La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

jueves, 3 de septiembre de 2015

#Tucumanazo

La típica postal

Hay que comenzar destacando algo importante: el Tucumanazo de este año no fue el producto de una situación extraordinaria. En efecto, la grotesca manipulación de la voluntad popular es un fenómeno que se repite constantemente en nuestro país. Sin embargo esta vez la gente, es decir el ciudadano que padece la política argentina, decidió repudiar abiertamente al "folklore electoral".

Juan Manzur es el que terminó más perjudicado luego del levantamiento popular. Apenas unos días antes del 23 de agosto, Manzur había cerrado su campaña con un pomposo acto en el Teatro San Martín, al cual asistieron Daniel Scioli y Carlos Zannini, acompañados de una nutrida comitiva de dirigentes del kirchnerismo integrada por gobernadores como Eduardo Fellner, Lucía Corpacci y Claudia Ledesma Abdala entre otros. La idea era contagiar a Scioli del oflador de Manzur, un truco mercadotécnico que le permitió al tucumano sacarse el traje de burócrata enquistado en el poder y convertirse en un hombre del pueblo.

De todos modos el impacto de la propaganda de la oflada fue mínimo: sólo logró llamar la atención de una cuantas mujeres de los sectores populares a las que, en principio, el aspecto varonil de José Cano las convencía más que el semblante arábigo del elegido de Alperovich. Las encuestas de los días previos a la elección arrojaban números altamente favorables a la fórmula constituida por Cano y Amaya. Por ese motivo Manzur faltó al debate televisado de los candidatos a gobernador: quería evitar un eventual traspié que lo empujase aún más abajo en la intención de voto de la gente.

Al no tener un candidato competitivo, el gobierno tucumano estaba obligado a orquestar una operación de fraude realmente descomunal con el fin de asegurarse el triunfo. Apenas dos semanas antes, la provincia había atravesado las PASO, y la idea de lo trucho sobrevolaba el ambiente (para ejemplificar ello basta con recordar que en una mesa de Famaillá el Frente para la Victoria obtuvo el 157% de los votos válidos). Por ende, para retener su posición, los oficialistas sabían perfectamente que tenían que alterar el resultado final de la elección. Justo igual a cómo se lo hicieron a Ricardo Bussi en 1999. Y cuando digo “justo igual”, me refiero a las formas y no a los contenidos; el hijo del General Bussi, en aquella oportunidad, ganó la gobernación con un escaso margen de diferencia, lo que le permitió al Partido Justicialista cambiar los guarismos y aun así resultar creíbles. En el caso del 2015, la maniobra falsaria debía ser grandilocuente, o de lo contrario, si la diferencia entre los candidatos terminaba siendo mínima, ello sólo envalentonaría a la oposición a tomar las calles. Por ello los jerarcas del PJ plantearon un escenario de triunfo aplastante para Manzur, y dejaron que los punteros pejotistas hicieran el resto.

El problema es que al ejército de punteros se le fue la mano. La entrega de dádivas (o “bolsones” según la terminología tucumana) fue un operativo de una coordinación asombrosa, el cual superó en magnitud al operativo organizado por el gobierno tucumano para asistir a las víctimas de las inundaciones de marzo pasado. La logística desplegada para llevar a la gente a votar también resultó ser otro acontecimiento gigantesco. Pero como ello no alcanza para ganar una elección, los punteros pejotistas recurrieron al lamentable arsenal de trucos sucios: urnas cargadas, destrucción de boletas opositorassorpresivos cortes de luz, votos a nombre de otros y compra de fiscales con la consecuente aparición de telegramas con cifras inverosímiles.

También se registraron graves incidentes (que incluyeron urnas quemadas y gendarmes heridos) en las localidades de Alberdi, San Pablo, La Florida, Sargento Moya y Los Ralos. Y además no faltaron los episodios de violencia absurda como la golpiza que recibió un camarógrafo de un canal de cable local por registrar el clientelismo o la balacera gangsteril que se produjo ante una sede partidaria. Lo que se dice “la típica postal” de la democracia argentina. 

Los patrones

José “Gallito” Gutiérrez, un legislador provincial tucumano, es el biotipo del político norteño feudalista. Poco antes del 23 de agosto, Gutiérrez adquirió notoriedad en todo Tucumán por haber amenazado públicamente a la gente de su distrito para que voten a su hijo que lo sucedía o, de lo contrario, sufrirían problemas de vivienda. De más está decir que, más allá de las críticas que circularon por las redes sociales, nadie castigó de modo alguno a Gutiérrez por su exceso de sinceridad. Y es tanta la impunidad de la que goza este personaje, que en el día de las elecciones al tipejo se le ocurrió ir a sufragar sin llevar su DNI, pensando en que una autoridad de mesa no le pondría trabas a un sujeto tan importante como él. 

