Políticos al borde un ataque de nervios
En El Defensor del Norte Argentino ya habíamos anticipado que el #Tucumanazo iba camino a la extinción, debido a que el malestar ciudadano no
desembocó en la creación de un movimiento político innovador, sino que murió en
las garras de los partidócratas republicanos de la oposición. La revuelta
popular exigía la transformación política para cerrar el ciclo ddhhemocrático,
pero el mensaje fue reducido por la partidocracia al mero pedido de mayor
transparencia electoral. Y, lo más triste de todo, es que ni eso se logró.
Tucumán puso nervioso al
gobierno kirchnerista durante casi un mes. Tan profundo fue el impacto del
#Tucumanazo para el gobierno, que las Abuelas de Plaza de Mayo tuvieron que
quemar un cartucho haciendo aparecer a una “nieta recuperada” para ver si de ese modo podían desviar la atención de lo que estaba sucediendo en el norte del país. Pero el episodio no conmovió en lo más mínimo a la
opinión pública argentina.
Es que cada intervención de
los referentes del kirchnerismo sólo había logrado provocar una virulenta indignación:
primero fue el periodista Víctor Hugo Morales que acusó al Grupo Clarín de haber orquestado el levantamiento popular (más tarde los kirchneristas
conspiracionistas más delirantes llegaron a decir que la Embajada de EEUU fue el verdadero cerebro organizador del #Tucumanazo); luego fue la pérfida Beatriz
Rojkés de Alperovich que, una vez más, se dejó en ridículo a si misma al insultar a la Senadora Nacional Silvia Elías de Pérez por ser católica (a la esposa de Alperovich le faltó tanto tacto para
defender su posición que hasta terminó denunciada ante el INADI y repudiada por la DAIA); y
finalmente fue la propia Cristina Fernández de Kirchner la que se negó a
admitir la existencia de cualquier tipo de irregularidad en Tucumán y acusó de
ser antidemocráticos a quienes la contradicen (lo irónico es que el mismísimo
José Alperovich reconoció públicamente que gente de su partido había ejercido el clientelismo, refutando así no sólo a la primera mandataria del país sino
también a su esposa, quien, apenas una semana antes, había negado que se hubiesen desarrollado prácticas clientelares durante los comicios).
El estado de incertidumbre que
vivía el PJ tucumano los llevó a protagonizar situaciones ridículas como la presentación
de una denuncia penal contra Cano, Amaya y varios dirigentes del sindicato de bancarios por haber instigado a la sedición –denuncia que, según se dice, fue
una represalia por lo que sufrió Marianela Mirra, la hetera favorita de
Alperovich, y que a su vez provocó una contradenuncia contra el ministro Jorge Gassenbauer por la represión del lunes 24 de agosto–, o la redacción de una circular que el Ministerio de Educación provincial envió a todas las escuelas
tucumanas solicitándole a los docentes que les expliquen a los estudiantes que
no había legitimidad en el reclamo de la gente.
La revolución que no fue
La crisis política en Tucumán terminó por convertirse en un problema judicial. Miembros
del Partido Socialista, del Movimiento Socialista de los Trabajadores, del
Partido Obrero, del Movimiento Libres del Sur y del Acuerdo para el Bicentenario hicieron presentaciones judiciales para exigir la suspensión del
conteo. Se pidió luego la anulación de la elección, arguyendo que el mismísimo Correo Argentino había colaborado en el fraude organizado por el PJ. Para
sustentar esa denuncia tan grave se señaló el hecho de que las cámaras de seguridad que monitoreaban las actividades de la Junta Electoral Provincial (JEP) durante el 23 de agosto terminaron fallando. Ciertamente eso dio paso a una
comedia de acusaciones que involucró a la empresa santiagueña que instaló los instrumentos de vigilancia, a la compañía de electricidad de Tucumán, a la Gendarmería Nacional
y a Darío Almaraz y Alfredo Iramain, Secretarios de la
JEP.
