La Linajeña - Bandera Auténtica de Tucumán

domingo, 25 de mayo de 2014

A propósito del Centenario de la UNT

Identidad

A la institución hoy conocida como “Universidad Nacional de Tucumán” la fundaron en el mes de mayo de 1914. En estos últimos 100 años, la Casa de Altos Estudios tucumana ha vivido una historia muy similar a la de otras universidades del país creadas antes de la década de 1990, una historia plagada de avances y retrocesos, de ordenamientos y desarticulaciones, de éxitos y fracasos, de orgullos y vergüenzas. 

A diferencia de la UNJU en Jujuy, de la UNSA en Salta, de la UNSE en Santiago del Estero y de la UNCA en Catamarca, la UNT, por su edad, ejerce una enorme influencia en la sociedad tucumana. Sus competidoras (hablo de la católica Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, de la progresista Universidad San Pablo-T y de la insistente Facultad Regional de la Universidad Tecnológica Nacional), si bien han penetrado felizmente en la provincia, no han podido lograr lo que la UNT logró: que la gente las considere parte de la identidad tucumana.

En efecto, debido a que la UNT albergó en sus aulas a un número inmenso de tucumanos, y gracias a que ella le permitió el acceso a un título universitario a otros tantos, el ciudadano tucumano no concibe a su provincia sin ella (hay que reconocer que parte de ese éxito lo generó también la actividad de extensión). En las otras provincias del NOA a sus universidades vernáculas se las aprecia y respeta, pero no se les presta el gigantesco nivel de atención que los tucumanos –a veces exageradamente– le dedican a la UNT.

En Tucumán existe la palabra “gacetero” para designar a lo que en otras provincias llaman “diariero”. El término proviene de La Gaceta, un diario local que, para el tucumano, es el diario por antonomasia. Me extraña entonces que no existan términos como “uenetista” o “uenetero”, aunque supongo que esto es así no tanto porque dichas palabras no encajen en el habla de los tucumanos, sino más bien por lo horrísonos que resultan. 

Nepotismo

Tucumán es una provincia poco productiva, por lo que no resulta un destino atractivo para los inmigrantes. Sin embargo que haya un buen número de jujeños, salteños, santiagueños y catamarqueños radicados en Tucumán se lo debemos fundamentalmente a la UNT, institución que les abre las puertas de la experiencia universitaria a muchos jóvenes no tucumanos y después los termina incorporando a sus estructuras. Esos jóvenes, normalmente, son gente que al sufrir el desarraigo optan por duplicar sus esfuerzos para ganarse un lugar en el mundo. El resto de los que integran la UNT son tucumanos, muchos de ellos meros miembros de familias que desde hace años trabajan en algún espacio de la universidad.

Junto a ese nepotismo “natural” en el que, por ejemplo, un padre que trabaja de burócrata le facilita el ingreso sin concurso a un puesto similar a sus hijos porque su sindicato tiene un contrato colectivo de trabajo que permite semejante situación, está el nepotismo “oportunista”, el cual le abre las ventanas a toda clase de individuos sin capacitación ni idoneidad para que oficien de empleados administrativos, servicio técnico, bibliotecarios, guardaespaldas y todas las variaciones que existen de la fauna no docente, a la cual, tranquilamente, se la podría reducir a su mínima expresión si se informatizara y mecanizara debidamente a la vida universitaria.

El último gobierno de la UNT, el del Contador Juan Cerisola, fue generosísimo a la hora de contratar a los famosos “no docentes” para que pueblen pasillos y se acomoden en las muchas oficinas que tiene la universidad. El número total de estos personajes, según dicen, ha llegado a ser hoy en día escandaloso.

Corrupción

Quien ejerce el poder en la UNT no es el cuerpo de burócratas o los graduados que con mayor o menor profundidad se interesan en el destino de su alma máter, sino que esa tarea la desempeñan los docentes y los estudiantes. Es decir si hay que señalar a un culpable de que a la universidad pública de Tucumán la esté devorando la corrupción entonces hay que buscar en las aulas. Los famosos “votos origami” y la reticencia a sufragar de manera nominal en la última asamblea universitaria en la que se eligió al Rector es prueba más que evidente de que hubo una indigna compra de voluntades.

