la tarima oficial y la gente que custodiaba dicha tarima. La dirigente trotskista Manuela Castañeira intentó llevar hasta los micrófonos a Rocío Girat, pero las organizadoras se lo impidieron, por lo que la mujer decidió no abandonar el escenario como se lo pedían; acto seguido intentaron expulsar a Castañeira del lugar por la fuerza, y la mujer terminó armando un histérico escándalo mientras gritaba “vivimos en democracia”, “no sean cómplices del patriarcado” y cosas similares. Si en lugar de Castañeira hubiese estado alguna de las mujerzuelas de La Cámpora sospecho que la historia hubiese sido diferente.  

Sea como sea, ese choque fue sólo una muestra del trato que habitualmente padece alguien que intenta plantear una disidencia en uno de esos congresos hembristas, pero de todo modos lo que más me interesa es la figura de Rocío Girat.

Girat es una joven marplatense que irrumpió recientemente en la televisión después de que se condenase a su padre por violación. Marcelo Girat, el inculpado, era un hombre perteneciente a la Armada Naval que supuestamente habría violado durante cuatro años a Rocío, su hija. La historia de abuso e incesto causó indignación y la gente, naturalmente, se puso del lado de la víctima. Así, a través de la presión mediática, Rocío consiguió que a su padre se lo traslade a una cárcel común, pues, hasta antes de que ello sucediese, los jueces le habían permitido gozar de prisión domiciliaria sabiendo que la vida de un hombre de las Fuerzas Armadas acusado de violación corre peligro en el interior de una penitenciaría.    

Cuando aparentemente nos enteramos que había triunfado la justicia, empezamos a escuchar a la víctima llevar su testimonio de programa de televisión a programa de televisión (previas reuniones con funcionarios del gobierno que prometieron perseguir a todos los militares cómplices que pudiesen llegar a haber estado involucrados en el caso). En Minuto Uno, el programa de Gustavo Sylvestre en C5N, Rocío y su madre –la ex–esposa de Marcelo Girat– hablaron sobre su pasado y su presente. Allí, la madre de Rocío contó que nada menos que a los 13 años ella comenzó a frecuentar a un “noviecito” que no sólo la superaba en edad, sino que además tenía un historial de consumo de drogas; Marcelo Girat le reprochó duramente a su esposa que permitiese que una situación así sucediese y ella, según su testimonio, minimizó el problema; poco después habrían comenzado las violaciones. ¿No suena esto raro? Es obvio que en la situación descrita por las propias protagonistas quien estaba actuando más coherentemente es el padre, acusado después de violador. También cuando Rocío cuenta que su padre la retiraba de las discotecas y la llevaba ebria a la base naval en la que trabajaba eso nos dice, entre otras cosas, que había un hombre preocupado por su hija menor de edad y que por ello la custodiaba para que retorne junto con él al hogar, evitando así depositarla en su casa sin su supervisión (lo que significaría que, apenas él retornase a su puesto de trabajo, ella podría volver a dejar su hogar para seguir bebiendo descontroladamente en fiestas con otros adolescentes). Todo ello me lleva a sospechar que el Caso Girat más que un horrendo episodio de incesto y abuso podría tratarse de un típico montaje para justificar un divorcio.

En Argentina estamos acostumbrados a mujeres como Estela de Carlotto, Hebe de Bonafini, Susana Trimarco y otras que envueltas en el disfraz de víctimas viven la vida oronda a expensas del pueblo argentino y viajan por el mundo dando lecciones sobre victimización, ¿hace falta sumar a otra de ellas?



Antonella Díaz 

domingo, 12 de octubre de 2014

Armas para el pueblo

Pareciera ser que nadie en la Argentina de hoy está dispuesto a recibir un balazo por otro, pero la evidencia lo desmiente: el 7 de octubre un quincuagenario fue asesinado a sangre fría en San Miguel de Tucumán porque intentó detener con su escopeta el atraco a una casa vecina. Ese crimen es la consecuencia natural de un escenario en el que la violencia delincuencial se ha incrementado y la seguridad ciudadana ha disminuido (porque el policía no está presente para actuar, y cuando finalmente actúa se lo critica incansablemente hasta hacerlo perder su empleo).

Tres delincuentes trataron de ingresar al domicilio del periodista opositor Ramiro Garrocho, cuando un vecino observó la escena desde su residencia. Consciente de que estaba presenciando un tremendo acto de agresión, el hombre decidió asistir a la víctima, así que tomó una escopeta y, mientras hacia un disparo al aire, les gritó a los malvivientes exigiéndoles que se alejaran. Los criminales abrieron fuego mientras se retiraban, dejando un muerto como saldo.

Un ciudadano común harto de vivir con miedo opta por defender a los suyos y termina fulminado. ¿No es hora de que toda esa iniciativa vecinal se formalice? Cada barrio, sea pobre o rico, debería tener sus vecinos policías, pues –al menos en Tucumán– es bastante obvio que las patrullas civiles ya son reales. Y si resulta imposible distribuir a los policías en todos los rincones que pueden llegar a convertirse en blancos de la delincuencia, ¿por qué no capacitar a gente como el vecino asesinado para que se constituya como un cuerpo civil armado coordinado y supervisado por la policía y por los propios ciudadanos?

Ante un Estado que poco hace por prevenir el crimen, no suena descabellado que la misma gente que lo sufre busque modos de combatirlo por sus propios medios. El peligro de ello, claro, radica en que no resulta sencillo enfrentarse al hampa de nuestro país, el cual parece tener cada vez menos límites para despojar a las personas de sus bienes. De allí que si alguien está dispuesto a manipular un arma para ejercer su derecho a la legítima defensa, entonces debe saber manipularla correctamente para no herirse a si mismo y para no caer abatido por delincuentes dispuestos a todo. Y aquí es donde debe entrar en escena el Estado: si quienes gobiernan no creen conveniente hacer todo lo necesario para acabar con el delito, al menos éstos deberían dar mayor asistencia y capacitación a las personas que quieran garantizar su protección y la de sus familias.

En este escenario que planteo el Ejército Argentino, por ejemplo, podría volver a conectarse con la identidad nacional organizando cursos gratuitos de adiestramiento en combate cuerpo a cuerpo y disparo con armas de fuego. Porque miles de familias tucumanas –después de la huelga policial de 2013– ya se encuentran armadas, por tanto la apuesta gubernamental debería ser contribuir con esas personas que no quieren convertirse en víctimas obligadas de la delincuencia. No hacerlo es incubar un conflicto.