La batalla judicial hizo
recular a algunos opositores: el referente tucumano del massismo Gerónimo Vargas Aignasse –en consonancia con Felipe Solá, referente bonaerense del mismo
espacio político– abandonó a Cano y a Amaya sosteniendo que no se podía negar un
resultado tan contundente; sugirió, además, que la estrategia del PRO parece
apuntar “antidemocráticamente” a deslegitimar el triunfo de otra fuerza que no
sea la suya (ya que, además de denunciar fraude en Tucumán, los socios de Macri
también lo denunciaron en Salta y Santa Fe). Sin embargo dirigentes locales del espacio macrista no tardaron en abandonar ellos también a la cruzada canista-amayista,
demostrando que, en el fondo, los partidócratas son todos iguales. Gracias a
esa actitud pusilánime y acomodaticia de algunos opositores, al final las
incontables babosadas, zonceras y cretinadas del nefasto Aníbal Fernández referidas a
las elecciones en Tucumán terminaron por imponerse sin recibir el repudio que
merecen.
La tensión política se
multiplicó y los cruces entre una oposición reducida y un oficialismo que reclutó
a todos los que pudo para ganar legitimidad no cesaron de producirse. De
repente, según la opinión de leguleyos ultraprogresistas como Eduardo Barcesat y Jorge Cholvis, el Diputado Nacional José Cano pasó a ser algo así como un
bandolero. La prudencia de Alperovich llegó a su fin y el tiranuelo hebreo pasó
a la ofensiva: de ese modo el PJ organizó un acto multitudinario en el Parque 9 de Julio en donde Juan Manzur se autoproclamó gobernador de la provincia.
De todos modos, poco después
de esa demostración de fuerza pejotista, la Sala I de la Cámara en lo Contencioso Administrativo,
presidida por los jueces Salvador Ruíz y Ebe López Piossek, emitió un fallo histórico anulando los comicios del 23 de agosto y ordenando que los mismos volviesen a realizarse. Ante semejante muestra de coraje cívico, el PJ
reaccionó como sabe hacerlo: con otra demostración de fuerza. Fue así que la Plaza Yrigoyen , espacio verde
ubicado justo al frente del Palacio de Tribunales de Tucumán, se llenó de
bombos, choripanes, bombas de estruendo y cánticos soeces. El oficialismo
calificó al trabajo de los jueces de “golpe judicial” y no faltaron las amenazas de muerte contra los magistrados.
El gobierno nacional comenzó a
planificar una intervención federal en Tucumán para apoderarse del Poder
Judicial provincial, pero las maniobras de la pandilla de Alperovich evitaron
ello al manipular la conformación del tribunal especial de la Corte Suprema de Justicia de
Tucumán para colocar jueces adictos que revocasen el valiente fallo de Ruíz y López
Piossek. En tiempo record, estos leguleyos frenaron lo que era el comienzo de una revolución institucional en la Argentina.
El pueblo sin conductor
Quien aprovechó el caos
tucumano fue la gente del campo. Hartos del maltrato al que desde hace años los
somete el gobierno, cientos de productores rurales coparon la Plaza Independencia con sus tractores para hacer oír sus reclamos, demostrándole simbólicamente al
PJ que ellos ya no controlan la calle.
La imagen de los tractores
hacía recordar al 2008, el año en que el kirchnerismo debió dar un paso al costado
para salvar a la patria, pero que, por el contrario, sólo atestiguó el
atrincheramiento de las fuerzas K en el poder y el nacimiento de la cultura “latinoamierdicanista”
que cada día infecta más a nuestra identidad nacional.
Al finalizar el escrutinio
definitivo, el PJ había anunciado que el acto autoproclamatorio iba a
realizarse en el corazón de San Miguel de Tucumán. Para evitar ello, los tractores se multiplicaron en la Plaza Independencia y el ambiente se volvió tan tenso que todo el
mundo estaba listo para presenciar una batalla campal sobre el paseo público ubicado
entre la Casa de
Gobierno y la Iglesia Catedral.
