La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 27 de septiembre de 2015

La derrota de la voluntad

Políticos al borde un ataque de nervios

En El Defensor del Norte Argentino ya habíamos anticipado que el #Tucumanazo iba camino a la extinción, debido a que el malestar ciudadano no desembocó en la creación de un movimiento político innovador, sino que murió en las garras de los partidócratas republicanos de la oposición. La revuelta popular exigía la transformación política para cerrar el ciclo ddhhemocrático, pero el mensaje fue reducido por la partidocracia al mero pedido de mayor transparencia electoral. Y, lo más triste de todo, es que ni eso se logró.

Tucumán puso nervioso al gobierno kirchnerista durante casi un mes. Tan profundo fue el impacto del #Tucumanazo para el gobierno, que las Abuelas de Plaza de Mayo tuvieron que quemar un cartucho haciendo aparecer a una “nieta recuperada” para ver si de ese modo podían desviar la atención de lo que estaba sucediendo en el norte del país. Pero el episodio no conmovió en lo más mínimo a la opinión pública argentina.

Es que cada intervención de los referentes del kirchnerismo sólo había logrado provocar una virulenta indignación: primero fue el periodista Víctor Hugo Morales que acusó al Grupo Clarín de haber orquestado el levantamiento popular (más tarde los kirchneristas conspiracionistas más delirantes llegaron a decir que la Embajada de EEUU fue el verdadero cerebro organizador del #Tucumanazo); luego fue la pérfida Beatriz Rojkés de Alperovich que, una vez más, se dejó en ridículo a si misma al insultar a la Senadora Nacional Silvia Elías de Pérez por ser católica (a la esposa de Alperovich le faltó tanto tacto para defender su posición que hasta terminó denunciada ante el INADI y repudiada por la DAIA); y finalmente fue la propia Cristina Fernández de Kirchner la que se negó a admitir la existencia de cualquier tipo de irregularidad en Tucumán y acusó de ser antidemocráticos a quienes la contradicen (lo irónico es que el mismísimo José Alperovich reconoció públicamente que gente de su partido había ejercido el clientelismo, refutando así no sólo a la primera mandataria del país sino también a su esposa, quien, apenas una semana antes, había negado que se hubiesen desarrollado prácticas clientelares durante los comicios).

El estado de incertidumbre que vivía el PJ tucumano los llevó a protagonizar situaciones ridículas como la presentación de una denuncia penal contra Cano, Amaya y varios dirigentes del sindicato de bancarios por haber instigado a la sedición –denuncia que, según se dice, fue una represalia por lo que sufrió Marianela Mirra, la hetera favorita de Alperovich, y que a su vez provocó una contradenuncia contra el ministro Jorge Gassenbauer por la represión del lunes 24 de agosto–, o la redacción de una circular que el Ministerio de Educación provincial envió a todas las escuelas tucumanas solicitándole a los docentes que les expliquen a los estudiantes que no había legitimidad en el reclamo de la gente.

La revolución que no fue

La crisis política en Tucumán terminó por convertirse en un problema judicial. Miembros del Partido Socialista, del Movimiento Socialista de los Trabajadores, del Partido Obrero, del Movimiento Libres del Sur y del Acuerdo para el Bicentenario hicieron presentaciones judiciales para exigir la suspensión del conteo. Se pidió luego la anulación de la elección, arguyendo que el mismísimo Correo Argentino había colaborado en el fraude organizado por el PJ. Para sustentar esa denuncia tan grave se señaló el hecho de que las cámaras de seguridad que monitoreaban las actividades de la Junta Electoral Provincial (JEP) durante el 23 de agosto terminaron fallando. Ciertamente eso dio paso a una comedia de acusaciones que involucró a la empresa santiagueña que instaló los instrumentos de vigilancia, a la compañía de electricidad de Tucumán, a la Gendarmería Nacional y a Darío Almaraz y Alfredo Iramain, Secretarios de la JEP.

