La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

jueves, 27 de febrero de 2014

El día que Tucumán no pudo ser Estocolmo

Estimado lector,

La novedad de estos días en la vapuleada Tucumán es, como tristemente nos hemos enterado, que la infame Fundación María de los Ángeles recibirá un predio que pertenece al noble Liceo Militar “General Gregorio Aráoz de Lamadrid”. Decenas de niños se verán así privados de un campo de deportes, sólo por el deseo de algunos de ver crecer a un edificio que albergará, según se supone, a un jardín de infantes. Ha sido Agustín Rossi, el mismísimo pelele que oficia de Ministro de Defensa, quien ha avalado el atropello del patrimonio castrense. Al parecer el nefasto gobierno kirchnerista ha empezado a notar que Hebe de Bonafini está perdiendo verborragia, por lo que temen quedarse sin una energúmena que implante culpa a través de la victimización; entonces les urge conseguirle un sustituto a la anciana, y Susana Trimarco cumple cada día mejor ese rol.   

La señora Trimarco ha demostrado tener una lengua esputadora. Sólo es cuestión de acercarle un micrófono y una cámara de filmación para incitarla a que se condene por intermedio de sus palabras. La Nueva Hebe aspira a que la vida impune que le ha facilitado su situación personal y su relación con el poder le dure para siempre. 

La única exigencia que Trimarco tiene para que, cual agraciada jovencita, la consagren Reina Nacional de los Derechos Humanos, es que la maquinaria de fantasmas que opera produzca, cada tanto, un nuevo motivo que la justifique. Es decir, el gran defecto de la versión anterior de Trimarco –me refiero, claro, a la Bonafini– es que los niños desaparecieron de sus casas sólo una vez, y, por más que se los busque (y hasta se los encuentre), su destino es el extravío eterno. La señora de Bonafini es un poderoso símbolo del error irreparable, pues ella no es hacedora de finales felices; por ello su presencia ha ido irritando cada vez más con los años, ya que la paciencia ante una supuesta víctima que se dedica a enmierdar a quien no le agrada se va agotando en el buen ciudadano que la ve vomitar odio constantemente sin que nadie se atreva a acercarle un atiemético para no quedar mal parado ante la opinión pública. Trimarco, en cambio, si puede probar que sus veneno verbal si es tolerable: sólo debe salir a la calle, buscar a una jovencita de vida disoluta, venderle una beca o una jubilación para que deje el oficio más antiguo del mundo el cual eligió ejercer voluntariamente, y convencerla de que siga el guión que le escribieron los creadores de ficción que trabajan en La María de los Ángeles. Ese guión la exhorta a que afirme que no es una meretriz porque no le alcanza para vivir con lo que cobra de los planes sociales, sino que lo es porque fue raptada, violada, torturada y obligada a tener sexo con hombres a cambio de seguir siendo mantenida con vida.

Es cada vez menos la gente que cree que la película que produce Susana Trimarco es real. Pero, aun así, muchos se niegan a contrariar cualquier cosa que ponga en duda su veracidad. Entonces, cada tanto, los propios hechos dejan al descubierto los hilos del titiritero.

En enero, La María de los Ángeles buscaba a una mujercilla que se había ausentado de su hogar. La fémina en cuestión apareció unos días después, contó que había estado secuestrada en un galpón junto a otras ocho de sus pares, y luego borró todas las evidencias que tenía a su alcance y le pidió a la Justicia que no la “revictimice” obligándola a eso tan molesto de tener que colaborar con la investigación. Pues bien, este mes las desventuras de las doncellas buscadas por la ONG de Trimarco tuvieron un final peculiar. Sucede que la princesa en peligro por la que Fundación María de los Ángeles pedía su presencia apareció en Santiago del Estero, pero detenida como cómplice de un robo. Al parecer estaba de novia con un hombre unos veinte años más grande que ella con quien se dedicaba a las artes de la sustracción de lo ajeno. El pobre infeliz tuvo la suerte de caer en Santiago del Estero y no en Tucumán, ya que de haber sido detenido aquí no se hubiese tardado ni un minuto en conocerse lo que, “de verdad”, ocurrió: él es un proxeneta que capturó a la desdentada, le propinó una paliza, la ultrajó, y después la utilizó para cometer un robo; y ella, por su parte, es una desafortunada empleada y estudiante que fue raptada a plena luz del día cuando caminaba por la calle, y que ahora, para sorpresa de todos, padece del síndrome de Estocolmo, ese que la mueve a simpatizar con su perverso corruptor. A Susana Trimarco la aguarda un Premio Nobel de la Paz, y, si no se puede conseguir ello, un Óscar no vendría mal.

FUENTE:

viernes, 21 de febrero de 2014

La Cuestión Boliviana

La fiebre del uranio

Hace veinte días atrás escribí un artículo sobre el actual conflicto limítrofe que enfrenta a la Argentina contra Bolivia en el departamento de Santa Victoria, provincia de Salta. Para redactar aquel texto lo que hice fue revisar en la prensa boliviana la información relativa a Tarija. Así descubrí que Willy Gareca –un caudillo militar tarijeño– reclama desde hace años que Argentina le devuelva unos 600 kilómetros cuadrados a Bolivia, los cuales, según su opinión, nuestro país se los habría sustraído al suyo de manera arbitraria. Curiosamente, la información difundida por El Tribuno señalaba que el gobierno boliviano habría anexado 600 kilómetros cuadrados de Santa Victoria. Entonces subrayé que las cifras no parecían azarosas.

Ahora la información sobre el asunto se está multiplicando. Lo penoso es que sólo El Tribuno trabaja en el asunto. El resto de la prensa adicta o/y mercenaria prefirió adherir al relato oficial formulado por el Canciller Timerman que sostiene que no pasa nada de nada, por más de que hayan 17 familias argentinas diciendo lo contrario.

La novedad que dio a conocer el diario salteño de mayor tirada es que el gobierno boliviano detectó la presencia de uranio y torio en cantidades importantes en el departamento de Tarija, lo que los ha motivado a movilizarse para llevar a cabo su extracción. En la frontera donde estalló el conflicto, los bolivianos no sólo han puesto una escuela (un gesto simbólico de soberanía), también han construido un camino de un tamaño nada despreciable, ideal para colaborar con las explotaciones mineras. Todo ello al mismo tiempo que el gobierno argentino niega sistemáticamente que haya algo extraño en todo este asunto.

Gareca reclama 6.000 hectáreas para sembrar caña de azúcar. Creo que las 6.000 hectáreas rebosantes en uranio y torio valen mucho más que el azúcar, el alcohol, el papel o lo que sea que hagan con la caña.

Ineptitud o complicidad

La reacción del actual gobierno argentino (tanto del nacional como del provincial) ha sido el completo desinterés. Sólo se limitaron a afirmar que existen tratados limítrofes vigentes desde hace décadas, y que no ha habido voluntad de ninguno de los dos Estados de alterar dichos tratados.

Gustavo Barbarán, un jurista salteño experto en derecho internacional, señaló que si bien es cierto que no hay un conflicto limítrofe, es bastante evidente que hay un problema de demarcación. En noviembre del año pasado, Bolivia decidió ajustar la demarcación de su territorio, incomodando a unas 17 familias argentinas que viven y poseen territorios en el área fronteriza. Aparentemente ello no sería un atropello en contra de los tratados binacionales, pero si lo sería en contra de la costumbre a través de la cual organizan sus vidas nuestros compatriotas en el norte de Santa Victoria.

El Gobernador Juan Manuel Urtubey sostuvo que todo este asunto está narrado en un tono tremendista por la prensa opositora, y, durante las celebraciones por un nuevo aniversario de la Batalla de Salta, el político indicó que la provincia no puede armar un cuerpo militar y declararle la guerra al país vecino. Ciertamente hay cosas que Salta como provincia no puede hacer, pero hay otras que si: un ejemplo sería el agitar el asunto en Buenos Aires, especialmente en el espacio del Congreso de la Nación, pero, salvo por las honrosas excepciones de Bernardo Biella y Juan Carlos Romero, ni pejotistas, ni renovadores, ni trotskistas se han pronunciado sobre el asunto. El periodista Francisco Sotelo ha propuesto dos hipótesis –excluyentes la una con la otra– para explicar este extraño episodio: o al gobierno argentino directamente no le interesa lo que sucede en su territorio (sería como que nos diera lo mismo que las Malvinas sean inglesas) o el kirchnerismo está encubriendo un ilícito que le reporta un beneficio que los demás argentinos ignoramos. 