Ciertamente darle poder de fuego a la ciudadanía puede llegar a convertirse en un problema, pero tomando las precauciones adecuadas puede tornarse muy beneficioso para las posibles víctimas del delito, siempre y cuando se considere a su acción antidelictiva como un complemento y no suplemento en materia de seguridad. Las armas ya están siendo usadas por el pueblo, lo más óptimo sería que su uso no sea testimonial sino realmente disuasivo y hasta directamente represivo en ciertos casos.


Pablo Ulises Soria

martes, 7 de octubre de 2014

¿Cómo hace el caballito?

El delito y lo inapropiado

El video de un policía tucumano mofándose de un hombre esposado generó polémica. La prensa no vaciló en calificar de “torturas” a la acción policial videograbada una tarde de septiembre, sin embargo al imaginario popular argentino –adoctrinado con sesiones de La noche de los lápices– le cuesta interpretar al episodio como algo relacionado a las torturas. En efecto, para el argentino promedio, gracias a la persistente educación y propaganda dedehachehachista, la tortura es concebida como un acto maligno cuyo destinatario es un inocente, por lo que el espectáculo de un delincuente levemente maltratado lejos está de ser visto como tortura. La imagen que muestra el video es graciosa: el policía no parece escarmentar al malviviente de un modo perverso o malicioso, parece, más bien, un adolescente gastándole una broma a otro, como si fuese alguien ejecutando uno de esos pesados chascarrillos que los muchachos en edad escolar suelen idear sólo para grabarlos y subir luego las imágenes a YouTube.

En su momento el delincuente denunció penalmente a los policías, pero como su cuerpo no retuvo marcas de violencia, la Justicia optó por desestimar el asunto. Es que claramente el policía no intentó ajusticiar él mismo al maleante; de haberlo querido realmente, lo podría haber destrozado. Tampoco parece haber sido el caso de que el uniformado haya buscado aleccionar al ladronzuelo: dudo que el policía crea que, por zarandear un rato a un infeliz acostumbrado a reincidir, éste vaya a cambiar de mentalidad –él trata a diario con cretinos de esa calaña y entiende perfectamente como funciona el mundo de la calle. ¿Entonces?

Calculo no equivocarme al sostener que el policía “boludeó” al ladrón a causa del sentimiento de impotencia que lo acompaña. Seguramente no es la primera vez que el uniformado detiene a un delincuente culpable y ve cómo, en menos de 24 horas, el inservible retorna a las andanzas. De allí el comportamiento inapropiado (exageradamente tildado de “torturas” por los cagatintas de siempre) que el oficial manifiesta.  En 2010 la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Tucumán divulgó un informe que indicaba que mensualmente en las cárceles y comisarías tucumanas se denuncian un promedio de cuatro casos de tortura. Casi todas esas denuncias no son auténticas torturas sino mero comportamiento inapropiado del hombre de las Fuerzas de Seguridad responsable; esos zamarreos, esa imposición física de la autoridad, poco tienen que ver con esas escenas en las que un policía golpea, picanea o quema a alguien.

En la Argentina el delito de torturas está penado con condenas de ocho a veinticinco años de prisión. Las estadísticas que se registran sobre el tema tienen por protagonistas a policías y carceleros, pero nunca a delincuentes. ¿Acaso cuando un delincuente ingresa al hogar de una persona y la golpea mientras la desvalija no es una tortura? No para la Justicia argentina.

Sea como sea imputar por torturas a los policías por lo que hicieron con el detenido (actualmente la Justicia tucumana identificó a cinco uniformados como responsables) es claramente una absoluta exageración. Como mucho esos hombres merecen una suspensión temporal de funciones –con el correspondiente goce de sueldo–, para que al tiempo fuera de servicio lo empleen en algún tipo de clase o curso destinado a recordarles cómo tratar apropiadamente a un detenido. Un castigo mayor sería abuso de poder.  

Un castigo adecuado

El sistema judicial argentino es acusatorio, lo que significa que a un delincuente se lo imputa y se lo libera para que experimente en libertad el desarrollo del proceso judicial en su contra. Hay excepciones, por supuesto, pero la tendencia mayoritaria de los jueces es la de no retener al acusado, porque prácticamente todos los Códigos de Procesamiento Penal del país indican eso. Esto causa indignación en la gente, quien se convierte en víctima de un delincuente, eleva la denuncia y luego –muchas veces en un lapso muy breve– se encuentra compartiendo nuevamente el espacio público con quien la atacó.

El problema no es sólo que se obligue a la víctima a convivir con el victimario, sino que lo que de verdad preocupa es que los casos delictivos de menor gravedad suelen quedar impunes en la Argentina. Cuando nos enteramos que un juez en Catamarca condena a 16 meses de prisión efectiva a alguien por robar una botella de gaseosa y otra de fernet pareciera que se está aplicando la ley rigurosamente, pero lo cierto es que a ese delincuente le cupo esa condena por amenazar con armas de fuego, no por llevarse dos botellas. Si el sujeto se hubiese limitado solamente a sustraer las bebidas, hoy gozaría de la libertad.

¿Cómo impartir justicia y erradicar ese sentimiento de impotencia y miedo que sufre la gente honesta? La respuesta es tan simple que asusta pensarla: hay que descartar la doctrina de los Derechos Humanos que, desde 1983, rige en nuestro país como dogma de fe. Los DDHH son una doctrina ajena a las tradiciones legales, sociales y culturales argentinas, por ello su imposición en 1983 fue casi tan arbitraria como si se hubiese decidido declarar comunista al país.

Ciertamente la salida de la dictadura de los DDHH tiene que darse paulatinamente. Uno de los modos más productivos sería, por ejemplo, implantar el castigo físico judicial en contra de los delincuentes. Muchos países del Caribe (Barbados, Dominica, Bahamas, Trinidad y Tobago, etc), África (Somalia, Nigeria, Tanzania, Lesotho, etc) y Asia (Irán, Afganistán, Qatar, Singapur, etc) permiten los latigazos, bastonazos u otro tipo de flagelación contra quienes delinquen. En Argentina bien podría comenzar a aplicarse ese sistema, lo que habría que discutir es si conviene que sea complementario o supletorio de otras penas.   