La batalla judicial hizo recular a algunos opositores: el referente tucumano del massismo Gerónimo Vargas Aignasse –en consonancia con Felipe Solá, referente bonaerense del mismo espacio político– abandonó a Cano y a Amaya sosteniendo que no se podía negar un resultado tan contundente; sugirió, además, que la estrategia del PRO parece apuntar “antidemocráticamente” a deslegitimar el triunfo de otra fuerza que no sea la suya (ya que, además de denunciar fraude en Tucumán, los socios de Macri también lo denunciaron en Salta y Santa Fe). Sin embargo dirigentes locales del espacio macrista no tardaron en abandonar ellos también a la cruzada canista-amayista, demostrando que, en el fondo, los partidócratas son todos iguales. Gracias a esa actitud pusilánime y acomodaticia de algunos opositores, al final las incontables babosadas, zonceras y cretinadas del nefasto Aníbal Fernández referidas a las elecciones en Tucumán terminaron por imponerse sin recibir el repudio que merecen.

La tensión política se multiplicó y los cruces entre una oposición reducida y un oficialismo que reclutó a todos los que pudo para ganar legitimidad no cesaron de producirse. De repente, según la opinión de leguleyos ultraprogresistas como Eduardo Barcesat y Jorge Cholvis, el Diputado Nacional José Cano pasó a ser algo así como un bandolero. La prudencia de Alperovich llegó a su fin y el tiranuelo hebreo pasó a la ofensiva: de ese modo el PJ organizó un acto multitudinario en el Parque 9 de Julio en donde Juan Manzur se autoproclamó gobernador de la provincia.

De todos modos, poco después de esa demostración de fuerza pejotista, la Sala I de la Cámara en lo Contencioso Administrativo, presidida por los jueces Salvador Ruíz y Ebe López Piossek, emitió un fallo histórico anulando los comicios del 23 de agosto y ordenando que los mismos volviesen a realizarse. Ante semejante muestra de coraje cívico, el PJ reaccionó como sabe hacerlo: con otra demostración de fuerza. Fue así que la Plaza Yrigoyen, espacio verde ubicado justo al frente del Palacio de Tribunales de Tucumán, se llenó de bombos, choripanes, bombas de estruendo y cánticos soeces. El oficialismo calificó al trabajo de los jueces de “golpe judicial” y no faltaron las amenazas de muerte contra los magistrados.

El gobierno nacional comenzó a planificar una intervención federal en Tucumán para apoderarse del Poder Judicial provincial, pero las maniobras de la pandilla de Alperovich evitaron ello al manipular la conformación del tribunal especial de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán para colocar jueces adictos que revocasen el valiente fallo de Ruíz y López Piossek. En tiempo record, estos leguleyos frenaron lo que era el comienzo de una revolución institucional en la Argentina.    

El pueblo sin conductor

Quien aprovechó el caos tucumano fue la gente del campo. Hartos del maltrato al que desde hace años los somete el gobierno, cientos de productores rurales coparon la Plaza Independencia con sus tractores para hacer oír sus reclamos, demostrándole simbólicamente al PJ que ellos ya no controlan la calle.

La imagen de los tractores hacía recordar al 2008, el año en que el kirchnerismo debió dar un paso al costado para salvar a la patria, pero que, por el contrario, sólo atestiguó el atrincheramiento de las fuerzas K en el poder y el nacimiento de la cultura “latinoamierdicanista” que cada día infecta más a nuestra identidad nacional.

Al finalizar el escrutinio definitivo, el PJ había anunciado que el acto autoproclamatorio iba a realizarse en el corazón de San Miguel de Tucumán. Para evitar ello, los tractores se multiplicaron en la Plaza Independencia y el ambiente se volvió tan tenso que todo el mundo estaba listo para presenciar una batalla campal sobre el paseo público ubicado entre la Casa de Gobierno y la Iglesia Catedral. Finalmente los pejotistas cambiaron el lugar de su acto y evitaron con ello alimentar la violencia.

Con los partidócratas judicializando la elección y discutiendo cuál sistema es el mejor para votar, vale decir con los partidócratas enfrascados en su torre de marfil, era necesario que surgiese un héroe civil. Sin embargo ello no ocurrió. Alberto Lebbos, tan valiente como siempre, repitió sus dignas consignas encontrando el escaso eco que habitualmente encuentra. Por su parte Nicolás Salvatore, un asesor de Cano, sugirió la realización de una necesaria pueblada, pero semejante muestra de sensatez terminó siendo repudiada por quienes esperan que la decadencia argentina se cure sola de un día para el otro. Al no amplificarse la voz de los ciudadanos quijotescos conocidos o desconocidos, la gente indignada perdió protagonismo y todo se enfrío hasta diluirse en la nada.