El comienzo y no el final

Este súbito enfrentamiento con Bolivia trae a la palestra pública a la Cuestión Boliviana. Argentina y Bolivia, alguna vez, fueron parte del mismo territorio. Luego llegó el tiempo de las independencias hispanoamericanas y dos naciones diferentes nacieron. Tras 200 años, cada país evolucionó siguiendo caminos distintos. Hoy en día eso hace que argentinos y bolivianos se perciban como dos pueblos radicalmente diferentes, aunque no faltan los bienintencionados que se esfuerzan por resaltar los puntos en común en donde las naciones coinciden.

La principal diferencia entre bolivianos y argentinos que muchos acentúan está relacionada a una supuesta brecha racial. Argentina sería tierra de “blancos”, mientras que Bolivia la sería de “negros”. Sin embargo el racialismo, en Argentina, no tiene el peso que tiene en Bolivia: desde que gobierna Evo Morales, la tensión racial ha comenzado a golpear profundo en la sociedad boliviana. El gobierno de allá utiliza el tema del racismo para victimizarse y para cercenar la libertad de expresión. En Argentina, en cambio, lo que hay (y desde hace siglos) es una ceguera racial: blancos, pardos y mestizos conviven aquí vindicando la herencia común que los hace argentinos. En Bolivia, el gobierno actual les hace creer a su población que los pobres son pobres porque los ricos son racistas, mientras que en Argentina sabemos que los pobres son pobres porque los responsables de sacarlos de esa situación son unos miserables, con independencia de la raza, religión, ideología, sexo o edad que tengan.

He visto a muchos argentinos ofendidos ante quienes se quejan del ventajismo boliviano. Porque esa es la opinión generalizada entre nosotros: los bolivianos son gente cordial y pacífica ante los argentinos, pero, cuando aparece algún tipo de asunto económico en la relación entre ambos, ellos, los bolivianos, siempre buscan sacar ventaja. Quizás eso sea una generalización peligrosa, pero, más allá de que no todos los bolivianos se comporten así, sobran ejemplos de los que si lo hacen. Algo de comprensible hay en esa actitud. Históricamente el acceso a la riqueza ha sido más efectivo en Argentina que en Bolivia, de allí que los bolivianos vean a nuestro país como un campo de oportunidades, mientras que nosotros sólo lo vemos como un lugar en el cual únicamente puede uno dedicarse a sobrevivir, ya que el país vive alternando periodos de prosperidad con periodos de crisis. Por ende es difícil que el argentino crea verdaderamente en la “hermandad latinoamericana” que con tanta corrección política se predica como el nuevo Evangelio de estos tiempos: lo nuestro sería más bien un paternalismo, si no fuera por el hecho de que los hijos no acostumbran a perjudicar a los padres cada vez que tienen la posibilidad.

La Cuestión Boliviana obliga a cambiar la forma de ver las cosas. Es fácil desde Buenos Aires decir que en un confín perdido del país no está pasando nada con una línea imaginaria, pese a que decenas de compatriotas se quejen ante el peligro de que les expropien sus tierras: al fin y al cabo los bolivianos son “nuestros hermanos” y ya se ha planeado colocar una estatua de Juana Azurduy de Padilla para desplazar a la de Cristóbal Colón en las cercanías de la Casa Rosada, por lo que la “Patria Grande” no es un proyecto a futuro sino una realidad ya operativa. Es, precisamente, una visión unitaria de este tipo lo peor que puede pasarle al país.

Argentina, según su Constitución Nacional, es una república federal, no un barco piloteado desde una ciudad con un puerto. Por tanto lo que le hace falta a este país es crear la conciencia de que en los límites, en ese montón de mojones y líneas invisibles que separan a nuestro país de los demás, es donde empieza la Argentina y no donde termina. Las fronteras no son el lugar sucio donde concluye el patio de la casa, son –o más bien deberían ser– el pórtico vistoso desde donde aquel al que dejamos entrar comprende que ha ingresado a un territorio con tradiciones, leyes y costumbres propias, que debe si o si respetar.



Francisco Vergalito

lunes, 17 de febrero de 2014

Explíquenos Señora Trimarco

Los turbios millones

En los últimos días en Tucumán asistimos a un intercambio de chicanas entre el Legislador Provincial Ricardo Bussi y el abogado “trimarquista” Carlos Garmendia. Todo comenzó cuando se supo que la ONG que regentea Susana Trimarco optó por no recurrir la sentencia que la Sala II de la Cámara Penal había emitido sobre los hermanos María Jesús y Víctor Rivero en 2012. En efecto, en diciembre del año pasado los trimarquistas consiguieron que diez de los trece absueltos en 2012 fuesen finalmente condenados por la Corte Suprema de Justicia de Tucumán: entre los tres omitidos se encuentra una proxeneta ya fallecida, y los dos personajes citados, que, según la propia Trimarco, resultan ser nada más y nada menos que los autores materiales del secuestro de su hija.

Hubo mucha especulación en torno a esta situación curiosa. Ricardo Bussi, sin proponer ninguna teoría, simplemente señaló que resultaba llamativo que una mujer que despotricó numerosas veces en contra de los Rivero decida, de repente, dejar de hacerlo justo cuando podía conseguir la justicia (o la venganza) que tanto anhela.

Carlos Garmendia, el jefe del equipo jurídico de la Fundación María de los Ángeles, no tuvo mejor idea que responderle atacando al mensajero y no al mensaje, así que tildó a Bussi de “injuriador” y sacó a relucir el currículum vitae del padre del político, como si ello tuviera algo que ver con todo este asunto.

Bussi, ante una contestación tan torpe (producto de alguien que no tiene argumentos ni fundamentos), replicó: no sólo recordó que los tucumanos votaron repetidamente a su padre, sino que además volvió sobre su huella indicando que la ONG de Trimarco factura de modo poco transparente grandes fortunas mensuales gracias a la “generosidad” de diversos gobiernos como el Nacional, y los de Capital Federal, Buenos Aires, La Rioja, Catamarca, Córdoba, y, por supuesto, Tucumán. No satisfecho con ese golpe tan certero, Bussi agregó que el Caso Lebbos sigue aún impune y que la madre de Marita Verón bien podría contribuir con su resolución si realmente le importase ayudar a alguien que no sea ella misma.

Garmendia, otra vez haciendo gala de su impericia para los intercambios dialécticos, contestó señalando que Bussi lleva 20 años viviendo del Estado –olvidando, claro, que esa pervivencia es producto del voto popular– y que sus chicanas eran producto de “la envidia”.

El ataque de Bussi a la banda de Trimarco no es novedoso: ya en septiembre, por ejemplo, el Legislador aprovechó la oportunidad para criticar a la Fundación María de los Ángeles por no rendir cuentas sobre qué es lo que exactamente hacen con los millonarios subsidios que reciben. En ese momento el hijo del fallecido Gobernador comparó a Susana Trimarco con Hebe de Bonafini y, con buen tino, sostuvo que el dinero que alimenta al engendro trimarquista debería destinarse a las áreas de Seguridad, Salud y Educación.

La película de terror inconclusa

Las críticas de Bussi pegan en el costado más visible de la ONG de Trimarco. Todos en Tucumán han visto a la mentada señora paseándose en costosos vehículos y comprando ropa y accesorios femeninos nada baratos. Por ello la sospecha de que a la Fundación María de los Ángeles le sobra el dinero es algo generalizado en la provincia. Sin embargo poco se dice sobre el costado menos visible: las funciones que cumple y las tareas que realiza. A mi me interesa esto en particular, ya que es un tema escasamente abordado pero no por ello menos irregular que las finanzas de la ONG.