El reflejo de la sociedad

El video de los policías comportándose inapropiadamente ante un detenido disparó una catarata de sesudas opiniones de escaso valor. ¿Por qué esas opiniones no aportan nada? Porque constituyen un mero linchamiento mediático a la policía.

En lo que va de octubre dos personas murieron en Tucumán baleadas por delincuentes, sin embargo la prensa local le dedicó mucho más espacio a la información sobre los policías del video. ¿Por qué? Pues porque es más sencillo hacerle la guerra a la policía que a la delincuencia: el objetivo es más sencillo de identificar desde la comodidad de un escritorio y las consecuencias negativas de semejante acción son casi nulas. La idea de que los policías torturan porque eso “es una herencia de la Dictadura” se repitió hasta el cansancio, pese al pequeño detalle de que el uniformado que aparece en el video es un hombre de unos 30 años, que fue educado en la escuela y en la academia de policía por “la Democracia”. Álvaro Aurane, un periodista de La Gaceta, no tuvo mejor idea que vincular el acto de exceso policial videograbado con los defectos de la fuerza (concretamente señaló que la policía que se mofaba de un detenido era la misma policía que se había acuartelado en diciembre pasado, o la que contribuyó con la desaparición de Marita Verón o con el encubrimiento del homicidio de Paulina Lebbos). Y luego repudió el hecho de que mucha gente se haya alegrado por ver el suplicio que fue obligado a padecer el delincuente.

La opinión de Aurane es la opinión del típico opinólogo que tiene respuesta para todo pero iniciativa para nada. Vale preguntar: ¿acaso Aurane está dispuesto a contribuir con la seguridad con algo más que el mero parloteo insustancial? ¿Acaso los que se horrorizaron e indignaron con lo que hicieron los policías alguna vez harán algo más que quejarse de los guardianes del Orden?

Ya lo he señalado en otras oportunidades: uno de los mayores problemas de la policía argentina actual es la calidad humana de sus miembros. Lo mismo pasa con las escuelas: antaño, cuando las maestras eran las hijas de las familias más sólidas, la educación nacional era otra historia; hoy en día esas mujeres son abogadas, contadoras, psicólogas, arquitectas, etc., pero no maestras, por ello los niños sufren las consecuencias. Lo mismo pasa con la policía: hoy en día hay una sobreabundancia de abogados, comunicólogos, pedagogos, sociólogos, filósofos, profesores de educación física, etc., que en otra época podrían haber devenido policías.

Y en caso de que se logre formar una policía de mayor calidad humana, la misma necesitaría, a su vez, de una organización interna, una disciplina de cuerpo y una preparación integral distinta a la actual. Muchos charlatanes le exigen “democratizarse” a la policía argentina, cuando lo conveniente sería lo opuesto: este país se ha venido "democratizando" desde 1983 y la decadencia nunca ha sido tan pronunciada, ¿queremos eso para nuestra policía? Evidentemente no: lo urgente es militarizar más al cuerpo de policía, militarizarlo no sólo para darle más capacitación para el combate contra la delincuencia, sino militarizarlo sobre todo para inculcarles el espíritu heroico y la entereza moral de los grandes guerreros argentinos. Si en este país hay muchos dispuestos a dar “la vida por el Modelo” pero llegado el momento no serían capaces ni de recibir un balazo por defender a la Patria, ¿cómo se espera que alguien busque hacer de la riesgosa defensa del Orden su vocación? Hay un asunto educativo íntimamente ligado al problema de la inseguridad que resulta ser una de las puntas del ovillo.

¿Cómo hace el caballito? Seguramente no del mismo modo en que relinchaban los corceles de quienes galopaban a través de los campos de batalla en donde se combatía por la Libertad. Ese es el sonido que la policía argentina debe anhelar oír.  



Pablo Ulises Soria 

miércoles, 1 de octubre de 2014

La conexión cubana

¿Acaso no es extraño que la hija de Ernesto “Che” Guevara visite a la provincia de Jujuy en representación del gobierno cubano y se reúna con dirigentes de la Tupac Amaru y de la Unión Cívica Radical? ¿Cómo es posible que en la Argentina –un país que ha convertido a los derechos humanos en su ideología de Estado– se permita que Cuba –un país condenado por la reiterada violación de los derechos humanos– opere en el campo social local sin restricciones ni controles de ningún tipo? ¿Qué hay detrás del desembarco cubano en Suramérica?

La Cuba Nostra

Es sabido que Cuba fue el primer narco-Estado de Hispanoamérica. Cuando Fidel Castro logró controlar a la isla en 1959, encontró que el país no sólo funcionaba como un polo turístico para los EEUU, sino que también era un paraíso fiscal en el cual se lavaba dinero. El tráfico de drogas era otra pieza clave en el funcionamiento de la economía de la isla, ya que la mafia norteamericana usaba a Cuba –junto con México– como plataforma para ingresar al continente a las drogas provenientes de Asia. ¿Acaso Castro desarticuló esa estructura paraestatal? No exactamente: si bien al principio persiguió a algunos banqueros y traficantes, en realidad sólo lo hizo para apropiarse de sus negocios turbios y controlarlos bajo supervisión secreta del Estado.

A partir de la década de 1960 el foquismo promovido por Cuba comenzó a multiplicarse en América y, con menor suerte, en otros continentes. A la teoría guevarista del foquismo siempre se la juzgó como absurda, puesto que no es un secreto que el triunfo del Movimiento 26 de Julio ante Fulgencio Batista se logró gracias a que los hombres que rodeaban al dictador decidieron pactar con Castro y permitirle que asuma el poder en Cuba. La idea de un grupo de mercenarios derrotando por sus propios medios a todo un ejército profesional es sólo una ficción; en la práctica, el ascenso de Castro se produjo como resultado de una red de complicidades entre grupos e individuos que ya ostentaban el poder en la isla caribeña.

La fachada era perfecta: en nombre de la igualdad y de la justicia social, un grupo de hombres armados se levantaba en armas contra los poderes legítimos; pero en realidad sólo se apuntaba a lograr el control territorial, ya que, para la mente izquierdista, eso (vale decir amenazar a toda una población) era preferible a tener que tolerar la triste realidad que los presentaba como una fuerza política no sólo ajena sino que también contraria a la mentalidad popular.