Finalmente los pejotistas cambiaron el lugar de su acto y evitaron con ello
alimentar la violencia.
Con los partidócratas
judicializando la elección y discutiendo cuál sistema es el mejor para votar,
vale decir con los partidócratas enfrascados en su torre de marfil, era
necesario que surgiese un héroe civil. Sin embargo ello no ocurrió. Alberto Lebbos, tan valiente como siempre, repitió sus dignas consignas encontrando el
escaso eco que habitualmente encuentra. Por su parte Nicolás Salvatore, un
asesor de Cano, sugirió la realización de una necesaria pueblada, pero semejante
muestra de sensatez terminó siendo repudiada por quienes esperan que la
decadencia argentina se cure sola de un día para el otro. Al no amplificarse la voz de
los ciudadanos quijotescos conocidos o desconocidos, la gente indignada perdió
protagonismo y todo se enfrío hasta diluirse en la nada.
Cuando se inició el escrutinio
definitivo, la ciudadana Milagro Lastra Lobo llevó una imagen de la Virgen de la Merced a la sede de la JEP (gesto que fue repudiado
por más de un fanático antirreligioso). Era Nuestra Madre quien debía inspirar
paz, sin embargo no faltaron militantes partidócratas que, ante la mirada de la Madre de Dios, quisieron trampear el conteo. Y no resulta raro que los políticos de hoy ya no le teman al Altísimo,
puesto que parece que sus representantes en la Tierra han leído más la Constitución
Nacional parida por el Pacto de Olivos que el Evangelio inspirado
por Dios.
Sin un sacerdote, un
intelectual o un trabajador dispuesto a acaudillar a la gente, la demanda
antipartidocrática nunca terminó de articularse: lo que este país precisa es sustituir
toda la parafernalia de las elecciones partidocráticas por la mera insaculación (con la presencia de todo el padrón de ser posible); y, si el retorno a lo básico es demasiado
revolucionario, entonces que se guarden las urnas y se las sustituya por el
voto cantado, el cual le permite a cada ciudadano manifestar su voluntad ante
quienes computan los votos sin correr el riesgo de que haya algún tipo de
adulteración a través de las boletas o los telegramas. La democracia argentina lo que necesita es democratizarse.
La opción por los pobres
Quizás lo más penoso de la
historieta tucumana es constatar que el clientelismo más indigno es
demoledoramente real en Tucumán (y en el resto del país). Y quienes lo ejercen
no sienten un mínimo de vergüenza por ello.
Un argumento muy utilizado por
los kirchneristas para descalificar a la gente indignada en Tucumán es que quienes pedían la
realización de nuevas elecciones son quienes consideran que el voto debe ser calificado. Según ellos, sólo los “gorilas” ven como algo escandaloso que un “humilde”
vote: desde su perspectiva es una aberración que no se compute el voto de aquel
que aceptó una bolsa con alimentos, o muebles, o electrodomésticos, o dinero en
efectivo o estupefacientes para meter en una urna un sobre con una boleta del
Frente para la Victoria.
Ese cinismo de los pejotistas
con la panza llena de querer ser la voz de los pobres, el grito de los
humildes, el alarido de los desposeídos, es la prueba más clara de que el
kirchnerismo existe solamente para arrojar limosna al pobre en lugar de
demostrarle que es un sujeto de derecho y, por tanto, el dueño de una dignidad infinita. Beatriz Sarlo, al debatir
sobre Tucumán, se lamentó de que la Argentina siga sometida a un régimen caudillista
donde la gente manifiesta un amor y un temor humillante ante los que gobiernan.
Y tiene razón. Mientras los pobres sean rehenes de la política, mientras la
opción sea por los pobres y no por la totalidad del pueblo argentino, el país
está condenado.
Francisco Vergalito
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