Para ilustrarlo me gustaría hablar sobre el Caso Mariana Yapur. A mediados de enero, una joven de 21 años tomó el colectivo de la línea 5 en la esquina de Don Bosco y Félix Olazábal y luego no se supo de ella por cinco días. Los familiares de Mariana Yapur, la joven en cuestión, recurrieron a la Fundación María de los Ángeles, que rápidamente inició una campaña para difundir la fotografía de la mujer extraviada en las redes sociales y en los medios masivos de comunicación. La histeria creció velozmente y, con los días, hubo hasta un piquete en la Avenida Mate de Luna reclamando la aparición de la joven. Finalmente el 16 de enero Yapur regresó a su hogar, supuestamente tras haber sido arrojada desde una camioneta en las cercanías del Parque Avellaneda.

Lo inquietante del Caso Yapur es que la joven contó que fue secuestrada cuando ayudó a una mujer embarazada a bajarse del colectivo en el que viajaba. Aparentemente esa mujer era cómplice de unos secuestradores, que la introdujeron a un auto con vidrios polarizados y la llevaron a un galpón en donde la tuvieron maniatada durante varios días junto no a una, ni dos, ni tres compañeras de cautiverio, sino con ¡otras ocho mujeres!

El relato de Yapur, sin dudas, es espeluznante. Pero tiene un final feliz… o algo así. Sucede que, según su narración, los secuestradores decidieron liberarla, reintegrándole sus dos teléfonos celulares y todas las pertenencias que tenía al momento de salir de su casa, incluyendo su ropa. Yapur llegó a su casa “confundida”, fue asistida por miembros de la Fundación María de los Ángeles, se resistió a realizarse un examen médico, asentó la denuncia en una comisaría y luego, aunque le habían pedido que no lo hiciese, destruyó pruebas.

Con sólo poseer un mínimo de sentido común cualquiera puede darse cuenta de que hay algo por demás extraño en el Caso Yapur. Más allá de la actitud cuestionable de la joven (similar, en cierto sentido, a la famosa jujeña Nuria Nieva Ocampo), su relato nos informa de ocho mujeres –todo un harén– completamente cosificadas. ¿Acaso no es eso terrible? ¿Cómo puede alguien dormir tranquilo sabiendo que ocho mujeres, ocho personas provenientes de familias trabajadoras como los Yapur, están siendo retenidas en contra de su voluntad quien sabe con qué fin? ¿Es posible tanto machismo y maldad en pleno siglo XXI? ¿No sería conveniente allanar todos y cada uno de los galpones de San Miguel de Tucumán y sus alrededores para liberar a esas víctimas? ¿El vecino tucumano no tendría que entrar en pánico? 

En Jujuy, cuando Nuria Nieva Ocampo se fugó de su hogar, no sólo la Justicia sino también la prensa actuaron como se esperaba que actúen: unos investigando y demoliendo las patrañas inventadas por la aspirante a víctima, y los otros mostrándole a la gente que no existen los secuestradores que salen a cazar jóvenes al azar para alimentar las redes de trata de persona en el NOA. Tucumán, en cambio, cuando tuvo en el Caso Yapur a su propio Caso Nieva Ocampo su Justicia y su prensa hicieron lo contrario: archivamiento de la causa por un lado, y silencio total por el otro.

En Tucumán las cosas suceden y nadie explica nada. Por ello la provincia parece ser escenario de una película de terror, una película de terror de presupuesto multimillonario, dirigida por una mujer a la que el oportunismo y la ambición, tristemente, la han tornado siniestra.  



Ángela Micaela Palomo

sábado, 1 de febrero de 2014

A la sombra de Bolivia

Usurpación

El pasado domingo 26 de enero el diario El Tribuno de Salta publicó un artículo acerca de un conflicto limítrofe en el área del paralelo 22º. Dicho paralelo es el que separa a la Argentina de Bolivia. Según Antonio Gaspar –el autor del texto– los bolivianos han movido el hito fronterizo unos 30 kilómetros hacia el sur, anexando gracias a ello cerca de 600 km2 nuestros a su territorio.

El artículo recoge el testimonio de los habitantes del paraje Abra de Santa Cruz, un lugar situado en el Valle del Silencio, sitio que a su vez se encuentra en el departamento Santa Victoria, en el norte de Salta. Los compatriotas coinciden entre si: en las últimas semanas han recibido visitas de funcionarios y militares bolivianos que les han advertido que urgentemente deben reubicar sus hogares y evitar que los animales que crían ingresen a pastar a territorio de Bolivia. También les han propuesto tramitar la ciudadanía boliviana para evitar futuras complicaciones.

La información, así presentada, es terrible para Argentina: esta usurpación territorial significa nada más y nada menos que un atentado directo en contra de nuestra soberanía nacional. Una cuestión así hasta podría llegar a ser un motivo de guerra.

Respuestas oficiales

Pese a lo atestiguado por numerosos salteños residentes en la frontera argentino-boliviana, el kirchnerismo no hizo otra cosa más que negar el asunto. Héctor Timerman, el infame Canciller argentino, señaló que el límite que separa a Argentina de Bolivia fue acordado por última vez en 1925, y que desde entonces no se ha propuesto ninguna modificación (en realidad Timerman habló de “frontera” y no de “límite”, demostrando una vez más que no está ni minimamente capacitado para ocupar el puesto en el Estado que actualmente ocupa).  

Después del Canciller, todos se sintieron envalentonados para opinar. Ariel Basteiro, el Embajador argentino en Bolivia, acusó a la prensa de haber mentido, señalando que el Estado boliviano no movió el hito limítrofe sino que sólo colocó uno nuevo (ubicado entre el hito de la peña Orko y el del cerro Mecoya) para robustecer la demarcación del territorio. Y Reina Sotillo, la Cónsul argentina de Villazón, afirmó que los bolivianos no hicieron más que clarificar los límites binacionales, luego de haber llevado a cabo los estudios geográficos correspondientes.

Lo malo de lo sostenido por Timerman, Basteiro y Sotillo es que ignoran categóricamente lo denunciado por las familias del Valle del Silencio. Vale decir, es posible que hoy en día no exista ningún acuerdo para modificar los límites, pero aún así hay argentinos que han sido hostigados por autoridades bolivianas.

A eso último lo reconoció el propio Cástulo Yanque, un sujeto que se desempeña actualmente como Intendente del municipio de Santa Victoria Oeste –el cual es responsable por el paraje Abra de Santa Cruz. Sin embargo Yanque bajó los decibeles, asegurando que la presencia de militares junto a funcionarios del Estado boliviano no ha sido para amedrentar a nuestros compatriotas con amenazas de desalojo, sino sólo para convencerlos “amablemente” de que opten por la ciudadanía del otro país.

Lo que pasó realmente  

Así como las autoridades argentinas han minimizado el asunto y descalificado a los ciudadanos que legítimamente denunciaron lo que sufren, así también los bolivianos evitaron dar explicaciones. David Choquehuanca, el Canciller de Bolivia, dijo prácticamente lo mismo que su par argentino, cuidándose de agregar algo que clarifique por qué una veintena de familias asegura que un hito limítrofe ha sido movido tres decenas de kilómetros hacia el sur.

Para entender el conflicto hay que remontarse unos cuantos años hacia atrás. Si bien la disputa limítrofe entre Bolivia y Argentina fue arreglada en 1925 (año del Centenario de Bolivia) y armonizada en 1947, lo cierto es que se ha hecho un trabajo posterior muy pobre en el área. Ello ha provocado que se generen disputas entre campesinos bolivianos y argentinos en relación a los terrenos cercanos al río Bermejo. En efecto, los ríos son entidades geográficas que cambian su curso con el tiempo, por tanto es normal que comisiones binacionales específicas se ocupen cada cierta cantidad de años de actualizar los límites políticos. Emplear ríos como elemento de demarcación nunca termina de ser una buena idea, debido, justamente, a la naturaleza dinámica de los mismos, lo que obliga a realizar reajustes periódicos que normalmente causan incomodidad entre las poblaciones fronterizas.