En la mente de Gutiérrez está instalada la idea de que es el dueño del Estado, por tanto las leyes no lo afectan. Y, lamentablemente, él no es el único que piensa así, es decir él no es el único que ve en la política una carrera lucrativa y no un servicio público. De allí que Tucumán, a través de los denominados “acoples”, presenció como unas 25.467 personas disputaron la obtención de apenas unos 347 cargos electivos (en Yerba Buena se produjo la ridícula situación en la que se registró un candidato cada 35 electores). 

Y así como hubo un ejército de candidatos, también hubo una legión de fiscales que superpoblaron las escuelas y dificultaron el desarrollo de los comicios. No debe olvidarse además que el aluvión de boletas en el cuarto obscuro obligó a muchos ciudadanos a llevar el voto armado desde sus casas, dado que la mayor parte de la población temía tener que perderse en un mar de opciones en las que probablemente no estuviese presente la que deseaban elegir. 

Domingo Amaya, candidato a vicegobernador de la oposición, sostuvo que el sistema electoral tucumano es una vergüenza y aprovechó para exigir la implementación del voto electrónico, visto por algunos como una panacea contra la turbiedad electoral, y visto por otros, en cambio, como un gigantesco peligro. (Lo irónico de esto es que Amaya, un oficialista devenido opositor, viene desde hace una década beneficiándose del sistema electoral que ahora critica).  

La ciudad de la furia 

Con una casta partidocrática del tenor de la que gobierna Tucumán, era lógico que el ciudadano de a pie reaccionase con indignación ante el fraude de siempre. En algún momento tenía que pasar.

Antes de la elección se sabía que todo podía terminar en una batalla judicial, puesto que sobraron los planteos contra candidatos que no estaban habilitados para presentarse (y junto con eso se llegó al extremo de cuestionar la conformación de la Junta Electoral Provincial por la presencia de Edmundo Jiménez y Beatriz Bordinaro, dos personajes vinculados estrechamente al PJ de los cuales se temía que enturbiaran la elección). El día de los comicios las denuncias de irregularidades que circularon por las redes sociales fueron interminables, hasta que los propios candidatos de la oposición advirtieron que en muchas mesas las autoridades correspondientes les estaban impidiendo a los fiscales observar el escrutinio que hacían al momento de llenar los telegramas. Los medios masivos de comunicación (locales y nacionales) no tuvieron más remedio que comentar todos esos episodios que demostraban que las cosas en Tucumán estaban mal encaminadas. La excepción fue Canal 10, el canal de televisión controlado por el oficialismo, que convocó a Luís Yanicelli y a Juan Pablo Lichtmajer para parlotear bufonesca e insustancialmente sobre la democracia que el PJ, en ese mismo momento, estaba oprobiando. 

El PJ, ante un escenario enrarecido, hizo lo de siempre: negar la realidad. Marcelo Ditinis, uno de los niños hebreos que colonizaron el pejotismo tucumano, experto en marketing e innegable cyber-boludo, trató de dar la batalla en Internet coordinando al ejército comunicacional alperovichista para que instalasen la idea de que la catarata de turbiedades eran sólo mentiras de una oposición desesperada ante la derrota. 

Tal fue el grado de subestimación de la gente, que el propio Daniel Scioli se subió al avión presidencial y aterrizó en Tucumán para acompañar a Manzur en los festejos organizados en la Casa de Gobierno provincial

La publicación de los resultados se demoró más de la cuenta, y cuando empezaron a surgir los números quedó en evidencia que la paliza oficialista estaba por encima de toda proporción. Consecuentemente se pidió que se detenga el escrutinio provisorio. Militantes de la oposición, convencidos de que el fraude se estaba cocinando ante sus narices, se concentraron frente a la sede de la Junta Electoral Provincial. En la madrugada, después de mucha tensión, los oficialistas festejaron insultando a los opositores luego de que se conociera el inverosímil resultado que daba por ganador a Manzur. 

Ya en la mañana del lunes 24 de agosto, con la elección decidida a favor de Manzur, la bronca era algo generalizado. Sergio Massa, Ernesto Sanz y Mauricio Macri decidieron intervenir en el conflicto exigiendo transparencia. Scioli, por su parte, pidió que se respete “la voluntad popular” y les sugirió a los opositores que acepten la derrota por el bien de la democracia o alguna sandez por el estilo.

Horas más tarde pasó lo que toda tiranía teme que pase: la movilización popular. Si bien hubo movimiento en ciudades del sur provincial como Alberdi y Concepción, el grueso de la gente se apoderó de la Plaza Independencia, el centro neurálgico de San Miguel de Tucumán. El reclamo de la multitud era la realización de nuevas elecciones, pero, obviamente, libre de prácticas cuestionables. La respuesta del gobierno fue rotundamente negativa, lo que incluyó una brutal represión.   

