La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

jueves, 4 de junio de 2015

La devastación de lo femenino

La marcha y el viento  

El 3 de junio pasado miles de personas en todo el país se pusieron de acuerdo para cortar calles y obstaculizar el tránsito de muchos vehículos. La mayoría de esas personas eran mujeres. La iniciativa de la convocatoria nació a partir de un caso policial: en Rufino, provincia de Santa Fe, una adolescente de 14 años apareció muerta y enterrada en la vivienda de su noviecito; la prensa, horrorizada por el macabro suceso, no tardó en cacarear “femicidio”, y, “desde las redes sociales”, emergió la idea de hacer una gran marcha nacional “en contra de la violencia de género”. Así mucha gente a lo largo y ancho del país (y ni Jujuy, ni Salta, ni Tucumán fueron las excepciones) se concentró en diversas plazas, mientras que la prensa se dedicó a fogonear el asunto -más que simplemente a limitarse a reportarlo.

Lo inquietante de esta iniciativa es su origen obscuro, similar al de los cacerolazos de 2012. Quiero decir, más allá de lo legítimas que fueron esas manifestaciones de descontento popular, las mismas no nacieron por generación espontánea, sino que fueron diseñadas y promovidas por individuos concretos, que tenían intereses específicos. Con la marcha de las violentadas de género sucedió igual.

Lo que caracterizó al #NiUnaMenos fue la corrección política. Oficialismo y oposición, moderados y extremistas, derechas e izquierdas: todos enfilaron hacia donde sopla el viento y se sacaron la foto con el cartelito, sólo faltaba el odontólogo Barreda para completar el panorama. De ese modo la movida fue presentada como el pedido de un sector de la sociedad para que aquellos que maltratan a las mujeres cesen de hacerlo –como si un golpeador, al ver a miles de personas en la calle pidiéndole que renuncie a la violencia, se tuviese que conmover con ese evento y decidiese a partir de allí no levantarle nunca más la mano a una mujer.  

Empero la sensación que dejó la marcha multitudinaria contra la violencia doméstica y los crímenes pasionales es la misma sensación que deja cualquier marcha multitudinaria en la Argentina de hoy: sólo sirve para concederle un momento de catarsis a la gente que se siente impotente ante una realidad que se hunde en la decadencia. No nos olvidemos del Caso Nisman: miles de personas salieron a protestar contra el gobierno kirchnerista, pero al día de hoy no se sabe si al Fiscal lo mataron o lo suicidaron. Y lo mismo pasó con el maricanomio en el año 2010: miles de personas le exigieron a los legisladores que detengan esa abominación, pero al día de hoy los aberrosexuales se casan y se divorcian con la misma facilidad con la que lo hace una pareja normal. La gente en las calles pone nervioso al gobierno por un tiempo, pero no generan absolutamente nada a nivel institucional después. Y ello sucede porque el gobierno se ha enquistado en el poder. En la actualidad el gobierno es más poderoso que el pueblo que lo puso allí, y, lamentablemente, ya no existe un mecanismo cívico-político-militar para que nos libre de sus atropellos y violaciones como ocurría antaño.

Nos penetró el hembrismo

Para la fauna hembrista, la marcha de las violentadas de género sirvió para “visibilizar” la subordinación de la mujer al hombre y denunciar la cultura “macho-patriarcalista” que impera en la Argentina. Para el resto de la gente, en cambio, el #NiUnaMenos fue más inútil que un chupetín con gusto a pene. Claro que el último grupo, a diferencia del primero, se maneja con el sentido común: miles de mujeres pidiendo que los novios, amantes o maridos no les peguen más es infinitamente menos efectivo que una buena denuncia penal contra el golpeador.

Sin embargo el hembrismo interpreta que la movida le sirvió para demostrar su fuerza. Y de dicha demostración de fuerza depende el poder que esa sinarquía tiene para impulsar su agenda. Para explicarlo brevemente: la agenda hembrista consiste en darle el poder absoluto a las mujeres, ubicándolas en la cima de la sociedad y haciéndolas inmunes a todo tipo de crítica o cuestionamiento. En la metafísica del hembrismo, la mujer es el único ser sobre la faz de la tierra que jamás se equivoca, ni jamás se excede, ni jamás se desborda, por tanto no existe criatura mejor para ejercer el poder en una sociedad. La mujer –según esta lógica– es garantía de justicia, mientras que el hombre es sinónimo de injusticia.