Pues bien, muchos preguntarán: “¿qué tiene que ver el Bermejo con el paralelo 22º?” Y la respuesta es “todo”. En 2012 legisladores tarijeños del oficialismo y de la oposición denunciaron que finqueros argentinos habían reubicado maliciosamente tres hitos limítrofes en el área del Bermejo, para a través de ello obtener nuevos terrenos aptos para la siembra de caña de azúcar. Detrás de esa gravísima denuncia aparece el infame Willy Gareca.

Gareca es un Coronel del Ejército de Bolivia, el mismo ejército que se declaró “socialista” y “anticapitalista”. Este sujeto se hizo famoso en Argentina en el año 2010: el diario salteño El Tribuno (el mismo al que el kirchnerismo acusa ahora de ser “xenófobo”) publicó fotografías en la que se veía a militares bolivianos secuestrando herramientas y vehículos de la finca La Polvareda, situada en el departamento San Martín de la provincia de Salta. Gareca había procedido amparado por su lógica: los productores rurales argentinos, según su opinión, habían movido los mojones limítrofes, por lo que estaban operando en territorio boliviano sin autorización. Así, desde su perspectiva, la incursión en terreno extranjero lo convertía al Coronel en un héroe de su patria.

El Juez Federal Raúl Reynoso tomó cartas en el asunto y presionó para que el gobierno boliviano suspenda a Gareca –en aquel momento era nada y nada menos que el Comandante Superior de la Unidad de Frontera del Ejército de Bolivia–, además de conseguir que se les devuelva a los propietarios de La Polvareda todo lo que les había sido sustraído. Al poco tiempo los bolivianos restituyeron a Gareca en su puesto.

Gareca retornó a su lugar convertido en un ídolo popular. En una zona donde el narcotráfico crece día a día, este sujeto es apoyado y seguido por los campesinos locales. Entre 2012 y 2013 se multiplicaron las denuncias de bolivianos que acusaban a los argentinos de estar avasallándoles su territorio, llegando incluso a sostener que algunos poblados (Arrozales, Valle Dorado, Candado Chico, etc.) estaban bajo dominio informal de nuestros compatriotas. Allí fue cuando se cuantificó la cantidad de terreno supuestamente usurpado: 6.000 hectáreas, es decir 600 km2.

Entonces, lo que aparentemente sucedió fue que, como los bolivianos no pudieron dibujar el límite fronterizo tal y como ellos lo deseaban en las fértiles zonas de los ríos Bermejo y Grande de Tarija, se desquitaron con el paralelo 22º. Su excusa es que no han hecho más que asentar el mojón donde está el límite acordado por ambas naciones, pero ello (de ser cierto) atenta contra las costumbres ancestrales de los pobladores, habituados a utilizar esos 30 kilómetros de territorio en disputa como espacio productivo argentino.

Un poco de historia

Uno de los pocos políticos argentinos que no se alinearon automáticamente con los bolivianos –tomando la noticia transmitida por El Tribuno como una denuncia y no como una confusión bien o mal intencionada– fue Alberto Asseff, Diputado Nacional bonaerense por el Frente Renovador. Asseff repudió el expansionismo boliviano y elevó un aclaratorio pedido de informes en el Congreso de la Nación, en donde recordó que la resolución de la Cuestión de Tarija en 1889 fue un auténtico acto de entreguismo antiargentino.

Lo que sostiene Asseff tiene más de un fundamento. En 1810 el cabildo de Tarija fue uno de los primeros en adherir a la Revolución de Mayo, y dicha gobernación envió emisarios a la Junta Grande. En 1816 no hubo un representante tarijeño en el Congreso de Tucumán, pero no porque Tarija rechazara la iniciativa, sino porque en ese momento la región se encontraba bajo ocupación realista.

En 1825 el Alto Perú era el último reducto auténticamente realista en toda Suramérica. Una vez derrotado el General Pedro Antonio de Olañeta, el último gran custodio de la Corona en esta parte del mundo, el Mariscal Antonio José Sucre –avalado por el General Simón Bolívar– avanzó sobre el país. El 6 de Agosto de ese año se declaró la independencia de la República de Bolívar (rebautizada dos meses después como “República de Bolivia”): en aquel momento Tarija no integró a la naciente nación, pero tampoco consiguió definir su situación de miembro de las Provincias Unidas del Río de la Plata, debido a que el Presidente Bernardino Rivadavia se negó a operar a favor de los norteños. Con poca oposición oficial, los bolivianos presionaron a los argentinos hasta conseguir ocupar Tarija y anexarla en octubre de 1826, mientras nuestro país disputaba una guerra contra el Imperio de Brasil por la posesión de la Banda Oriental (el actual Uruguay). Un tiempo después, el gobierno de Buenos Aires –a cargo ya de Manuel Dorrego–, sabiendo que culturalmente Tarija era argentina, les propuso a los bolivianos cederle la Puna de Atacama para recuperar el territorio perdido, reforzando de paso la identidad andina de Bolivia; pero en aquel entonces los bolivianos aspiraban a la expansión en el corazón del subcontinente, y rechazaron la oferta.

Tras la llegada al poder del Mariscal Andrés de Santa Cruz, los bolivianos pusieron en marcha la siguiente fase de su proyecto expansionista. De ese modo se creó la Confederación Peruano-Boliviana, y se comenzó a trabajar por avanzar sobre Chile y Argentina (es sabido que, por ejemplo, la secesión de Jujuy del territorio salteño estuvo alentada por los bolivianos). Santa Cruz era, al igual que Evo Morales, un mestizo, que de ser uno de los hombres más fieles a la Corona y a la Tradición terminó convertido en un masón al servicio de los intereses británicos. Argentina entró en guerra con el engendro nacional liderado por Santa Cruz, pero hostigada al mismo tiempo por franceses y británicos poco hizo por vencer. Finalmente, cuando las fuerzas chilenas y peruanas habían quebrado a los hombres de Santa Cruz, Manuel Oribe avanzó hacia el norte enviado por Rosas para domesticar a los valientes norteños que en 1840 se habían levantado en armas contra Buenos Aires. Oribe no se detuvo en Jujuy, y siguió avanzando hasta liberar a Tarija del yugo boliviano, pero Rosas, “asesorado” por los británicos, dio la orden de retroceder y resolver el problema por vía diplomática. A partir de allí Tarija quedó sentenciada a ser parte de Bolivia.

Durante las décadas siguientes todos los intentos binacionales para resolver la cuestión de Tarija fueron infructuosos. Recién en 1889 se firmó el Tratado Quirno Costa-Vaca Guzmán a través del cual Argentina renunció a su reclamo sobre Tarija para obtener un sector de la Puna de Atacama que estaba –y sigue estando– controlado por Chile, y que Bolivia había perdido tras su derrota en la Guerra del Pacífico de 1879-1880.

Asimetrías

En los últimos siglos Bolivia evolucionó como un Estado fallido. Es que desde su concepción se notaba una artificiosidad peligrosa como principio rector del país. En 1825 Bolivia no debió acceder a la Independencia, sino repartir sus territorios entre Perú y Argentina, tal y como los españoles lo habían hecho al crear el Virreinato del Río de la Plata con lo que le pertenecía al Virreinato del Perú. Pero la codicia y las conspiraciones masónicas pudieron más, y Bolivia al final se impuso.

Hoy en día las consecuencias de aquello saltan a la vista: el territorio boliviano ha ido siendo absorbido por Brasil, Chile y Paraguay a lo largo de los años. La población boliviana padece de pobreza extrema, y de escaso acceso a la educación, a la salud y a la seguridad. Evo Morales no ha hecho más que ejercer la demagogia, permitiendo a su vez que la organizaciones criminales transnacionales crezcan en su territorio hasta alcanzar un volumen espeluznante. De allí es que no resulta raro que el tal Willy Gareca tenga el terreno despejado para hacer todo lo que hace.