Cuando se inició el escrutinio definitivo, la ciudadana Milagro Lastra Lobo llevó una imagen de la Virgen de la Merced a la sede de la JEP (gesto que fue repudiado por más de un fanático antirreligioso). Era Nuestra Madre quien debía inspirar paz, sin embargo no faltaron militantes partidócratas que, ante la mirada de la Madre de Dios, quisieron trampear el conteo. Y no resulta raro que los políticos de hoy ya no le teman al Altísimo, puesto que parece que sus representantes en la Tierra han leído más la Constitución Nacional parida por el Pacto de Olivos que el Evangelio inspirado por Dios.

Sin un sacerdote, un intelectual o un trabajador dispuesto a acaudillar a la gente, la demanda antipartidocrática nunca terminó de articularse: lo que este país precisa es sustituir toda la parafernalia de las elecciones partidocráticas por la mera insaculación (con la presencia de todo el padrón de ser posible); y, si el retorno a lo básico es demasiado revolucionario, entonces que se guarden las urnas y se las sustituya por el voto cantado, el cual le permite a cada ciudadano manifestar su voluntad ante quienes computan los votos sin correr el riesgo de que haya algún tipo de adulteración a través de las boletas o los telegramas. La democracia argentina lo que necesita es democratizarse.

La opción por los pobres 

Quizás lo más penoso de la historieta tucumana es constatar que el clientelismo más indigno es demoledoramente real en Tucumán (y en el resto del país). Y quienes lo ejercen no sienten un mínimo de vergüenza por ello.

Un argumento muy utilizado por los kirchneristas para descalificar a la gente indignada en Tucumán es que quienes pedían la realización de nuevas elecciones son quienes consideran que el voto debe ser calificado. Según ellos, sólo los “gorilas” ven como algo escandaloso que un “humilde” vote: desde su perspectiva es una aberración que no se compute el voto de aquel que aceptó una bolsa con alimentos, o muebles, o electrodomésticos, o dinero en efectivo o estupefacientes para meter en una urna un sobre con una boleta del Frente para la Victoria.

Ese cinismo de los pejotistas con la panza llena de querer ser la voz de los pobres, el grito de los humildes, el alarido de los desposeídos, es la prueba más clara de que el kirchnerismo existe solamente para arrojar limosna al pobre en lugar de demostrarle que es un sujeto de derecho y, por tanto, el dueño de una dignidad infinita. Beatriz Sarlo, al debatir sobre Tucumán, se lamentó de que la Argentina siga sometida a un régimen caudillista donde la gente manifiesta un amor y un temor humillante ante los que gobiernan. Y tiene razón. Mientras los pobres sean rehenes de la política, mientras la opción sea por los pobres y no por la totalidad del pueblo argentino, el país está condenado.

Francisco Vergalito

jueves, 3 de septiembre de 2015

#Tucumanazo

La típica postal

Hay que comenzar destacando algo importante: el Tucumanazo de este año no fue el producto de una situación extraordinaria. En efecto, la grotesca manipulación de la voluntad popular es un fenómeno que se repite constantemente en nuestro país. Sin embargo esta vez la gente, es decir el ciudadano que padece la política argentina, decidió repudiar abiertamente al "folklore electoral".

Juan Manzur es el que terminó más perjudicado luego del levantamiento popular. Apenas unos días antes del 23 de agosto, Manzur había cerrado su campaña con un pomposo acto en el Teatro San Martín, al cual asistieron Daniel Scioli y Carlos Zannini, acompañados de una nutrida comitiva de dirigentes del kirchnerismo integrada por gobernadores como Eduardo Fellner, Lucía Corpacci y Claudia Ledesma Abdala entre otros. La idea era contagiar a Scioli del oflador de Manzur, un truco mercadotécnico que le permitió al tucumano sacarse el traje de burócrata enquistado en el poder y convertirse en un hombre del pueblo.

De todos modos el impacto de la propaganda de la oflada fue mínimo: sólo logró llamar la atención de una cuantas mujeres de los sectores populares a las que, en principio, el aspecto varonil de José Cano las convencía más que el semblante arábigo del elegido de Alperovich. Las encuestas de los días previos a la elección arrojaban números altamente favorables a la fórmula constituida por Cano y Amaya. Por ese motivo Manzur faltó al debate televisado de los candidatos a gobernador: quería evitar un eventual traspié que lo empujase aún más abajo en la intención de voto de la gente.