¿Cómo una persona tan distinguida y ejemplar como un universitario puede caer tan bajo? La realidad es que la universidad argentina ha perdido su histórico prestigio en los últimos 25 años al tecnocratizarse, por lo que no es de extrañar que la UNT esté llena de sabandijas. No es un hecho fortuito, es parte del proceso de destrucción educativa que ha debido imponerse al calor de los cambios económicos de las últimas décadas.

En la UNT, en concreto, la partidocracia, con todas sus vilezas, copó el poder desde la gestión del Rector Rodolfo Campero, y a partir de allí todo ha ido pauperizándose a ritmo lento pero sostenido. No es cierto que antes de Campero la UNT no haya estado intoxicada por la política (en 1918 y a lo largo de la década de 1920 hubo una permanente guerra entre los partidarios de la Reforma Universitaria y sus detractores, del mismo modo que Horacio Descole desató un tremendo enfrentamiento entre sectores universitarios cuando se convirtió en Rector durante el primer gobierno de Perón), pero antaño los mecanismos de promoción de la meritocracia funcionaban mejor que ahora, por lo que, más allá de quien pilotease el barco, se contaba con la presencia de gente capaz y sobresaliente para evitar que la corrupción cultural se propagase. Aún se sentía vergüenza por no haber llegado a ser un sabio. Hoy en día todo eso se perdió. Da lo mismo un burro que un gran profesor.    

Así a la UNT la terminó privatizando Minera La Alumbrera. Porque lo que sucedió fue eso: a la UNT cerisolista no la copó La Cámpora, sino que Franja Morada se la vendió a La Alumbrera. Al recibir en los últimos años las generosas inyecciones de dinero de La Alumbrera a cambio del silencio cómplice ante la destrucción ambiental que ocasiona la megaminería en Catamarca, todo se desmadró en la institución fundada por Juan B. Terán. Abel Peirano debe estar revolcándose en su tumba.  

Porvenir

En 2008 la UNT organizó un concurso de lema y logo para los Bicentenarios de la nación y el Centenario de la universidad. El lema ganador, en aquella ocasión, fue “100 años con los pies en esta tierra, 200 años con la mirada en el cielo”, una deformación del “Pedes in terra ad sidera visus”, el lema oficial de la UNT. El lema en sí mismo es un tanto absurdo, porque resulta irrespetuoso con todos aquellos argentinos que vivieron aquí entre 1810 y 1910 (¿acaso Manuel Belgrano, que donó dinero para fundar escuelas en lo que ahora es el NOA y Tarija, no tuvo los pies en esta tierra?). Los otros dos finalistas fueron uno que rezaba “Evocando la historia, convocando el porvenir” y otro que decía “Celebrando la historia, escribiendo el futuro”. Un cagatintas del sitio web TucumánHoy señala, sin la más mínima idea de lo básico de la paremiología, que esos lemas “parecen escritos por la misma persona, rápidamente y sin mucha creatividad”. El tercer lema (“Celebrando la historia, escribiendo el futuro”) tiene evidentes defectos semánticos: a la historia no se la celebra, pues la historia está compuesta tanto por los momentos felices como por los momentos penosos, a los cuales no conviene “celebrar” –a menos, claro, que a uno le guste bailar sobre los cadáveres de los demás–; del mismo modo, debido a la imprecisión del verbo, tampoco suena acertado lo de “escribir” el futuro, ¿se trata de escribir “el futuro” como quien escribe una ley, un plan, una novela, una profecía o qué exactamente?

Es obvio que de los tres lemas finalista el mejor es el segundo (“Evocando la historia, convocando al porvenir”), porque es el más meditado: al pasado se lo evoca, como se evocan a los espíritus de los muertos para que se muestren así nos hablan ellos mientras los demás escuchamos sin condenarlos, y al porvenir se lo convoca, es decir se lo llama para que nos reciba.

Sea como sea, la UNT descartó los tres lemas premiados, y optó por otro: “100 años iluminando el pasado, 100 años proyectando el futuro”. Este lema, sin lugar a dudas, es peor que los otros dos a los que les señalé sus fallas. Al hablar de “iluminar” y “proyectar”, el lema sugiere que la universidad estuvo, está y estará llena de luminarias que, por sólo trabajar en sus claustros, arrojan luz sobre lo que los otros hicieron y que, a su vez, marcan el rumbo a seguir. Nada más alejado de la realidad.