Colombia fue el mejor ejemplo del foquismo. En 1964 se formaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC), las cuales operaron, durante sus quince primeros años, con la intención de poner a grandes porciones de territorio colombiano bajo su dominio. Las primeras acciones terroristas tuvieron como objetivo la extorsión y el secuestro de productores rurales, pero pronto comenzaron a presionar a los narcotraficantes para cobrarles un “impuesto” por sus actividades. Las FARC no tardaron demasiado en sentarse a negociar con los cárteles de droga para convertirse en su guardia armada; la única condición para realizar ello era la de recibir parte de sus ganancias. Los cárteles, sin embargo, impusieron otra propuesta: ellos colaborarían con la guerrilla siempre y cuando les permitiesen blanquear dinero utilizando el sistema bancario del Bloque Comunista. Se puso en marcha así la denominada “Operación Viviana”, la cual consistía en introducir a los EEUU cocaína producida en Colombia a través de Cuba, y lavar después el dinero obtenido a través de una serie de operaciones bancarias que transferían dinero desde la isla a Europa del Este, y luego a paraísos fiscales avalados por Occidente. La práctica fue exitosa, puesto que los cubanos habían estado colaborando con narcotraficantes norteamericanos desde hacía décadas, y, a causa de ello, contaban con el saber técnico necesario para transportar droga clandestinamente de Cuba a Florida.

De todos modos en 1989 el gobierno norteamericano planeó un megaoperativo para poner al descubierto a las actividades ilícitas de Cuba, pero a último momento Fidel Castro se hizo cargo de la situación, fingiendo no haber estado enterado de nada de lo que sucedía en un país caracterizado por la presencia de aparatos de inteligencia que permanentemente violentan la vida privada de las personas. Así Antonio de la Guardia y Arnaldo Ochoa, dos hombres de mucha importancia en el gobierno y en las Fuerzas Armadas cubanas, fueron acusados de haber organizado la Operación Viviana y terminaron siendo fusilados. Junto con esos hombres, otro nutrido grupo de gente importante de la isla fue desterrada, encarcelada y, en el peor de los casos, ejecutada por favorecer el narcotráfico.

Con la desaparición de la civilización comunista, Cuba optó por abrir sus fronteras al turismo. Gracias a esa industria, organizaciones terroristas como las FARC y muchas otras bandas criminales similares pueden seguir empleando a la isla para el lavado de dinero, ya que los viajeros que visitan la tierra de Fidel Castro transfieren activos a un país que permanece bloqueado comercialmente por EEUU desde hace más de cincuenta años.

¿Una pantalla?

Esta semana el diario Granma, órgano oficial de difusión del Partido Comunista de Cuba, informó que la ciudad de San Salvador de Jujuy será declarada “libre de analfabetismo” el próximo año. Ello se logrará una vez que concluyan las tareas alfabetizadoras organizadas por el programa “Yo si puedo”. ¿Qué se supone que es esto? Veámoslo.

En 2003 el Presidente Néstor Kirchner autorizó la implementación en Argentina del programa “Yo si puedo”, un invento de unos pedagogos cubanos destinado a enseñar a leer a gente que, en edad adulta, no sabe como hacerlo. El programa es tremendamente elemental: consiste en sentar a una persona analfabeta con otra letrada para que ésta última –en algo así como un mínimo de dos meses– le enseñe a leer a la primera revisando letra por letra del alfabeto latino hasta alcanzar a descifrar párrafos completos. Con eso, los cubanos suponen que pueden “erradicar al analfabetismo”. El intelectual público boliviano Manfredo Kempf Suárez, criticando al “Yo si puedo” en su país, señaló que nadie se puede jactar de estar liberado del analfabetismo por poder leer “Amo a Evo” o “Evo me ama”, pues pareciera una burla que se confunda el concepto de “población alfabetizada” con el de “adquisición de competencias lectoras elementales”.

A partir de 2004 los cubanos se instalaron en el país con la intención de poner en marcha el “Yo si puedo”. Uno de los primeros escenarios escogidos para ello fue la provincia de Jujuy (en la actualidad el programa alfabetizador cubano se desarrolla no sólo en numerosas provincias argentinas, sino también en muchos otros países del mundo).

Como por aquella época el país atravesaba una crisis socioeconómica –para 2004 los clubes de trueque, por ejemplo, no habían terminado de extinguirse–, el gobierno autorizó también la implementación del programa “Operación Milagro”, mediante el cual oftalmólogos cubanos utilizan a pacientes argentinos para practicar cirugías con el fin de curar las cataratas y el pterigium.

Para hacer funcionar al “Yo si puedo” y a la “Operación Milagro”, el gobierno cubano ha estado girando fondos a nuestro país. Los comunistas dicen estar persiguiendo fines humanitarios. Gracias a ello han adquirido una importante cantidad de bienes inmuebles (en la ciudad de Córdoba hasta construyeron su propia clínica oftalmológica) y han ingresado al país una buena cantidad de divisas con la excusa de que deben abonar los viáticos de los voluntarios que trabajan en los diversos programas.

Cuba es uno de los países más pobres del continente, ¿y tienen el tupé de gastar en la Argentina? Evidentemente hay algo que no cierra.

La partidocracia argentina aliada a la dictadura cubana

Quienes sirvieron de enganche político de los cubanos en Jujuy en el 2004 fueron los miembros de la ONG Juanita Moro. Esta ONG nació a fines de la década de 1980 como una iniciativa de gente de Franja Morada que era cercana a lo que había sido la nefasta Coordinadora. En la actualidad la Juanita Moro está comandada por Cristina Romano, una Diputada Provincial por la UCR (antes de eso fue una de las famosas “radicales K”). Junto con ella está Carmen Peña, actual Concejal ucerista en San Salvador de Jujuy. Estas mujeres de la UCR le han acercado a Raúl Jorge, el Intendente de la capital de Jujuy, la propuesta de que les abra las puertas de la ciudad al “Yo si puedo”, tal y como lo anunció Granma.

Por otro lado los cubanos cuentan con el apoyo y la colaboración de la Tupac Amaru. Durante la visita a la provincia de la hija de Ernesto Guevara, Milagro Sala, la lideresa de la ONG, confesó que en 1997 estuvo seis meses viviendo en Cuba. ¿Qué fue a hacer Sala a Cuba? ¿Estuvo recibiendo adoctrinamiento? ¿Estuvo estudiando medicina como hacen muchos argentinos? ¿Estuvo trabajando de jinetera? No está claro.

