El sábado a la mañana, me di con una desagradable y triste imagen: había dos
perros muertos en la vereda, frente al parque Guillermina. Estaban
duros, con la mirada perdida del sufrimiento que padecieron, con sus
lenguas afuera con líquido saliendo de sus hocicos, alimento sospechoso
tirado a su alrededor en bandejas plásticas: evidentes señales de un
malintencionado envenenamiento.
En el mismo escenario, otro perro,
blanco y anciano, con un poncho azul que alguien con buen corazón le
puso para protegerlo del frío, estaba al lado de su pequeño amigo
fallecido, lamiendo su rostro, seguramente sin poder comprender qué le
había pasado; con lágrimas en sus ojos mojando su párpados -no exagero-,
provocando lágrimas en los míos.
No podía creer que una vez más en esa
zona pase lo mismo. Un no muy buen señor/a se encargó nuevamente de
acabar con la vida de estos seres tan sensibles y nobles que no hacían
ningún daño a nadie. ¿Quizás no le gustaba su presencia callejera o
hicieron alguna travesura que lo hizo enojar? En cualquier caso, no me
parece una forma de deshacerse de ellos asesinándolos de esa forma tan
despiadada. Alguien que le hace eso a otro ser humano normalmente es
enjuiciado y repudiado por la sociedad. Esta persona, ¿no se merece el
mismo destino? ¿Acaso matar perros no es un crimen?

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