Eduardo Videla, un cagatintas de Página/12, fue uno de los operadores del kirchnerismo que trataron de desarticular el conflicto argentino-boliviano desde la prensa. Para ello, este zanguango no tuvo mejor idea que etiquetar a la gente que opinó sobre el asunto como “xenófobos”. Es que apenas se conoció la noticia, muchos compatriotas recordaron que nuestros “hermanos” de la “Patria Grande” no nos brindan un trato simétrico a los argentinos. Y esto es cierto porque, por ejemplo, mientras que cualquier boliviano puede ser atendido en un hospital público de Argentina de manera completamente gratuita, un argentino en Bolivia debe pagar por el uso de los servicios médicos; mientras que cualquier boliviano puede instalarse en la Argentina y adquirir propiedades sin demasiadas dificultades, lo inverso no ocurre (un argentino residente en Bolivia debe, de hecho, someterse a un constante control por las autoridades de ese país); mientras que las Fuerzas de Seguridad trabajan permanentemente en Argentina para combatir al tráfico de personas, las autoridades bolivianas poco hacen en contra de este flagelo. Y por si fuera poco mientras que conseguir y mantener un automóvil es un proceso tedioso y carísimo en la Argentina, en Bolivia hay una ley que le permite a cualquiera obtener y preservar una patente de ese país por muy poco dinero, sin la necesidad de estar explicando de dónde salió el automóvil nuevo: esto, claro, ha estimulado el incremento del robo de autos en nuestro país, con el objeto posterior de ser impunemente traficados al vecino del norte.

El Diputado Nacional oficialista Rubén Rivarola anunció al momento de asumir su banca en 2011 que una de las primeras cosas que iba a hacer al entrar al Congreso de la Nación era trabajar para que los bolivianos dejen de aprovecharse de los argentinos y simetricen o compensen el trato que nos dan en su país. Hoy en día Rivarola parece haberse olvidado de lo que prometió en aquella oportunidad, pues ni siquiera se dignó a opinar sobre el tema, aun siendo dueño de la versión jujeña de El Tribuno.

La necesidad de actuar

Creo que, como están las cosas ahora, los bolivianos tienen más chances de lograr que Bahía Blanca sea un puerto propio, a lograr que Chile les devuelva la cantidad suficiente de territorio como para montar un puerto en el Pacífico.

Cuando estalló la guerra entre Argentina y Gran Bretaña en 1982 por la posesión de las Malvinas, a algún cretino se le ocurrió decir que las islas debían ir a manos de Bolivia, para que de ese modo el mentado país obtuviese su anhelada salida al mar. Actualmente no me extrañaría que alguno de los kirchneristas más fanáticos proponga lo mismo, y, peor aún, lo haga desde un puesto de funcionario. Porque eso es lo más patético de todo esto: la gavilla de usurócratas que nos gobierna agitó la bandera de Malvinas para movilizar sentimentalmente al pueblo argentino, y al mismo tiempo no mueve ni una pestaña para lidiar con Bolivia. Los gendarmes pueblan el conurbano bonaerense, como una policía militar que vigila protestas sociales, mientras que en el norte del país, en la Frontera Caliente, pasan cosas cada vez peores ante la ausencia cada vez más patente de los guardianes de la patria.

Evidentemente el litio pesa mucho. Bolivia tiene tanto litio que, en algo así como una década, debería pasar de ser uno de los países más desastrosos de este hemisferio, a devenir una suerte de Arabia Saudita (o sea un país con mucho dinero pero sin demasiadas buenas ideas sobre como usarlo productivamente). Ese cambio económico podría generar que los bolivianos en la diáspora argentina, junto a su descendencia, retorne a su país. Ojalá esto se produzca. Pero mientras tanto, mientras Argentina siga sin estar a la sombra de Bolivia, es preciso que los alambrados crezcan a lo largo y ancho de la frontera, y que las Fuerzas de Seguridad den prueba de su existencia en la zona. Y si eso no ocurre porque altera los perversos planes de Cristina Kirchner (y de sus jefes y aliados), entonces hay que comenzar a luchar por el derecho de que cada argentino bien nacido pueda armar milicias ciudadanas –como las que proliferan en EEUU– para hacer las cosas que son urgentes del modo que corresponde.



Francisco Vergalito

sábado, 18 de enero de 2014

Atentados contra la Tupac Amaru: ¿alguien quiere matar a Milagro Sala?

Rayas antes que madera

En casi 15 años de existencia, los miembros de la Organización Barrial Tupac Amaru han protagonizado toda clase de incidentes policiales: desde piquetes en rutas nacionales y ocupaciones de terrenos y edificios, hasta amenazas de muerte y homicidios. Los delitos a veces acontecen bajo la bandera de la Tupac, mientras que en otras ocasiones los violentos se la guardan en el bolsillo, pero los jujeños casi siempre pueden distinguir cuando fueron atacados por gente de Sala y cuando fueron atacados por otro tipo de gente. La gran diferencia entre una y otra situación es que si el agresor proviene de las filas de la Tupac, entonces la probabilidad de que la impunidad se imponga es enorme.  

A raíz de todo ello, Sala y su gente cuentan con numerosos enemigos. En Jujuy la división es clara: hay un sector variopinto –pero más bien pequeño– de la sociedad local dispuesto a darle su apoyo a la Tupac pese a todo lo que pueda llegar a pasar, y hay otro sector, mayoritario, que aborrece a Sala.

Ahora bien, la pregunta obligada es: ¿se la detesta tanto a Sala en Jujuy como para intentar matarla? Lo cierto es que no: los jujeños –y me refiero a la gente decente, honesta y trabajadora– no quieren verla muerta, quieren verla encerrada en una celda. Por lo tanto llaman poderosamente la atención los atentados que Milagro Sala y su gente aseguran estar sufriendo desde hace meses.

La Tupac Amaru en la mira

El más sonado de esos episodios ocurrió en octubre, unos días antes de las elecciones: a plena luz del día un grupo de bandoleros emboscó con un tiroteo a una caravana de la gente de Milagro Sala en el Barrio Mariano Moreno, dejando como saldo a dos heridos de bala. La noticia, que contó hasta con una filmación, tuvo repercusión nacional, y Sala terminó acusando a dirigentes de la UCR de ser el cerebro detrás del golpe. Pero desde aquella ocasión hasta ahora, la lideresa de la Tupac Amaru –ahora convertida en Diputada Provincial– ha padecido otras agresiones.

Así lo anunció en una conferencia de prensa: dijo que, durante los primeros días del pasado diciembre, una banda de asaltantes intentó ingresar en su vivienda para robarle. En este caso no se trataría de principiantes, sino de una banda altamente capacitada y equipada para dar golpes violentos, la cual –según Sala– estaría operando en la provincia desde hace un tiempo gracias a la connivencia con la policía (cometiendo graves atracos como el que sufrió en diciembre un comercio de Calilegua). Lo asombroso fue que Sala señaló con total certeza que la banda está compuesta por gente de Tucumán, Salta y Buenos Aires. ¿Cómo sabe eso? Se me ocurren dos cosas: o bien Sala tiene informantes en el submundo del hampa que le han pasado los datos, o bien los delincuentes no sólo intentaron ingresar a la vivienda de Sala, sino que de hecho lo hicieron y la tuvieron cautiva junto a su familia.

A mediados de diciembre la policía logró detener a una banda de ladrones que habían ingresado en el domicilio de un comerciante en el Barrio 12 de Octubre. Los detenidos no eran foráneos sino jujeños. Entre otras cosas, a los malvivientes les incautaron una pistola eléctrica con la que habían torturado a los dueños de casa. ¿A Milagro Sala le habrán hecho lo mismo?

En la misma conferencia, Sala también sostuvo que una tía septuagenaria suya sufrió un ataque con bombas molotovs, en tanto que un predio de la Tupac Amaru en el Barrio Coronel Arias fue vandalizado y robado. En relación a estos dos casos, Sala no apuntó en contra de delincuentes de otras latitudes, sino que, por el contrario, afirmó que sabía perfectamente quienes eran los que están detrás de los sucesos.