Lo que si está claro es que la vinculación de un régimen cruento y dictatorial con políticos argentinos de la oposición y el oficialismo es una preocupante señal de lo perversa que es la partidocracia nacional.  



Francisco Vergalito 

domingo, 28 de septiembre de 2014

La Fiesta Nacional de los Estudiantes: ¿en contra del actual paradigma educativo?

El origen propagandístico y totalitario de la FNE

Nadie puede negar que la Fiesta Nacional de los Estudiantes (FNE) se ha convertido en parte de la identidad jujeña. El evento se desarrolló por primera vez en 1952, y se ha venido repitiendo ininterrumpidamente desde entonces. Desde 1952 hasta 1971 la Fiesta de los Estudiantes tuvo un carácter eminentemente provincial, pero desde 1972 se decidió nacionalizar el asunto, invitando a otras provincias a participar del festejo.

La FNE gozó de una gran popularidad nacional en la última mitad de la década de 1970, y desde entonces el entusiasmo se ha ido extinguiendo (excepto, claro, en Jujuy). En los últimos 15 años el gobierno jujeño ha reforzado sus esfuerzos para exportar a la FNE fuera de la provincia, pero los resultados han sido desalentadores.

Antes de que la FNE se instalase oficialmente, durante el inicio de la primavera en Jujuy se organizaban estudiantinas. Las mismas tenían por inspiración a las tunas españolas: un conjunto de estudiantes (en este caso de la escuela secundaria, puesto que no hubo universidades en la provincia hasta la década de 1970) se reunían anualmente en el Teatro Mitre para protagonizar espectáculos musicales y obras dramáticas. Lo más característico de aquellas presentaciones era que cultivaban una entonación satírica. En efecto, durante los días en los que arribaba la primavera, los estudiantes jujeños de antaño se burlaban de los adultos, guionaban farsas, se gastaban bromas y trataban de escandalizar a la sociedad con su humor. Era como festejar carnaval en septiembre, aunque, claro, con un tono más intelectual y elitista.

En 1947 el gobierno peronista decidió prohibir a las estudiantinas que se venían efectuando, por lo menos, desde 1918, puesto que los jóvenes que las protagonizaban provenían, en su mayoría, de familias antiperonistas que eran despiadadas con el Presidente, su esposa y el Gobernador. Un par de años después, en 1949, San Salvador de Jujuy se convirtió en escenario de la Fiesta Nacional de la Juventud, un encuentro nacional de jóvenes organizado por el gobierno según el modelo de festivales juveniles que organizaba la Balilla italiana a principios de la década de 1930.

En 1952, cuando el gobierno local autorizó la reposición de las estudiantinas, lo hizo tratando de replicar lo hecho en la Fiesta Nacional de la Juventud, lo que significaba eliminar las veladas teatrales y sustituirlas por un desfile de carros alegóricos y la elección de una reina de belleza.

La FNE tuvo su origen, por tanto, en ideas totalitarias importadas a la Argentina por el gobierno de Juan Perón.

La dictadura de la belleza

El evento central de la FNE es un concurso de belleza femenina cuya ganadora es coronada “Reina Nacional de los Estudiantes”. De este concurso han participado cientos de jóvenes, algunas de las cuales tuvieron la suerte de proyectar sus carreras en el campo del modelaje o de la actuación (v. gr. Daniela Cardone, Carolina Ardohain, Jorgelina Airaldi, etc).

Antes de llegar a la instancia nacional, en Jujuy se organizan tres instancias previas: la provincial, la municipal y la escolar. Casi todas las escuelas medias se prestan al concurso: en cada colegio se organiza una velada en donde se elige a la “reina” (a veces llamada “soberana” por los periodistas hambrientos de sinónimos), la cual luego representa a la institución a nivel municipal.

Las “elecciones de las reinas”, como todo concurso de belleza, obliga a las jovencitas –cuyas edades suelen oscilar entre los 14 y los 18 años– a peinarse, maquillarse y vestirse para la ocasión. Es una tradición. Los colegios privados y confesionales, o sea los colegios que concentran a la gente de mayores ingresos, tienen su elección de reina, del mismo modo en que la tienen los colegios públicos de zonas marginales.

Las jovencitas ganadoras en cada colegio, como ya lo apunté antes, asisten a la instancia municipal en donde se repite la parafernalia de vestidos, maquillaje y peinados especiales. ¿Quiénes ganan estos concursos? Normalmente las jovencitas que resultan más representativas del canon de belleza occidental. En Jujuy, una provincia en donde el porcentaje de gente descendiente de habitantes originarios del continente americano es altísimo, las “reinas estudiantiles” suelen ser las jóvenes más blancas, más rubias y mejor vestidas, maquilladas y peinadas. Esto se aprecia con mayor nitidez en la instancia provincial –normalmente el concurso de belleza que menos interés genera–: las adolescentes de los departamentos puneños o quebradeños se juntan con el objetivo de legitimar a las adolescentes de los departamentos vallistos o yungueños, es decir las adolescentes que menos satisfacen las demandas del canon occidental de belleza son reunidas para ver como triunfan las adolescentes que más suelen satisfacer a ese canon. ¿Acaso alguna vez ha ganado una joven de Susques? No, jamás. Alguien así tiene la piel muy obscura y los cabellos muy duros para obtener ese mérito. “No es lo suficientemente bella” dicen los jurados. 

El esfuerzo vano

Junto al concurso de belleza, el otro eje característico de la FNE son los carros alegóricos, los cuales desfilan durante algunos días por las calles de la ciudad para ser admirados por la gente y, finalmente, premiados por un jurado de expertos.

Hay tres categorías de carros alegóricos: las carrozas, los carruajes y los carros técnicos (esta última categoría está reservada para las escuelas técnicas de la provincia, las cuales aprovechan la oportunidad para demostrar sus conocimientos de mecánica, armando estructuras móviles para la ocasión). En los últimos años el número de colegios participantes ha logrado superar los cincuenta, pues no sólo se inscriben las instituciones educativas de San Salvador de Jujuy –ciudad en la que se desarrolla la FNE–, sino también las de otras localidades provinciales.