Al no tener un candidato competitivo, el gobierno tucumano estaba obligado a orquestar una operación de fraude realmente descomunal con el fin de asegurarse el triunfo. Apenas dos semanas antes, la provincia había atravesado las PASO, y la idea de lo trucho sobrevolaba el ambiente (para ejemplificar ello basta con recordar que en una mesa de Famaillá el Frente para la Victoria obtuvo el 157% de los votos válidos). Por ende, para retener su posición, los oficialistas sabían perfectamente que tenían que alterar el resultado final de la elección. Justo igual a cómo se lo hicieron a Ricardo Bussi en 1999. Y cuando digo “justo igual”, me refiero a las formas y no a los contenidos; el hijo del General Bussi, en aquella oportunidad, ganó la gobernación con un escaso margen de diferencia, lo que le permitió al Partido Justicialista cambiar los guarismos y aun así resultar creíbles. En el caso del 2015, la maniobra falsaria debía ser grandilocuente, o de lo contrario, si la diferencia entre los candidatos terminaba siendo mínima, ello sólo envalentonaría a la oposición a tomar las calles. Por ello los jerarcas del PJ plantearon un escenario de triunfo aplastante para Manzur, y dejaron que los punteros pejotistas hicieran el resto.

El problema es que al ejército de punteros se le fue la mano. La entrega de dádivas (o “bolsones” según la terminología tucumana) fue un operativo de una coordinación asombrosa, el cual superó en magnitud al operativo organizado por el gobierno tucumano para asistir a las víctimas de las inundaciones de marzo pasado. La logística desplegada para llevar a la gente a votar también resultó ser otro acontecimiento gigantesco. Pero como ello no alcanza para ganar una elección, los punteros pejotistas recurrieron al lamentable arsenal de trucos sucios: urnas cargadas, destrucción de boletas opositorassorpresivos cortes de luz, votos a nombre de otros y compra de fiscales con la consecuente aparición de telegramas con cifras inverosímiles.

También se registraron graves incidentes (que incluyeron urnas quemadas y gendarmes heridos) en las localidades de Alberdi, San Pablo, La Florida, Sargento Moya y Los Ralos. Y además no faltaron los episodios de violencia absurda como la golpiza que recibió un camarógrafo de un canal de cable local por registrar el clientelismo o la balacera gangsteril que se produjo ante una sede partidaria. Lo que se dice “la típica postal” de la democracia argentina. 

Los patrones

José “Gallito” Gutiérrez, un legislador provincial tucumano, es el biotipo del político norteño feudalista. Poco antes del 23 de agosto, Gutiérrez adquirió notoriedad en todo Tucumán por haber amenazado públicamente a la gente de su distrito para que voten a su hijo que lo sucedía o, de lo contrario, sufrirían problemas de vivienda. De más está decir que, más allá de las críticas que circularon por las redes sociales, nadie castigó de modo alguno a Gutiérrez por su exceso de sinceridad. Y es tanta la impunidad de la que goza este personaje, que en el día de las elecciones al tipejo se le ocurrió ir a sufragar sin llevar su DNI, pensando en que una autoridad de mesa no le pondría trabas a un sujeto tan importante como él. 

En la mente de Gutiérrez está instalada la idea de que es el dueño del Estado, por tanto las leyes no lo afectan. Y, lamentablemente, él no es el único que piensa así, es decir él no es el único que ve en la política una carrera lucrativa y no un servicio público. De allí que Tucumán, a través de los denominados “acoples”, presenció como unas 25.467 personas disputaron la obtención de apenas unos 347 cargos electivos (en Yerba Buena se produjo la ridícula situación en la que se registró un candidato cada 35 electores). 

Y así como hubo un ejército de candidatos, también hubo una legión de fiscales que superpoblaron las escuelas y dificultaron el desarrollo de los comicios. No debe olvidarse además que el aluvión de boletas en el cuarto obscuro obligó a muchos ciudadanos a llevar el voto armado desde sus casas, dado que la mayor parte de la población temía tener que perderse en un mar de opciones en las que probablemente no estuviese presente la que deseaban elegir. 

Domingo Amaya, candidato a vicegobernador de la oposición, sostuvo que el sistema electoral tucumano es una vergüenza y aprovechó para exigir la implementación del voto electrónico, visto por algunos como una panacea contra la turbiedad electoral, y visto por otros, en cambio, como un gigantesco peligro. (Lo irónico de esto es que Amaya, un oficialista devenido opositor, viene desde hace una década beneficiándose del sistema electoral que ahora critica).  