La voz del pueblo

La manifestación multitudinaria del lunes 24 de agosto, organizada de modo espontáneo le pese a quien le pese, fue bautizada por las redes sociales como el “#Tucumanazo”. Por supuesto que no faltaron los zopencos de siempre que aparecieron para decir que el otro Tucumanazo, el del año del ñaupa, era más digno de ese nombre, puesto que, al parecer, hacer barullo en contra de un gobierno burocrático y autoritario es más digno que hacerlo en contra de una tiranía demagógica. Según lo que se desprende de la opinión de los nostálgicos, en nuestra época ddhhemocrática el derecho a forzar los acontecimientos históricos a través de acciones heroicas estaría anulado. El fundamento de esto, supongo, es que la ddhhemocracia es una entelequia, o sea una cosa consumada y perfecta, por lo que nada externo a su despliegue oficial (ni siquiera el reclamo de una mejor democracia) merece ser juzgado como algo serio. Las revoluciones, según la mirada sedada y aletargada de hoy, se hacen sólo en los parlamentos u otras oficinas del gobierno.   

Para no tener que opinar sobre el reclamo de la gente, los popes del PJ, hablando mal y pronto, se hicieron los boludos enfocando sus críticas en contra de la policía, la cual, supuestamente, habría actuado por iniciativa propia a la hora de repartir palazos y balas de goma a los manifestantes. Los kirchneristas no pejotistas (como el CELS o la Fundación María de los Ángeles) aprovecharon el caos para lanzarle su veneno a Alperovich y recuperar un poco de credibilidad moral después de tantos años de complicidad con los que gobiernan. 

La ciudadanía acrecentó su indignación ante el cinismo del gobierno que tiró la piedra y escondió la mano. Así el martes 25 de agosto el número de manifestantes concentrados en la Plaza Independencia se incrementó considerablemente en relación al día anterior, haciendo recordar a los cacerolazos de 2012 o a las protestas en contra del gobierno que explotaron justo después de la huelga policial de 2013. En otras ciudades de Tucumán y del resto del país la gente salió a las calles para solidarizarse con las víctimas de la represión y amplificar la demanda de repetir las elecciones pero sin trucos sucios (los que marcaron el camino, pero lamentablemente no encontraron eco, fueron los salteños, que se aprovecharon del hecho de que Scioli estaba en la provincia justamente para pejotizar su campaña). El gobierno, por supuesto, sólo hizo oídos sordos ante el pedido del pueblo. 

Las protestas siguieron repitiéndose a lo largo de la semana. Debido a ello muchos creyeron que el nuevo Tucumanazo era algo más que un momento de catarsis, por lo que algunos intentaron utilizar políticamente al evento. Sin embargo el error de esa politización estuvo en que del Tucumanazo no nació un movimiento político nuevo, con vocación reformista y consignas bien definidas, sino que sólo se trató del típico reclamo republicano (o más bien anti-populista) que pretende ponerle un freno al pejotismo. No hubo ni una Revolución de los Cedros, ni una Revolución Verde, ni una Revolución de los Jóvenes, ni mucho menos un Euromaidán.  

Macri, Massa y Stolbizer, tres de los seis candidatos presidenciales del momento, se reunieron para exigir nuevamente el fin del feudalismo y la realización de una elección limpia y transparente, o sea una suerte de revolución institucional, como la que la UCR llevó a cabo en 1916 o la del GOU en 1943. El problema de esa escena fueron las ausencias: sabemos que Rodríguez Saa está especulando con acoplarse a Scioli, ¿pero dónde estuvo De la Sota si Sanz estaba allí junto a Cano? ¿Por qué Del Caño no acompañó a los otros candidatos presidenciales, si el Frente de Izquierda y de los Trabajadores de Tucumán, al menos desde una mitad del mismo, está apoyando el reclamo de la oposición provincial? ¿Y Elisa Carrió? 

La desunión opositora, aunque duela admitirlo, condena al fracaso al Tucumanazo. Y para rematar lo moribundo sucedió que los cultos religiosos y las ONGs, en lugar de levantar la bandera de la rebelión ante la tibieza partidocrática, sólo se reunieron para pedir el retorno de la paz social

De ese modo el impulso ciudadano se fue extinguiendo poco a poco: hubo mucha gente reunida hasta el viernes, pero ya el sábado la plaza dejó de vibrar. Sin embargo el día domingo, después de que el PJ tucumano abortara su intento de copar la Plaza Independencia y desatar una batalla campal contra la gente, la llama se reavivó. La última esperanza del pueblo tucumano era Jorge Lanata, la espada del nefasto Grupo Clarín contra el nefasto gobierno kirchnerista. Sin embargo el periodista no asumió su papel y prefirió quedarse en Buenos Aires viendo cómo la gente pedía la aparición de una voz que canalice su reclamo. Al día siguiente, el lunes 31 de agosto, Cano y Amaya organizaron una caravana para terminar de apropiarse de aquello que había nacido como una iniciativa de los de abajo. La gente acompañó a los candidatos, pero se podían ver las fricciones entre los que querían sepultar a la partidocracia para conseguir algo mejor y los que sólo planean apoderarse de la misma para perpetuar la decadencia del país. El martes 1º de septiembre fue testigo de la extinción del entusiasmo y el retorno del peregrinaje de las víctimas.  

Hernán Solifrano (h)