Armar uno de esos carros alegóricos no es sencillo, pues requiere, básicamente, de dos cosas: dinero para comprar los materiales de los cuales está hecho, y tiempo suficiente para hacerlo correctamente. El gasto por cada carro se amortiza gracias a que normalmente todos los asistentes a un colegio aportan una fracción de su costo final, por ello mientras más gente pertenezca a un colegio, menor es la cantidad de dinero que cada bolsillo debe entregar. También existe un fondo oficial que subvenciona a cada colegio y es común ver cómo estudiantes y docentes organizan eventos para financiar sus proyectos en las semanas o meses previos a la FNE. Por cada carro alegórico se necesita una gran cantidad de papel maché, alambres, focos, pintura y otros materiales con los que habitualmente se construyen maquetas a gran escala.

Ahora bien, en relación con el tiempo sucede algo curioso: hay plena aceptación de que el carro alegórico es una prioridad de cada escuela, por lo que aproximadamente en agosto se pone en marcha la construcción del mismo. Durante ese lapso los docentes supervisan las actividades, pero quienes de verdad trabajan para armar los carros alegóricos son los mismos estudiantes, tanto varones como mujeres. Se establece así un atelier al que se lo denomina “canchón”; allí los jóvenes permanecerán “internados” día y noche hasta lograr concluir –muchas veces sufriendo del estrés por no cumplir con los plazos.  

Tras el arduo esfuerzo, cada colegio saca a pasear por la ciudad a sus obras. Se lucen durante unos días, hasta que al final se les otorga un precio. Así el carro alegórico ganador llena de orgullo y satisfacción a los jóvenes que participaron de su construcción. ¿Y qué hay de los demás? Cada colegio recibe un premio según su ubicación. El problema es que, por el modo en que se los ve festejar, pareciera que no es lo mismo haber trabajado a contrarreloj para recibir el veinteavo premio que para recibir el primero.

Dos lógicas diferentes

Es evidente que la FNE no está actualizada, pues no responde al paradigma educativo vigente. Es decir en las últimas décadas mutó la manera que la FNE tenía de organizar el evento (se empezaron a emplear sitios más grandes para desarrollar las actividades, se apostó por mejorar la cartelera de espectáculos contratando a artistas de renombre nacional, se buscó promocionar al asunto en muchas provincias, etc), pero no mutó la práctica misma.

Al estar asociada a la cultura escolar y al involucrar anualmente a miles de jóvenes estudiantes con la autorización expresa del Ministerio de Educación provincial, lo más lógico sería que la FNE refleje el paradigma educativo actual, pero de hecho no se molesta en hacerlo.

Hoy en día el sistema educativo argentino atraviesa uno de sus peores momentos, puesto que la calidad de la educación ha sido descartada para que la Argentina no figure en los índices internacionales como un país con una población falta de capacidad intelectual. Paralelamente a ello, la escuela nacional se ha fijado como objetivo básico lograr la famosa “inclusión social”, la cual no consistiría solamente en integrar a la gente de escasos recursos económicos en la misma trama social que la gente con mayores recursos que ellos, sino que, fundamentalmente, sería una cuestión de valorizar a los individuos en su heterogeneidad.

A raíz de ello, los mandarines que administran la educación contemporánea buscan erradicar en las escuelas argentinas todo lo relacionado a los valores de competitividad y virtuosismo para reemplazarlos por los de cooperación y solidaridad. La idea de anular los aplazos para “no estigmatizar” a los jóvenes ilustra perfectamente esto que señalo. También las sacrosantas cruzadas en contra del “bullying” al diferente por su condición de diferente responden a este proyecto.

¿Acaso el colegio que recibe el último premio por su carro alegórico no se siente aplazado por no haberse esforzado lo suficiente? ¿La jovencita de rostro aindiado que ni por caridad le dan un reconocimiento en un concurso de belleza no se siente disminuida como mujer?

Algunas ideas transformadoras

En la década de 1970 el adolescente quería ser adulto. Hoy en día los adultos quieren ser adolescentes. La FNE coincide en su espíritu con el joven de 1970, no con el de hoy. Entonces se pueden hacer dos cosas: o continuar con ello o renovar el escenario.

En lo particular pienso que hace falta renovar el escenario. Se lo podría renovar de dos modos: o contribuyendo con la recuperación de la calidad educativa o profundizando el tema de la inclusión social. Si se opta por lo primero, lo conveniente sería eliminar a la FNE directamente, puesto que no sólo implica situaciones conflictivas, también es un gasto de dinero enorme (que no genera ingresos por turismo, ya que el festival sólo moviliza a unos cuantos contingentes de jóvenes de otras provincias que se organizan para pasar unos escasos días sin consumir más que lo necesario), y una pérdida de tiempo descomunal (los más involucrados en la FNE entre el estudiantado jujeño son aquellos jóvenes que se encuentran en el último año de la escuela media –los llamados “carroceros”–, quienes además concentran grandes energías en su viaje de egresados y en las actividades festivas relacionadas al egreso: en el último año de la escuela media el estudiante jujeño apenas encuentra tiempo para estudiar, por ello no es extraño que el éxito estudiantil en la UNJU sea una rareza, tal y como lo comprueban los informes recientes).

Si se opta por la vía de la inclusión social, entonces es necesario que los organizadores de la FNE cambien el modo en que se seleccionan “reinas estudiantiles” y en el que se premian los carros alegóricos. La solución más efectiva sería eliminando a los jurados, y dejando que los espectadores voten en su lugar. Podría pasar cualquier cosa con los resultados finales, pero, al fin y al cabo, ¿a quien le importa? Son sólo jóvenes viviendo su juventud.

FUENTE:

domingo, 21 de septiembre de 2014

Los peronistas sin peronismo

Treinta años de retroceso

Algo característico de la cultura política argentina del siglo XXI ha sido la desaparición de la UCR, dejando que a su lugar lo ocupe el PJ. Así, el PJ se ha constituido como oficialismo y, simultáneamente, oposición. Hubo una “pejotización” de la política nacional, lo cual, obviamente, terminó vaciando de contenido ideológico al escenario electoral argentino: al ser todo abarcado por el PJ, no sólo el conservadurismo y el progresismo conviven como pilares del mismo proyecto, sino que además los conservadores y los progresistas que se encuentran por fuera del PJ no se han atrevido a proponer nada que se aleje políticamente de lo que hace el propio PJ.