Una semana después de aquella conferencia de prensa, la violencia sacudió nuevamente a la Tupac Amaru. Esta vez se informó que una camioneta de la ONG tripulada por importantes dirigentes fue baleada en la ruta mientras viajaba desde San Pedro a San Salvador de Jujuy. Al principio se creyó que la propia Sala estaba a bordo del vehículo, pero luego se anunció (aunque sin probarlo) que en realidad la actual Diputada Provincial en el momento del violento evento se encontraba a salvo en otro lugar.

¿Quién le teme a Milagro Sala?

Todo lo que ha padecido la Organización Barrial Tupac Amaru y su lideresa en estos últimos tiempos nos habla o bien de alguien desafortunado, o bien de alguien que ha hecho algo para atraer sobre si a la desgracia.

Es posible que los actos delictivos en contra de los tupaqueros estén conectados, como también es posible de que no lo estén. No sé realmente lo que pasa en este caso, pero creo que sólo caben tres posibilidades: las agresiones las inventa la propia Tupac Amaru, hay alguien externo a la organización social que los está enfrentando, o es desde el interior mismo del movimiento el lugar de donde emerge la violencia.

En el primer caso se trataría de autoatentados. Descartando lo de la emboscada, todo lo demás nos indica daños contra la propiedad de la ONG pero no contra las personas que la integran. ¿Podría todo tratarse de una campaña de victimización para lavar un poco el rostro de la Tupac Amaru, especialmente tras su dudosa posición en los saqueos de diciembre? Si, podría ser eso, como podría ser otra cosa.

Después hay que mirar a las amenazas externas de la Tupac Amaru. Es sabido que ni jueces ni políticos toleran a Sala en Jujuy. En el Partido Justicialista sólo los Fellner le han manifestado un tibio apoyo, mientras que el resto de los sectores no la quieren cerca. En la UCR, directamente, no le quedan amigos. Y también hay varios sindicalistas que tienen en vigencia más de una disputa con Sala. ¿Alguno de ellos contrataría a sicarios para amedrentar y/o liquidar a Sala? Nunca se sabe, pero algo tan grave acabaría con una carrera en caso de ser expuesto a la opinión pública, lo que hace presuponer que nadie en Jujuy elegiría ese camino para acabar con Sala, pues no hay nadie tan estúpido o tan desesperado como para hacerlo.

La tercera opción es la de los enemigos internos. La Tupac Amaru, como es sabido, es una organización fuertemente verticalista. Sala la comanda con mano de hierro: ella sabe que los errores de sus allegados los paga su nombre, por lo que trata siempre de controlar las situaciones personalmente. De allí que, por ejemplo, en más de una ocasión se la haya visto hacer visitas nocturnas en diversas viviendas junto a un nutrido grupo de guardaespaldas fuertemente armados para “aclarar” asuntos de la ONG y sus miembros.

Algo que normalmente se hace al analizar a la Tupac Amaru es poner el ojo sobre la mesa chica de la ONG, dejando de lado a los numerosos lugartenientes que la organización social ampara. La periodista Sandra Russo escribió un libro sobre Sala que concentra su atención en la lideresa, y poco dice acerca de otros miembros de su pandilla.

Sala forjó un vínculo sólido con diversos dirigentes sindicales, hasta que, en los primeros años de la década de 2000, empezó a capitanear a su propia agrupación barrial, con la intención de hacer trabajo territorial. Al principio su intención era la de convertirse en puntera del PJ o de la UCR, pero pronto vio que podía aspirar a un poco más que eso. Sala penetró en la barra brava de Gimnasia y Esgrima de Jujuy, formando un grupo llamado la “Banda de la Flaca”, cuyo objetivo era apropiarse de la tribuna sur (y del negocio que ello implica). Para ello debía doblegar a Alberto Cardozo, el jefe de “Los Marginados”: hoy en día el tal Cardozo es parte de la Tupac Amaru. La lideresa también invirtió en diversión nocturna y otros emprendimientos para ganar influencia. Pero la varita mágica la tocó cuando Alicia Kirchner, la viuda de Armando Mercado, la acogió como embajadora suya en la provincia y empezó a girarle sumas millonarias a las cuentas bancarias de la ONG (al día de hoy no está aclarado por qué razón el vínculo entre Sala y los Kirchner fue tan poderoso como para financiar de ese modo a una piquetera que había empezado a trepar en la escala de poder de una provincia limítrofe).  

¿A dónde intento llegar con todo esto? Creo que si los atentados contra Milagro Sala son igual de reales que la famosa emboscada que sufrió, entonces los autores de la violencia están en casa. Y ello es así, básicamente, porque la Tupac Amaru es un nido de gente con espeluznante prontuario. Los que atacaron a la caravana de Unidos y Organizados en los días previos a las elecciones de octubre eran antiguos tupaqueros desplazados por la propia Milagro Sala. Aparentemente, existía una deuda entre las partes, y de allí la balacera y los heridos. Los de la molotov, los que le dispararon a la camioneta, los que robaron en una propiedad de Sala y de su organización social, ¿no son acaso gente que sabe como amenazar, extorsionar y golpear a la Ñusta Ilegítima?



Francisco Vergalito

viernes, 10 de enero de 2014

Azul manchado, el color de moda

El enemigo en casa

Después de la crisis social y política que desató la huelga policial de diciembre pasado, el kirchnerismo ha optado por acorralar a los uniformados para vengarse por el trauma que les hicieron sufrir.

Desde un principio el aparato propagandístico del régimen impuso la consigna de que la protesta policial era un acto de intolerable extorsión, como si los oficiales estuviesen reteniendo de rehén a la paz social para negociar una suba en sus salarios. Los fabricantes de relato kirchnerista no tardaron en sostener que el caos era una maniobra perfectamente calculada por una conspiración de enemigos que incluía a los policías mafiosos, a los políticos opositores, a los sindicalistas independientes y a la prensa malvada.  

Un rebaño de puras ovejas negras

Como es sabido, Córdoba fue el punto de partida desde donde se desencadenó la crisis social que acompañó a las protestas policiales. Tomás Méndez, un periodista cordobés, explicó en su momento que los policías de su provincia fueron al paro exigiendo un aumento salarial “desmedido” [sic] porque, tras la revelación de las conexiones entre la fuerza de seguridad y los narcos que él había denunciado mediáticamente en los meses anteriores, el gobierno de De la Sota suspendió todas las actividades ilícitas de los uniformados. Así, con el propósito de compensar la pérdida de ingresos que significaba para la policía el fin del delito organizado desde las comisarías, estallaron las protestas para solicitar mejores sueldos.

La versión de Méndez, sin duda, es calumniante. Semejante hipótesis sobre el conflicto policial deja entrever que este sujeto no es más que un cagatintas, cuyos logros como periodista fueron el mero producto de una interna policial para la cual él oficio de vocero. A su vez, la tontería enunciada por Méndez es ingenua o maliciosamente ideológica, pues lo que él sostiene es algo así como que todo el delito –o, al menos, la mayor parte de los actos delictivos– ocurren por obra y gracia de la policía. Es una posición típica de la ultraizquierda más oligofrénica: la policía no es más que un cuerpo de guardianes de la propiedad, cuya labor consiste en reprimir a quienes se atreven a violarla; y como casi todos los policías provienen de los sector pobres de la sociedad, entonces, de tanto cuidar la propiedad ajena y acongojados por no poseer la propia, se entregan al delito que debían combatir. Bajo esta perspectiva el ciento por ciento de los policías son corruptos, pues son simples oprimidos que usan sus armas para prolongar esa opresión, en lugar de usarlas para liberar a sus hermanos que padecen de las inequidades del sistema.

