La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 24 de agosto de 2014

Las palabras y los cosos

La mordaza

Últimamente en Salta el lobby gay o cabildeo elegebetista ha estado operando violentamente y con la cooperación de la casta politiquera local para imponer su agenda. Primero fue ex-Rodrigo “Victoria” Liendro el que propuso conseguir la igualdad de los sexos a través de la intervención estatal en el ámbito económico, y después fue “Gabriela” Dagum quien adquirió un simbólico poder de policía al ser incorporado al cuerpo de inspectores de tránsito de la Municipalidad capitalina.

Muchos salteños reaccionaron ante estos episodios indicando que no es lo mismo pedir ser respetados como minoría a querer imponer sus puntos de vista como verdades dogmáticas al resto de la sociedad. Esa gente amante de la verdad fue acusada de fomentar la “transfobia”, por lo que se sugirió que sean amordazados para que no sigan “contaminando” a las mentes vírgenes.

Asco a lo aberrante

El término “transfobia” es confuso, pues antaño –hace apenas cinco años atrás– era clara la diferencia entre un transexual (alguien que se mutila o altera los órganos reproductivos para fingir ser miembro del sexo opuesto) y un travestido (un hombre o mujer homosexual que se viste con ropas propias del otro sexo e intenta efectuar gestos que no son los de su sexo). Hoy en día se pretende deliberadamente borrar la diferenciación entre un hombre mutilado y uno vestido de mujer, poniendo en igualdad de condiciones a travestidos y transexuales bajo la etiqueta genérica de “trans”, como si todo fuese lo mismo.

En muy poco tiempo los argentinos nos vimos bombardeados por un arsenal de conceptos tan novedosos como tramposos. Antes se hablaba de hombres y mujeres que buscaban a sus opuestos o que iban detrás de sus iguales, en la actualidad, en cambio, ese segundo grupo se ha diversificado hasta el infinito.

Lo que sucede, en realidad, es que se busca eliminar la idea de lo parafílico, esto es se quiere abolir la idea de que es una perversión sexual aquello que hace que el pene vaya hacia cualquier otro lugar en vez del lugar al que tiene por ir por naturaleza: la vagina. El plan es destruir la diferencia entre lo recto y lo desviado, entre lo ordenado y lo invertido, entre lo normal y lo aberrante, pues lo que se anhela es que el vicioso se equipare al virtuoso igualando hacia abajo (o sea prohibiendo la virtud para que el vicio reine).

Por este motivo en lugar de estar siguiéndoles el juego a quienes buscan ponerle un nombre nuevo al homosexual y a los demás pervertidos, lo mejor es comprender todas esas orientaciones como lo que son: una aberración. De esa manera la “fobia” recupera su significado: la “aberrofobia” es el rechazo a todo lo aberrante, lo cual es bastante natural y sano, ¿o hay alguien que quiera defender lo aberrante?

Y de hecho si: hoy en día hay muchos que quieren defender lo aberrante. Estos personajes son los “gays”, las “lesbianas”, los “bisexuales”, los “trans” y los “intersexuales”: el “Colectivo LGBTI” o el elegebetismo, una ideología política como lo es el marxismo, el liberalismo, el fascismo o el sionismo. Mientras que los marxistas hacen de los pobres el Sujeto de la Historia, los liberales le dan ese rol al rico y los fascistas a la clase media. El sionismo, por su parte, se nutre de ricos, pobres y clasemedieros, siempre y cuando estos satisfagan una condición: ser étnicamente judíos. Pues bien, los elegebetistas son como los sionistas en este sentido: no importa ser rico o pobre para jurarle lealtad a la bandera del arco iris, lo que importa es ser homosexual o, al menos, tener una sexualidad desviada. Y así como los sionistas descalifican a sus críticos con el mote de “antisemita”, los elegebetistas hacen lo mismo sólo que aplicando una mayor creatividad: “tránsfobo”, “homófobo”, “lesbófobo”, etc.   