Como la partidocracia ya ha agotado todas sus posibilidades de izquierda, centro y derecha, lo que el ciudadano argentino con conciencia patriótica percibe es que se vive en el interior de una jaula de la que no se puede salir, puesto que la opción en cada elección parece ser la de escoger entre el ladrón conocido o el ladrón por conocer. Esta situación de descrédito de la política que empezó con el “que se vayan todos” y terminó en la guerra entre los kirchneristas (el “todos” que no se quiere ir) y los antikirchneristas es, en el fondo, considerada como anómala. La “rebelión” contra 1983 debió haber concluido con un cambio de sistema, pero como se ha demonizado a las dictaduras dicha sustitución no ha sido posible. Por ello, en diciembre de 2013, la Presidente bailó sonriente golpeando una cacerola al mismo tiempo que Tucumán estaba hundida en la psicosis colectiva y las cacerolas que se oían eran golpeadas por gente enfurecida: no sólo el PJ no tiene límites en la Argentina, tampoco los tiene la democracia.  

El malestar contemporáneo en contra de la democracia –como no puede canalizarse hoy en día a través de la exhortación de una salida o suspensión del sistema democrático– está generando un clima positivo que actualmente crece en la Argentina, el cual revive la esperanza de poder elegir al justo por sobre el injusto y al honesto por sobre el corrupto, pues se busca la restitución de la política no a través de un cambio de régimen sino a través de una mayor exigencia moral (por ello hay tanto entusiasmo entre los partidócratas nacionales por recibir la bendición del Papa Francisco).

En 2015 el asunto central será, una vez más, la lucha contra la corrupción. Quienes ahora ejercen el gobierno, evidentemente, son el blanco central de los cruzados de la transparencia que quieren acabar con los desquicios del sistema. A raíz de ello crece el temor entre los que gobiernan de su futura permanencia en el poder, y por ese motivo ya ha comenzado las guerras de sucesión.

Renovadores y renovantes

El kirchnerismo intuye que perderá las próximas elecciones de 2015, pero calcula que ello no significará su disolución definitiva (como pasó con el menemismo después de 2003). Agustín Rossi, Florencio Randazzo, Sergio Urribarri, Jorge Taiana, Julián Domínguez, Axel Kicillof y Aníbal Fernández buscan ser ungidos como candidatos presidenciales por Cristina Kirchner. Todos estiman que si hacen una elección mediocre, aún así tendrán a un importante número de hombres del Frente para la Victoria en el Congreso de la Nación y en los parlamentos provinciales, los cuales operarán como una fuerza de resistencia.

A pesar de que el FA-UNEN propone crear una “Conadep de la Corrupción” para ajusticiar a los funcionarios de la última década, a quienes éstos más le temen es a los peronistas. Ciertamente subestiman las posibilidades reales de la UCR aliada al progresismo, pero están tan seguros de su fracaso que prefieren concentrar todo su esfuerzo en evitar que sean los peronistas los que arrasen en las urnas. Quien más les preocupa es Daniel Scioli, pues saben que él, por más que provenga del kirchnerismo, no es un kirchnerista, lo que podría provocar que, si el Gobernador de Buenos Aires se convierte en presidente, todo ese ejército K atrincherado en parlamentos, gobernaciones e intendencias termine cambiando su camiseta para pasar de ser cristinistas fanáticos a fervientes sciolistas. Producido eso, no habría “operativo retorno” en 2019.

En un segundo plano en la lista de preocupaciones kirchneristas aparecen Sergio Massa y Mauricio Macri, dos dirigentes cuyas estrategias para buscar el triunfo en 2015 consiste en remarcar sus diferencias con el kirchnerismo (contrariamente a lo que hace Scioli, quien prefiere no tocar ese tópico y dejar que sea el elector el que se de cuenta de ello). El detalle es que, para ello, Massa apunta a reclutar viejos dirigentes, en tanto que Macri intenta introducir a nuevos personajes al escenario político. Son la “renovación”. Pero no hace falta indagar demasiado para darse cuenta de que lo que ambos intentan es armar al peronismo por fuera del Partido Justicialista. Macri es más discreto que Massa en este aspecto, puesto que el Intendente de Buenos Aires les pide a sus aliados peronistas que se coloquen justo detrás de los empresarios o de los profesionales liberales que emergen para “renovar” la política actual como si fuesen ciudadanos modelos que, súbitamente, quieren transferir su éxito personal a la vida pública. Massa, en cambio, no tiene problemas en reciclar a los peronistas excluidos del PJ por el kirchnerismo para que éstos, al renovar una vez más sus cargos, sean los que le aporten mayor estabilidad institucional al país (que es la versión peronista de la lucha contra la corrupción que predica el Papa Francisco).

El Fronterizo

En Jujuy el Gobernador Eduardo Fellner buscará su reelección. El problema que tiene es que está rodeado por dos caciques (Guillermo Jenefes y Rubén Rivarola) que le disputan el poder. Esa división interna en el PJ permite el fortalecimiento de la UCR, que, pese a todas las intentonas renovadoras de sus afiliados, sigue encolumnada detrás del Senador Nacional Gerardo Morales.

La UCR en Jujuy es una fuerza poderosa, pero sigue siendo la UCR, con todo lo que ello significa para la Argentina de hoy. De esto han tomado nota los peronistas disidentes, quienes han comenzado a ampliar lo que era el núcleo originario del Frente Renovador en la provincia. Así se explica que Marcelo Nasif haya renunciado a su puesto de funcionario estatal menor aduciendo que su conciencia no le permite pertenecer a un gobierno que poco tiene que ver con el peronismo; ahora Nasif se unió a las filas del Frente Renovador, que espera también incorporar a Isolda Calsina, una Diputada Provincial que denunció penalmente a Fellner por malversación de fondos públicos. De cualquier manera Massa mismo no descarta una alianza con Morales para potenciarse el uno al otro, pero el éxito de ello dependerá de quien sea el candidato del FA-UNEN a la presidencia.  

En Jujuy la gente del Frente Renovador optó por desacreditar a Fellner dudando de la autenticidad de su sentimiento peronista justo después de que el Gobernador fuese elegido Presidente Nacional de Partido Justicialista. Así un memorioso recordó que, en 1982, se publicó un aviso en el diario Clarín en donde se informaba que un grupo de dirigentes jujeños adherían a un acto que el PJ iba a realizar en conmemoración a Juan Perón y Simón Bolívar en la Capital Federal. A dicho aviso lo firmaba, entre otros, Eduardo Fellner. Sin embargo el en aquel entonces joven abogado publicó unos días después otro aviso aclarando que él no era, nunca había sido, y, para peor, nunca sería peronista.