La ciudad de la furia 

Con una casta partidocrática del tenor de la que gobierna Tucumán, era lógico que el ciudadano de a pie reaccionase con indignación ante el fraude de siempre. En algún momento tenía que pasar.

Antes de la elección se sabía que todo podía terminar en una batalla judicial, puesto que sobraron los planteos contra candidatos que no estaban habilitados para presentarse (y junto con eso se llegó al extremo de cuestionar la conformación de la Junta Electoral Provincial por la presencia de Edmundo Jiménez y Beatriz Bordinaro, dos personajes vinculados estrechamente al PJ de los cuales se temía que enturbiaran la elección). El día de los comicios las denuncias de irregularidades que circularon por las redes sociales fueron interminables, hasta que los propios candidatos de la oposición advirtieron que en muchas mesas las autoridades correspondientes les estaban impidiendo a los fiscales observar el escrutinio que hacían al momento de llenar los telegramas. Los medios masivos de comunicación (locales y nacionales) no tuvieron más remedio que comentar todos esos episodios que demostraban que las cosas en Tucumán estaban mal encaminadas. La excepción fue Canal 10, el canal de televisión controlado por el oficialismo, que convocó a Luís Yanicelli y a Juan Pablo Lichtmajer para parlotear bufonesca e insustancialmente sobre la democracia que el PJ, en ese mismo momento, estaba oprobiando. 

El PJ, ante un escenario enrarecido, hizo lo de siempre: negar la realidad. Marcelo Ditinis, uno de los niños hebreos que colonizaron el pejotismo tucumano, experto en marketing e innegable cyber-boludo, trató de dar la batalla en Internet coordinando al ejército comunicacional alperovichista para que instalasen la idea de que la catarata de turbiedades eran sólo mentiras de una oposición desesperada ante la derrota. 

Tal fue el grado de subestimación de la gente, que el propio Daniel Scioli se subió al avión presidencial y aterrizó en Tucumán para acompañar a Manzur en los festejos organizados en la Casa de Gobierno provincial

La publicación de los resultados se demoró más de la cuenta, y cuando empezaron a surgir los números quedó en evidencia que la paliza oficialista estaba por encima de toda proporción. Consecuentemente se pidió que se detenga el escrutinio provisorio. Militantes de la oposición, convencidos de que el fraude se estaba cocinando ante sus narices, se concentraron frente a la sede de la Junta Electoral Provincial. En la madrugada, después de mucha tensión, los oficialistas festejaron insultando a los opositores luego de que se conociera el inverosímil resultado que daba por ganador a Manzur. 

Ya en la mañana del lunes 24 de agosto, con la elección decidida a favor de Manzur, la bronca era algo generalizado. Sergio Massa, Ernesto Sanz y Mauricio Macri decidieron intervenir en el conflicto exigiendo transparencia. Scioli, por su parte, pidió que se respete “la voluntad popular” y les sugirió a los opositores que acepten la derrota por el bien de la democracia o alguna sandez por el estilo.

Horas más tarde pasó lo que toda tiranía teme que pase: la movilización popular. Si bien hubo movimiento en ciudades del sur provincial como Alberdi y Concepción, el grueso de la gente se apoderó de la Plaza Independencia, el centro neurálgico de San Miguel de Tucumán. El reclamo de la multitud era la realización de nuevas elecciones, pero, obviamente, libre de prácticas cuestionables. La respuesta del gobierno fue rotundamente negativa, lo que incluyó una brutal represión.   

La voz del pueblo

La manifestación multitudinaria del lunes 24 de agosto, organizada de modo espontáneo le pese a quien le pese, fue bautizada por las redes sociales como el “#Tucumanazo”. Por supuesto que no faltaron los zopencos de siempre que aparecieron para decir que el otro Tucumanazo, el del año del ñaupa, era más digno de ese nombre, puesto que, al parecer, hacer barullo en contra de un gobierno burocrático y autoritario es más digno que hacerlo en contra de una tiranía demagógica. Según lo que se desprende de la opinión de los nostálgicos, en nuestra época ddhhemocrática el derecho a forzar los acontecimientos históricos a través de acciones heroicas estaría anulado. El fundamento de esto, supongo, es que la ddhhemocracia es una entelequia, o sea una cosa consumada y perfecta, por lo que nada externo a su despliegue oficial (ni siquiera el reclamo de una mejor democracia) merece ser juzgado como algo serio. Las revoluciones, según la mirada sedada y aletargada de hoy, se hacen sólo en los parlamentos u otras oficinas del gobierno.   

