Entre las cosas que más me molestan en San Miguel de Tucumán está lo que podríamos
llamar "invasión" de mujeres y niñas cargando bebés; hombres y niños
totalmente desaseados y de doliente aspecto implorando una limosna "por
amor de Dios". Y, por otro lado, otros que han decidido "ganarse" la
moneda haciendo piruetas en los semáforos o limpiando a gran velocidad
los parabrisas.
No me molesta que pidan, aclaro. Me molesta porque no
debieran hacerlo. Estamos en una ciudad donde los impuestos son
actualizados permanentemente y los entes recaudadores son de alta
eficiencia, que se aplica para batir récords de recaudación año tras año
sin dar respiro a la clase media. Esta recibe los palos de la imparable
inflación y abusivos impuestos, sin derecho a queja, pues se supone que
todo está justificado con el fin de proveer a una auténtica justicia
social. Si se ha llegado a un 3% de desocupación (según los diarios) y
además las familias carentes están todas cubiertas con alguno de los
numerosos planes en boga, me cuesta entender que estos tristes
personajes de la calle sean auténticos.
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