Quizás hace 20 años atrás (cuando Fellner, de hecho, era parte de esa famosa Wild Bunch menemista que gobernaba a Santiago del Estero en nombre de una intervención federal) la exhumación de este episodio hubiese significado algo grave, pero en los tiempos que corren este tipo de cosas no generan absolutamente nada en los votantes. A los jujeños les preocupa más, por ejemplo, el afianzamiento de pelmazos como Germán Fellner, el hijo del Gobernador, que en lugar de declararse antiperonistas se declaran “soldados de Cristina Kirchner”. Estos jóvenes que sobreactúan su compromiso político son no sólo chocantes sino también peligrosos, puesto que se convierten en seres fronterizos que en lugar de pasar de la oposición al oficialismo o viceversa, se mueven desde la política hacia la militancia y viceversa. Claro que la “militancia” de hoy en día no incluye armas de fuego como antaño, pero si gravita sobre la idea de manipular los medios masivos de comunicación. Si el fellnerismo pierde en Jujuy, a nadie deberá de extrañar que Germán Fellner y los de su equipo se vuelquen hacia el campo de las comunicaciones para prolongar a la política a través de esa vía.

El Opaco

El escenario salteño tiene a un PJ liderado por Juan Manuel Urtubey. El Gobernador fue uno de los tantos kirchneristas que quiso sumarse a la carrera presidencial, pero los sondeos de opinión le demostraron que no tenía chances reales, por lo que decidió retener su puesto en Salta, pese a que ello lo obligue a hacer lo que le había criticado a su predecesor Juan Carlos Romero.

Urtubey gobierna a Salta desde 2007 con el apoyo de una alianza que une al Partido Justicialista con el Partido Renovador Salteño (un partido neoconservador que, en su momento, fue el eje local de la malograda Alianza de 1999). El Gobernador también cuenta con el apoyo de un archipiélago de partidos progresistas de escasa influencia que permite que antiguos miembros de Franja Morada, ex-comunistas, dedehachehachistas y toda clase de personajes circenses (incluyendo vistosos sodomitas) cobren sueldos del Estado.

Para hacerle lugar a esa gente, Urtubey se vio obligado a desplazar a viejos líderes del PJ local. Enojados éstos, terminaron desafiliándose del partido para recaer, mayormente, en las filas del Frente Salteño, el sello que utiliza Romero como plataforma electoral en la provincia -aunque muchos otros se han unido a partidos satélites para acompañar al gobernador pero sin su bendición directa. A Urtubey, por tanto, se lo acusa de estar ejerciendo una “cholocracia” (en Salta se les dice “cholos” a los patricios locales), algo más propio de la UCR o del PRS que del PJ.

Sergio Massa desembarcó en la provincia para apoyar a Juan Carlos Romero. Pero el Senador Nacional sabe que él solo no puede derrotar a Urtubey, por lo que decidió aliarse a la tercera fuerza de la provincia: el partido Salta Somos Todos que comanda Alfredo Olmedo.

Romero y Olmedo son muy diferentes entre sí. Mientras Romero encarna a un viejo orden que demostró su poder durante los años en los que fue gobernador, Olmedo, en cambio, se presenta como el distinto de la política local. El recurso olmedista del impacto populista permanente lo vuelve al empresario tan pintoresco como sospechoso para la partidocracia contemporánea. De allí que sea tan fácil criticarlo, cuando, de hecho, debería ser el personaje menos criticado de la política nacional.

El Digitador

José Alperovich tiene, en Tucumán, un problema sucesorio. La Constitución Provincial le impide intentar buscar una nueva reelección, por lo que necesariamente debe elegir a alguien lo suficientemente leal para que le permita mantener vigente a la impresionante estructura de poder etnonepótica que montó en el Jardín de la República. Candidatos hay muchos, pero sólo un puñado de ellos puede generar interés en el electorado local. Hoy por hoy las opciones de Alperovich se reducen a optar por transferir el poder a sus alfiles Juan Manzur y Osvaldo Jaldo, o a ungir a su esposa Beatriz Rojkés como sucesora.

El más interesado en desplazar a Alperovich dentro del PJ es el Intendente capitalino Domingo Amaya. Desde hace meses este sujeto se mueve buscando avales para ganar la candidatura para la gobernación por el PJ, recordándoles a todos que el gran Alperovich, mandamás provincial desde el año 2003, proviene de la UCR, a la que supo traicionar inescrupulosamente para acumular poder. La acción del Intendente es similar a la de Miguel Isa en Salta, con la diferencia de que Amaya ha coqueteado con Scioli y con Massa, a quienes está dispuesto a sumarles votos si lo avalan explícitamente.

Sin embargo, como se ve que Massa quiere asegurar el triunfo, el tigrense también ha tendido puentes para arreglar un eventual apoyo al ucerista José Cano. Es que el referente tucumano más fuerte del massismo es el impresentable Gerónimo Vargas Aignasse, un Legislador Provincial cuyo mérito político es ser “hijo de desaparecido”, y que, al día de la fecha, acumula numerosas controversias encima (incluyendo el episodio bochornoso de haber reconocido a la fuerza a su hija por negarse a desembolsar unos cuantos miles de pesos). Un hombre de esa calaña, hoy en día un renovante “renovador”, poco puede aportarle al ambicioso Massa.

Un cuartel hueco

Este panorama del peronismo en el NOA comprueba lo que había apuntado al comenzar: la política argentina ha renunciado a la ideología. El peronismo, fuerza política que parece ser la única con posibilidades reales de ejercer el poder, hoy en día está más vaciado de significado que nunca. Fellner, Urtubey y Alperovich son sólo tres adictos al poder que no tienen problemas con identificarse como peronistas, aunque muchos peronistas de vieja data los desconozcan como tales. Esos mismos hombres, a su vez, están dispuestos hoy en día a aliarse con cualquiera que los ayude a derrotar al kirchnerismo.

El PJ es un cuartel hueco, una fortaleza que cualquiera puede ocupar siempre y cuando plante la bandera del poder efectivo en su centro. La derrota del peronismo sería lo mejor que le pueda pasar al país, pero ello es también la certeza del desequilibrio y la ingobernabilidad. A Argentina la ha condenado su propia partidocracia.



Hernán Solifrano (h)