Si bien en los últimos 100 años la UNT ha gozado entre sus muros de la presencia de excelentes profesores e investigadores de fama nacional e internacional, la institución ha estado también infectada de gente que apenas satisfacen los requisitos académicos mínimos para estar en la universidad (y algunos que ni siquiera de ello pueden jactarse). Este último grupo se ha ido multiplicando en las pasadas décadas, lo que se refleja claramente en la vergonzosa posición que la UNT –junto a las demás universidades argentinas– tiene en los rankings internacionales.

Por tanto el mejor regalo que se puede hacer la UNT en este centenario, algo que es mucho más digno de preservar para el futuro que todo lo que colocaron en la cápsula del tiempo destinada al 2114, es una sana y profunda reforma interna.

¿En qué consiste esta reforma de la que hablo? Veamos. En primer lugar, quizás para honrar a Peirano, la UNT debería transferirle YMAD a la UNCA, y, acto seguido, ponerse a disposición de la provincia de Catamarca para asistir a su población por todo el daño que la megaminería causó en estos años.

En segundo lugar la UNT merece una auditoría histórica, una suerte de CONADEP de la corrupción, para que revise los desfalcos financieros realizados por sus funcionarios y reordene los presupuestos, haciendo pagar, claro, a todos aquellos profesores que se llenaron los bolsillos de la noche a la mañana.

Finalmente, en tercer lugar, es preciso que la UNT sacuda su anquilosada estructura para ingresar al siglo XXI. Para ello sería bueno que se haga una suerte de “reseteo”, es decir sería importante que todos y cada uno de los actuales docentes e investigadores se someta a una rigurosa evaluación externa, para probar que merecen ocupar esos puestos que ocupan, del mismo modo que se deberían poner pruebas de suficiencia en todas las facultades y escuelas universitarias para que funcionen como exámenes de ingreso estudiantiles. Aquellos que no superen la evaluación, si son estudiantes, deberán prepararse mejor retornando a la escuela esta vez para aprender y no para conseguir un título, y, si son profesores, deberán concursar nuevamente su cargo, en concursos abiertos, públicos y obligatoriamente videograbados. Si ADIUNT, el gremio de docentes e investigadores, se opone, haría falta entonces que la sociedad tucumana que tanto amor siente por la universidad obre a favor de la institución pidiendo la disolución de ese gremio en particular, que lo único que hace es atentar contra la calidad educativa al equiparar a un académico con un portero, un barrendero o un taxista. 

Y junto con la desaparición de ADIUNT, sería necesario también que la propia UNT proceda a su fragmentación: al reunir a 13 facultades, 2 escuelas universitarias y 7 escuelas experimentales (además de varios otros organismos como el EPAM, Canal 10, etc.) es evidente que la UNT se ha convertido en un gigante, un gigante que es alimentado anualmente con 1.400 millones de pesos, un gigante que tiene numerosas propiedades diseminadas a lo largo y ancho de Tucumán, un gigante administrado por una pequeña oligarquía. De allí que la UNT, tranquilamente, podría convertirse en cuatro universidades distintas: la UNT I “Juan B. Terán” destinada a los estudios sociales, la UNT II “Juan Bautista Alberdi” que se perfilaría como un espacio industrial-empresarial (tal y como le hubiese gustado al propio Alberdi, al que los abogados tucumanos lo han secuestrado para dignificar un poco su poco digna profesión), la UNT III “Lola Mora” que concentraría a las artes y al diseño, y la UNT IV “Tiburcio Padilla”, la cual sería, obviamente, una universidad de ciencias de la salud, quizás con proyección regional (ya que no es un secreto que la UNSA y la UNJU están intentando crear sus propias facultades de medicinas: ¿para qué fragmentar en un tema tan fundamental como la salud si se puede unificar esfuerzos con los gobiernos provinciales y asegurar el acceso al bienestar físico y mental a toda la población del NOA?). En un lapso de diez años se podría producir el reordenamiento que propongo, repartiendo presupuestos y propiedades y reubicando a quien necesite reubicarse, al mismo tiempo en que se promovería una revisión integral de todos los planes de estudio y carreras vigentes para actualizarlas. Después de 100 años, la UNT merece una limpieza total para convertirse en la flor más hermosa del Jardín de la República.



Francisco Vergalito