Si se elimina la idea de que la propiedad es el crimen, entonces se puede apreciar a la policía de un modo más realista: no caben dudas que, como en todos los ámbitos sociales, hay “ovejas negras” en las filas del cuerpo policial, sin embargo éstos lejos están de constituir la totalidad de la fuerza, o siquiera una mayoría. Es probable que la institución policial precise de nuevos mecanismos para controlar y castigar a sus miembros, pero ello no implica realizar un total reseteo para recomenzar de cero (como piden muchos exaltados que, pese a haber estudiado sociología y/o antropología, entienden muy poco acerca de la naturaleza humana y del funcionamiento de una sociedad).

La paja en el ojo ajeno
  
En medio del ojo del huracán del mes pasado, funcionarios del Ministerio de Justicia de la Nación hicieron una conferencia de prensa para señalar que un tal Salvador Baratta, un antiguo policía convertido en concejal de Lanús por el massismo, era uno de los autores intelectuales de los saqueos que sufría el país a lo largo y ancho de su geografía. Por supuesto que, después de eso, no faltaron los escribas del kirchnerismo que declararon que, tras la extinción del poderío del Ejército, la Armada y la Fuerza Área en la Argentina (al igual que en casi toda Hispanoamérica), es la policía el cuerpo armado disponible para que los “grupos económicos monopólicos” financien el derrocamiento de las “democracias progresistas” de la región. Gendarmería Nacional y Prefectura Naval, pese a también contar con armas, no fueron señalados en esta ocasión como golpistas por los kirchneristas (en 2012, empero, esas otras fuerzas del orden debieron tolerar ser tildadas de “desestabilizadoras” sólo por reclamar por sus salarios). 

Gente que no tuvo que entregar un examen psicofísico, que no concursó el cargo que ocupa, cuyo desempeño no fue evaluado para ser ascendido en su carrera administrativa y que por amistad, parentesco, lealtad hacia el jefe o simple suerte está donde está, tiene los bríos de acusar por traición a la patria a los policías psicofísicamente aptos, cuyos puestos laborales fueron conseguidos gracias a la superación de cursos de capacitación y gracias a haber obtenido el visto bueno de una junta calificadora. Es indignante. Y más indignante aún es que mientras los que dan las órdenes hacen desmanes todo el tiempo y acusan a sus críticos de estar realizando operaciones de prensa, quienes ejecutan esas órdenes no pueden equivocarse ni una vez sin el temor a perder sus empleos.

Uno de esos peleles cuyo salario no es más que un ingreso que destina para las vacaciones –pues tiene tantos negocios de diversa índole en marcha que se olvidó de lo que es sufrir pensando en llegar a fin de mes– embiste contra un asalariado que cumple con sus horarios y aprovecha su tiempo libre para sumar adicionales como seguridad privada, al mismo tiempo que se da maña para agarrar changas de albañil, mecánico o de lo que pueda. El político fiel al régimen actual acusa de sedicioso e insurrecto al policía, y alguno va más allá reprochándole de que sean coimeros, olvidando, claro, que los “malditos policías” les financian las campañas electorales, aún en contra de su voluntad.

A treinta años de finalizada la última dictadura militar no falta el kirchnerista que sostiene que la estructura y los mecanismos de poder autoritario de las fuerzas de seguridad se mantienen intactos desde aquella época, a pesar de que hoy en día las cabezas visibles de la policía son gente que ingresó a la fuerza en los años en que Alfonsín, Menem, Duhalde y Kirchner fueron presidentes, vale decir en los años en que la institución policial sufrió el proceso de acondicionamiento presupuestario al nuevo escenario social y político. La acusación no deja de ser ilusa, ya que ve en un trabajador que con un salario entre promedio y bajo debe lidiar con la inflación a un émulo de la policía golpista de los setenta, que cobraba en aquel entonces una cifra tan alta que resultaba envidiable para el resto del mercado laboral.

Negociando con la pistola sobre la mesa

En la Argentina a los policías se le exige que estén disponibles las 24 horas del día, los 365 días del año, en cada rincón del país. Se les pide que no sean corruptos, que nos protejan, que nos traten amablemente y que estén siempre dispuestos a enfrentar el peligro aun cuando estén de franco, todo ello a cambio de un sueldo nada extraordinario y de los beneficios de una obra social. Al mismo tiempo se les impide reclamar, por lo que se les prohíbe agremiarse. ¿Cómo se pretende que consigan una mejora en sus condiciones de trabajo? ¿Enviándoles cartas a Papá Noel y a los Reyes Magos?

Lo que diciembre trajo es la vieja discusión sobre la conveniencia o la inconveniencia de la sindicalización de la policía. Nadie duda de que la aparición de uno o varios sindicatos policiales equivale a una jugosa caja de recaudaciones, que le vendrían más que bien a cualquier jerarca gremial. Los políticos kirchneristas, pese a que hablan pestes de los policías y les demandan todo el tiempo que se “democraticen” (cosa que ellos, que sistemáticamente se niegan a competir en internas partidarias, tampoco han hecho), se niegan a permitir la agremiación. Los opositores al régimen, en cambio, ya han presentado varios proyectos en ese sentido. ¿Cómo es posible que a la iniciativa progresista en este asunto la tomen los adversarios del gobierno que se jacta de ser el más progresista de la historia nacional? El tema no está oficialmente aclarado aún, pero probablemente pase por algún lugar vinculado a un equilibrio de dinero legal e ilegal que los pingüinos no quieren romper.  

Para paliar la situación, gente del kirchnerismo ha propuesto alternativas como la creación de un Defensor de la Policía (tal y como lo sostuvo el jujeño Daniel Almirón, entre varios otros). Pero desde la propia fuerza policial rechazan eso, ya que aunque aprueban la idea desconfían de su aplicación.

La excusa más a mano de los kirchernistas para anular todo intento de agrupamiento de la policía es que los uniformados no pueden organizar huelgas, porque las consecuencias de ellos son nefastas, según lo atestiguan los muertos y los robos. Entonces están condenados a permanecer al margen de la ley, sin poder gozar del derecho que la Constitución Nacional les garantiza.

Lo que sucede en realidad es que pensar en los sindicatos como instituciones que sólo existen para declarar el paro de actividades es trivializar la auténtica función de los mismos, evitando con ello que estas organizaciones se adapten a la tarea de diseñar a la sociedad actual. De todos modos no hay que negar que el punto de oposición es bastante fuerte: si la policía se sindicaliza, es obligatorio que se le quite el derecho a huelga. Y aquí está lo más problemático de todo, puesto que un sindicato sin derecho a huelga es como un matrimonio sin hijos. Si se permite un gremio policial que no pueda suspender sus actividades, habría que revisar las leyes de agremiación para darle un estatuto similar a otros gremios (como el de los docentes, el de los trabajadores de la salud, el de los transportistas de pasajeros y hasta el de los bancarios). De más está decir que eso levantaría la ira de muchos trabajadores en el país.  

Argentina sufre de la cultura piquetera desde hace más de una década. Como la protesta dejó de “criminalizarse” con los Kirchner, la aplicación de la ley se detuvo. Porque una cosa es reprimir a trabajadores, estudiantes y otros actores sociales (como los gobiernos de los últimos 30 años vienen haciendo permanentemente), y otra cosa es usar la fuerza legítimamente para poner fin a lo “aprietes”: para distinguir lo uno de lo otro basta con diferenciar a quien ataca de aquel que se defiende. Cuando Néstor Kirchner mandó a los ambientalistas a bloquear los puentes de Gualeguaychú, implícitamente estaba homologando los acuartelamientos policiales. Entonces la salida que le queda al país es retornar al orden, erradicar los malos hábitos. Es eso, o maquillar el asunto con un ombudsman policial y volver a lo mismo.

La realidad distorsionada

En la mente del kirchnerista promedio, los medios masivos de comunicación se ocupan de mostrar sólo lo malo que acontece en el país, pues ello sirve para desestabilizar al gobierno que les ha puesto en jaque su negocio. El kirchnerista ilustrado –un sujeto de más difícil avistamiento– sabe que eso es cháchara, porque en la época de las redes sociales y de los miles de canales alternativos que contiene la Internet los viejos comunicadores han perdido un terreno más que significativo.