Para no tener que opinar sobre el reclamo de la gente, los popes del PJ, hablando mal y pronto, se hicieron los boludos enfocando sus críticas en contra de la policía, la cual, supuestamente, habría actuado por iniciativa propia a la hora de repartir palazos y balas de goma a los manifestantes. Los kirchneristas no pejotistas (como el CELS o la Fundación María de los Ángeles) aprovecharon el caos para lanzarle su veneno a Alperovich y recuperar un poco de credibilidad moral después de tantos años de complicidad con los que gobiernan. 

La ciudadanía acrecentó su indignación ante el cinismo del gobierno que tiró la piedra y escondió la mano. Así el martes 25 de agosto el número de manifestantes concentrados en la Plaza Independencia se incrementó considerablemente en relación al día anterior, haciendo recordar a los cacerolazos de 2012 o a las protestas en contra del gobierno que explotaron justo después de la huelga policial de 2013. En otras ciudades de Tucumán y del resto del país la gente salió a las calles para solidarizarse con las víctimas de la represión y amplificar la demanda de repetir las elecciones pero sin trucos sucios (los que marcaron el camino, pero lamentablemente no encontraron eco, fueron los salteños, que se aprovecharon del hecho de que Scioli estaba en la provincia justamente para pejotizar su campaña). El gobierno, por supuesto, sólo hizo oídos sordos ante el pedido del pueblo. 

Las protestas siguieron repitiéndose a lo largo de la semana. Debido a ello muchos creyeron que el nuevo Tucumanazo era algo más que un momento de catarsis, por lo que algunos intentaron utilizar políticamente al evento. Sin embargo el error de esa politización estuvo en que del Tucumanazo no nació un movimiento político nuevo, con vocación reformista y consignas bien definidas, sino que sólo se trató del típico reclamo republicano (o más bien anti-populista) que pretende ponerle un freno al pejotismo. No hubo ni una Revolución de los Cedros, ni una Revolución Verde, ni una Revolución de los Jóvenes, ni mucho menos un Euromaidán.  

Macri, Massa y Stolbizer, tres de los seis candidatos presidenciales del momento, se reunieron para exigir nuevamente el fin del feudalismo y la realización de una elección limpia y transparente, o sea una suerte de revolución institucional, como la que la UCR llevó a cabo en 1916 o la del GOU en 1943. El problema de esa escena fueron las ausencias: sabemos que Rodríguez Saa está especulando con acoplarse a Scioli, ¿pero dónde estuvo De la Sota si Sanz estaba allí junto a Cano? ¿Por qué Del Caño no acompañó a los otros candidatos presidenciales, si el Frente de Izquierda y de los Trabajadores de Tucumán, al menos desde una mitad del mismo, está apoyando el reclamo de la oposición provincial? ¿Y Elisa Carrió? 

La desunión opositora, aunque duela admitirlo, condena al fracaso al Tucumanazo. Y para rematar lo moribundo sucedió que los cultos religiosos y las ONGs, en lugar de levantar la bandera de la rebelión ante la tibieza partidocrática, sólo se reunieron para pedir el retorno de la paz social

De ese modo el impulso ciudadano se fue extinguiendo poco a poco: hubo mucha gente reunida hasta el viernes, pero ya el sábado la plaza dejó de vibrar. Sin embargo el día domingo, después de que el PJ tucumano abortara su intento de copar la Plaza Independencia y desatar una batalla campal contra la gente, la llama se reavivó. La última esperanza del pueblo tucumano era Jorge Lanata, la espada del nefasto Grupo Clarín contra el nefasto gobierno kirchnerista. Sin embargo el periodista no asumió su papel y prefirió quedarse en Buenos Aires viendo cómo la gente pedía la aparición de una voz que canalice su reclamo. Al día siguiente, el lunes 31 de agosto, Cano y Amaya organizaron una caravana para terminar de apropiarse de aquello que había nacido como una iniciativa de los de abajo. La gente acompañó a los candidatos, pero se podían ver las fricciones entre los que querían sepultar a la partidocracia para conseguir algo mejor y los que sólo planean apoderarse de la misma para perpetuar la decadencia del país. El martes 1º de septiembre fue testigo de la extinción del entusiasmo y el retorno del peregrinaje de las víctimas.  

Hernán Solifrano (h)