La agenda hembrista, hoy por hoy, tiene nueve objetivos claros, porque son los más superficiales, ya que han sido los más promocionados (no hay que olvidar que, como toda buena sinarquía, el hembrismo trabaja sin poner en evidencia los motivos profundos de sus acciones, los cuales, pese a todo, no dejan de ser evidentes para cualquiera cuyo cerebro no sea una masa babeante): (1) instrumentar la nefasta Ley 26.485 y poner en marcha el irracional Plan Nacional que allí se establece, (2) recopilar estadísticas oficiales sobre violencia hacia las mujeres para convertir a ese asunto en una cuestión de Estado, (3) crear juzgados especiales en todas las provincias para tratar exclusivamente casos de violencia doméstica, (4) hostigar a través del monitoreo permanente a todos los hombres acusados de haber ofendido o atacado a una mujer, (5) ampliar la asesoría gratuita para las mujeres que denuncian la violencia en sus hogares, (6) eliminar a todos los funcionarios judiciales que osen no beneficiar automáticamente a toda mujer que llega a un juzgado denunciando haber sido víctima de algún tipo de violencia, (7) crear hogares para acoger a las víctimas de la violencia doméstica que estén controlados y superpoblados por un equipo “interdisciplinario de especialistas”, (8) adoctrinar de modo forzoso en la anti-masculinidad a todo empleado estatal (policías, jueces, maestros, etc.), y, por supuesto, (9) facilitar la colonización hembrista de todo el sistema educativo.

La Ley 26.485 no es más que un delirio sólo practicable si se quiere vivir en el más perverso de los mundos posibles (un artículo, por ejemplo, estipula que la mujer no necesita probar que ha sido víctima de la violencia doméstica para que un juez falle a su favor, lo que significa que con sólo hacer una denuncia, sea real o ficticia, el hombre acusado ya es culpable de lo que se le imputa y debe pagar por ello). Pedir estadísticas en un país en donde no hay un solo papel propiedad del gobierno en el que se reflejen correctamente los datos objetivos de la realidad es también un delirio. Lo de modificar al poder judicial para acelerar los castigos no deja de ser, en realidad, un pedido de ampliación del aparato burocrático argentino, que sólo sirve para alimentar generosamente a quienes allí trabajan y para casi nada más. Los refugios llenos de psicólogas, médicas, abogadas, trabajadoras sociales y demás empleadillas públicas son ridículamente inútiles desde el momento en que un solo cura puede hacer el mismo trabajo y de un modo más humano y efectivo.

Educación para no morir

Todo lo hasta aquí señalado está directamente vinculado a una cuestión monetaria. En efecto, todo eso que las hembristas señalan como urgente en su agenda requiere de dinero para funcionar. Y el dinero requerido tiene el detalle de no ser poco. ¿Cómo una mujer refugiada podrá dormir en una cama prestada si no tiene una almohada que valga mil pesos? El Estado, o, mejor dicho, nosotros tenemos que donar nuestro dinero que tanto nos cuesta conseguir para que las víctimas de sus parejas (y toda la galaxia parasitaria que lucra a partir de ellas) se de la buena vida para compensar el mal sufrido.   

Que no se entienda mal: yo no estoy culpando a la víctima por haber hecho una mala elección, estoy tratando de señalar que hay muchos –demasiados– que quieren hacerse ricos con esa situación. El hembrismo no es más que un movimiento internacionalizado que se basa en la idea de que mientras existan las víctimas, existirá una fuente de ingresos que les permita sobrevivir orondamente sin tener que aportarle nada útil a la sociedad. Es por ello que crearon un discurso en donde la mujer SIEMPRE es víctima. Y es por ello también que apuestan tanto por desplegar un sistema punitivo que refleje sus posiciones y rechazan de plano todo intento por perfeccionar la prevención de la violencia doméstica.

Un pilar del hembrismo es la necesidad de adoctrinar en sus puntos de vista a todos los hombres, ya sean niños, jóvenes, adultos o ancianos. De allí que donde haya una hembrista hay una mujer ansiosa por realizar un taller de “pensamiento anti-patriarcal” o de “prevención del bullying” o de alguna fruslería por el estilo. Su razonamiento es perversamente adecuado a sus fines: si se educa a una persona de modo completamente equivocado, esa persona seguirá cometiendo errores, por lo que la presencia del hembrismo será siempre necesario.

Para reducir la violencia en un hombre lo único que debe hacerse es enseñarle a ser hombre. Es decir, en lugar de un “taller de antipatriarcalidad”, el niño debe participar de un taller de patriarcalidad. El verdadero hombre, el verdadero macho, el verdadero patriarca, tiene incorporado como un código inviolable la idea de que no puede golpear a una mujer. Sólo los falsos hombres, los falsos machos y los falsos patriarcas agreden físicamente a su contraparte femenina. Si se restituye la virilidad en los hombres argentinos (en lugar de buscar castrársela como sucede ahora), las mujeres estarán a salvo, lo femenino, ya devastado por tanto hembrismo, renacerá como la flor que es.  


Antonella Díaz