Es imposible negar que hay medios que defienden lo indefendible, como también que hay medios que atacan por atacar, pues ambos están entrenados para eso. Muchos otros, en cambio, van hacia donde sopla el viento. Tal es el caso de, por ejemplo, La Gaceta de Tucumán. El gran diario del Jardín de la República hizo una cobertura digna del caos que fue la provincia entre el 8 y el 11 de diciembre de 2013, y también acompañó discretamente la indignación en contra del Gobernador Alperovich que se vivió en las semanas subsiguientes. Pero, como esa era la opinión instaurada (además de ser la menos dañina), también apuntó contra la policía. Está de moda en Tucumán hablar mal de las fuerzas de seguridad, algo que en Salta, por ejemplo, sería ofensivo. Así fue que Juan Manuel Montero, otro mercenario cagatintas de alto salario, publicó un violento artículo titulado “Maldita Policía Tucumana”.   

En su texto, Montero defenestra a la policía de su provincia, tildándola de caótica. Sugiere que la verticalidad se ha perdido, y por ello una banda de pistoleros hace de las suyas en la provincia, apoyados espiritualmente por los oficiales pasados a retiro.

De cualquier modo se entiende que este periodista se exceda: su escrito es una suerte de replica a quienes amenazaron de muerte a Alberto Lebbos, a los fiscales Adriana Giannoni y Diego López Ávila, al funcionario del Ministerio de Seguridad Paul Hofer, y al periodista –y jefe de Montero– Roberto Delgado. Aparentemente fueron policías quienes llamaron por teléfono a esas personas para amedrentarlos. Pero el episodio en si mismo no resulta verosímil.

Que no se malentienda: no estoy negando que las llamadas hayan existido, lo que digo es que todo parece un burdo montaje. Tras siete años de congelamiento, finalmente en estos últimos meses ha comenzado a avanzar la Causa Lebbos para esclarecer el homicidio de la joven Paulina. La Justicia apuntó en contra de varios policías que habrían encubierto el crimen, demorando con ello la investigación sobre los culpables de haberle quitado la vida a la mujer. En ese escenario, lo de los policías parece tener sentido. Pero donde todo se vuelve suprarrealista es en el hecho de que entre los amenazados esté Hofer. Hofer es la cara del gobierno de Alperovich en materia de seguridad ciudadana, por lo que una amenaza contra él es como una amenaza contra su jefe. ¿Por qué los policías buscarían atentar contra un hombre que cuenta con una enorme protección personal, si le causan más daño filtrando información sobre los asesinos de Paulina Lebbos? Por esa razón todo suena a una autoamenaza, suena al gobierno provincial ensuciando a los policías para conseguirse una excusa. ¿Excusa para qué? Pues supongo que para dar marcha atrás con el aumento, como ya lo hicieron los gobernadores de Chaco, Entre Ríos y Misiones que se niegan a reajustar sus presupuestos y a inventar impuestos para pagarle a los uniformados. El propio Hofer dijo que eso no pasaría en Tucumán (como dijo también que no habría acuartelamiento ni saqueos en diciembre), pero de gente como él poco se puede creer.

De cualquier manera, más allá de este tema me gustaría volver sobre la crudeza del texto de Montero. En un párrafo, este sujeto señala que desde hace 15 años (¿por qué 15 años?) “en la Policía no entra quien debe, sino quien quiere”. Acusa a los oficiales actuales de no tener vocación, de ser meros rapiñadores de sueldos, que se vistieron de azul porque son familiares o amigos de dirigentes políticos. Por supuesto que eso no es cierto: en el ingreso a la policía suele haber en muchos casos un componente nepótico, pero la fuerza es bastante receptiva. Y es verdad que falta vocación en los muchachos y las muchachas que se incorporan al cuerpo policial. ¿Pero cómo exigírsela?

La policía, en la Argentina contemporánea, sufre de un descrédito enorme, y es despreciada socialmente por ricos y pobres por igual. Los protegidos de los dirigentes políticos optan por empleos en la tranquilidad de una oficina pública, antes que por ponerse un chaleco antibalas y salir a patrullar una ciudad con una criminalidad bastante alta.

Tal vez no sea una mala idea reconstruir culturalmente la imagen de la policía argentina y despertar así alguna vocación. Para ello es crucial lo que hagan o no hagan los medios de masivos y alternativos de comunicación.

Víctimas de los victimarios

Recuerdo que cuando los saqueos pululaban por todos lados, el periodista ultrakirchnerista Adrián Murano, casi como un filósofo, indicó que “el hiperconsumismo” de diciembre fue uno de los estimulantes del delito. Linda forma de justificar a los bandidos: poseídos por el espíritu malvado del consumo, los humildes, los “incluidos” por la benévola Cristina Kirchner en la “década ganada”, se sumaron sin meditarlo demasiado a la obra destructiva organizada por las fuerzas del mal que promovían el odio y la discordia.

Evidentemente la Argentina padece de anomia. No quiero insistir con esto, pues muchísimo se ha escrito al respecto, y poco se ha hecho para remediarlo. Es que acabar con la anomia implica trastocar el estado de cosas actual, lo que significa confrontar con sectores que tienen todo acomodado para maximizar la ganancia y minimizar el esfuerzo. Ya lo apunté más arriba al hablar de los sindicatos: para que hayan cambios drásticos, deben haber acciones drásticas, lo que necesariamente supone enfrentamientos. En la Argentina de hoy sobra el conflicto, pero no entre las partes que deberían de chocar. No propongo que se produzca una alianza entre los actores en pugna y se avance en contra de otros, propongo que se abran nuevos frentes.

Pero si alguien va a ir a la batalla, no puede hacerlo desarmado. Aquí creo yo que es necesario potenciar lo de la cultura que señalé más arriba. Los cambios estructurales tardan años en lograrse, por ello, por ejemplo, aunque se haya demolido el concepto de Familia en nuestro país, aun así esta institución social sigue siendo muy positivamente considerada por la mayoría de la gente. Lograr que la gente proyecte coherentemente su vida a largo plazo es algo que no se logra en una semana, sino que lleva su tiempo. Erradicar al apriete, recuperar el servicio militar obligatorio, reintroducir la educación en las escuelas, desacostumbrarse al fácil acostumbramiento ante la crisis que tenemos, es algo que demora bastante. Sin embargo nada de ello se consigue si no se hace nada al respecto.

Silvio Manino Leal, un tucumano que trabaja en el Ministerio de Seguridad de la Nación desde la época en que Nilda Garré mandaba, propuso que hay que cambiar la matriz de pensamiento de la policía, tal y como se hizo con las Fuerzas Armadas. Tan poderoso ha sido el trabajo contra las FFAA de los últimos veinte años, que la mayoría de los argentinos se olvidaron de que existen. A la policía no se le puede hacer lo mismo. En este caso los ajustes internos son mínimos comparados con el trabajo externo que debería de emprenderse.

Concretamente en el caso policial, me gustaría ver más a los uniformados en las escuelas promocionando la institución y multiplicando su presencia en ambientes no-hostiles. Que al policía no sólo se lo invoque ante la aparición de un problema, sino que tome un rol activo y no de mero vigilante en los momentos de calma. No niego que ello sea incómodo para los oficiales, ya que su trabajo no es específicamente ese, pero se está en un punto en el que hace falta flexibilizar la imagen emitida para ganar confianza y credibilidad. Los medios podrían hacer su parte: en EEUU, por ejemplo, el Ejército del país financia la creación de videojuegos para penetrar en el mundo juvenil del cual se nutre; algo similar en estas latitudes no sería mala idea. O tampoco estaría mal que las fuerzas de seguridad administren canales de televisión, equipos deportivos y coproduzcan entretenimiento, estrategias que, justamente, están pensadas para reconstruir la proyección de la institución en el imaginario colectivo. Una inteligente e innovadora campaña mediática de la policía colaboraría en eso de hacer que el azul recupere la dignidad que perdió.



Pablo Ulises Soria