Ahora bien “fobia” proviene del griego “phobos” que quiere decir miedo, por lo que las fobias son, por definición, miedos irracionales. Pero la “aberrofobia” no es ni un miedo ni una irracionalidad. Es una emoción, claro, pero que resulta ser completamente natural, normal y saludable. Los parafílicos o aberrados (entre los que se encuentran los homosexuales) son enfermos. Es difícil saber si la enfermedad que padecen es psicológica o biológica, ya que globalmente los más interesados en averiguarlo son esos países africanos o asiáticos que cuentan con escasos presupuestos para investigar científicamente el origen de este mal. En el resto del mundo el lobby gay ya triunfó, por lo que no sólo no se puede criticar a la aberrosexualidad sino que además se debe pagar algún tipo de precio por hacerlo.

Entonces el escenario parece sencillo de comprender: si queremos acabar con esta enfermedad se debe, por un lado, empezar a compadecerse de los aberrados (no basta con eso de no entrometerse mientras la privacidad se imponga, puesto que lo privado hoy casi no existe en un mundo de cámaras de vigilancia, Internet y chips inteligentes), y evitar que la ideología elegebetista triunfe y eleve sus tergiversaciones a la categoría de dogmas.

Anticipada la conclusión de este ensayo, en lo que queda del texto me dedicaré a clarificar los conceptos de “travesti” y de “transexual” para ayudar a los lectores a evitar caer en trampas lingüísticas en el futuro.

Travestis

El travestido no es más que un homosexual grotesco, que llega hasta esa situación a causa de su situación social. Es decir, en una familia pobre hay un joven que es homosexual; pues bien, este muchacho no puede manifestar su enfermedad con la misma libertad que lo hace alguien de clase media o alta, ya que la moral del espacio social en el que habita es más comunitarista (o menos individualista) que la de otros espacios en los que se concentran los más acaudalados de la sociedad, debido a que, hoy en día, la profundidad de la vida privada está determinada por la cantidad de dinero con la que se cuenta para distanciarse del resto de las personas. Entonces, para proseguir con su desviación, el homosexual pobre se ve obligado a vestirse de mujer y adquirir hábitos y gestos femeninos, ya que esa “metamorfosis” hace más tolerable su homosexualidad ante sus pares. Y como estos travestidos suelen ser económicamente exitosos en el ámbito de la prostitución o de la estética femenina, pronto se convierten en pilares familiares, contribuyendo a la manutención de sus padres, abuelos, hermanos o sobrinos.

De allí que –como bien lo ilustra el travestido Roberto Carlos Trinidad, alias “Florencia de la V”– estos hombres quieran ser reconocidos como plenas mujeres, ya que lo que les importa es ser aprobados en su rol de jefe de familia, siendo fieles al modelo tradicional de la institución familiar que interiorizaron en sus infancias. No es que estos hombres se sientan realmente mujeres, el tema es que estos hombres quieren ser considerados mujeres para convencerse de que han logrado realizarse en la vida, después de haberse impuesto ante un escenario hostil que en un principio los rechazó pero que a la larga terminó aceptándolos.

Transexuales

Ante el travestido, entonces, no se puede manifestar “transfobia”, dado que, como mucho, alguien que los discrimine debería ser tratado de “homófobo”. Hoy por hoy en la Argentina el número de travestidos es más alto que el de transexuales, más que nada porque homosexuales pobres son muchos y gente con el deseo de mutilarse son más bien pocos, pero no sería de extrañar que los travestidos quieran transexualizarse, dado que, al fin y al cabo, el elegebetismo en la Argentina no para de avanzar con la complicidad de los medios masivos de comunicación y con la de los que controlan los poderes legítimos del Estado. En los próximos años podría darse una epidemia de penes cortados y allí si el término “transfobia” será más utilizado que ahora.   

La “transfobia” es, puntualmente, el sentimiento natural de repulsión ante los hombres que se han cercenado el pene o ante las mujeres que han hecho lo mismo pero con sus senos para –junto a otras cosas– “cambiar de sexo”. El sexo de cada uno está determinado por los propios cromosomas, así que el llamado “cambio de sexo” en realidad no produce ningún cambio real de sexo. Sólo sirve para transformar a un hombre mutilado en el simulacro de una mujer, y a una mujer mutilada en el simulacro de un hombre.

Los “cambios de sexo”, por ende, se revelan como fútiles, ya que no existen procedimientos quirúrgicos para alterar los cromosomas. Uno sólo puede masacrar el propio cuerpo y llenarlo de drogas para parecer alguien del sexo opuesto. Y cuando muchos transexuales finalmente comprenden el horror de haberse sometido a ello, terminan por matarse ellos mismos (sería bueno que se difunda la tasa anual de suicidios de aberrosexuales en nuestro país para empezar a discutir seriamente sobre el tema).

La repulsión hacia un transexual, normalmente, no está basada ni en la “ignorancia” ni en la “maldad” como sostienen los progresistas, sino en la mera y simple simpatía. Cuando una persona sana encuentra a otra adolorida, experimenta el horror pues llega a sentir el dolor de los otros (ello es literalmente la simpatía: sufrir con otros). Yo amo mi cuerpo, y la idea de ver mis órganos mutilados me llena de horror. Y cuando alguien ve a alguien que se causa a si mismo daño, es natural sentir enojo junto al horror, ya que se trata de una situación que no debería de ocurrir. El que se lastima a si mismo, también lastima a los demás. Por eso los tatuajes a muchos nos generan sentimientos de pena y repugnancia: son marcas absurdas e innecesarias, propias de alguien que se odia a si mismo.

La gente que no siente simpatía con aquellos que se han mutilado a si mismo están, muy probablemente, enfermos. Carecen de la elemental simpatía ante el dolor ajeno, incluso no sería raro enterarse de que sienten placer al ver a alguien sufrir.

Lo primero que una persona sana piensa ante alguien que se autolesiona es que ese alguien “está loco”. Eso quizás parezca que es un juicio apresurado y malicioso de esas personas, pero al preguntarle a un transexual la evaluación se confirma: ellos dicen ser hombres atrapados en el cuerpo de una mujer o viceversa. Así que el auténtico asunto aquí no es si los transexuales sufren o no de una enfermedad mental –la cual, por cierto, ellos admiten sufrir– sino cuál es el mejor tratamiento que se les puede dar para acabar con su sufrimiento. La mutilación, evidentemente, no es una cura para la enfermedad mental, sino otro síntoma de ésta.

Si un hombre piensa que es Jesús, no se lo crucifica. Si un hombre piensa que es Napoleón Bonaparte, no se lo corona emperador. Si un hombre piensa que es una mujer, ¿por qué hay que seguirle la corriente? ¿No debería dársela algún tipo de ayuda para que retorne al mundo real, como se ayuda normalmente a las anoréxicas a dejar de hambrearse voluntariamente y sin un justo motivo? ¿Y desde cuando es consistente con el Juramento Hipocrático para un doctor mutilar un cuerpo sano y convertirlo en una parodia del sexo opuesto?

Ante los transexuales siento repugnancia pero también compasión. Pero los que me causan indignación son aquellos que los fomentan y explotan. ¿Entonces que habría que hacer?

Primero y principal habría que decir “no”. Toda sociedad decente debe asistir a su población para ayudarla a preservar su salud física y mental. Cuando alguien es un caso psiquiátrico, esa persona no puede tomar decisiones responsables por si misa. Así que una sociedad decente ejercita la tutoría sobre el mentalmente enfermo. Y el interés principal del enfermo es el curarse del mal que lo afecta, no profundizar su estado. La compasión y la responsabilidad nos obliga, entonces, a decir “no”.

En segundo lugar la mutilación de cuerpos sanos es contraria a la profesión médica. Por tanto aquel galeno que genera operaciones de “cambio de sexo” debería ser sancionado primero, y expulsado del mundo de la medicina después. La mutilación genital debería estar prohibida en todas sus formas.

Y en tercer lugar debemos mantener un sentido de la perspectiva. Yo no odio a los transexuales. Los transexuales no son malignos ni amenazantes. Son gente enferma que debe ser curada, no odiada ni dañada. Los aberrosexuales, por su parte, son esa gente enferma engañada por otros para que se enorgullezcan de su condición sexual en lugar de sentir el natural dolor y la entendible vergüenza que provoca llevar una vida en la que se cultivan sus prácticas sexuales aberrantes 

Los agentes del mal son aquellos que explotan a estos desafortunados para obtener una ganancia: los cirujanos que alteran cuerpos por dinero y los progresistas que utilizan a los aberrosexuales como armas de la diversidad y la ilustración –demostrando así que sus enemigos no son la injusticia o la desigualdad, sino la naturaleza, la salud y la sanidad. Ninguna sociedad debería consentir ser gobernada por estos monstruos.  


Antonella Díaz